IEFLP

MISCELÁNEA POLIANA

Revista de prepublicaciones del

Instituto de Estudios Filosóficos

LEONARDO POLO

SERIE DE FILOSOFÍA, nº 1 (2005)

ISSN: 1699-2849

Acto Académico en homenaje al Profesor

 

 LEONARDO POLO BARRENA

 

Pamplona, 27 de noviembre de 1996

 

UNIVERSIDAD DE NAVARRA

FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS

 

Prof. Dr. D. Ricardo Yepes (Subdirector del Instituto de Ciencias para la Familia):

Leonardo Polo, Su vida y escritos

 

Prof. Dr. D. Ignacio Falgueras (Catedrático de Historia de la Filosofía de la Universidad de Málaga):

Leonardo Polo, Maestro

 

Prof. Dr. D. Ángel Luis González (Catedrático de Metafísica de la Universidad de Navarra):

Leonardo Polo, universitario

 

Excmo. Sr. D. Agustín González Enciso (Vicerrector de la Universidad de Navarra):

Leonardo Polo

 

 

 

LEONARDO POLO. SU VIDA Y ESCRITOS

 

 RICARDO YEPES

  

Me corresponde el grato honor de evocar, en esta señalada ocasión, la vida y escritos de Leonardo Polo Barrena, madrileño de pro, nacido el año de 1926, castizo por más señas, y dotado hasta hoy del lenguaje un punto desgarrado que el casticismo conlleva, aunque, todo hay que decido, D. Leonardo no ama en exceso el Madrid denso y contaminado de hoy en día, tan distinto al de hace medio siglo, cuando cursaba su carrera de Derecho en la Universidad Complutense.

 

Quizá fue entonces cuando el limpio sol de la meseta castellana le terminó pareciendo el ámbito más natural para el ser humano. No en vano más de una vez se le ha oído decir que "el hombre fue creado para vivir en el Mediterráneo". Puede ser ésta quizá una de las razones de su sintonía con dos pensadores tan meridionales y bien soleados como Aristóteles y Tomás de Aquino. Me parece a mí que en los tres la filosofía se vuelve como ese cielo azul cuyo fondo insondable y diáfano invita a sumergirse en ella sin temor a topar con un fondo opaco de escepticismo.

 

Bastante tiempo antes de terminar sus estudios universitarios en 1949, D. Leonardo había escuchado ya la voz de la filosofía. Por eso no le tentó la vida profesional de un atractivo bufete de abogados que su familia poseía. Su inicial vocación especulativa pareció encauzarse inicialmente hacia un doctorado que desarrollaría una interpretación existencial del derecho natural. Poco después, en la primavera de 1950, a la temprana edad de 24 años, D. Leonardo tuvo una inspiración nacida de sus ya entonces nutridas lecturas filosóficas. Como todo lo filosófico en él, la idea surge neta y clara, en un golpe heurístico que después hay que desentrañar. Se trata de detectar los límites del objeto pensado para el conocimiento del ser. Pudo ser entonces cuando ocurrió aquella anécdota que cuenta Joaquín Ferrer: D. Leonardo caminaba ensimismado por el pasillo de una vieja casa de la calle Serrano mientras decía con gran seguridad: "el ser está al final".

 

El límite que el conocimiento objetivo conlleva para la tarea del conocimiento del ser no es infranqueable. Es posible detectado en condiciones tales que quepa ir más allá de él, abandonado, y acceder así a las dimensiones del ser extramental, del ser humano y del ser divino que ese método de hacer filosofía abre al que libremente decide lanzarse por ese camino. D. Leonardo, según su propio testimonio, se dio cuenta de que acometer este reto suponía adentrarse en lo inédito, y arrostrar una tarea filosófica larga, de mucho riesgo e incierto resultado. Sin dudado, asumió el encargo que esta verdad inspiradora le encomendaba y procedió a seguir pensando sin otro compromiso que llevada hasta sus últimas consecuencias. Desde el principio fue así un pensador libre e independiente, dedicado al diálogo con los grandes talentos, ante quienes no se le da retroceder, sino responder aportando.

 

Su situación en la vida profesional estaba por entonces aún lejos de consolidarse: entre 1952 y 1954 residió en Roma, disfrutando en el Istituto Iuridico Spagnolo que entonces dirigía Alvaro d'Ors de una beca del CSIC para realizar su tesis doctoral sobre derecho natural. Sin embargo, la lectura de Kant, Hegel y Heidegger y, sobre todo, el desarrollo de su inspiración inicial a partir de la metafísica tomista, le fueron absorbiendo. Lo que comenzó siendo un prolegómeno de su estudio jurídico terminó por convertirse en un voluminoso tomo doble, hoy todavía inédito, que lleva por título: La distinción real. Poco después, en el propio año 1954, llegó por primera vez a la entonces jovencísima Universidad de Navarra. Seguramente es hoy uno de los profesores más antiguos de ella.

 

En aquellos primeros años enseñó Derecho Natural y a partir de 1956 Fundamentos de Filosofía, en la entonces comenzada Facultad de Filosofía y Letras. Mientras continuó redactando sus manuscritos y acometió la obtención de la licenciatura en Filosofía, que terminó en 1959. Se puso entonces bajo las órdenes de Antonio Millán-Puelles para elaborar su tesis doctoral en filosofía en la Universidad Complutense. La defendió en 1961. Dos años más tarde fue publicada como su primer libro, Evidencia y realidad en Descartes, una interpretación del pensador francés que mereció los elogios de Paul Ricoeur a su paso por Pamplona en 1967, y que pocos años antes recibió un premio del CSIC.

 

La preparación de unas oposiciones de cátedra le llevaron a publicar en 1964 El acceso al ser y en 1966 El Ser I, dos obras en las que plantea y desarrolla su inspiración fundamental utilizando parte de los materiales que había escrito diez años antes. Esa inspiración es, desde luego, la que abre su entera aportación a la filosofía, y su carácter metódico da a toda la obra de D. Leonardo una extremada unidad, visible en cualquiera de sus escritos, y le permite acceder de modo coherente a todos los temas que su incansable ingenio filosófico ha sabido encontrar.

 

En 1966 D. Leonardo obtiene la cátedra de Fundamentos de Filosofía de la Universidad de Granada, adonde se traslada durante dos años, antes de regresar a nuestra Facultad de Filosofía y Letras en 1968. Desde entonces no se ha movido de ella, exceptuando, claro está, esas temporadas americanas que a partir de 1978 le han permitido vivir por algunas temporadas, quizá más cortas de lo que él desearía, bajo el cielo azul y soleado donde él alcanza su locuacidad más castiza. Este es el beneficio por él ofrecido a los universitarios de aquellas tierras.

 

Al período de la cátedra le sucede ahora una etapa de intensa y variada docencia en la Facultad que le ha llevado a enseñar prácticamente todas las asignaturas de la licenciatura. Entre 1968 y 1984 hay en la vida de D. Leonardo una cierta travesía del desierto, un largo silencio y una espera que termina con la publicación del primer tomo del Curso de Teoría del conocimiento. Enfrentarse a esa disciplina le hace descubrir, en efecto, una alternativa para avanzar en el desarrollo del abandono del límite mental. Para elaborar esa teoría, D. Leonardo entiende que hay que volver a Aristóteles, a sus nociones claves, al pensar como operación, y axiomatizarlas. Una teoría axiomatizada del conocimiento y de sus operaciones es un logro señero que desmiente la consideración del abandono del límite como algo irrealizable. Doce años de trabajo, cinco volúmenes y 2.050 páginas forman un cuerpo coherente y riguroso de doctrina al que no se puede dejar de prestar la debida atención.

 

La aparición del primer tomo de Curso de Teoría del conocimiento en 1984 marca el comienzo de lo que podríamos llamar la etapa manifestativa de D. Leonardo. En ella aparecen una serie de elementos biográficos nuevos que le han hecho, no solamente más feliz, por lo que me sospecho, sino también más conocido: la creciente transcripción de sus cursos por parte de alumnos y discípulos, cuyo primer fruto fue un libro sobre Hegel publicado en 1985, la vinculación con el hoy Instituto Empresa y Humanismo, que le permite dictar cursos y conferencias en muy distintos lugares sobre materias relacionadas con la antropología económica y la doctrina social de la Iglesia, y la aparición de libros "menores" sobre materias antropológicas y éticas -son ya seis los editados desde 1991: Quién es el hombre; Etica. Una versión moderna de los temas clásicos; Presente y futuro del hombre; Introducción a la filosofía,…

 

En la vida profesional de hoy en día recibir un homenaje significa ser objeto de una despedida piadosa pero inexorable: el retiro. Pero antiguamente los homenajes eran otra cosa: un modo de reconocer públicamente las acciones hermosas y dignas de alabanza. D. Leonardo también ha escrito sobre la areté, la virtud de los antiguos, insistiendo en que para ellos la excelencia del virtuoso recibía un reconocimiento exterior gracias al prestigio bien ganado: los virtuosos eran, según sus propias palabras, "hombres espléndidos que gozaban de fama"[1], es decir, hombres  merecidamente famosos. Para tener fama y honor era preciso ser realmente digno de ella. El homenaje se convierte entonces en el reconocimiento público de la virtud y de la excelencia interior, una excelencia que debe seguir mostrándose y mereciendo el prestigio y la autoridad que el homenaje otorga.

 

Este debe ser, me parece, el sentido de este acto, un

homenaje que no clausura el pasado en una memoria oficial que a sí misma se olvida en su despedida, sino un reconocimiento expectante hacia el futuro inmediato, hacia la continuación de una obra y un trabajo que no están, desde luego, concluidos, ni por él ni por quienes quieren beneficiarse de su inspiración. Precisamente ellos son una parte importante de los que participan en este homenaje y así pueden testimoniarlo.

 

Al abundante material inédito y publicado que versa sobre la antropología trascendental se vuelve ahora la atención del maestro, con el fin de darle forma y recorrer el que parece último tramo del crecimiento y desarrollo de aquella inspiración de 1950, heurísticamente tan rica. El material de partida es un grueso manuscrito de 1972 y seis o siete cursos ya transcritos e incluso publicados, por ejemplo ese opúsculo tan apto para iniciarse en el abandono del límite como es El conocimiento habitual de los primeros principios, de 1993. Algunos desearíamos incluso ver a un Leonardo Polo teólogo, seguros ya de que la aplicación de sus hallazgos filosóficos a la teología tiene una comprobada fecundidad. Aunque comprendemos la suma prudencia, e incluso la extremada cautela, con que D. Leonardo procede en materias teológicas, todos deseamos con él que encuentre tiempo y aliento para, por ejemplo, volver a pensar lo que se decía en aquellos papeles de 1954 sobre el Espíritu Santo, que no terminan de aparecer, pero que resultaban tan extremadamente iluminadores.

 

Es ya bien conocido que el magisterio oral de D. Leonardo es difícil de separar su obra escrita, pues aquel constituye el material básico de reflexión a partir del cual el texto va tomando forma. Pendiente queda también, por último, la tarea de ordenar los materiales ya publicados y los muchos todavía inéditos -cursos, grabaciones, seminarios- en una serie que pueda parecerse a unas obras completas. Para entonces están aguardando ya más de cincuenta artículos y veinte libros (tres de ellos aún inéditos, pero en avanzado estado de preparación, La voluntad y sus actos; Antropología de la acción directiva y Conversaciones sobre Nietzsche).

 

En 1975, mientras aún estudiaba la carrera, me dirigí a D. Leonardo para decirle, quizá con cierta vehemencia juvenil, que había decidido escoger como tema de mi tesis doctoral algún aspecto de su pensamiento. D. Leonardo me miró por encima de las gafas y me advirtió que no pensara en hacer semejante cosa. Debí poner cara de disconformidad, porque él se vió en la necesidad de explicarme que mientras no conociese bien el pensamiento clásico, haría bien en abstenerme de tamaña osadía. Aunque en primera instancia mi decepción se convirtió casi en rebeldía, acepté entonces hacerme amigo de Aristóteles, a quien aún hoy sigo teniendo por maestro.

 

Esta anécdota personal me sirve para indicar algo sustancial en la obra de D. Leonardo: saber más de los clásicos, profundizar en ellos, es en el fondo, profundizar dentro de uno mismo, porque son el origen del filosofar, un origen perennemente renovado, con latencias, pero sin opacidades. La raigambre perenne de la obra de D. Leonardo enseña a pensar sin miedo, pero dejando que la verdad salga ella misma al encuentro. No es un pensamiento que juegue a suprimir los límites, a fundir lo finito con lo infinito. Es más bien un diálogo, un encuentro en el cual acontece la manifestación de lo radical en el hombre, su relación con el Absoluto, algo que en el pensamiento de Leonardo Polo se muestra como la culminación de la filosofía y de la persona misma. "El cristianismo -dice D. Leonardo en un viejo artículo de 1967- es el desvelamiento de las más profundas dimensiones de la realidad"[2], el fondo radical desde el cual se ilumina el existir y el pensar humano, como se muestra también en ese importante artículo del volumen que hoy se presenta, La persona humana y su crecimiento, acerca del sentido cristiano del dolor.

 

La condición dialógica de la filosofía es para Leonardo Polo también algo sustancial, vivido prácticamente al ejercerla. Me atrevería a decir que esta actitud socrática, amiga de conversaciones gozosa mente interminables, tan frecuentemente practicada por él a lo largo de los años, es una herencia recibida y aprendida de modo entrañable de Jesús Arellano, una de las pocas influencias directas reconocidas por D. Leonardo, y a quien todos debemos tanto. La otra acaso sea la de Heidegger, quien en los comienzos de los años cincuenta dejó en él cierta semejanza de actitud, lenguaje y orientación, aunque desde el principio D. Leonardo se apartase explícitamente de los derroteros del pensador alemán.

 

D. Leonardo, en efecto, siempre ha sido amigo de la libertad propia y ajena, y así ha tratado siempre a los que se acercaban a él, mostrándoles sendas. Una vez le oí decir: "agradezco comprobar que mi camino acoge a otros, pero amo la libertad de cada uno para cuando él haya de proseguir y superar lo que haya podido tomar de mí". Y añadió sin vacilar: "amo la verdad, pero siempre insto a ponerse en su búsqueda". Por esta razón no es su ideal de filosofía la simple exégesis de textos, "la correcta, novedosa y pulida interpretación", son sus palabras, "de talo cual autor", sino buscar la verdad siguiendo su propio camino y ofrecer respuesta al pensamiento y propuesta de los grandes autores.

 

Ha sido la suya una dedicación intensa y exclusiva a la filosofía, a veces mantenida hasta la fatiga y casi la extenuación. Su amor a ella le ha dejado siempre poco espacio de atención para esas pequeñas minucias en que consiste vivir, fuera, eso sí, de una inconfesable pasión de juventud: ir en moto a toda velocidad. Suele él decir que ése es el único placer inventado por el hombre moderno. Alcanzó a disfrutado en la medida que su buen ver lo permitía. A esta minucia se puede añadir en la misma línea su afán de ganar al dominó, tan conocido e incluso sufrido por los más veteranos profesores de la sección, su gusto nada disimulado por las películas de tiros y su afán devorador de novelas policiacas del género criminal. Son pequeños abandonos del límite de la razón, válvulas de escape, contrapuntos lúdicos a la severa disciplina que impone la cavilación del ser.

 

No es posible ampliar aquí como se merece la semblanza de la vida y obra de D. Leonardo. Apenas hemos podido señalar unos pocos hitos de una y otra. Viéndolas ahora con la perspectiva que da el tiempo, ese aliado nuestro para dar a las cosas su dimensión verdadera, es preciso reconocer que, con su aspecto tan poco convencional y tan distinto a una intuición momentánea, la novedad inicial de la inspiración poliana le anticipó a su tiempo en más de treinta años y, por qué no decido, le trajo consigo también un cierto silencio de incomprensión y soledad. La piedra de toque para comprobar esta anticipación, como el propio D. Leonardo ha dicho algunas veces, es su doctrina sobre la persona, confirmada después en el giro que ha tomado, no sólo la antropología, sino también la teología de las últimas décadas, por ejemplo, la de Karol Wojtyla. En realidad, D. Leonardo nunca ha estado sólo.

 

La entera obra poliana es, como ha dicho M. J. Franquet, la realización de la tarea de abandonar el límite y pensar cuanto se abre a partir de esa perspectiva. Una intuición original se convierte en una filosofía desarrollada después de haberla ajustado con las ideas centrales de los grandes filósofos. Si ese ajuste tiene suficiente aliento y rigor, como es el caso, si piensa "desde dentro" y penetrándolos, a los grandes filósofos, si les habla de tú a tú, entonces se enriquece nuestra visión de la historia de la filosofía, porque ascendemos, porque miramos desde más arriba. Hay entonces verdadera creación filosófica,

y no meras nociones agrupadas en una novedad aparente. Estamos ante lo auténtico: la verdad, dicha más ampliamente.

 

Recuerdo un comentario de Cristóbal Halffter: hoy tenemos creadores tan buenos como los ha habido siempre, pero no se les deja lucirse. Será necesario un poco más de tiempo para que la verdadera dimensión de la obra filosófica de Leonardo Polo alcance a ser reconocida como se merece. Son muchas las cosas que hay todavía que añadir en este homenaje[3]. La más sentida es, desde luego, el agradecimiento que en este momento quiero transmitirle de parte de todos los que están o se han hecho presentes en él, porque es mucho lo que nos ha enseñado y nos continúa enseñando. La verdad, Don Leonardo, es insustituible, por eso no nos podemos pasar sin ella. Muchas gracias.

 

 

LEONARDO POLO, MAESTRO

 

IGNACIO FALGUERAS

  

“Toda ciencia [y en particular la filosofía] tiene su origen en la fe”[4]. Esta afirmación del último Schelling, aunque muy afectada por su radical voluntarismo, que de esta manera hacía anteceder indirecta y equivocadamente la voluntad respecto del saber, si es corregida e integrada en la profunda propuesta agustiniana de una dualidad de vías para el aprendizaje, a saber: la autoridad (bajo la que se incluyen tanto la fe en los hombres como la fe en Dios) y la razón (que siendo primera en la realidad es posterior en el tiempo)[5], resulta sin duda verdadera, y, ciertamente, yo la he podido experimentar en mi propia vida.

 

          Hace ahora treinta años, en los ya lejanos años sesenta, justamente en el comienzo del curso 1966-67, iniciaba yo mis estudios universitarios de filosofía en la Universidad de Granada. Todos los profesores eran para mí y para el resto de mis compañeros igualmente nuevos, pero, como es normal, no todos nos causaron el mismo impacto. En los primeros días de clase descubrimos que también uno de los Catedráticos, en concreto el de Filosofía, estrenaba plaza. Desde el primer momento tuvimos que entablar en sus clases una competición entre el oído y la inteligencia, en la que llevaba la peor parte esta última, y que ya en el primer trimestre, si no me engaña la memoria, indujo a algunos imaginativos compañeros andaluces a apodarlo, como a Heráclito, «o skotos», el obscuro. También yo me debatía con las exposiciones de aquél que ya juzgaba filósofo, más que profesor de filosofía, y posiblemente más desconcertado que la mayoría de mis compañeros, porque yo creía saber filosofía. Sin embargo, cuando me pareció haber entendido algo con lo que no estaba de acuerdo y me atreví a consultarle privadamente, descubrí que no sólo no lo había entendido, sino que seguía sin entenderlo, y con todo podía entrever que sus respuestas eran coherentes entre sí. “Pues -como ya había adelantado Agustín de Hipona- tiene [también] la fe sus ojos con los que puede ver de algún modo que es verdad lo que todavía no ve, y con los que ve con toda certeza no ver todavía lo que cree”[6]. Así surgió mi acto de fe filosófica en D. Leonardo: yo no lo entendía, pero podía fiarme de él, porque me daba cuenta de que él sabía lo que decía. De esta manera, gracias a la socrática ironía de D. Leonardo, empecé a convertirme en discípulo de un maestro, que por entonces no se preocupaba demasiado de ser entendido, sino de buscar la verdad, y precisamente así nos hacía comprender que no sabíamos lo suficiente, más aún, teóricamente nada.

 

          Poco a poco, de modo casi imperceptible, me fui embarcando de su mano en una gran aventura, en una tarea sin fin, pero grandiosa: la de buscar la verdad sin prejuicios ni condicionamientos. Lo primero que vine a saber fue que lo que buscaba era sumamente arduo y difícil, cosa que no me había parecido hasta entonces. Requería paciencia y una concentración de la atención extraordinarias: bastaba con ver a D. Leonardo para comprender que la línea quebrada de su figura, la inclinación de su cabeza en clara fractura hacia delante con el espinazo, su entornar los ojos en mirada hacia dentro, el girar sobrio de sus manos, su deambular comedido y arrítmico a medio camino y en semitorsión entre los signos inextricables de la pizarra y los oyentes, no eran más que el signo corporal del desasimiento de toda otra consideración y la concentración de su esforzado pensar en los temas últimos. Si a esto se unía lo enigmático que era cuanto decía, se podía intuir un modelo de pensamiento altamente desafiante para el liviano y, en mi caso, escolar modo de entender la filosofía al que estábamos acostumbrados. Pasado algún tiempo, después de dos años de escucharle sin llegar a ver claro, un bien día, oyéndole una clase sobre Hegel, de golpe entendí algo, a saber: la congruencia entre lo que Hegel decía y el modo como lo pensaba. Fue mi bautismo filosófico. Así descubrí al vivo, no en los libros, sino en directo, de la forma atormentadamente apasionada en que preguntaba y discurría D. Leonardo, el objetivo de todo mi filosofar posterior: la congruencia, o sea, la exigencia de ajuste entre el modo como se piensa y la realidad que se busca. Aprendí que no basta para la verdad que lo pensado no se contradiga, hace falta esa armonía interna del pensar con lo real que nos indica que investigamos bien.

 

          Poco después supe del propio D. Leonardo que él no se consideraba maestro, más aún que abominaba del discipulazgo escolar: él quería tener compañeros de camino y críticos acertados que le ayudaran a avanzar más en su búsqueda de la verdad. Yo no llegaba a poder acompañarle en su meteórico caminar y mucho menos alcanzaba a poder criticar lo que iba descubriendo de su mano, aunque lo intentaba e intento. D. Leonardo suele decir que él apostó a un descubrimiento juvenil, que se la jugó filosóficamente a una carta. Yo puedo decir que aposté por él cuando nadie le dedicaba atención, y que me la jugué filosóficamente convirtiéndome en su discípulo. Sin embargo, ambas apuestas estaban un poco trucadas, D. Leonardo podía decir que se la jugó, porque no había recorrido todavía todo el camino que desde su innovación metodológica se intuía posible, pero había ido descubriendo día a día enfoques inéditos de la verdad de siempre, confirmaciones indudables de lo acertado de su inspiración inicial. Yo tampoco fui un apostador temerario, comprobaba que las indicaciones e ideas de mi maestro correspondían por completo a mis expectativas, es decir, a lo que sabía que no sabía, pero debía saber.

 

          Aunque es rigurosamente cierto que entre los humanos no existe el magisterio en sentido estricto, pues no hay más maestro que el maestro interior o la luz iluminante de la verdad que nos enseña por dentro[7], sin embargo es también innegable que entre los discípulos de la verdad se dan inmensas diferencias, y que los más avanzados pueden y deben servir de guía y apoyo a los menos. Cabe, pues, un modo de magisterio relativo, el de los que corriendo con nosotros hacia la meta van por delante marcando el norte y abriendo camino. Éste es el sentido en el que cariñosamente, pero con toda verdad, hemos llamado muchos a D. Leonardo «el Meister». Se trataba de una feliz ocurrencia inspirada en su interés por el denominado «maestro Eckhart», pero que para muchos de los que así le llamábamos era, más que apelativo ingenioso, una descripción del efecto que obraba en nosotros el pensamiento vivo de D. Leonardo.

 

          Pues bien, ni aun en este sentido de magisterio relativo admite D. Leonardo la necesidad de maestros en filosofía: no es imprescindible tener maestro humano para buscar la verdad. Ni Tales de Mileto ni otros muchos filósofos lo han tenido, entre ellos el propio D. Leonardo. A lo que se ha de añadir que, como dice Tomás de Aquino, es mejor y más digno aprender por sí mismo que por otro[8]. De donde se sigue que el que pueda debe aprender por sí mismo antes que por otro, y que, en definitiva, todo el que aprende algo lo aprende por sí mismo.

 

Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, sostengo por experiencia y por comprensión teórica que la ayuda de un buen maestro humano es un don inapreciable. Si la biografía de las personas es el fruto de los dones de Dios y de su libertad, entre los grandes dones divinos que marcan una biografía y entre los grandes méritos de ésta se encuentran los maestros que le han sido ofrecidos y que ella ha elegido. ¿De qué sirve correr mucho, si se corre fuera de camino? ¡Cuántas desorientaciones promovidas o evitadas por un mal o buen maestro! ¡Cuántas personas entorpecidas o propulsadas hacia la verdad por un mal o un buen maestro! ¡Cuántas incertidumbres e ignorancias abiertas o cerradas por un mal o un buen maestro! En definitiva, ¡cuánto tiempo ganado en la investigación de la verdad con la ayuda de un buen maestro!

 

          Y puesto que me fue dado y elegí como maestro a D. Leonardo, me incumbe mostrar las razones de mi elección, que son, a la vez, las cualidades que, a mi juicio, deben concurrir en todo verdadero maestro de filósofos. Las resumiré en tres: la audacia en el buscar, la convivencia en la verdad y la apertura universal en el saber.

 

          La audacia en el buscar. Lo primero que estimula y arrastra al discípulo es el ejemplo. La entrega del pensamiento a la búsqueda de la verdad haciendo de la verdad la vida propia es un testimonio sorprendente en todo tiempo, pero especialmente en estos tiempos de pragmatismo generalizado y de cobardías encubiertas. Al concentrar la atención sin reservas en los problemas teóricos surge y se comunica una peculiar y, a su modo, apasionada vivencia de la verdad. Se descubre que entender es una altísima e intensa forma de vida: vivir verdadeando, es decir, haciendo ingresar en nuestro mundo el valor trascendental de la verdad. No puedo olvidar aquella cena con D. Leonardo en la que, mientras saboreaba con deleite unos caracoles a la madrileña, teorizaba, ante unos espléndidos gladiolos rojos que adornaban la mesa, sobre la coloritas, haciendo resaltar la verdad donal de su belleza a la par que la belleza aún más alta de la verdad.

 

          El gran enemigo interno de esta incomparable manera de vivir es el miedo: el ámbito al que se abre la inteligencia es tan inmenso, y entramos en él tan desorientados, que todo se nos vuelve posible y nada se nos hace determinado y seguro. El pavor a los espacios infinitos del renacimiento es poca cosa comparado con la desolación que amenaza tras la ausencia de objetividades determinadas. Confiar en la verdad y en la inteligencia abriendo caminos por este desierto es lo que distingue al verdadero maestro. El consejo de D. Leonardo fue siempre reconfortante: no hay que tener miedo; respecto de la verdad no cabe error por exceso, exageración ni atrevimiento, los errores nacen del miedo a lo trascendente, en la forma de recortes, autolimitaciones, verificaciones, es decir, nacen del intento de empequeñecer la verdad para poder estar seguros de dominarla, para rebajarla a nuestra altura, en vez de exponernos nosotros a la suya. En cambio, si se confía sin límites en la verdad, si uno se deja llevar por ella, no existe posibilidad de fracaso en su búsqueda.

 

          La segunda cualidad distintiva del maestro es la convivencia en la verdad. Hacer de la verdad vida es, a su vez, vivir el realismo de la verdad. Éste implica no sólo darse cuenta de que no es la propia genialidad, por lo demás incomunicable, sino la generosidad de la verdad real, trascendental y común a todos, lo que garantiza el rendimiento positivo de la empresa filosófica. Sólo así tiene sentido aquel arrojo ilimitado que exige el filosofar, pero también la dedicación a la tarea docente en filosofía, que ha de ser entendida, como convivencia en la búsqueda de la verdad.

 

           La mejor manera de ser maestro en filosofía es no querer serlo, la mejor manera de ser ejemplo en filosofía es no querer ser modelo, quitarse de en medio ante la verdad. El buen maestro es sólo un acompañante en la búsqueda, un acompañante que no tiene horarios para buscar, sino que está dispuesto a acompañar siempre, porque lo suyo es buscar. Largas horas de diálogo compartido a la caza de la verdad es el modo más eficaz de orientar hacia ella. Recuerdo días enteros sin reposo alguno, discurriendo incluso durante las comidas, de nueve de la mañana a tres de la madrugada, junto a D. Leonardo.

 

Pero eso no basta, hace falta no hurtar dureza a la búsqueda de la verdad, sino ser fiel a su trascendencia. La fidelidad consiste aquí en no poner obstáculos al encuentro de la verdad. Por eso acompañar es quitarse del centro, no proponerse a sí mismo, sino los problemas, o mejor, la verdad que ha de ser buscada tras los problemas. La desnudez retórica y el continuo problematizar de su diálogo no dejan lugar a dudas de que D. Leonardo, a diferencia de Lessing[9], ama más la verdad que el camino, y por eso no se detiene a adornarlo, ni se permite otra licencia que el gozo en el hallazgo de las verdades que nos salen al encuentro al buscar la verdad. El ingenio es don admirable, pero intransferible, en cambio la esforzada búsqueda sí es compartible, pues ante la verdad todos somos simples aprendices.

 

Por último, la tercera cualidad es la apertura universal en el saber, garantía de rectitud en la búsqueda. No hay autosatisfacción en el filosofar de D. Leonardo, sino sólo satisfacción en la realidad, o mejor, en la congruencia con la realidad. La originalidad no es meta alguna para la sabiduría, la meta es el gozo en la verdad cuya redundancia es el concordar con los demás. El filosofar ha de ser indefinidamente dialogante porque la verdad no admite propiedad privada ni singularidades. No hay nadie que busque sapiencialmente la verdad y no la encuentre[10]; y ella es encontrada con el mismo grado de intensidad con que se busca. Coincidir con otros en la verdad es un motivo de gozo, y encontrar la verdad que hay en todo pensamiento un desafío difícil, pero fecundo. Buscarla con tanta intensidad que nada verdadero ni pensador alguno quede excluido de nuestro pensar es la exigencia congruente con una búsqueda filosófica que se oriente a una verdad que sea trascendental. Esforzarse por encontrar y acoger la verdad que se esconde tras todo hallazgo humano es hacer real la catolicidad en el saber, o sea, el acogimiento positivo de todo lo hallado por el hombre en su busca de la verdad. Saber rescatar la verdad que sostiene incluso al error es casi sobrehumano, pero intentarlo sin desmayo es la única garantía de no confundir las limitaciones propias con la irrestricción de la verdad. Lo propio del hombre sabio es destinarse a la verdad, no ponerla a su servicio.

 

          Esto es lo que he aprendido al vivo de D. Leonardo, y estas son las razones por las que me sigo honrando en denominarme a mí mismo su discípulo.

  

 

LEONARDO POLO, UNIVERSITARIO

 

ANGEL LUIS GONZÁLEZ

 

Si, aunque sólo fuera por un breve espacio de tiempo, el mundo recobrase la serenidad, sin duda consideraría que el pensamiento filosófico del Prof. Leonardo Polo es una de las mayores y más profundas empresas intelectuales que ha habido en esta segunda mitad del siglo XX, capaz de vivificar los interrogantes metafísicos, gnoseológicos, antropológicos y culturales de la hora presente. Así, de múltiples maneras, lo han puesto de manifiesto más de cincuenta ponencias y comunicaciones leídas en el Congreso Internacional que sobre su pensamiento se ha celebrado recientemente.

 

Aunque es lo que me gustaría, no es mi cometido aquí y ahora resaltar -ya ha sido hecho- la originalidad de la filosofía poliana. Hilvanaré algunos rasgos más significativos de la personalidad de Polo como universitario. El espíritu o el alma de la universidad no es algo etéreo o fantasmal, sino que se encuentra encarnado o plasmado en quienes son universitarios. D. Leonardo ha sido y es un gran universitario. Lo es, en primer lugar, porque lleva toda su vida dedicado a la Universidad (a la de Navarra, y a otras: Granada, Panamericana de México, La Sabana de Bogotá, Piura de Perú, de la que es Doctor Honoris Causa, etc). En la Universidad de Navarra es uno de los pioneros: es suficiente recordar que la medalla de plata, que le fue entregada en la primera ocasión que se concedieron esas distinciones en nuestra Universidad, figura en su reverso el número que le corresponde en antigüedad: el número 7. A la Facultad de Derecho se incorporó para explicar Derecho Natural, y dos años más tarde, cuando se erigió la Facultad de Filosofía y Letras, fue el primer profesor de Fundamentos de Filosofía e Historia de los sistemas filosóficos; es el primer profesor de nuestra Sección de Filosofía. En un espacio de tiempo tan largo, y a pesar de que son tareas que le atraen menos, ha debido ocupar cargos, que siempre ha desempeñado con afán de colaboración y ayuda a la comunidad académica. Ha sido Director de Estudios de la Facultad de Filosofía y Letras, Director del Departamento de Historia de la filosofía durante muchos años, Director del Programa de Doctorado en Filosofía, que lleva consigo también, entre otras cosas, atender los Programas doctorales que el Departamento de Filosofía, mediante el convenio correspondiente, mantiene con cinco universidades.

 

Ha impartido lecciones de casi todas las asignaturas filosóficas de los diferentes planes de estudio acaecidos en los últimos cuarenta y cinco años; siempre ha aceptado cuando, por el motivo que fuere, era necesario pedirle que explicara una asignatura en la Facultad de Filosofía o en otras; por ejemplo, en los inicios de la Facultad de Ciencias de la Información, explicó durante los cursos 1975 a 1978 Historia del pensamiento político, económico y social, e incluso, el curso 78-79, Teoría de la Información II. Suele él señalar que por eso ha sido aquí el sobrero. Sin embargo todos somos conscientes de que muy pocas personas -sólo los verdaderos maestros- son capaces de tener esa visión global de los problemas filosóficos que les permita explicar, y de modo brillante, más de una asignatura. Los miles de alumnos que le han escuchado son testigos, quizá en algunos casos recuperados del estupor inicial, de sus planteamientos novedosos, de la profundidad de sus explicaciones, nunca triviales. Por eso, D. Leonardo siempre ha sido un profesor admirado; aunque haya huido de todo lucimiento personal, siempre ha despertado inquietudes filosóficas; ha enseñado a pensar con rigor, ha sellado con la impronta e inspiración de la verdad a cuantos le han escuchado en sus clases, seminarios y conversaciones, a las que tan aficionados somos los profesionales de la filosofía.

 

No me resisto a citar aquí un ejemplo publicado hace tres años; en una revista cultural se dedicó el número entero a un colega, director del Departamento de Filosofía de una universidad catalana. Ese colega, cuyos perfiles filosóficos discurren por líneas muy distintas a las de Polo, dejaba así constancia de las deudas contraídas con las personas a las que debía su formación filosófica: "Primero de todo he de nombrar al profesor de segundo curso de Filosofía (asignatura titulada Historia de la Filosofía) que determinó mi decantación por la filosofía. Fue el curso de Leonardo Polo, desarrollado en la Universidad de Pamplona, en donde estuve ese segundo año de carrera, el que me decidió. Pocas veces he sido testigo de un experimento tan extraordinario. La capacidad que tenía Polo (Don Leonardo entre los amigos de entonces) por hacer surgir, en y desde su palabra, como abriéndose paso desde el más oscuro origen, la palabra de los principales filósofos (Platón, Aristóteles, Plotino, Spinoza, Kant, Hegel) era algo único, algo de tal calidad y vigor intelectual que la mayoría de los asistentes a ese curso salíamos de la clase como quien sale de la efusión luminosa del "liberado" de la caverna platónica. Nunca, después, he sufrido un impacto igual, de tal intensidad y fuerza. Y hasta hace poco aún repasaba, de vez en cuando, las notas tomadas de ese memorable curso"[11]. Muchos son quienes conservan las notas tomadas en clases y seminarios de Polo después de muchos años, lo cual por cierto ha resuelto más de un problema a los responsables de su archivo de publicaciones, a la hora de datar intervenciones, cursos de doctorado, etc.

 

Algunas apariencias superficiales pueden denotar una cierta arrogancia, quizá producto de su desgarro castizo ("para mí leer a Hegel es igual de sencillo que leer el Coyote", o "yo hago más de noventa mil actos de conocimiento cada hora"). Pero son eso, apariencias superficiales; y sólo los sofistas clavan su mirada en las apariencias. Si he traído a colación las anteriores frases es para señalar a continuación que la virtud que más admiro en Polo es la humildad intelectual. Es sorprendente su capacidad de escuchar al interlocutor, pues no sólo entiende en profundidad lo que le dice, sino que, por eso mismo, prosigue el pensamiento que se le expone. De ahí que sus respuestas son a veces sorprendentes e inesperadas para quien entra en diálogo con él; aciertan a descubrir aspectos de la cuestión apenas entrevistos por quien pregunta.

 

Como los grandes maestros, D. Leonardo nunca es repetitivo en la exposición de los temas, lo cual siempre ha sido motivo de admiración en los colegas, discípulos y en quienes siguen su filosofía. Como ha subrayado Posada[12] es propio de su modo de filosofar el considerar cualquier tema siempre de nuevo, por así decir, esto es, sin dar por sabido lo sabido. Nunca se queda en un elenco de nociones ya sentadas. Con otras palabras, evita consolidar el saber conseguido. Aunque trate de un asunto elemental, siempre lo piensa -y lo expone- de nuevo, novedosamente; no se detiene en lo ya logrado, tampoco cuando expone el pensamiento de otro autor; siempre procura seguir adelante. De ahí el sorprendente vigor heurístico de su pensamiento, en el que nunca se repite lo ya pensado, sino que se avanza siempre, con pausa y sin precipitaciones, tratando de sacar a la luz, con nitidez, lo tematizado según cada acto intelectual, sin pasar a ejercer otro antes de haber puesto en claro los suficientes matices del tema abierto con el anterior.

 

De ahí también el que con frecuencia, en conversaciones y diálogos, utilice expresiones como "concentrar la atención", "no tirar la escalera", "¡calma al obrero!", "poco a poco hila la vieja el copo". Sus exposiciones se siguen de una concentración atencional muy enérgica, cuyo despliegue se debe a una dilucidación intrínseca de los temas encontrados, la cual va abriendo paso a la consideración de otros temas. Así sienta la coherencia o compatibilidad de unos con otros. En ese sentido es siempre una exposición estrictamente heurística, que a la vez lleva consigo que los temas queden abiertos.

 

Lo que alimenta la enseñanza universitaria es la investigación, ha escrito D. Leonardo en algunos de sus escritos sobre la institución universitaria. Por eso siempre ha repetido que la Universidad tiene como producto el saber superior, el cual no es simplemente cuestión de enseñanza; el saber superior es la cumbre del saber heredado, pero (...) lo heredado nunca está terminado, sino que hay que continuarlo. El saber es incrementable justamente desde su cima. Antes que extenderlo hay que incrementarlo[13]; el incremento del saber superior, lo primario de la universidad, está inexorablemente abierto al futuro. Esa característica del universitario la ha cumplido D. Leonardo en su vida y en su doctrina filosófica.

 

Con frecuencia se ha descrito su pensamiento como una filosofía siempre abierta, esperanzada y vertida hacia el futuro. "Encontrar la verdad no es terminal, sino que despierta una inspiración"[14]. La inagotabilidad de la verdad impide el estancamiento, el desencanto, el afincarse en el pensamiento débil o la detención exclusiva en miradas retrospectivas a la historia del pensamiento[15]. "El encuentro con la verdad se transforma en un punto de partida. La verdad encontrada dispara un proceso interior porque es una fuente de inspiración que antes la persona no tenía (...). A la sustitución de la motivación por la verdad encontrada puede llamarse enamoramiento. Enamorarse lleva consigo la aparición de actos de homenaje a la verdad, y sólo a ella, que antes no se podían ejercer o expresar de ninguna manera"[16]. Los profesionales de la filosofía nunca agradeceremos suficientemente a Polo sus continuas propuestas de no empequeñecerse, no conformarse con un pensamiento crepuscular, de no desertar de la filosofía. Aunque a él no le gusten los homenajes, la Facultad de Filosofía y Letras debe manifestar su gratitud al profesor, al gran universitario, que ha puesto unos cimientos tan sólidos, y sobre los que de modo inconsciente muchas veces los demás edificamos, cada uno a nuestra manera.

 

Quien lea con atención los textos de Polo no dejará de descubrir una inspiración hondamente cristiana; él siempre ha sido consciente de que un filósofo no es tan sólo el que ama el saber, sino el que "sirve a la Verdad". Esa ha sido la tarea incansable de D. Leonardo durante sus casi cincuenta años de ejercicio filosófico, siempre con la mira puesta en "dejar bien servida a la Verdad". Por eso, cuando un grupo de discípulos y colaboradores decidimos obsequiarle en este acto con un libro, ponderamos que debía tener dos características: una, que fuera -en la medida de lo posible­ inteligible por el gran público, y otra que abordara filosóficamente algunos temas, que conciernen al pensar la existencia cristiana. Al final, han salido dos; uno se titula Sobre la existencia cristiana, y tiene una introducción larga y excelente del Prof. Fernando Múgica sobre el pensamiento social de Polo. Incluye los extensos comentarios de D. Leonardo sobre las encíclicas sociales de Juan Pablo II, y otros trabajos como La originalidad de la concepción cristiana de la existencia, y Acerca de la plenitud. El segundo recoge algunos artículos ya publicados en revistas y otros escritos inéditos, con una también excelente introducción de Ricardo Yepes. Se titula este segundo La persona humana y su crecimiento. Si tuviera que destacar uno de los diez artículos que componen este libro, señalaría el último, el más largo, titulado El sentido cristiano del dolor, escrito en 1966, y que ve ahora la luz por primera vez.

 

Como ya se ha señalado, hay otros muchos inéditos que están esperando la corrección de los textos orales transcritos. Como es sabido, desde hace años, Polo corrige esas transcripciones que se le van pasando. Es frecuente verle tachando. Por eso suele decirse que "Polo no escribe, sino que tacha". Espero y deseo que la Facultad de Filosofía y Letras pueda garantizar la pequeña infraestructura que es necesaria para llegar a publicar toda su obra inédita.

 

Quisiera añadir una última idea para cerrar esta intervención de agradecimiento en nombre de la Facultad.

 

En ocasiones, la filosofía de Polo ha sido llamada una filosofía de la esperanza. De hecho él ha glosado en varias ocasiones las características esenciales de la esperanza y su aplicación a la vida universitaria. La esperanza es lo más firme, el armazón en marcha, lleno de sentido con el que caminamos hacia lo mejor[17]. No podemos instalamos en el presente, porque estamos en un mundo mejorable; una esperanza no utópica indica que lo mejor está por llegar, en el futuro. Y el futuro siempre está abierto.

 

Al agradecerle tantas cosas, en nombre de la Facultad, y al referirme a la esperanza, le estamos manifestando que con él compartimos y compartiremos los bienes hacia los que ella nos encamina.

 

 

LEONARDO POLO

 

AGUSTÍN GONZÁLEZ ENCISO

 

Quien haya estado mirando a la Universidad de Navarra desde fuera durante los últimos decenios -o sea, durante toda la vida de nuestra Universidad- se habrá quedado, sin duda, con muchas cosas; pero sobre todo, habrá identificado la institución con unos nombres.

 

Los nombres, es decir, las personas concretas, no son la institución, pues ésta no está hecha a su medida, de modo personalista. Pero los hombres sí son su vida, porque la Universidad de Navarra ha sido hecha -y sigue haciéndose­- por personas concretas que luchan gozosamente por ser fieles a un querer divino, manifestado en el impulso fundacional del Beato Josemaría, que las lleva a trabajar y a esforzarse para que la Universidad sea una realidad permanente. Son hombres que unen su pasión por el saber -saber más; pero sobre todo saber mejor, saber lo que hay que saber-, con su pasión por enseñar, por hacer que ese conocimiento adquirido con esfuerzo llegue más fácilmente a otros, para que todos seamos mejores.

 

Naturalmente, cuando se trabaja así, se deja huella y el lugar donde se imparte la vida acaba identificándose con uno mismo.

 

Universidad de Navarra -Filosofía y Letras - Filosofía ­Leonardo Polo. Está escrito entre guiones porque es una secuencia unitaria. Claro que hay y hubo otros; se trabaja en equipo. Pero la Sección de Filosofía y la Universidad de Navarra estarán siempre unidas a Don Leonardo.

 

No en vano, Don Leonardo fue uno de los primeros profesores de la Facultad, de la recién estrenada Facultad en el entonces Estudio General de Navarra. Lo que por añadidura hace de Don Leonardo uno de los profesores más veteranos de nuestra Universidad.

 

¿Qué puede decirle la Universidad a quien es uno de sus protagonistas? Es algo así como si un hijo tuviera que contar a su padre la historia de la familia. ¿Qué puedo decirle, Don Leonardo, sino muchas gracias por su vida, por su trabajo, por su magisterio ... por todo lo que usted ya sabe seguramente mejor que nadie?

 

No puedo decirle a él mucho más, pero sí puedo decirles a ustedes algo de él, aunque también seguramente lo saben. No importa que hayamos escuchado ahora unas cuantas cosas, un retrato que caracteriza la persona y su vida, no obstante dejar tanta realidad fuera del papel y de la palabra.

 

Hemos escuchado, sí; pero me atrevo a insistir en algo más. Don Leonardo es un ejemplo señero del pensamiento. Yo me pregunto muchas veces -y se lo repito a mis alumnos- ­si un universitario no es sino uno que piensa. Que piensa cómo es la realidad, cómo debería ser, cómo se puede mejorar. Piensa y piensa mucho. En este sentido, Leonardo Polo es un tipo acabado de universitario, que está siempre pensando de modo inconformista.

 

Porque ese proceso mental tiene un objetivo, conocer la verdad. ¿Y qué es la verdad? La pregunta alcanza tintes de cinismo cuando los Pila tos del mundo la utilizan para imponer su propia y pequeña verdad, que por ello deja de serlo.

 

Las personas rectas, en cambio, se preguntan por la verdad de la realidad vital que saben que las aproxima a la otra Verdad, única y absoluta, que si se nos da por la fe, se nos resiste a la razón. Y es ese salto el que un filósofo, el que un universitario, tendría que acabar siendo capaz de dar. Eso creo yo es lo que Don Leonardo no deja de intentar.

 

Esa actividad pensativa, así orientada, exige coherencia, pide ser consecuente en los hechos con lo que se piensa y necesita de constancia. Son tres facetas, tres virtudes, que también adornan sobradamente la personalidad de Don Leonardo.

 

Pero no crean que todo su pensamiento, incluso la dificultad que el oyente experimenta para recogerlo cuando el Profesor lo expresa en voz baja -como pensando en alto, más que hablando- adjetivan a alguien aislado de este mundo. En modo alguno. Ya se han recordado aquí algunas de sus aficiones. Unas más antiguas, como la mecánica. El joven Polo, conductor de motos y de automóviles. El gusto por la velocidad parece que no se aviene con lo que normalmente entendemos por un hombre de letras.

 

Otras aficiones han durado más, como el dominó o el ajedrez. Hay que ganar, y eso es una cuestión práctica. En la Universidad de Navarra he aprendido una frase que no sé a quien se debe asignar: No hay nada más práctico que una buena teoría. Leonardo Polo es, una vez más, ejemplo de esa simbiosis entre teoría y práctica llevada también a elevados niveles. ¿Quién podría imaginarse, hace unos once años, es decir, ates de que existiese el hoy Instituto de Empresa y Humanismo, que a Don Leonardo podrían escucharle los empresarios? Pues no sólo le han escuchado con gusto, sino que le han buscado y deseado sus palabras sabedores de que la buena práctica empresarial exige algo más que una técnicas de gestión. Me atrevería a decir también que su fructífera intervención en los años fundacionales de Empresa y Humanismo, y su mayor acercamiento al mundo empresarial, le han servido a Leonardo Polo para profundizar aún más y explicamos mejor unas cuantas realidades de nuestra antropología.

 

De alguna manera, se cierra un ciclo vital de pensamiento que va desde las más profundas especulaciones sobre el ser y el conocimiento, hasta el anclaje de 10 filosófico en las realidades más prácticas. No se si el sentido práctico de este filósofo 10 da la propia filosofía, es innato, o le debe también algo a la tradición jurídica en la que se desarrolló su primera formación.

 

Se dice a veces que los filósofos no tienen maestro. Ignoro si es así, o no, pero sí sé que Leonardo Polo tiene muchos discípulos. Aquí hay unos cuanto y a otros se los puede incluso encontrar en la calle. Hasta algunos empresarios le tienen por maestro.

 

¿Cómo se puede tener tanto éxito, podríamos

preguntarnos irónicamente, siendo filósofo?

 

Lo contestaré con palabras de San Juan de la Cruz. Dijo el Santo poeta que:

 

Buscando mis amores

iré por esos montes y riberas; 

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras

 y pasaré los fuertes y fronteras.

 

Como San Juan, Don Leonardo ha buscado, por encima de todo, al amor de sus amores, que sin duda es Dios, encontrado en la Filosofía y en la vida, en una imposible separación de los tres.

 

Con ese anhelo ha ido por los senderos de la vida con talante desprendido. Ha despreciado las flores del halago. Incluso ahora, cuando no tiene más remedio que escucharlas, ha tenido que soportar algunas bromas que todos nos hemos permitido, abusando de su también incansable buen humor.

 

No ha temido las fieras de la crítica, del desdén, de la sonrisa irónica, incluso del olvido, a la que tan dados son los Pilatos de la vida. Y así, tras un caminar incansable, por un camino a veces áspero, pero también con árboles y flores, y frondosos sotos de verdura, ha cruzado las fronteras del conocimiento heredado y ha alcanzado las fortificaciones de la Verdad.

 

Don Leonardo, una vez más, y siempre muchas gracias.

 

 


[1] L. Polo, La vida buena y la buena vida, una confusión posible, en Atlántida, 1991,7, p. 286.

 

[2] L. Polo, La originalidad de la concepción cristiana de la existencia, en Palabra, 54, 1970, 18.

 

[3]3 Las semblanzas personales publicadas acerca de Leonardo Polo pueden encontrarse en M. J. Franquet, Semblanza bio-bibliográfica, en Leonardo Polo, filósofo, Anuario Filosófico, (26-1) 1992, 11-26, junto a los restantes artículos de ese volumen, y en M. J. Franquet, Trayectoria intelectual de Leonardo Polo, en Anuario Filosófico, (55) 1996, 14-37. Otras semblanzas de R. Yepes: Leonardo Polo, en Qué es eso de la filosofía, Drac, Barcelona, 1989, 143-161; Introducción al libro de L. Polo, Quién es el hombre, Rialp, Madrid, 1991, 11-16; Guía bibliográfica, en L. Polo, Presente y futuro del hombre, Rialp, Madrid, 1993,205-208; Quién es el hombre. La filosofía de Leonardo Polo, en Atlántida, 14, 1993, págs. 70-79.

 

[4] Lecciones Muniquesas para la Historia de la Filosofía Moderna, trad. L. de Santiago, Málaga, 1993, 269).

[5] De Ordine II, 9, 26. Nótese en el texto que gracias a la mutua ayuda de esas dos vías se puede alcanzar el entendimiento (que es todas las cosas) y el conocimiento del ser supremo o principio sin principio.

[6] Ep. 120, 8.

[7] De magistro 12, 40.

[8] ST III, 12, 3 c y ad 2.

[9] Lessings Schriften, herausg. von K. Lachmann, Leipzig, 1897, 13.Band, 23 ss.

[10] Libro de la Sabiduría 6, 12 ss.

[11] Eugenio Trías, Autopercepción intelectual, en Anthropos, 4, abril 1993, 27.

 

[12] 2 Jorge Mario Posada, Notas sobre la filosofía de Leonardo Polo (pro manuscripto); a quien sigo en estas ideas sobre su método filosófico.

 

[13] Son ideas o frases textuales de Leonardo Polo en El profesor universitario, Universidad de Piura, 1995.

[14] Leonardo Polo, La verdad como inspiración, en La persona humana y su crecimiento, Pamplona 1996, 204.

[15] Cfr. Jorge Mario Posada, La física de causas en Leonardo Polo, Pamplona, 1995, 13.

[16] Leonardo Polo, ibid., 198.

[17] Cfr. Leonado Polo, Conferencia sobre la Universidad de Navarra (pro manuscripto).