IEFLP

MISCELÁNEA POLIANA

Revista de prepublicaciones del

Instituto de Estudios Filosóficos

LEONARDO POLO

SERIE DE TEOLOGÍA, 7 (2006)

ISSN: 1699-2849

EL CÁNTICO DE SALOMÓN

 

 

COMENTARIO

 

A

 

EL CANTAR DE LOS CANTARES

 

(I)

 

 

POR

IGNACIO FALGUERAS SALINAS

 

 

ÍNDICE

(I)

 

SECCIÓN I:

 

PRESENTACIÓN

I. Introducción

II. Plan del comentario

III. Texto del cantar

 

SECCIÓN II:

 

GLOSA DEL CANTAR

 

(II)

 

SECCIÓN III:

 

COMENTARIO TEOLÓGICO

I.                Las bodas

II.              El amor y la unión entre los esposos

1.     La iniciativa del amor

2.     La aceptación del amor por la esposa:

2.A. La sobrenaturaleza de la esposa

2.B. La unión de las voluntades

2.C. La consumación de las bodas

2.D. La continuación de la cesiones amorosas de la esposa

3.  La unidad de acción entre el esposo y la esposa

III.       Los «terceros»

IV.      Consecuencias teológico-filosóficas del comentario

1.       Consecuencias de la alegoría de las bodas para la encarnación

2.      Consecuencias de la encarnación para las bodas:

    2.A. La institución matrimonial

    2.B. El deterioro de la institución natural por el pecado

    2.C. Consecuencias de la encarnación sobre el matrimonio

V.        Conclusión

 

SECCIÓN IV:

 

ACLARACIONES AL COMENTARIO

 

SECCIÓN V:

 

APÉNDICE: El ser y la esencia de Cristo

 

 

SECCIÓN I:

 

PRESENTACIÓN

 

 

"Y porque lo que dijere –lo cual quiero sujetar al mejor juicio y totalmente a el de la Santa Madre Iglesia– haga más fe, no pienso afirmar cosa de mío fiándome de experiencia que por mí haya pasado, ni de lo que en otras personas espirituales haya conocido o de ellas oído (aunque de lo uno y de lo otro me pienso aprovechar), sin que con autoridades de la Escritura divina vaya confirmado y declarado, a lo menos en lo que pareciere más difícil de entender" (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual, Prólogo, §4, Vida y Obras, B.A.C., Madrid, 91975, 704).

 

I.                Introducción

 

 Los cantares son elevaciones del entendimiento y de la voz que sintetizan en bellas palabras a la vez que en bellos tonos la expresión de un encendido afecto por parte de una criatura, y son tanto más altos cuanto más excelso es su destinatario, más admirable es su motivo, y mejor es su cantor. El Cantar de los cantares pretende ser el cantar por antonomasia, el más alto de los cantares. El gran enigma que encierra es que, siendo revelado y pretendiendo ser el más alto cantar, en él no se menciona directamente a Dios más que en una ocasión[1], y todo cuanto parece decir se refiere al amor natural entre hombre y mujer. Por eso, esta obra del Espíritu Santo y de un desconocido autor hebreo ha suscitado serias dificultades de intelección, habiendo sido interpretada hasta ahora (i) bien como una loa del amor humano[2], (ii) bien como un canto al amor entre Yahvé y su pueblo[3], (iii) bien como la expresión del amor de Cristo a su Iglesia[4], o (iv) bien como una descripción de los amores entre Cristo y las almas que le buscan[5]. Basándome en la indicación de excelencia de su nombre y en los datos revelados por el Segundo y último Testamento, propongo, por mi parte, entenderla como el canto que hace teándricamente la humanidad de Cristo y en el que queda expresada de modo alegórico la encarnación[6]. No puede haber un canto con más alto motivo ni mejor hecho; y por eso a la unión de divinidad y humanidad en Cristo le ha de corresponder el Cantar de los cantares, es decir, el modelo y razón de todo otro cantar. Además, si lo que esta obra revela es el misterio escondido e insospechable de la mayor obra de Dios, la encarnación[7], entonces puede entenderse que casi no mencione directamente a Dios. Visto desde la encarnación, quienes hablan en este cantar son la divinidad y la humanidad-de-Dios, o sea, la divinidad del que asume y la humanidad asumida. Por eso, el Cantar no requiere mencionar a Dios más que de modo excepcional: versando todo él sobre la hazaña en la que Dios se revela personalmente, no hacía falta mencionarlo como un referente externo ni como un referente entre otros. Qué entendió el autor hebreo al escribirlo no se puede colegir ni de la literatura antigua más o menos contemporánea ni de referencias históricas meramente humanas, de las que la propia obra prescinde. Puesto que el libro es inspirado, su autor humano debió entrever algo del misterio que Dios por su medio revelaba, a saber, la dignidad del amor humano y la perfección futura del amor prometido por Yahvé a su pueblo, pero lo entrevió nebulosamente situado en un futuro impreciso, que sólo los creyentes en Cristo podemos saber que se cumplió en la encarnación del Verbo. Como acontece en general con todo el Primer Testamento, pero de un modo especial en este caso, el sentido del libro no queda realmente esclarecido hasta que no adviene el Segundo y último. El ejemplo de nuestro Señor, quien, exponiendo las Escrituras ante los dos de Emaús, les abrió su sentido divino[8], debiera servirnos de guía para comprender que el magisterio de los Sagrados Escritos no se agota en el sentido literal de sus autores humanos, sino que cobra toda su luz y significado en los misterios de la revelación cristiana.

 

Tras la metáfora de la esposa entiendo, pues, a la humanidad de Cristo, y tras la metáfora del esposo a su divinidad. Alegóricamente hablando, el Verbo ha desposado a su humanidad en el tálamo virginal del útero de María[9]. El Cantar es, así entendido, una cierta forma de prosopopeya en la que la humanidad y la divinidad unidas hipostáticamente en Cristo hablan como si fueran personas diferentes. Aunque en realidad no existe en Él más que una sola persona, la del Verbo, tal prosopopeya permite, con todo, que nos acerquemos a la intimidad del misterio de la unión hipostática.

 

Sin embargo, es preciso matizar bien el sentido de mi propuesta. Lo que el Cantar tiene de prosopopeya facilita a la debilidad de nuestro entendimiento el concentrar la atención meditadora sobre la naturaleza humana de Cristo, pero lleva consigo el peligro de considerarla como si fuera una persona distinta de la divina, lo cual constituiría un gravísimo error contra la unidad personal de Cristo. Por eso, el lector siempre deberá entender que, cuando habla la naturaleza humana de Cristo como si fuera una persona, es el Verbo el que en verdad habla según esa naturaleza, no propiamente ella sola, pues está asumida por Él[10]. En ese preciso sentido, lo que yo propongo es entender este canto como una visión profético-alegórica de la encarnación, misterio entre los misterios. Eso no significa que haya de entenderse el Cantar como un monólogo en el que Cristo hable consigo mismo. Puesto que en Cristo no existe más que una persona, la del Verbo, puede decirse que es el Verbo el que se expresa ora bajo las palabras de la esposa, ora bajo las palabras del esposo, y que, entonces, siendo dos las naturalezas unidas en una sola persona, cuando habla como esposo habla como Dios, cuando habla como esposa habla como hombre. Eso es correcto siempre que se entienda que las naturalezas son presentadas hablando entre sí, pero para nosotros, no para sí, y que su diálogo no es sino una exposición de su unión ante los lectores del Cantar. Cristo no habla consigo mismo nunca –ni siquiera como hombre–, sino siempre con el Padre, en el Espíritu, y para nosotros, por eso excluyo interpretarlo como un monólogo, lo que carece de todo sentido en una persona divina. Se trata, pues, de un diálogo fingido entre las naturalezas divina y humana de Cristo[11], pero que sirve para revelarnos las intimidades de la unión hipostática. Siendo la encarnación el mayor acto de amor de la Trinidad a la humanidad, y siendo la humanidad asumida por el Verbo el mayor acto posible de amor (creado) a la Trinidad, el diálogo amatorio entre las naturalezas es un modo simbólico de expresar el insuperable amor divino-humano que se concentra en la propia encarnación, y, puesto que el amor es unitivo, la forma nupcial de este diálogo es apta para servir como expresión metafórica de la unión divino-humana de naturalezas obrada en Cristo Jesús, Señor nuestro, por su Persona. Más aún, si se advierte que la unión hipostática no es inerte, sino llena de vida, se entenderá que este Cantar narre el despliegue temporal del amor que existe entre la humanidad y la divinidad de Cristo, así como los afectos y sentimientos de la humanidad de Cristo al sentirse amada por la divinidad y al amarla a imagen de como la divinidad la ama. No estamos, por tanto, ante una exposición abstracta de la que es la más alta e indisoluble de las uniones[12], sino ante una exposición que la narra en la forma de la historia de amor que es la vida real de Cristo, Verbo encarnado.

 

Este modo de entender el Cantar de los cantares no excluye necesariamente ninguno de los anteriormente mencionados. Antes por el contrario, siendo la encarnación la hazaña más inaudita del amor de Dios por los hombres, e incluso por todas sus criaturas, ella refuerza el sentido de todas las otras maneras de entender el texto del Cantar. Del amor humano toma las metáforas literales, pero convirtiéndolas, al aplicarlas a las nupcias del Mesías, en más que metáforas, en signo que eleva la condición del amor matrimonial cristiano a la dignidad de expresión viva del amor de Cristo, a la par que propone Su amor como modelo supremo para todo amor humano. Del amor de Yahvé a Israel toma el espíritu y sentido, para señalar cómo será su cumplimiento en plenitud, tal como lo habían anunciado los profetas. Del amor de Cristo a la Iglesia ella muestra su inicio, su decurso y su final: la encarnación (acto), vida, muerte, resurrección, ascensión y segunda venida del Señor. Y del amor de Cristo a las almas, ella detalla su concreción, sirviendo las renuncias y angustias de la humanidad de Cristo como indicación de las renuncias y pruebas que han de aceptar cada una de las almas que le buscan y esperan, pues éstas han de amarle a imagen de como han sido amadas por Él.

 

En pocas palabras, de modo semejante a como todos los demás amores alcanzan su plenitud gracias a la unión hipostática, así todas las otras interpretaciones del Cantar encuentran su encaje y su cumplimiento, es decir, su sentido pleno, en aquella que lo refiere a la encarnación. Se podrá objetar, que la lectura que propongo es una lectura alegórica, no literal, y por tanto arbitraria. Pero esa objeción –que consideraré más detenidamente al final– podría quizás ser válida para otros libros, ya que éste, lleno de metáforas y sin referencias históricas meramente humanas, es todo él una alegoría. Además, debe recordarse que las lecturas alegóricas no han de ser por completo desechadas, como tiende a hacerse hoy con excesiva facilidad[13], pero en ningún caso deben serlo cuando el propio texto pide una interpretación alegórica[14], y cuando la lectura que se propone tiene fundamento en el sentido literal del autor divino. Porque, este libro no es un libro que narre la historia de ninguna relación amorosa real entre dos amantes humanos concretos[15], sino un libro inspirado y profético, que, ateniéndonos al sentido general de todo el Primer Testamento, nos revela una futura relación de amor en la que todo será perfecto: la era mesiánica prometida por los profetas, cuyo cumplimiento primero y ejemplar sabemos que es la encarnación, iniciada con la primera venida de Cristo, y que será terminada tras su segunda venida, cuando aquella perfección será comunicada plenamente a todas las criaturas que hayan creído en Él.

 

Pido perdón por el atrevimiento que implica acometer el comentario a una obra tan eximia y difícil, y que sin duda pagaré pasando ingenua e involuntariamente por encima de muchas y divinas sugerencias del texto sagrado. Como decía Orígenes en una de sus homilías sobre el Cantar[16], si sólo bajo ciertas condiciones era lícito acercarse al lugar santo, y muchas más y más exigentes eran las requeridas para acercarse al Sancta Sanctorum, y todavía más para celebrar en él el Sábado de todos los sábados, así también se requiere mucha más inteligencia y fe para intentar entender el Cantar de los cantares, el más difícil e inasequible para los intérpretes, que para entender cualquier otro cantar sagrado. La confianza que sostiene tal atrevimiento mío es que nadie nunca pudo cantar un cantar más alto y profundo que la humanidad asumida por el Verbo, de manera que, aunque mi comentario necesariamente se quedará en todo momento demasiado corto, todo esfuerzo por entenderlo en ese sentido siempre será atinado.

 

 

II.              Plan del comentario

 

 

Los versos que siguen se encuadran dentro del género epitalámico, es decir, dentro de las composiciones poéticas que cantan las nupcias o el amor humano; pero toman pie en el amor humano para expresar la perfección del (futuro) amor entre Dios y su pueblo, y, de modo más radical, el amor entre la divinidad y la humanidad en Cristo, lo cual se advierte en que, siendo libro revelado, tales versos proponen un amor ideal, modélico, muy superior al ordinario entre los hombres, un amor perfecto que supera a todo otro amor conocido, y que sólo es real en Cristo y por Cristo, aquel que trae en sí y consigo el cumplimiento del reino de Dios.

 

El Cantar se abre por donde comienza el amor: por las declaraciones amorosas. La humanidad de Cristo ha recibido en su misma asumición creadora el beso de la divinidad, su amor precedente e inmenso. Es la esposa la que comienza ensalzando el amor del esposo, porque el Esposo divino la ha amado eternamente antes, y porque el Cantar es un cántico creado, propio de la más alta de las creaciones: cantar es lo que conviene a las criaturas, y en especial a aquella naturaleza humana que, asumida por el Verbo, entiende y ama directamente a Dios. Por otro cabo, el Cantar se cierra como anhela cerrarse todo amor humano: por la eterna y feliz convivencia amorosa de los amantes, y que, en realidad, será la vuelta de Cristo al Padre acompañado por toda la creación, liberada ya de la cautividad del pecado y de la muerte. Al final, es el esposo el que consolida con su palabra la sempiternidad del mutuo amor. Entre ambos momentos, el Cantar nos describe la conversatio o convivencia amorosa de los esposos en las distintas vicisitudes por las que pasan sus bodas. El Cantar consta, por tanto, de tres grandes partes, aunque la segunda se subdivide en varios tramos.

 

Visto desde su composición interna, el Cantar está dividido en cuatro partes por una cadencia que se repite tres veces (c. II, 7; c. III, 5; c. VIII, 4) en boca del esposo: un conjuro por el que de modo indirecto conmina en nombre del Señor de los ejércitos, es decir, en su propio nombre, a que no le sea quitada a la esposa la paz y el sosiego con que reposa confiadamente en sus brazos, paz y sosiego que son expresión de la paz y mansedumbre de la humanidad de Cristo correspondientes a la visión beatífica de su alma. Y todo ello «hasta que ella quiera», es decir, hasta que su humanidad, arrebatada por el amor al esposo, tome la iniciativa y consume su amor, amando a imagen de como es amada. Las partes primera y última se corresponden con el inicio y con la consolidación final del amor, respectivamente, en cambio las partes segunda y tercera narran la historia de las pruebas a las que se somete amorosamente la esposa. Entiendo que la distribución de esta adjuración a lo largo del texto marca los hitos principales de la ordenación interna del Cantar. Sin embargo, por respeto a la división tradicional y por sentido práctico, en el texto y en las citas he conservado la referencia a los capítulos y versos en que se ordena usualmente[17]. Sólo en la glosa he puesto de relieve la recién indicada composición interna.

 

Descendiendo a más detalles, el primer tramo (I, 1 - II, 7) corresponde a la descripción de la unión hipostática en su mismo inicio y en su connatural estabilidad durante el estado de viador de Cristo. El segundo (II, 8 - III, 5) describe la unión hipostática en cuanto que afectada por la previsión de la separación, que, introducida por la decisión de morir por parte del Verbo, tiene su momento culminante en la oración del huerto. Los versos que siguen, y que englobamos en el tercer tramo, corresponden (i) a la descripción de la unión hipostática en el abandono final de la cruz (III, 6 - V,1); (ii) a la descripción del estado del alma de Cristo durante la muerte y el descenso a los infiernos (V, 2 - VI, 3), así como (iii) a la descripción de la resurrección y recuperación de su gloria, junto con el anuncio de su segunda venida como juez y señor del Universo (VI, 4 - VIII, 4). Por último, el tramo cuarto y final (VIII, 5 - VIII, 7) corresponde a la ascensiones primera y segunda de Cristo, es decir, a la ascensión a los cielos y a la segunda vuelta al Padre con la humanidad conquistada y con la totalidad de la creación sobreelevada, y en ellas se alude a la consagración para la eternidad del amor divino-humano ejercido primeramente en la encarnación como acto.

 

A todo lo cual se añaden, en los últimos versos (VIII, 8 - VIII, 14), las ironías y la falta de fe de los hermanos de Cristo hacia su esposa (su Cuerpo místico) en el tiempo que media entre la ascensión primera y la segunda (la de toda la creación con Cristo), junto con las sabias respuestas de la esposa, que ahora es la Santa Madre Iglesia.

 

Los aludidos versículos recurrentes (en negritas) están precedidos la primera (II, 6) y la última vez (VIII, 3) por un díptico puesto en boca de la esposa, en el que ella describe el estado de su unión con el esposo: el brazo izquierdo del esposo bajo su cabeza, y el derecho abrazándola. Sólo, pues, una vez no precede este díptico al conjuro, y se corresponde con el abandono final en la muerte del cuerpo de Cristo: entonces la humanidad no se siente toda ella abrazada por y al esposo, sino que sufre por la previsión de la separación del cuerpo respecto del amor y de la visión beatífica del alma. Por su parte, la humanidad de Cristo, ya separado del esposo su cuerpo, también conjura a sus hermanas, las hijas de Jerusalén para que, si encuentran a su amado, le digan que languidece de amor (V, 8), lo que abre una serie de coloquios del alma humana de Cristo con otras criaturas acerca de la plenitud de su amor humano a Dios, durante su descenso a los infiernos.

 

Para aprovechar mejor la riqueza insondable en indicaciones y sugerencias del texto sagrado, he dividido el comentario en dos partes: una glosa versículo a versículo, y un comentario teológico que muestre sinópticamente, y con toda la hondura de que yo sea capaz, la enseñanza recibida. Al final del escrito, terminaré aclarando algunas dificultades que pueden suscitar tanto la glosa como el comentario. Y el conjunto será coronado con dos Apéndices, uno filosófico-teológico sobre el Ser de Cristo, para completar las aportaciones al comentario, y otro documental, que recoge los textos más elocuentes del Primer Testamento relativos al amor entre Yahvé y su pueblo, así como los del Segundo Testamento referentes a las bodas, a fin de que los lectores dispongan directamente y en su integridad de los textos principales en que se inspira este comentario.

 

En cuanto a la base filológica, puesto que no parecen existir divergencias decisivas acerca del texto, sino que el gran problema de esta obra se concentra en el plano exegético, no he creído necesario tomar excesivas precauciones al respecto. He seguido como guía principal la traducción del original hecha por la Bible de Jérusalem, Paris, 1956, y he elegido como texto la traducción al español realizada por Manuel Revuelta Sañudo (Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Bilbao[18]). Para la glosa de determinados pasajes han sido tenidas en cuenta las traducciones de los LXX (griego), de la Vulgata, de s. Jerónimo (latín), y otras.

 

 

III. El texto del Cantar

 

 

PARTE PRIMERA

 

 

Capítulo I

 

                                  1 Cantar de los cantares, de Salomón.

 

LA ESPOSA                 2 ¡Que me bese con los besos de su boca!

    Mejores son que el vino tus amores;

                                  3 mejores al olfato tus perfumes;

                                     ungüento derramado es tu nombre,

                                     por eso te aman las doncellas.

                                  4 Llévame en pos de ti: ¡Corramos!

                                     El Rey me ha introducido en sus mansiones;

                                     por ti exultaremos y nos alegraremos.

                                     Evocaremos tus amores más que el vino;

                                     ¡con qué razón eres amado!

 

                                 5  Negra soy, pero graciosa, hijas de Jerusalén,

                                     como las tiendas de Quedar,

                                     como los pabellones de Salmá.

                                 6  No os fijéis en que estoy morena:

                                     es que el sol me ha quemado.

                                     Los hijos de mi madre se airaron contra mí;

                                     me pusieron a guardar las viñas,

                                     ¡mi propia viña no la había guardado!

 

                                 7  Indícame, amor de mi alma,

                                     dónde apacientas el rebaño,

                                     dónde lo llevas a sestear a mediodía,

                                     para que no ande yo como errante

                                     tras los rebaños de tus compañeros.

 

EL CORO                    8  Si no lo sabes, ¡oh la más bella de las mujeres!,

                                     sigue las huellas de las ovejas,

                                     y lleva a pacer tus cabritas

                                     junto al jacal de los pastores.

 

EL ESPOSO                 9  A mi yegua, entre los carros de Faraón,

                                      yo te comparo, amada mía.

                                10  Graciosas son tus mejillas entre los zarcillos,

                                      y tu cuello entre los collares.

                                11  Zarcillos de oro haremos para ti,

                                      con cuentas de plata.

 

DIÁLOGO                  12 – Mientras el rey se halla en su diván,

DE LOS ESPOSOS             mi nardo exhala su fragancia.

                                13   Bolsita de mirra es mi amado para mí,

                                       que reposa entre mis pechos.

                                14   Racimo de alheña es mi amado para mí,

                                       en las viñas de Engadí.

 

                                15 – ¡Qué bella eres, amada mía,

                                        qué bella eres!

                                        ¡Palomas son tus ojos!

 

                                16 – ¡Qué hermoso eres, amado mío,

                                        qué delicioso!

                                        Puro verdor es nuestro lecho.

 

                                17 – Las vigas de nuestra casa son de cedro,

                                        nuestros artesonados, de ciprés.

 

 Capítulo II

 

                                  1 – Yo soy el narciso de Sarón,

                                         el lirio de los valles.

 

                                  2 – Como el lirio entre los cardos,

                                        así mi amada entre las mozas.

 

                                  3 – Como el manzano entre los árboles silvestres,

                                        así mi amado entre los mozos.

                                        A su sombra apetecida estoy sentada,

                                        y su fruto me es dulce al paladar.

                                  4    Me ha llevado a la bodega,

                                        y el pendón que enarbola sobre mí es Amor.

                                  5    Confortadme con pasteles de pasas,

                                        con manzanas reanimadme,

                                        que enferma estoy de amor.

 

                                  6    Su izquierda está bajo mi cabeza,

                                        y su diestra me abraza.

 

                                  7 – Yo os conjuro,

                                        hijas de Jerusalén,

                                        por las gacelas, por las ciervas del campo,

                                        no despertéis, no desveléis a mi amor,

                                        hasta que le plazca.

 

 

 

 

PARTE SEGUNDA

 

 LA ESPOSA                8   ¡La voz de mi amado!

                                       Helo aquí que ya viene,

                                       saltando por los montes,

                                       brincando por los collados.

                                  9   Semejante es mi amado a una gacela,

                                       a un joven cervatillo.

 

                                       Vedle ya que se para

                                       detrás de nuestra cerca,

                                       mira por las ventanas,

                                       atisba por las rejas.

 

                                10   Empieza a hablar mi amado,

                                       y me dice:

                                       «Levántate, amada mía,

                                       hermosa mía, y vente.

                                11   Porque, mira, ha pasado ya el invierno,

                                       han cesado las lluvias y se han ido.

                                12   Aparecen las flores en la tierra,

                                       el tiempo de las canciones es llegado,

                                       se oye el arrullo de la tórtola

                                       en nuestra tierra.

                                13   Echa la higuera sus yemas,

                                       y las viñas en cierne exhalan su fragancia.

                                       ¡Levántate, amada mía,

                                       hermosa mía, y vente!

                                14   Paloma mía, en las grietas de la roca,

                                       en escarpados escondrijos,

                                       muéstrame tu semblante,

                                       déjame oír tu voz;

                                       porque tu voz es dulce,

                                       y gracioso tu semblante.»

 

 

                                15  Cazadnos las raposas,

                                      las pequeñas raposas

                                      que devastan las viñas,

                                      pues nuestras viñas están en flor.

 

                                16  Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado:

                                      él pastorea entre los lirios.

 

                                17 Antes que sople la brisa del día

                                     y se huyan las sombras,

                                     vuelve, sé semejante,

                                     amado mío, a una gacela

                                     o a un joven cervatillo

                                     por los montes de Béter.

 

 Capítulo III

 

                                  1 En mi lecho, por las noches, he buscado

                                      al amor de mi alma.

                                      Busquéle y no le hallé.

                                  2  Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad.

                                      Por las calles y las plazas

                                      buscaré al amor de mi alma.

                                      Busquéle y no le hallé.

 

                                  3  Los centinelas me encontraron,

                                      los que hacen la ronda en la ciudad:

                                      «¿Habéis visto al amor de mi alma?»

 

                                  4  Apenas habíalos pasado,

                                      cuando encontré al amor de mi alma.

                                      Le aprehendí y no le soltaré

                                      hasta que le haya introducido

                                      en la casa de mi madre,

                                      en la alcoba de la que me concibió.

 

                                  5  Yo os conjuro,

                                      hijas de Jerusalén,

                                      por las gacelas, por las ciervas del campo,

                                      no despertéis, no desveléis a mi amor,

                                      hasta que le plazca.

 

 

PARTE TERCERA

 

 

                                  6  ¿Qué es eso que sube del desierto,

                                      cual columna de humo

                                      sahumado de mirra y de incienso,

                                      de todo polvo de aromas exóticos?

 

                                  7  Ved la litera de Salomón.

                                      Sesenta valientes en torno a ella,

                                      La flor de los valientes de Israel:

                                  8  todos diestros en la espada,

                                      veteranos en la guerra.

                                      Cada uno lleva su espada al cinto,

                                      por las alarmas de la noche.

 

                                  9  El rey Salomón

                                      se ha hecho un palanquín

                                      de madera del Líbano.

                                10  Ha hecho de plata sus columnas,

                                      de oro su respaldo,

                                      de púrpura su asiento;

                                      su interior, tapizado de amor

                                      por las hijas de Jerusalén.

 

                                11 Salid a contemplar,

                                     hijas de Sión,

                                     a Salomón el rey,

                                     con la diadema con que le coronó su madre

                                     el día de sus bodas,

                                     el día del gozo de su corazón.

 

 Capítulo IV

 

EL ESPOSO                 1 ¡Qué bella eres, amada mía,

                                      qué bella eres!

                                      Palomas son tus ojos

                                      a través de tu velo;

                                      tu melena, cual rebaño de cabras,

                                      que ondulan por el monte Galaad.

                                  2  Tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo

                                      que salen de bañarse:

                                       todas tienen mellizas,

                                       y entre ellas no hay estéril.

                                  3  Tus labios, una cinta de escarlata,

                                       tu hablar, encantador.

                                      Tus mejillas, como cortes de granada

                                       a través de tu velo.

                                  4  Tu cuello, la torre de David,

                                       erigida para trofeos:

                                       mil escudos penden de ella,

                                       todos paveses de valientes.

                                  5  Tus dos pechos, cual dos crías

                                       mellizas de gacela,

                                       que pacen entre lirios.

 

                                  6  Antes que sople la brisa del día,

                                      y se huyan las sombras,

                                      me iré al monte de la mirra,

                                      a la colina del incienso.

 

                                  7 ¡Toda hermosa eres, amada mía,

                                     no hay tacha en ti!

 

                                  8  Ven del Líbano, novia mía,

                                      ven del Líbano, vente.

                                      Otea desde la cumbre del Amaná,

                                      desde la cumbre del Sanir y del Hermón,

                                      desde las guaridas de leones,

                                      desde los montes de leopardos.

 

                                  9  Me robaste el corazón,

                                      hermana mía, novia,

                                      me robaste el corazón

                                      con una mirada tuya,

                                      con una vuelta de tu collar.

                                10  ¡Qué hermosos tus amores,

                                      hermosa mía, novia!

                                      ¡Qué sabrosos tus amores! ¡más que el vino!

                                      ¡Y la fragancia de tus perfumes,

                                      más que todos los bálsamos!

                                11  Miel virgen destilan

                                      tus labios, novia mía.

                                      Hay miel y leche

                                      debajo de tu lengua;

                                      y la fragancia de tus vestidos,

                                      como la fragancia del Líbano.

 

                                12  Huerto eres cerrado,

                                      hermana mía, novia,

                                      huerto cerrado,

                                      fuente sellada.

                                13  Tus brotes, un paraíso de granados,

                                      con frutos exquisitos:

                                14  nardo y azafrán,

                                      caña aromática y canela,

                                      con todos los árboles de incienso,

                                      mirra y áloe,

                                      con los mejores bálsamos.

                                15  ¡Fuente de los huertos,

                                      pozo de aguas vivas,

                                      corrientes que del Líbano fluyen!

 

LA ESPOSA               16  ¡Levántate, cierzo,

                                      ábrego, ven!

                                      ¡Soplad en mi huerto,

                                      que exhale sus aromas!

                                      ¡Entre mi amado en su huerto

                                      y coma sus frutos exquisitos!

 

 Capítulo V

 

EL ESPOSO                1  Yo entro en mi huerto,

                                      hermana mía, novia;

                                      tomo mi mirra con mi bálsamo,

                                      como mi miel con mi panal,

                                      bebo mi vino con mi leche.

                                      ¡Comed, amigos, bebed,

                                      oh queridos, embriagaos!

 

LA ESPOSA                2   Yo duermo, pero mi corazón vela.

                                      ¡La voz de mi amado que llama!:

                                      «¡Ábreme, hermana mía, amiga mía,

                                      paloma mía, mi perfecta!

                                      Que mi cabeza está cubierta de rocío

                                      y mis bucles del relente de la noche».

 

                                 3 – «Me he quitado mi túnica,

                                       ¿cómo ponérmela de nuevo?

                                       He lavado mis pies,

                                       ¿cómo volver a mancharlos? »

                                  4  ¡Mi amado metió la mano

                                      por la hendedura;

                                      y por él se estremecieron mis entrañas.

                                  5  Me levanté

                                      para abrir a mi amado,

                                      y mis manos destilaron mirra,

                                      mirra fluida mis dedos,

                                      en el pestillo de la cerradura.

 

                                  6  Abrí a mi amado,

                                      pero mi amado se había ido de largo.

                                      El alma se me salió a su huída.

                                      Le busqué y no le hallé,

                                      Le llamé, y no me respondió.

                                  7  Me encontraron los centinelas,

                                      los que hacen la ronda en la ciudad.

                                      Me golpearon, me hirieron,

                                      me quitaron de encima mi chal

                                      los guardias de las murallas.

 

                                  8  Yo os conjuro,

                                      hijas de Jerusalén,

                                      si encontráis a mi amado,

                                      ¿qué le habéis de anunciar?

                                      Que enferma estoy de amor.

 

EL CORO                    9   ¿Qué distingue a tu amado de los otros,

                                       oh la más bella de las mujeres?

                                      ¿Qué distingue a tu amado de los otros,

                                       para que así nos conjures?

 

LA ESPOSA               10   Mi amado es fúlgido y rubio,

                                       distinguido entre diez mil.

                                11   Su cabeza es oro, oro puro;

                                       sus guedejas, racimos de palmera,

                                       negras como el cuervo.

                                12   Sus ojos como palomas

                                       junto a arroyos de agua,

                                       bañándose en leche,

                                       posadas junto a un estanque.

                                13   Sus mejillas, eras de balsameras,

                                       macizos de perfume.

                                       Sus labios son lirios

                                       que destilan mirra fluida.

                                14  Sus manos, aros de oro,

                                      engastados de piedras de Tarsis.

                                      Su vientre, de pulido marfil,

                                      recubierto de zafiros.

                                15  Sus piernas, columnas de alabastro,

                                       asentadas en basas de oro puro.

                                       Su porte es como el Líbano,

                                       esbelto cual los cedros.

                                16   Su paladar, dulcísimo, y todo él, un encanto.

                                       Así es mi amado, así mi amigo,

                                       hijas de Jerusalén.

 

 Capítulo VI

 

EL CORO                      1  ¿A dónde se fue tu amado,

                                       oh la más bella de las mujeres?

                                       ¿A dónde tu amado se volvió,

                                       para que contigo le busquemos?

 

LA ESPOSA                   2  Mi amado ha bajado a su huerto,

                                        a las eras de balsameras,

                                        a apacentar en los huertos,

                                        y recoger lirios.

                                    3  Yo soy para mi amado y mi amado es para mí:

                                        él pastorea entre los lirios.

 

EL ESPOSO                   4  Hermosa eres, amiga mía, como Tirsá,

                                        encantadora, como Jerusalén,

                                        imponente como batallones.

                                    5  Retira de mí tus ojos,

                                        que me subyugan.

                                        Tu melena cual rebaño de cabras

                                        que ondulan por el monte Galaad.

                                    6  Tus dientes, un rebaño de ovejas,

                                        que salen de bañarse.

                                        Todas tienen mellizas,

                                        y entre ellas no hay estéril.

                                    7  Tus mejillas, como cortes de granada

                                        a través de tu velo.

 

                                    8  Sesenta son las reinas,

                                        ochenta las concubinas,

                                        (e innumerables las doncellas).

                                    9  Única es mi paloma,

                                         mi perfecta.

                                         Ella, la única de su madre,

                                         La preferida de la que la engendró.

                                         Las doncellas que la ven la felicitan,

                                         reinas y concubinas la elogian:

                                  10  «¿Quién es ésta que surge cual la aurora,

                                        bella como la luna,

                                        refulgente como el sol,

                                        imponente como batallones?»

 

                                 11  Al nogueral había yo bajado

                                       para ver la floración del valle,

                                       a ver si la vid estaba en cierne,

                                       y si florecían los granados.

                                 12  ¡Sin saberlo, mi deseo me puso

                                       en los carros de Aminadib!

 

 Capítulo VII

 

EL CORO                  1   ¡Vuelve, vuelve, Sulamita,

                                     vuelve, vuelve, que te miremos!

 

                                     ¿Por qué miráis a la Sulamita,

                                     como en una danza de dos coros?

 

EL ESPOSO               2  ¡Qué lindos son tus pies en las sandalias,

                                      hija de príncipe!

                                      Las curvas de tus caderas son como collares,

                                      obra de manos de artista.

                                3   Tu ombligo es un ánfora redonda,

                                      donde no falta el vino.

                                      Tu vientre, un montón de trigo,

                                      de lirios rodeado.

                                4   Tus dos pechos, cual dos crías

                                      mellizas de gacela.

                                5   Tu cuello, como torre de marfil.

                                     Tus ojos, las piscinas de Jesbón,

                                      junto a la puerta de Bat Rabbim.

                                     Tu nariz, como la torre del Líbano,

                                      centinela que mira hacia Damasco.

                                6   Tu cabeza sobre ti, como el Carmelo,

                                      y tu melena, como la púrpura;

                                      ¡un rey en esas trenzas está preso!

 

                                7   ¡Qué bella eres, qué encantadora,

                                      oh amor, oh delicias!

                                8   Tu talle se parece a la palmera,

                                      tus pechos, a los racimos.

                                9    Me dije: Subiré a la palmera,

                                      recogeré sus frutos.

                                      ¡Sean tus pechos como racimos de uvas,

                                      el perfume de tu aliento como el de las manzanas,

                              10    tu paladar como vino generoso!

 

LA ESPOSA                         Él va derecho hacia mi amado,

                                      como fluye en los labios de los que dormitan.

                               11  Yo soy para mi amado,

                                      y hacia mí tiende su deseo.

                               12  ¡Oh, ven, amado mío,

                                     salgamos al campo!

                                     Pasaremos la noche en las aldeas.

                               13  De mañana iremos a las viñas;

                                     veremos si la vid está en cierne,

                                     si las yemas se abren,

                                     y si florecen los granados.

                                     Allí te entregaré

                                     el don de mis amores.

                               14  Las mandrágoras exhalan su fragancia.

                                     A nuestras puertas hay toda suerte de frutos exquisitos.

                                     Los nuevos, igual que los añejos,

                                     los he guardado, amado mío, para ti.

 

 Capítulo VIII

 

                                  1  ¡Ah, si fueras tú un hermano mío,

                                       amamantado a los pechos de mi madre!

                                       Podría besarte, al encontrarte afuera,

                                       sin que me despreciaran.

                                  2  Te llevaría, te introduciría

                                       en la casa de mi madre, y tú me enseñarías.

                                       Te daría a beber vino aromado,

                                        el licor de mis granadas.

 

                                  3   Su izquierda está bajo mi cabeza,

                                       y su diestra me abraza.

 

EL ESPOSO                 4   Yo os conjuro,

                                        hijas de Jerusalén,

                                        no despertéis, no desveléis a mi amor,

                                        hasta que le plazca.

 

 

PARTE CUARTA

 

 

 VOZ ANÓNIMA            5  ¿Quién es ésta que sube del desierto,

                                       apoyada en su amado?

 

 EL ESPOSO                    Debajo del manzano te desperté,

                                       allí donde te concibió tu madre,

                                       donde concibió la que te dio a luz.

 

                                   6  Ponme cual sello sobre tu corazón,

                                       como un sello en tu brazo.

                                       Porque es fuerte el amor como la Muerte,

                                       implacable como el seol la pasión.

                                       Saetas de fuego, sus saetas,

                                       una llama de Yahveh.

                                   7  Grandes aguas no pueden apagar el amor,

                                        ni los ríos anegarlo.

                                        Si alguien ofreciera

                                        todos los haberes de su casa por el amor,

                                        se granjearía desprecio.

 

 

APÉNDICES

 

 

                                   8  Tenemos una hermana pequeña:

                                       no tiene pechos todavía.

                                       ¿Qué haremos con nuestra hermana

                                       el día que se hable de ella?

                                   9  Si es una muralla,

                                       construiremos sobre ella almenas de plata

                                       si es una puerta,

                                       apoyaremos contra ella barras de cedro.

 

                              –10  Yo soy una muralla,

                                       y mis pechos, como torres.

                                       Así soy a sus ojos

                                       como quien ha hallado la paz.

 

                                11   Salomón tenía una viña

                                       en Baal Hamón.

                                       Encomendó la viña a los guardas,

                                       y cada uno le traía por sus frutos

                                       mil siclos de plata.

                                12   Mi viña, la mía, está ante mí;

                                       los mil siclos para ti, Salomón;

                                       y doscientos para los guardas de su fruto.

 

                                13  ¡Oh tú, que moras en los huertos,

                                       mis compañeros prestan oído a tu voz:

                                       ¡deja que la oiga!

 

                                14  ¡Huye, amado mío,

                                       sé como la gacela

                                       o el joven cervatillo,

                                       por los montes de las balsameras!

 

 

SECCIÓN II:

 

 

GLOSA DEL CANTAR

 

 

PARTE PRIMERA (1,1- 2, 7)

 

 

Capítulo I

 

Versículo 1: “Cantar de los cantares, de Salomón”.

 

El Cantar por antonomasia es atribuido al sabio por antonomasia, Salomón, el rey sabio[19] y pacífico, el hijo elegido por David para sucederle, el constructor del templo de Dios entre los hombres. Tal atribución no ha de entenderse necesariamente como declaración de que el autor material de la obra sea el Salomón histórico[20], sino como indicio de que el Cantar es puesto en boca de aquel a quien Salomón representa. Salomón es aquí imagen de Cristo, el reino, la sabiduría y la paz de Dios hechos carne, el Mesías prometido como descendencia de David, el hijo de David por excelencia, el templo asumido por Dios entre los hombres, y su reconstructor mediante la resurrección. Que Salomón pueda representar a Cristo tiene fundamento escriturístico, pues ante sus contemporáneos el Maestro dijo de sí mismo, tras mencionar la visita de la reina de Saba atraída por la sabiduría de Salomón, que ellos tenían delante a uno que era más que Salomón[21]. Por tanto, si el Cantar de los cantares es atribuido a Salomón por ser el sabio de los sabios, con mayor propiedad cabe atribuirlo al que es más que Salomón.

 

Cristo es la sabiduría de Dios, el Verbo divino, es decir, Dios Hijo, y, a la vez, la sabiduría creada suprema por asumida, el primogénito de toda criatura, aquél por quien y para quien todo ha sido hecho. Cristo reúne en sí tanto la sabiduría de Dios (en su Persona, el Verbo) como la sabiduría creada más alta posible. La atribución a Salomón nos indica, por tanto, que el Cantar de los cantares es el cantar de Cristo, no un cantar expresado con la boca, sino el cantar que está ejercido en la propia encarnación, y también que, en consonancia con eso, los diálogos de amor que se expresan en este escrito no son palabras vacías ni huero sentimentalismo, sino palabras hechas realidad en el amor hecho carne y consumado por la doble sabiduría pacificadora de Cristo. Esos diálogos requieren, por tanto, la aplicación de toda la inteligencia humana, al máximo rendimiento y asistida por la gracia de la fe, para que resplandezca en ella la luz revelada de sus versos.

 

El texto propiamente dicho comienza con una introducción puesta en boca de la amada, o sea, de la naturaleza humana de Cristo, que inicia su canto de amor en el mismo instante de la encarnación.

 

Versículo 2: “Que me bese con los besos de su boca,/ porque tus amores son más deliciosos que el vino;”

 

Que me bese con los besos de su boca. Este versículo expresa perfectamente el inicio del amor de la esposa. El beso es el inicio de la relación marital, de la entrega mutua, pero no existe beso tan intenso ni tan profundo como la encarnación del Verbo. El anhelo de los amantes es fundirse en unidad, ser dos en una sola carne, y el Verbo ha besado tan intensamente a la humanidad que la ha hecho suya, no una sola carne, sino mucho más: una con la divinidad en su persona. Las dos naturalezas, la divina y la humana han sido unidas hipostáticamente en una unión indisoluble por el Verbo. No cabe unión más alta entre Dios y la criatura. Si Dios está más cerca que nadie de cada una de sus creaciones, pues nada hay más íntimo a cada una que Dios mismo[22], en la encarnación el Verbo ha rebasado la medida creatural y ha unido consigo una naturaleza humana mediante el vínculo del más intenso amor, el amor unitivo divino. Si no hay unión humana más intensa que la de los amantes, ella será sólo metáfora de la unión de divinidad y humanidad en Cristo, que es tan intensa que la naturaleza humana y la divina han sido unidas en una sola persona, la persona del Verbo.

 

El amor humano perfecto se da en la unión de los espíritus y de los cuerpos. Aunque la forma desiderativa de las palabras de la esposa todavía ha de ser explicada, en la medida en que ella reconoce que el que la besa es Dios, su deseo de ser besada no es otra cosa que su ardiente voluntad de hacer la voluntad de Dios. La voluntad humana de Cristo desea llevar a término la voluntad amorosa de Dios, y eso es lo que indica su deseo de ser besada con los besos de la boca de Dios. Tras la voz de la esposa habla aquí, pues, la voz del alma humana del Verbo asumida en Cristo, lo más alto de su humanidad; ella sabe que Dios es amor, que el sacrificio y los holocaustos no le satisfacen, por eso ella, que ha probado en su propio comienzo el beso de su esposo, le ofrece su amor en forma de entrega: he aquí que vengo para hacer tu voluntad (Heb 10, 7).

 

Porque tus amores son más deliciosos que el vino. Dice la Sagrada Escritura que “El vino ha sido creado para alegría del hombre / Alegría del corazón y gozo del alma es el vino, bebido a su tiempo y con moderación” (Sir 31, 27-28). El vino tiene un efecto estimulante que deja en libertad la espontaneidad del alma y alegra los latidos del corazón. Sin embargo, el amor humano es más inebriante que el vino: produce una alegría del corazón, un gozo en el espíritu que lo deja expedito para la mutua comunicación. El texto latino no habla de amores, sino de los pechos del amado, es decir, del «lugar» del abrazo con el que la divinidad trina acoge a la naturaleza humana: el Verbo. El amor divino que nos estrecha en el Verbo mueve a mayor alegría que cualquier amor humano, que cualquier otro amor posible. En esa íntima alegría del amor divino contemplado, compartido y sentido vive inicialmente la humanidad de Cristo. Los amores son las atenciones del amante, sus palabras cargadas de íntima comunicación. La palabra y la atención del Verbo se dirigen sin obstáculos a la naturaleza humana asumida, la miran tan de cerca y tanto se le acercan que crean en su corazón humano un enamoramiento sin igual, un entusiasmo y gozo indescriptibles, una libertad y franqueza sin trabas.

 

Versículo 3: “El aroma de tus perfumes es exquisito, / tu nombre es aceite derramado, / por eso las jóvenes te aman”.

 

Los perfumes y los aceites son la preparación y los medios que estimulan y facilitan la unión, los que allanan y liman las asperezas de las diferencias entre marido y mujer. La naturaleza humana está abismalmente separada de la divina, pero la fragancia del perfume y el aceite derramado de Su nombre salvan la distancia. Tanto la fragancia como la efusión son atribuidas al nombre del esposo, o sea, a lo que realmente es el esposo. Por un lado, el ungüento aromático no deja sentir su fragancia mientras está encerrado en el tarro, pero cuando se derrama expande su inebriante aroma. Por otro, la efusión del óleo es el signo externo de la elección divina, el medio de la consagración del rey y la acción que da nombre al Mesías, el ungido. En la encarnación el secreto aroma de Dios ha sido derramado y lo inunda todo. El nombre con el que es llamado el esposo es el de Hijo de Dios[23], el óleo derramado y el perfume exquisito es la divinidad encarnada[24]. Por eso las jóvenes te aman. Las doncellas somos los demás humanos, no sólo los judíos, sino todos los que recibimos el beneficio del amor divino por la humanidad de Cristo, pues con la encarnación se ha expandido la elección divina y alcanza a toda la humanidad. La esposa confiesa, indirectamente, que lo que la tiene embelesada es el perfume y el óleo derramado del nombre de su esposo, es decir, el atractivo intrínseco de la divinidad, su esenciado beso, que es el que se llega hasta ella como el perfume alcanza al olfato a la vez que penetra y ensancha los pulmones, y como el óleo derramado impregna la cabeza sin que ninguna otra cosa lo pueda empapar tanto. Es Dios el que se ha llegado a ella y la ha unido consigo, enamorándola, y por medio de ella a todos los demás humanos, más aún, a todas las criaturas.

 

Versículo 4: “Llévame en pos de ti: ¡Corramos! / El Rey me ha introducido en sus mansiones; / por ti exultaremos y nos alegraremos. / Evocaremos tus amores más que el vino; / ¡con qué razón eres amado!”.

 

Estos primeros versículos ponen de manifiesto que la iniciativa amorosa es de Dios y llega a sus criaturas a través de la humanidad de Cristo. Lo dice la esposa cuando en el versículo segundo atribuye la iniciativa del besar al amante divino, lo ha confirmado el versículo tercero, pues la fragancia y derramamiento del óleo provienen del nombre del esposo (la divinidad), y lo hace patente el cuarto versículo: Llévame en pos de ti, ¡corramos! La humanidad de Cristo se deja arrebatar por el amor del Verbo y se une por completo a sus designios con el anhelo propio de una criatura humana: ¡apresurémonos! El tiempo lleva consigo un retardo, una demora en la consumación de la acción, en este caso, de la consumación del amor. Nada más ser asumida, la humanidad de Cristo queda por entero a disposición de la divinidad, pero como el despliegue de su unión se ha de hacer en el tiempo, siente el apremio de la consumación: “Yo he venido a prender fuego al mundo y ¡cómo me apremia hasta que lo lleve a cabo!” (Lc 12, 50). Arrastrada por el amor divino, ella correrá junto con el esposo el curso de la vida de viador, de manera que ese retraso, esa demora hecha por amor, será recorrido paso a paso con el corazón puesto en la consumación, gracias a la fuerza atractiva de la voluntad divina, del beso de Dios. Ahora se entiende mejor la explosión de deseos con que abre su boca la esposa al principio del Cantar: anhela cumplir en el tiempo la voluntad divina que la ha asumido.

 

El Rey me ha introducido en sus mansiones. He ahí indicado el don inigualable de la unión hipostática: la naturaleza humana ha sido asumida y hecha entrar en la vida íntima de Dios, allí donde nunca nadie entró, ni ojo vio ni oído oyó. Es el Rey el que la ha introducido. Habiendo penetrado en el secreto de la vida íntima de la divinidad, no considera, sin embargo, un botín propio ese privilegio inconcebible, sino que ella pasa a hablar en plural, a hablar en nombre de todos, pues con ella todos tenemos acceso a lo escondido de Dios. En casa de mi Padre hay muchas mansiones, nos dice el Señor, de lo contrario no os diría que voy a prepararos un sitio (Jn 14, 2-3). Cristo se fue a prepararnos sitio, para que donde esté Él estemos también nosotros, pero puede ir a iniciativa propia, porque por su doble concepción (eterna y temporal) pertenece a y ha sido introducido en la intimidad divina[25]. Nos gozaremos y alegraremos en ti. He aquí que habla a Dios de tú: es la expresión de la confianza a que el inaudito don de la encarnación le da pie. Si el pueblo judío podía clamar: "¿qué nación tiene un Dios tan cercano como el nuestro?"[26], "¿ha habido un Dios que haya ido a buscar a su pueblo en medio de otro a fuerza de tantas pruebas, milagros y prodigios como las que hizo Yahvé en Egipto?"[27], ¡qué no habría dicho, si hubiera conocido la proximidad insuperable de la encarnación! Pues habría dicho lo que dice el Cantar, lo que dice el Espíritu Santo: nos gozaremos y alegraremos en ti. La causa de nuestro gozo es el amor del Verbo. Es éste un amor que sobrepasa nuestra comprensión, pues es el amor de la Palabra divina al hombre por amor al Padre. Ambas cosas a la vez, al Padre y al hombre, todo menos amor de sí[28]. Celebraremos tus amores más que el vino. Por encima de la alegría que por nosotros mismos sintamos al ser admitidos en la vida divina, cuando estemos abrazados por el Verbo será nuestra alegría el gozo de la naturaleza humana de Cristo, que se goza con el gozo de Dios y nos lo comunica. ¡Con qué razón eres amado! El amor de la humanidad de Cristo es el amor de la criatura que es amada personalmente hasta ser asumida por Dios, su razón no es otra que el amor del Verbo al encarnarse: no existe mayor. Ningún amor más gratuito y generoso, ni que, por tanto, merezca y suscite amor semejante, pues no hay amante más alto y deseable ni amor más entregado y fiel, ni unión más inseparable y duradera. Entre el amor del creador a sus criaturas y el amor del asumidor a su naturaleza media la diferencia de la cercanía y de la calidad del amor: a las criaturas las ama Dios como a otros, como a seres de otra familia y categoría, a la humanidad de Cristo la ama como suya; a las criaturas las ama en calidad de Señor, a la humanidad de Cristo la ama en calidad de esposa con la que se hermana. ¡Esta sí que es una unión de dos diferentes en una unidad de ser y de obrar!

 

Como vemos, la unión es perfecta, pero no suprime las diferencias entre las naturalezas: la naturaleza humana ha de consumar en el tiempo su amor a la divinidad, cuyo amor la precede desde la eternidad. Precisamente para unirse a su amado tal como el amado la quiere, ella ha de amarnos a nosotros, los pecadores hijos de Adán, para lo cual renuncia a ciertos privilegios de su naturaleza asumida, tal como a continuación bajo la voz de la esposa nos explica el Cantar.

 

Versículo 5: “Negra soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén, / como las tiendas de Quedar, / como los pabellones de Salmá”.

 

La naturaleza humana de Cristo que ha sido unida a sí por el Verbo y se ha entregado al Padre desde el beso mismo de la encarnación, ha renunciado a su claridad, a la claridad que le correspondía desde el principio de los tiempos, o sea, a la claridad del esposo, del Verbo. Su negrura corresponde al velo que la vela a los ojos de las hijas de Jerusalén, es decir, de los destinatarios primeros de su encarnación, los judíos, pero también a cuantos le conocieron durante su vida de viador. Su falta de reflejo, pues la blancura no es sino el reflejo total de la luz, no empece, sin embargo, su belleza, o sea, no es defecto moral alguno, sino antes al contrario, una decisión de su amor, una renuncia por nuestro bien.

 

Negra soy...como las tiendas de Quedar. La naturaleza humana de Cristo es comparada a los tabernáculos de Quedar. Acerca de Quedar tenemos información de la Sagrada Escritura. “¡Ay de mí, porque mi estancia se ha prolongado, habité en los tabernáculos de Quedar!” dice el salmista[29]. Este salmo es un salmo que cantaban los peregrinos a Jerusalén. Quedar, ciudad situada en medio del desierto, era uno de los tramos de su peregrinar, pertenecía a extranjeros o gentiles, y el peregrino del Salmo se queja de tener que acampar en medio del desierto entre infieles, retrasando su llegada a Jerusalén. Este verso alude, pues, a un sacrificio del peregrino que va hacia Jerusalén y que ha de pasar por el desierto acampando en tierra extraña. La humanidad de Cristo compara su negrura al sacrificio del peregrino, dado que su morenez sólo le afecta durante el estado de viador y es como una acampada en tierra ajena, que tendrá fin en Jerusalén. Es decir, el versículo nos sugiere que se trata de una renuncia voluntaria de Cristo viador a lo que le es connatural, a saber, a la gloria o claridad corporal que tendría si dejara trasparecer su divinidad, y que a pesar de ser transitoria, se le hace larga, es decir, le supone un gran sacrificio. Negra soy...como las pieles de Salomón. Las pieles son el material con el que se hacían las tiendas de campaña, que eran las viviendas del pueblo judío durante la travesía del desierto. La naturaleza humana de Cristo es comparada, pues, a las tiendas de Salomón, no porque sepamos que Salomón tuviera alguna especial, sino porque hace las veces de tienda para el verdadero Salomón, ella le sirve para acampar entre nosotros[30], y ella es la que, antes de resucitar y ascender a los cielos, le sirve con su cuerpo de velamiento a su divinidad[31] como las tiendas sirven de resguardo de la intimidad a los nómadas o viadores, protegiendo así la posibilidad de nuestra fe durante la habitación terrena del Verbo. Cristo es Rey, pero su reino no es de este mundo. Precisamente para que su realeza no fuera confundida con el poder humano, sino que sus súbditos puedan creer en Él como verdadero Rey del Universo, su naturaleza humana se hizo obscura, no dejó traslucir su divinidad.

 

Versículo 6: “No os fijéis en que estoy morena: / es que el sol me ha quemado. / Los hijos de mi madre se airaron contra mí; / me pusieron a guardar las viñas, / ¡mi propia viña no la había guardado!”.

 

No es un defecto el ser morena, es sólo la función ya mencionada de la naturaleza humana de Cristo: la de velar la divinidad. Pero quien la entienda debe ver a su través la divinidad, no quedarse en su opacidad, sino saber ver el sol en ella, el sol que la ha quemado con su luz divina. Es que el sol me ha quemado. Al recibir ella directamente de la divinidad su luz, pero no dejarla pasar, a fin de que puedan creer las hijas de Jerusalén, ella ha sido quemada por el sol divino. El sol no le quita belleza, pero al retener ella sus rayos se presenta con apariencia oscura, a la vez que con belleza. Son los dos ingredientes que necesita la fe: la congruencia y la obscuridad de la verdad que nos trasciende.

 

Los hijos de mi madre se airaron contra mí. Los hijos de la misma madre son hermanos. La razón de que la humanidad de Cristo haya tenido que renunciar desde el mismísimo instante de la encarnación a la claridad, que le correspondía como rostro creado de la divinidad, somos sus hermanos: al pecar contra Dios hemos hecho caer sobre Cristo nuestros pecados, así como los castigos del pecado. Verdaderamente él tomó nuestras dolencias y soportó nuestros dolores (Isa 53, 4)[32]. Me pusieron a guardar las viñas. La viña es el signo del asentamiento y ocupación de una tierra. No es estrictamente necesaria para sobrevivir, sino signo del buen vivir, de la habitación pacífica y feliz del mundo. En este sentido, la viña es, por un lado, símbolo de la vida humana plena: Cristo, nuestro señor, se llama a sí mismo vid[33], y a nosotros nos llama sus sarmientos[34], que tenemos vida gracias a ella; y, por otro, la viña es la posesión más querida[35], siendo en este sentido metáfora de Israel[36] y del pueblo[37] o Reino de Dios[38]. En esta línea, algunos comentaristas cristianos han entendido las viñas como las Iglesias locales, y la viña como la Iglesia universal. Pero la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, por lo que ambos sentidos metafóricos se pueden reunir: tanto el pueblo elegido como la plenitud de la vida se aúnan en la Iglesia-Cuerpo de Cristo. Los pecados de sus hermanos han hecho necesario que la esposa guarde sus viñas, han forzado a la amante humanidad de Cristo a cuidar de nuestras vidas, eternas y temporales. Cristo se ha humillado hasta hacerse hombre mortal. No tenía, como hombre perfecto que es, que haber nacido mortal, pero ha querido libremente hacerse mortal, para guardar las viñas de sus hermanos, es decir, nuestras vidas para la eternidad. ¡Mi propia viña no la había guardado! Él, en cambio, había decidido no conservar la suya, antes bien quiso no sólo ser mortal, sino morir, es decir, no guardar para sí su vida plena, sino entregarla por nosotros. Podía hacerlo, porque Él es el único capaz de dar la vida y no perderla para siempre. Ahora se entiende mejor eso de que es el sol el que la ha quemado: sólo Dios-Verbo es capaz de renunciar (sin perderla para siempre) a la gloria que corresponde a su humanidad, para servir a sus hermanos los hombres. La mortalidad de la carne de Cristo es una misma cosa con la absorción de la luz por la negrura que no refleja la divinidad de su Persona. Al hacerse débil o mortal, como nosotros, su debilidad ocultaba a nuestros ojos la divinidad de su Persona. La morenez es consecuencia, pues, del amor del Sol divino por los hombres, por los que sacrifica Su humanidad, haciéndola mortal y muriendo.

 

En armonía con lo anterior, los versículos finales del Cantar (VIII, 11) nos hablan de una viña que tenía Salomón -que sería Palestina, según la Bible de Jérusalem[39]-, y que había encomendado a sus guardianes, quienes tenían que pagarle todos los años por ella, refiriéndose a los pueblos sometidos por aquél en la Transjordania[40]. Si consideramos las parábolas de Nuestro Señor que hablan de la viña[41], se observa un cierto paralelismo: en ellas se nos enseña que el dueño de la viña (el reino de Dios) es el Padre, quien la deja en manos de los que la cuidan, pide responsabilidades por ella, y paga por los trabajos realizados en ella. Por tanto, Salomón está aquí por la divinidad, y los guardianes somos los humanos que debemos cuidar y dar cuenta de la viña de Dios. Pero esos mismos versículos finales, a continuación (VIII, 12), hablan de la viña particular de la esposa (“Mi propia viña está ante mí..."), y dicen que ella satisface tanto los derechos de Salomón como los méritos de los guardianes. Esta singular viña es la humanidad de Cristo, cuya muerte y resurrección ha servido cumplidamente a Salomón y pagará a los fieles guardianes.

 

Versículo 7: “Indícame, amor de mi alma, / dónde apacientas el rebaño, / adónde lo llevas a sestear a mediodía, / para que no ande yo como errante / tras los rebaños de tus compañeros”.

 

El amor del alma de Cristo es el Padre, y el rebaño del Padre son los ángeles. Pide Cristo-hombre al Padre que se le indique hasta cuándo habrá su naturaleza humana de esperar a ser clarificada, a recobrar la luminosidad que le es propia por ser la naturaleza humana de la Segunda Persona divina. Por eso pregunta el lugar donde apacentará el Padre a su rebaño, el lugar en el que lo hará descansar a mediodía. Esta indicación, que es temporal, tiene un sentido metafórico esclarecedor, pues señala el momento de la plenitud del día, por lo que significa sin duda la gloria, el lugar del descanso en la plenitud de la luz. Muestra, así, el alma de Cristo su ardiente deseo de recobrar la plenitud manifestativa de su humanidad, para sí y para su rebaño. Para que no ande yo como errante / tras los rebaños de tus compañeros. Mientras ella no alcance de nuevo su claridad, trashumará, bien como viadora entre los hombres, bien –una vez ascendida a los cielos– por medio de su Cuerpo (la Iglesia), buscando los rebaños de los falsos dioses (demonios) para rescatar de ellos sus ovejas extraviadas. El alma de Cristo anhela consumar su misión.

 

Versículo 8: “Si no lo sabes, ¡oh la más bella de las mujeres!, / sigue las huellas de las ovejas, / y lleva a pacer tus cabritas / junto al jacal de los pastores”.

 

La esposa es llamada la más bella de las criaturas bellas. Su morenez no le quita, sino que realza su belleza a los ojos de Dios. Y tampoco ese aludido desconocimiento mengua la excelencia suprema de su saber. La única cosa que sabemos desconoce la humanidad de Cristo es el día y la hora del final del mundo, de su segunda venida, cosa que tampoco conocen los ángeles, es decir, ninguna criatura, sino sólo el Padre[42]. Es decir, Cristo no sabe, según el alcance de su sola inteligencia humana, ni el día ni la hora en que, recobrada la gloria de su cuerpo, volverá a rescatar a los suyos e iluminarlos con su luz propia. No es, sin embargo, el esposo (la divinidad) quien responde a su petición, sino un coro el que le contesta. Este coro representa las ciencias beata e infusa de que está dotada, en virtud de la asumición, la humanidad de Cristo, por lo que, sin ser el esposo, pueden responder en su lugar: son los dones del esposo los que responden por Él[43]. El coro no nos desvela a nosotros el día ni la hora, pues "es bueno guardar el secreto del rey, mientras que es conveniente revelar y hacer públicas las obras de Dios" (Tob 12, 7), por eso sólo nos dice lo que ha de hacer la humanidad de Cristo para llegar a la consumación de su misión. Sigue las huellas de las ovejas. Las ovejas son todos los humanos, y sus huellas llevan adonde todos vamos a parar, a la muerte. El camino de Cristo fue hacerse en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, seguir nuestras huellas hasta morir por nosotros. Y lleva a pacer tus cabritas / junto a la tienda de los pastores. Si el rebaño del Padre son los ángeles, el rebaño de Cristo son las cabritas, es decir, los pecadores, los que nos reconocemos pecadores y pedimos a Dios perdón. Cristo, por la gracia de su muerte, nos lleva a los pecadores a pacer junto a la tienda de los pastores, es decir, a la casa del Padre, allí donde la Trinidad Santa vive. Cuando nos reúna a todos cabe la Trinidad, conseguirá la humanidad de Cristo iluminar toda la creación con la luz que desde el principio le ha sido concedida, con la luz que le es propia, y a la que parcialmente ha renunciado en tanto no introduzca a la creación entera en la vida trinitaria.

 

Hasta aquí ha hablado la esposa. Ella ha confesado su amor a Dios y su entrega a los hombres, su obediencia consumada, pero también su deseo ardiente, su voluntad secreta de ser gloriosamente traslúcida, para dar a conocer directamente la divinidad a las criaturas. Ahora toma la palabra la divinidad para comunicarnos sus planes sobre ella.

 

Versículo 9: "A mi yegua, entre los carros de Faraón, / yo te comparo, amada mía”.

 

Nótese que, esta primera vez que toma la palabra, el esposo llama a la esposa «amada mía», justo como el Padre llamó a su Hijo en el bautismo y en el Tabor. El Hijo bienamado de Dios, Cristo Jesús, Verbo hecho hombre es comparable, por su humanidad, a una yegua que tira de los carros del Faraón, porque Él se ha hecho siervo. La divinidad reconoce el sometimiento de la humanidad de Cristo al carro del Faraón, es decir, su forma de siervo que se hace en todo igual a nosotros, menos en el pecado. Cristo es el siervo de Yahvé en su humanidad, pero es siervo no sólo porque es obediencia viva a Yahvé, sino también porque se ha hecho semejante a los siervos caídos. No ha venido para ser servido –que es lo que le corresponde como criatura asumida–, sino para servir[44].

 

Versículo 10: “Graciosas son tus mejillas entre los zarcillos, / y tu cuello entre los collares”.

 

La humanidad de Cristo, a pesar de ser morena y estar uncida al carro del Faraón, es decir, de servir de velo a la divinidad y de haberse hecho sierva (semejante a nosotros en todo, menos en el pecado), es agraciada y está adornada con hábitos perfectos que adornan su rostro. El realce de su belleza, connatural por ser asumida (pómulos y cuello), radica (i) en su fidelidad, indicada por los zarcillos que adornan los pabellones auditivos, los cuales oyen directamente la voz del Padre, y (ii) en su obediencia, significada por los collares, que son el yugo amoroso por el que no hace su voluntad, sino la del Padre, y se somete al  tiro del carro del Faraón.

 

Versículo 11: “Zarcillos de oro haremos para ti, / con cuentas de plata”.

 

Estos versos declaran un regalo. Aquellos regalos que Ezequiel dijo que Dios había hecho a Jerusalén: "Te adorné con joyas, puse brazaletes en tus muñecas y un collar a tu cuello. Puse un anillo en tu nariz, pendientes en tus orejas y una espléndida diadema en tu cabeza" (16, 11-12) nos aclara el Cantar que son recibidos como don por la esposa fiel, la humanidad de Cristo. Aun siendo hermosa por naturaleza (asumida), su hermosura le será acrecentada por la divinidad de quien obra en ella, precisamente aumentando la categoría ontológica de su fidelidad y obediencia. La divinidad, hablando ahora en plural, por tanto, la Trinidad, ha decidido adornarla con dones y gracias aún más altos (oro y plata), dignos del Rey del que es humanidad, es decir, haciendo de su fidelidad y obediencia signos directos de la divinidad, de modo que muestren abiertamente a Dios. Tanto las palabras de Cristo como sus obras serán, no sólo en la vida futura, sino ya en ésta, para el resto de los humanos y de las criaturas, pruebas de la divinidad de su Persona, ya que tanto unas como otras contienen y expresan las palabras y las obras del Padre[45]. Las cuentas de plata son, pues, las obras divino-humanas de Cristo y los zarcillos de oro son sus palabras, oídas de la boca del Padre en el íntimo silencio de la eternidad y anunciadas a cuantos le escuchamos.

 

Versículo 12: – “Mientras el rey se halla en su diván, / mi nardo exhala su fragancia”.

 

Vuelve a tomar la palabra la humanidad de Cristo. Mientras el Rey (la divinidad) se halla en su aposento, es decir, en su intimidad, ella, la flor del corazón de Cristo exhala su fragancia, es decir, su Corazón ora. Cristo está en oración constante ante el Padre, en contemplación cara a cara y en constante acción de gracias. Para encarnarse, no ha tenido el Verbo que abandonar sus aposentos, la intimidad trinitaria, le ha bastado con abrir su intimidad a la humanidad de Cristo, y ésta se ha convertido en un canto, el Cantar de los cantares.

 

Versículo 13: “Bolsita de mirra es mi amado para mí, / que reposa entre mis pechos”.

 

Los pechos forman parte de la intimidad de la mujer, entre ellos se nos dice que la esposa esconde la mirra, el perfume oculto que, inspirado, ensancha los pulmones. El amado es comparado al perfume secreto que lleva la esposa en su intimidad. El amado es la divinidad, que, más íntima a la humanidad de Cristo que ella misma, alienta y alegra su vida, pues reside en su Corazón humano.

 

Versículo 14: “Racimo de alheña es mi amado para mí, / en las viñas de Engadí”.

 

La alheña es una planta que sirve de seto a los jardines (y a las viñas), para evitar que sean hollados. Engadí es el lugar en el que se refugió David huyendo de Saúl, un lugar seguro e inaccesible, un roquedal en medio del desierto[46]. El racimo de alheña es, pues, símbolo de separación y de protección dentro de la viña más separada y protegida, la de Engadí. La divinidad hace de la humanidad de Cristo el lugar santo y único de Su amor pleno, al abrigo de toda posible amenaza exterior. La humanidad de Cristo es el Sancta Sanctorum en la creación. En esa predilección divina se basa la absoluta paz de la humanidad de Cristo, que sugieren estos versos. Su amado, la divinidad, la pone a salvo de toda inquietud. Ésa es, también, la paz que da Cristo, la de la absoluta seguridad en Dios.

 

Versículo 15: – “¡Qué bella eres, amada mía, / qué bella eres! / ¡Palomas son tus ojos!”.

 

En esta conversación, toma ahora la palabra la divinidad para revelarnos sus secretos: Dios encuentra bella la humanidad, la humanidad que ha asumido. La humanidad de Cristo es verbo del Verbo, imagen de la Imagen, belleza de la Belleza. La belleza es el esplendor del orden, por tanto al llamarla bella, el esposo nos indica que la humanidad de Cristo es el orden esplendente, y lo es tanto ontológicamente como por su obediencia hasta la libre renuncia a ciertos privilegios de su condición. A la mirada de Dios, resulta realzado el esplendor, gloria y luminosidad de su humanidad por su obscurecimiento a favor de nuestra fe. Ahora bien, si Dios encuentra bella la humanidad, entonces lo es verdaderamente. Y si la humanidad de Cristo es verdaderamente bella, en especial al hacerse semejante a la nuestra, entonces también lo es la nuestra. Siempre me había parecido un tanto ridículo el cuerpo humano. ¡Son tan patentes sus debilidades, y tan caprichosa su forma! Sin embargo, Dios no nos hizo ridículos ni débiles, sino nosotros al pecar, pero al encarnarse el Verbo ha dado un sentido superior a la debilidad y a la aparente arbitrariedad de nuestro cuerpo, y nos encuentra bellos. Y el parecer que cuenta es el de la Verdad, no el de las apariencias.

 

Cuando la Sagrada Escritura considera engañosa la belleza humana, “engañosa es la gracia y fugaz la belleza, sólo la mujer que teme al Señor es digna de alabanza” (Pro 31, 30), se refiere a la belleza separada de la santidad de Dios por el pecado. Sin embargo, la encarnación ha vuelto a dar a la belleza su dignidad y su lugar en el amor humano: lo mismo que la belleza mueve el corazón de los esposos, así, cuando va acompañada de la gracia de Cristo, es signo de la belleza de la humanidad de Cristo y es agradable a los ojos de Dios.

 

Palomas son tus ojos. La sencillez es lo simbolizado por la paloma: "Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas" (Mt 10, 16). La sencillez es el requisito para alcanzar la sabiduría: los pensamientos tortuosos alejan de Dios[47], y el que no se hiciere sencillo como un niño no conocerá la revelación del Padre[48]. Esa sencillez es el reflejo de la pureza del corazón, a la que está prometido ver a Dios[49]. Por su lado, los ojos son la luz del cuerpo[50]. Los ojos de Cristo son sencillos y llenos de sabiduría: dejan traslucir la luz del Verbo y ven directamente al Padre, por eso, aunque su tez sea morena, ellos manifiestan la sabiduría de Dios que llena su Corazón. De manera que si la humanidad de Cristo era tienda que ocultaba al Verbo, los ojos de Cristo son su exposición. La mirada de nuestro Señor escudriña los corazones y anuncia la llegada del Reino. Los puros de corazón verán a Dios sólo porque Cristo en su humanidad y a través de la sencillez de sus ojos nos lo hará ver en los cielos.

 

Igualmente, los que se aman con pureza de corazón, con sencillez de espíritu, sin pensamientos tortuosos, como palomas, son signos del amor de predilección del Padre por los pequeñuelos y dan testimonio del amor de Cristo por su Iglesia, que se hizo patente en la asumición de la naturaleza humana.

 

Versículo 16: – “¡Qué hermoso eres, amado mío, / qué delicioso! / Puro verdor es nuestro lecho”.

 

La esposa muestra su enamoramiento y su gozo interior. La sencillez de sus ojos ve la divinidad y encuentra en ella el gozo eterno de la visión beatífica. En la claridad de su visión se le muestra la propia unión hipostática, es decir, el lecho que comparte con la divinidad. De él dice que es puro verdor, «florido» traduce la Vulgata, es decir, lleno de vida y fecundidad para la creación entera, en especial para los rebaños, es decir, para las almas. Por eso un tálamo cerrado a la vida, una unión conyugal artificialmente estéril, es un pecado contra el amor de Cristo, mientras que la unión de marido y mujer abierta a la vida es imagen de la fecundidad de la unión hipostática.

 

Versículo 17: “Las vigas de nuestra casa son de cedro, / nuestros artesonados, de ciprés”.

 

De cedro hizo David el palacio[51] en el que nació Salomón[52], y de cedro construyó Salomón su propio palacio[53]. El cedro es el árbol más alto, grande y fuerte que se daba en Palestina, el ciprés le sigue. La sabiduría, salida de la boca de Dios y acampada entre los hombres es comparada al cedro del Líbano y al ciprés de Sión[54]. Las vigas de la casa son de cedro y representan la sabiduría divina, es decir, lo más alto, noble y fuerte. Los artesonados o adornos son de ciprés de Sión, lo mejor de la casa de Israel, elegida por Yahvé, y representan la carne de Cristo tomada de María y su sabiduría humana. Siguiendo con la metáfora, la naturaleza humana proporciona (para nosotros) la apariencia o el adorno a la encarnación, la naturaleza divina le da el apoyo o sustentación. En virtud de esa unión, la habitación de Cristo es firme y estable por los siglos de los siglos, como prometió Dios que sería el trono y la casa de David.

 

 

Capítulo II

 

 

Versículo 1:  – “Yo soy el narciso de Sarón, / el lirio de los valles”.

 

En esta conversación vital (conversatio) entre la humanidad y la divinidad de Cristo toma la palabra de nuevo la esposa, la naturaleza humana, y se describe a sí misma. Según una sugerencia de la Bible de Jérusalem, el narciso y el lirio caracterizan la primavera y la era mesiánica. Isaías 35, 1 y Oseas 14, 6 hablan del futuro mesiánico en términos de florecimiento. Al decir que ella es el narciso de Sarón y el lirio de los valles, la naturaleza humana de Cristo nos enseña que con ella ha llegado la primavera, el tiempo mesiánico, el reinado de Dios en la tierra. Más aún, nos dice que ella es ese reino de Dios. A lo que responde la divinidad:

 

Versículo 2: – “Como el lirio entre los cardos, / así mi amada entre las mozas”.

 

El lirio, flor bella, delicada, rica en humedad y sencilla, destaca por contraste entre los cardos, de flor seca, áspera, abigarrada y punzante. La morenez, la humillación voluntaria de la naturaleza humana de Cristo, según la cual su carne, es decir, su cuerpo vela su divinidad, no le ha hecho perder su belleza ni su distinción respecto de las naturalezas heridas y enfermas de los hombres. Nosotros por nuestros defectos y pecados somos como cardos, la naturaleza humana de Cristo es como el lirio entre las espinas de los cardos. Así confirma la divinidad la descripción hecha por la esposa de sí misma, y nos enseña la razón por la que es bienamada por Dios: ella se ha humillado y se ha mezclado entre los cardos de la humanidad caída.

 

Versículo 3: – “Como el manzano entre los árboles silvestres, / así mi amado entre los mozos. / A su sombra apetecida estoy sentada, / y su fruto me es dulce al paladar”.

 

En este íntimo diálogo, de nuevo la amada habla, pero ahora describiendo al amante divino: la naturaleza divina del Verbo es como un manzano entre los árboles silvestres. Como el árbol de la vida que puso Dios en medio del paraíso, así la divinidad de Cristo se ha situado en medio de los hijos de Adán –ahora árboles asilvestrados–, llena de sabiduría y de vida, para devolvernos a la vida, perdida por el pecado, y a una vida superior ganada por su obediencia. Del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, cuya apariencia era hermosa y apetecible[55], prohibió Dios al hombre que comiera, pero éste, desobedeciendo, comió, y su fruto le causó la muerte. Dios mismo ha querido ahora ocupar el puesto de aquel árbol, se ha plantado en nuestro jardín y, aunque no tiene una apariencia extraordinaria, oculta como está su divinidad, de él recibimos la vida divina. Nosotros, los mozos, como árboles silvestres, necesitamos recibir el injerto de Cristo para poder dar frutos dignos de Dios.

 

A la sombra de la naturaleza divina del Verbo está asentada su humanidad. La Virtud del Altísimo cubrió la carne de María con su sombra, es decir, con su presencia personal. La humanidad de Cristo está unida a la persona del Verbo con paz, serenidad y mansedumbre: "sentada a su sombra". La felicidad intrínseca a la naturaleza humana de Cristo, en virtud de esa unión tan infinitamente dispar,  es expresada por la esposa cuando dice que su fruto le es dulce al paladar. Esto es lo que tanto dolor le costará abandonar por nosotros al morir.

 

Versículo 4: “Me ha llevado a la bodega, / y el pendón que enarbola sobre mí es Amor”.

 

El Verbo no ha asumido la naturaleza humana y la ha dejado a su aire, en la digna y entretenida situación de quien está en el mundo, cultivándolo y guardándolo, como lo estaba Adán antes del pecado, sino que la ha introducido allí donde se liba el vino, la bebida que anima y reconforta, la ha llevado al rincón oculto de la divinidad donde reside la fuente de la alegría y del gozo. Y allí en ese lugar recóndito, fuera de la luz del mundo, la conquistó con el amor, la inició en la caridad, en el amor divino. El amor, el don puro, es lo que le comunica el Verbo a su humanidad, que es la única criatura que por sí misma ama trascendentalmente, es decir, no como siervo, sino como Hijo. Cristo no sólo es Hijo de Dios como Verbo, lo es también como hombre, porque el Verbo ha hecho suya la humanidad con su amor.

 

Versículo 5: “Confortadme con pasteles de pasas, / con manzanas reanimadme, / que enferma estoy de amor”.

 

No puede la humanidad soportar tanto gozo, sus fuerzas son incapaces de amar como es amada. La alegría de sentirse amada por Dios hasta esa hondura en la que no ya comparte su intimidad, sino que la arrebata y la hace una consigo, es superior a todo otro gozo creado. Pero aún se le ha de dar un gozo más divino que el sentirse amada por Dios así, a saber, el gozo de amar a Dios del modo como Dios la ama. La naturaleza humana de Cristo pide auxilio a la Trinidad entera para poder responder a tanto y tan inigualable amor. Ésa es su enfermedad: por mucho que se goce en Dios no está nunca a su altura en el amor. Pero de ese mal de amores va a ser curada por el propio Verbo.

 

Tras ese desvanecimiento de amor, que no es sino la confesión de la inmensa desigualdad de la criatura que es amada por Dios, y para mostrarnos su total unión con el Verbo nos añade:

 

Versículo 6: “Su izquierda está bajo mi cabeza, / y su diestra me abraza”.

 

Como Jerusalén está rodeada de montañas, así Dios rodea a su pueblo por siempre jamás[56], y así también la esposa toda ella está en los brazos de Dios. La izquierda y la derecha de Dios, de las que, según el Salmo 138 [139], 10, ninguna criatura puede escapar, completan aquí un abrazo. El brazo de Dios, su derecha y su Poder (Virtus), es el Verbo. La humanidad de Cristo está rodeada por el Poder de la Palabra. El Verbo, al hacerse hombre, desdobla su Poder, Naturaleza y Persona, y con esas sus dos manos (con las que la ha creado y la ha asumido) sostiene y abraza a su humanidad: Aquel por quien ha sido hecha la abraza al asumirla en un acto de amor sin par. He ahí una manera divina de describir la unión hipostática: el abrazo marital. Nuestra Madre nos insinuó algo de esto en el Magnificat: Fecit potentiam in brachio suo (Lc 1, 51). El poder de Dios es el amor, y Dios ha amado tanto al mundo que ha querido enviarnos a su propio Hijo, o sea, a su Palabra, a su Poder: Dios ha puesto su poder amoroso en su brazo encarnado. El abrazo personal del Verbo hace de la humanidad de Cristo la criatura amor. Como Cristo murió en su humanidad, para que ésta pudiera amar a Dios al estilo divino, y no ser meramente amada, aunque su humanidad nunca dejó de estar rodeada por el abrazo del Verbo, no es de extrañar que este versículo se repita otra vez (VIII, 3), justo cuando la humanidad, ya revitalizada por el Verbo después de morir por amor, se asiente para siempre entre los brazos del esposo divino.

 

Versículo 7: “Yo os conjuro, / hijas de Jerusalén, / por las gacelas, por las ciervas del campo, / no despertéis, no desveléis a mi amada, / hasta que le plazca”.

 

Finalmente, la divinidad con su amada en los brazos y desfallecida de amor, dirige su Palabra a los que la aman, a las hijas de Jerusalén. Las palabras de este versículo evocan la escena anterior pero vista desde el amante. La humanidad de Cristo descansa plácida y felizmente entre los brazos de su amante. El Verbo impreca, es decir, se dirige pidiendo encarecidamente, a las hijas de Jerusalén por el nombre de Jahvé Sebaoth, es decir, por el nombre del Dios de los ejércitos angélicos[57] –que de eso es de lo que son metáfora acústica las gacelas y las ciervas, según comenta la Bible de Jérusalem[58]–, o sea, por su propio nombre, que no despierten ni desvelen a su amada. ¿Qué sentido tiene esta imprecación en boca de la divinidad? ¿Quién podría despertar a su humanidad de ese sueño enamorado con el que reposa en brazos del Verbo, de esa felicidad inigualable, si Él no lo quiere? Se trata sólo de un modo metafórico de informarnos sobre ciertos extremos de la humanidad de Cristo. Parece que podrían despertarla las hijas de Jerusalén, o sea, las hermanas de la humanidad de Cristo, a las que también ella ama. De modo que el límite de esta contemplativa entrega es puesto por el Verbo en la propia voluntad libre de su naturaleza humana: "hasta que le plazca". Creo que metafóricamente estos versos nos informan de la felicidad completa en que está la humanidad de Cristo connaturalmente, y de la que ella sólo podrá salir de modo voluntario, a imperativos de su libertad, por amor a sus hermanas. Pero al mismo tiempo nos dice que eso no ocurre inmediata ni necesariamente, sino en su momento oportuno y de modo libre.

 

Sólo a título de ilustración considérese el siguiente pasaje de Isaías 62, 7-8: "No le dejéis descansar (a Yahvé), hasta que restablezca, hasta que trueque a Jerusalén en alabanza en la tierra. Ha jurado Yahvé por su diestra y por su fuerte brazo: «No daré tu grano jamás por manjar a tus enemigos. No beberán hijos de extraños tu mosto por el que te fatigaste, sino que los que lo cosechen lo comerán y alabarán a Yahvé, y los que los recolecten lo beberán en mis atrios sagrados»". Existe aquí un cierto paralelismo con el versículo que gloso, que se hace notar si se toma en consideración el capítulo de referencia entero, pues en él Dios promete unirse como marido a Sión con amor juvenil. En ambos textos el esposo es Dios y la esposa es Jerusalén, amada por ser templo de Dios. Mas en Isaías es al esposo (Dios) al que no ha de dejarse descansar, o sea, al que se ha de invocar incesantemente para que cambie la suerte de Jerusalén, mientras que en el Cantar es a la esposa a la que se ha de dejar descansar. En Isaías, quienes pueden perturbar la tranquilidad de la esposa son los enemigos de la ciudad santa, cuyo equivalente en el Cantar son los hermanos de la amada, los que la obligan a guardar sus viñas y a abandonar la propia, mientras que en el Cantar son, más bien, las hijas de Jerusalén las que pueden perturbar el reposo de la esposa, es decir, las que pueden conducirse como enemigos de su paz, pero no como lo hacen los hermanos de la amada, sino precisamente por ser hijas de Sión, o sea, por el amor que ésta les tiene. Por último, en Isaías tenemos un juramento hecho por Dios, y en el Cantar tenemos una adjuración en el nombre de Dios dirigida por el esposo a las hijas de Jerusalén, aunque expresada con la suavidad de una súplica. Sirva, pues, este paralelismo para dejar más claro que en el presente versículo del Cantar el esposo garantiza en su nombre divino que ni las hijas ni los hermanos de la amada la podrán perturbar o quitarle la paz hasta que ella no quiera.

 

Con esto finaliza el primer tramo del poema, que nos ha expuesto la convivencia connatural de las naturalezas humana y divina en Cristo.

 

 

 

PARTE SEGUNDA (2, 8 – 3, 5)

 

 

Versículo 8: “¡La voz de mi amado! / Helo aquí que ya viene, / saltando por los montes, / brincando por los collados”.

 

La esposa ha sido despertada por la voz de su amado. La iniciativa que le hace despertar de su embeleso, de su feliz unión, viene de la divinidad de Cristo. Por lo pronto la humanidad nos dice que el amado viene de fuera, desde lo alto, y que viene con ímpetu juvenil y poderoso, saltando por los montes, brincando por los collados. Es el amor divino que viene en la forma de un nuevo enardecimiento, el mismo que expresaba Cristo cuando nos dijo: "He venido a traer el fuego a la tierra y ¡cuánto deseo que se encienda! Con un bautismo he de ser bautizado, y ¡cuán angustiado estoy hasta que se cumpla!" (Lc  49-50). He aquí, pues, que viene el nuevo impulso, la nueva voluntad, que no es otra que la primera, pero que hasta ahora no había perturbado la paz de su naturaleza humana.

 

Versículo 9: “Semejante es mi amado a una gacela, / o un joven cervatillo. / Vedle ya que se para / detrás de nuestra cerca, / mira por las ventanas, / atisba por las rejas.

 

La gacela o el cervatillo no son animales que infundan miedo, sino confianza, aunque vengan dando saltos y brincando. La voluntad del Verbo viene con fuerza, pero con suavidad, sin amenazas, con la pacífica y deseada figura de lo amable. Además, la voluntad del Verbo no entra precipitadamente en el aposento de la amada, sino que respeta las peculiaridades de lo creado: se detiene detrás de la cerca, mira por las ventanas, atisba por las rejas. Su modo, aparentemente tímido, de llegarse a ella indica que viene a pedirle un sacrificio. Cerca, ventanas y rejas marcan el recinto de lo creado, su terreno propio, incluso el de la criatura asumida: es la criatura la que se diferencia, la que es relativa a Dios, no al revés. Pero Dios no la anula ni la fuerza ni destruye su diferencia con Él, sino que las respeta, y más que en ninguna otra ocasión en su encarnación.

 

Versículo 10: “Empieza a hablar mi amado, / y me dice: / « Levántate, amada mía, / hermosa mía, y vente”.

 

Desde fuera del recinto de lo creado empieza a hablar la divinidad y le dice: «Levántate, amada mía, hermosa mía, y vente». Es ésta una invitación no hecha a otra persona, sino a su naturaleza humana del modo como Dios lo hace todo: atrayendo donalmente, moviendo suavemente por dentro, como llamada interior. El «levántate» es una forma de despertarla de su tranquilo y enamorado yacer entre sus brazos para invitarla a una acción conjunta con la divinidad: «Vente», ven conmigo. El amante llama a la amada al amor, a la donación de sí.

 

Versículos 11 – 13: “Porque, mira, ha pasado ya el invierno, / han cesado las lluvias y se han ido. / Aparecen las flores en la tierra, / el tiempo de las canciones es llegado, / se oye el arrullo de la tórtola / en nuestra tierra. /  Echa la higuera sus yemas, / y las viñas en cierne exhalan su fragancia. / ¡Levántate, amada mía, / hermosa mía, y vente!”.

 

La invitación no es una orden sin explicaciones, sino una comunicación interna que muestra a la amada la oportunidad de la misma, su sentido. El invierno ha pasado, han cesado las lluvias, aparecen las flores, los trinos de las aves han llegado, echa la higuera sus yemas y las viñas en flor exhalan su fragancia. En pocas palabras: ha llegado la primavera. De suyo la primavera es el tiempo que simboliza la juventud, la edad de la alegría, y el tiempo oportuno para acordarse del creador, antes de que lleguen los días malos[59]. Entre los profetas, es metáfora del tiempo mesiánico, del tiempo de la salvación[60]. La primavera fue también el tiempo en que Cristo padeció y fue crucificado, el tiempo de la Pascua. El texto latino, en vez de «el tiempo de las canciones», pone «el tiempo de la poda». En el conjunto de las metáforas suena esa alusión de forma algo discordante: no suele ser la primavera la época de la poda, sino el invierno[61]. Sin embargo, si se admitiera esa discordancia, resaltaría todavía más el sentido de la llamada del esposo: la esposa está invitada en plena primavera a la gran prueba, a la poda de su vida humana[62]. La invitación con que se abren y se cierran estos versículos son, pues, una invitación a dar la vida, a consumar el acto de amor por parte de la amada, al sacrificio de la cruz.

 

Versículo 14: “Paloma mía, en las grietas de la roca, / en escarpados escondrijos, / muéstrame tu semblante, / déjame oír tu voz; / porque tu voz es dulce, / y gracioso tu semblante”.

 

La voluntad divina de Cristo invita a su voluntad humana a dejar oír su voz, o sea, a unirse libremente a su voluntad de entrega en la cruz. Suavemente, con la infinita delicadeza del saber hacer divino, se comunica a la humanidad que ha llegado el momento de la entrega al que se la invita a consumar conjuntamente, maritalmente. Es una secreta invitación que ha de quedar entre ellas, sin testigos, por eso la invita a responder, a dejar oír su voz en las grietas de las rocas, en escarpados escondrijos, es decir, en lo inaccesible a toda otra criatura. Estamos expresamente ante el misterio. Si el descenso del esposo de las alturas es muestra del amor divino por la humanidad, y ese amor se ha creado una naturaleza humana perfecta, ahora sabemos que la divinidad no anula su voz, sino que le presta oídos, pues su voz es dulce y su semblante bello. La divinidad mantiene y escucha, es decir, atiende amorosamente a la naturaleza humana del Verbo, a su vida humana, pero la invita, sin forzarla, a que se una a su amor redentor para redimirnos a nosotros.

 

Versículo 15: “Cazadnos las raposas, / las pequeñas raposas / que devastan las viñas, / pues nuestras viñas están en flor”.

 

La esposa, que nos estaba contando la venida y la invitación del esposo, pasa ahora a hablar de manera impetrante y enigmática. En este versículo llama la atención que la esposa se dirija a otros en plural, no sólo en nombre propio, sino en nombre de los dos amantes: cazadnos. Ella ha hecho, por tanto, suya la voluntad de la divinidad y se dirige a la Trinidad en nombre de su unión hipostática. Sin embargo, estas palabras son una súplica, una oración. Cristo, Dios y hombre, pide, como hombre, por su viña. Su voluntad humana ha sido arrebatada por la voluntad del esposo y se dispone a abandonar su habitación, su casa, pero quiere antes cuidar de lo que deja. La tradición interpreta que las raposas son los herejes y cismáticos, aquellos que destrozan la Iglesia, otros entienden que las raposas son los pueblos vecinos de Israel, que la amenazan[63]. La esposa se preocupa por la viñas de ambos, de la que se dice que está en flor, y, por tanto, que todavía no ha llegado al fruto. Cristo la ha plantado y la ha regado y la va a abandonar estando en flor, es decir, todavía sin fructificar como Iglesia, a la espera del envío del Espíritu. La oración de Cristo que queda aludida con tales metáforas es, sin duda, la oración llamada sacerdotal, de la que el Espíritu Santo, por s. Juan, nos ha dejado un sublime testimonio:

 

"Yo he acabado la obra que me diste para hacer...Yo he manifestado tu nombre a los hombres que sacaste del mundo para dármelos. Ellos eran tuyos y Tú me los has dado y ellos han guardado tu palabra. Ahora ellos saben que todo cuanto me has dado viene de ti, pues las palabras que Tú me has dado yo se las he dado a ellos y han creído que Tú me has enviado. Yo pido por ellos, no pido por el mundo, sino por los que Tú me has dado, porque son tuyos, y todo lo que es mío es tuyo y yo soy glorificado en ellos. Yo no estoy más en el mundo, pero ellos están en el mundo. Yo voy a Ti, Padre Santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que ellos sean uno, como nosotros somos uno. Cuando estaba con ellos guardé en tu nombre a los que me diste. Yo los he vigilado y ninguno de ellos se ha perdido, salvo el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora yo voy a Ti y digo estas cosas todavía presente en el mundo para que ellos tengan en sí mi gozo en su plenitud. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los odia, porque ellos no son del mundo. No te pido que los quites del mundo, sino que los guardes del maligno" (Jn 17, 4-15 ss.). Las raposas son, pues, los poderes del maligno, los cuales no prevalecerán contra las hijas de Jerusalén, porque el Verbo a través de su humanidad ha orado por ellas. En definitiva, se trata de la oración por la Iglesia, por su unidad y por la continuidad tanto de su fe como de su esperanza y caridad.

 

Versículo 16: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado: / él pastorea entre los lirios”.

 

Después de pedir por su viña, de mostrar su amor por nosotros, la humanidad de Cristo reconoce el amor con que es amada por la divinidad y se entrega por entero a la voluntad del Verbo. Aunque la humanidad de Cristo no es una persona distinta, sino que pertenece al Verbo, no por ello queda exenta de libertad, antes bien goza de la libertad creada máxima, porque cuanto más se depende de Dios más libre se es[64]. Cristo, en cuanto que hombre, se entrega libre y totalmente al Padre, y muestra así la unión hipostática. Mi amado es para mí y yo para Él: somos indisolublemente unos. Desde esa unión hipostática puede decir Cristo incluso como hombre: "Como Tú Padre estás en mí y Yo en ti, que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me has dado, para que ellos sean uno como nosotros somos uno: Yo en ellos y Tú en mí, para que sean perfectamente unos, y que el mundo sepa que Tú me has enviado y que Yo los he amado como tú me has amado" (Jn 17, 21-23).

 

La esposa, que antes suspiraba por la llegada del momento en que unirse enteramente a su amado, y que preguntaba "Adónde llevarás a pacer a tu rebaño" (c. I, 7), ahora sabe por la llamada del esposo que ha llegado la hora de la entrega. Y como la humanidad de Cristo es el lirio de los valles (II, 1), ella se entrega al Verbo como los valles al pastor que pastorea entre los lirios: haz de mí lo que quieras. Naturalmente, esto que digo no debe ser entendido como si se tratara de una relación entre personas distintas, sino sólo entre naturalezas de una única Persona. Tal es la concordia íntegra y sin límites de las voluntades divina y humana de Cristo.

 

Versículo 17: “Antes de que sople la brisa del día / y de que huyan las sombras, / vuelve, sé semejante, / amado mío, a una gacela / o a un joven cervatillo / por los montes de Béter”.

 

La esposa se encuentra en la noche obscura, en la inmensa tristeza de la separación previvida, y expresa a su amado el deseo de que vuelva antes de que empiece a amanecer. El amante no se ha ido todavía, de lo contrario no le podría pedir que vuelva con esperanzas de ser oída. Cuando le pide que vuelva, acepta que se vaya, es decir, acepta su separación corporal por la muerte. Sabe que va a morir y desea que la separación dure poco, y que cuando vuelva lo haga del mismo modo que ha venido a despertarla de su estado de felicidad perfecta, bajando de las alturas veloz y suavemente, con la alegría del amor sin reservas, y para amanecer juntos en la resurrección.

 

 

Capítulo III

 

 

Versículo 1: “En mi lecho, por las noches, he buscado / al amor de mi alma. / Busquele y no le hallé”.

 

El alma de Cristo entra en la agonía del Huerto de los olivos, tras la santa cena. Las preocupaciones nos sobrevienen por las noches, cuando nos sobrecogen los temores. Ella prevé la próxima separación que su cuerpo va a sufrir respecto de su alma, al ser apartado por la muerte de la unión natural que con ella tiene. Cristo ama al Padre con su alma y con su cuerpo, por eso el amor matrimonial puede servirle de símbolo, pero la muerte le va a privar de amarlo corporalmente. Lo que describe el versículo es la previsión de ese cese amoroso, el mayor de los dolores posibles para su alma. El lecho en el que le asalta la previsión a su santa humanidad es la unión hipostática, la noche es la noche de Getsemaní, adelanto de las dos noches en que iba a estar separado su cuerpo del amor divino. Al previvir la separación del cuerpo, su alma, que quiere amar de modo íntegramente humano a su amado, no lo ha hallado con sus sentimientos: ha buscado amar corporalmente a la divinidad, pero su cuerpo presiente el dolor de la separación.

 

Versículo 2: “Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. / Por las calles y las plazas / buscaré al amor de mi alma. / Busquele y no le hallé”.

 

Junto con la muerte del cuerpo, el Verbo dejará de estar entre los hombres, abandonará su habitación terrena. El alma de Cristo, que sabe lo que va a venir, siente desolación por su cuerpo, por la pérdida de la felicidad de su vida plena sobre la tierra, desde la que glorificó al Padre como nunca nadie lo pudo ni lo podrá hacer. Nosotros también sentiremos su partida: “Todavía un poco y el mundo no me verá” (Jn 14, 19), “Por un poco de tiempo estaré aún con vosotros; luego me iré al que me envió. Me buscaréis y no me encontraréis, y adonde yo esté no podéis venir vosotros” (Jn 7, 33; 13, 33). Pero aquí es el alma de Cristo la que sufre al prever que ella dejará de habitar en el mundo y con ella el Verbo divino, por lo que no podrá amar y glorificar sobre la tierra al Padre, ni salirnos al encuentro corporalmente como lo hizo durante su vida terrenal. La habitación del Verbo en el mundo y entre los hombres era posibilitada por su cuerpo, por eso su alma nos informa por adelantado que, cuando muera, nadie encontrará ya la divinidad en el mundo.

 

Versículo 3: “Los centinelas me encontraron, / los que hacen la ronda en la ciudad: / «¿Habéis visto al amor de mi alma?»”.

 

Estando en esa situación de dolor insuperable la encontraron los centinelas. No dice que ella encontrara a los centinelas, sino que éstos la encontraron. Soldados armados salieron a su encuentro en Getsemaní, encontraron a la esposa entera, no sólo a su alma, sino a la humanidad de Cristo, nuestro Señor. El alma de Cristo sigue, sin embargo, sumida en el dolor inmenso de Getsemaní, de manera que los acontecimientos externos, la traición, el prendimiento, el intento de defensa de Pedro, ni siquiera la distraen de su dolor máximo: ¿habéis visto al amor de mi alma? Como unos esposos que se separaran y no pudieran unirse en la plenitud de la unión conyugal, así la muerte va a eliminar para el cuerpo de Cristo la plenitud de la unión hipostática. Perder el amor sensible de su corazón, dejar de amar a Dios con todos los sentimientos de su corazón es el horror del alma de Cristo. Ella lo hace todo con plena lucidez y sin miedo alguno, pero con el mayor de los sufrimientos.

 

Versículo 4: “Apenas habíalos pasado, / cuando encontré al amor de mi alma. / Le aprehendí y no le soltaré / hasta que le haya introducido / en la casa de mi madre, / en la alcoba de la que me concibió”.

 

Este encuentro de que se nos habla expresa la satisfacción de la amada. Aun en medio del dolor producido por la previsión de la muerte y separación corporal respecto del Verbo, éste todavía no la ha abandonado, ella lo abraza, es decir, une su voluntad humana a la divina con pleno gozo incluso corporal. En el alma de Cristo se dan a la vez el sentimiento de dolor por la previsión de la separación y el de alegría por la presencia del amado y por su unión corporal con Él, que no cesarán hasta el instante de la muerte. Ella quiere consumar el acto de amor, quiere introducirlo en la casa de su madre, en la alcoba en la que fue concebida, en el seno de María, allí donde comenzó su vida, es decir, quiere consumar la propia unión hipostática, hacer el ejercicio más alto de la misma: la entrega de su vida corporal. Este es el gran misterio: es el Verbo el que sacrifica su voluntad humana de unión incluso sentimental al Padre para reforzar la unión de voluntades, al estilo divino, sin reservarse nada. Morir por nosotros perdiendo su felicidad sentimentalmente perfecta es el modo de no reservar para sí el privilegio recibido de haber sido asumido corporalmente por el Verbo.

 

Téngase en cuenta que, cuando se muere, para el cuerpo el tiempo no pasa. Tres días, por tanto, es una medida externa, extrínseca, de la separación, puesto que, para el cuerpo, esa separación es total y sin medida. Y por eso, aunque el alma de Cristo sabe que resucitará, la previsión de la muerte es sentida por el cuerpo de Cristo como un dolor absoluto, el más grande de los dolores. Pues bien, precisamente hasta el momento de la muerte no soltará la humanidad de Cristo al esposo, porque el ejercicio más alto de la unión hipostática consistirá precisamente en soltarlo, en renunciar a su amor sentimental y entregar su cuerpo a la muerte, dejando sin oficio aquellas facultades del alma que vivifican al cuerpo.

 

Versículo 5: “Yo os conjuro, / hijas de Jerusalén, / por las gacelas, por las ciervas del campo, / no despertéis, no desveléis a mi amada / hasta que le plazca”.

 

El esposo toma otra vez la palabra. Esta vez el versículo precedente no ha sido la expresión de la felicidad tranquila de la unión (“su izquierda bajo mi cabeza y su diestra me estrecha”). La unión ahora está sentimentalmente turbada. La esposa está con el esposo, pero anunciada la partida. El esposo no quiere que ni siquiera en esta situación pierda la amada su paz. De ahí que conmine a las hijas de Jerusalén, en nombre del Dios de los ejércitos que no disminuyan en nada su libertad interior. Es un modo de decir que el Verbo garantiza a la humanidad de Cristo la máxima libertad posible para una criatura, la libertad de dar y tomar la vida por amor a nosotros y al Padre.

 

 

 

PARTE TERCERA

 

 

Subdivisión primera (3, 6 – 5, 8)

 

 

Versículo 6: “¿Qué es eso que sube del desierto, / cual columna de humo / sahumado de mirra y de incienso, / de todo polvo de aromas exóticos?”.

 

La escena ha cambiado. Del diálogo entre los esposos se pasa a la descripción externa de las bodas. Sobre el desierto de la tierra, que el pecado dejó baldía, se levanta una columna de humo, es decir, la presencia de Dios que protege a su pueblo de la justicia del sol en el desierto[65]. Esa presencia de Dios, esa columna de humo es el cuerpo de Cristo. Sobre el calvario se han hecho las nubes, el cielo se ha entenebrecido, el monte ha sido cubierto por la presencia de Dios en el cuerpo doliente de Cristo. La mirra y el incienso y los aromas exóticos acompañan a la presencia de Dios: son las virtudes de la humanidad de Cristo, mansedumbre, humildad y amor misericordioso sin reservas.

 

Versículos 7-8: “Ved la litera de Salomón. / Sesenta valientes en torno a ella, / la flor de los valientes de Israel: /  todos diestros en la espada, / veteranos en la guerra. /Cada uno lleva su espada al cinto, / por las alarmas de la noche”.

 

La litera es el vehículo del tránsito de Cristo, su lecho de muerte. Lo que se ha alzado sobre la tierra es la litera de Salomón, es decir, la cruz de Cristo. Está rodeada de soldados que la custodian armados por si los discípulos o el pueblo se hubieran atrevido a intentar rescatarlo. ¡La flor de los valientes de Israel fueron, irónicamente para su pueblo, los soldados romanos! Todos ellos, espada al cinto, garantizaron la ejecución. Pero, en verdad, a los ojos de Dios, esos valientes fueron un escaso grupo de discípulos, con María a la cabeza, que acompañó al rey en su litera de muerte e hizo frente a las alarmas de la noche, es decir, al poder de las tinieblas, entre ellos también el buen ladrón. Cristo, el rey, se ha hecho así compañero nuestro en la muerte, pero no todos los que mueren mueren con Él.

 

Versículos 9-10: “El rey Salomón / se ha hecho un palanquín / de madera del Líbano. / Ha hecho de plata sus columnas, / de oro su respaldo, / de púrpura su asiento; /su interior, tapizado de amor / por las hijas de Jerusalén”.

 

El rey Salomón, rey de la paz y rey sabio, se ha hecho una silla de mano, un trono portátil. Está hecho de madera, de madera del Líbano: es el árbol de la cruz. Sus columnas son de plata, su respaldo de oro, su asiento de púrpura y el tapizado de amor. No sabríamos ver nada de eso en el árbol de la cruz, pero están en él. ¿No será el propio cuerpo de Cristo clavado a la cruz (sus piernas, su espalda, sus glúteos, su corazón) el que da todas esas dimensiones y riquezas regias a una tosca y, sin embargo, bendita madera[66]? Adorar la cruz sería idolatría, si no pendiera de ella la humanidad del Verbo. Es ésta humanidad del Verbo la que la convierte en regia, más aún, en camino de la divinidad. Así puede entenderse que su asiento tenga color de sangre, y su interior esté adornado por un amor que tiene su origen en las hijas de Jerusalén[67]. Éstas son el objeto de la amistad de la esposa, las únicas que, por su peculiar desamparo, son capaces de despertarla de su plácido descanso en la unión hipostática: la razón de la cruz, su motivo, es salvarnos, y ese amor a nosotros (por obediencia al Padre) es lo que hace confortable para Cristo el árbol de la cruz. Estamos ante la sabiduría de la cruz, la sabiduría de Dios que es locura para los gentiles y escándalo para los judíos: locura y escándalo para los no creyentes, pero para los creyentes sabiduría que supera nuestra inteligencia y la estimula a crecer ilimitadamente.

 

Versículo 11: “Salid a contemplar, / hijas de Sión, / a Salomón el rey, / con la diadema con que le coronó su madre / el día de sus bodas, / el día del gozo de su corazón”.

 

La diadema o corona es un atributo real[68], pero también era un adorno de los esposos en el día de sus bodas[69]. Este versículo se refiere claramente a ambas cosas en cuanto que se cumplen en el Salomón profético, el Mesías, rey hijo de David, en el día de sus bodas, que es el día del gozo de su corazón.

 

El verdadero Salomón, Cristo[70], fue coronado y desposado de otra manera: con una corona de espinas y en una cruz. Estas palabras van, pues, dirigidas, en su sentido pleno, a nosotros, a nuestras almas, a cuantos habitamos Sión por la fe. Salgamos a contemplar al rey Salomón, al rey de la paz, a la Sabiduría de Dios, coronado con una diadema, la corona de espinas, con la que le coronó su madre (Eva), el día de su boda, el día del gran amor, el día del gozo de su corazón. Eva fue la que cedió primero a la tentación diabólica, por eso fue ella, madre primera de todos los hombres y también de Cristo, la que lo coronó con una corona de dolor que hería lo más noble del cuerpo de Cristo, su cabeza, símbolo de lo más alto y noble del alma, el espíritu. Sin embargo, para Cristo éste es el gran día, el día de sus bodas con la Iglesia, el día en que se entregó a ella, cubierta su cabeza de dolor y humillación, y sirviendo la cruz de tálamo nupcial. Ningún hombre puede entender cómo se puede compaginar el dolor y el gozo más que si ama.

 

Pero la coronación de Cristo como esposo en la cruz no la hizo Eva, sino María. Eva, junto con Adán, fueron la razón por la que Cristo hubo de sufrir la corona de espinas y la crucifixión, fueron los padres del pecado, pero no los padres de la salvación. María, en cambio, fue la que coronó el amor de su Hijo, no la causa de su voluntario dolor.

 

¿Qué significa que el esposo lleve sobre su cabeza la corona que le regaló su madre? La madre es generalmente la persona más afectada por la boda del hijo, pues en cierto sentido lo pierde. Que la madre imponga una corona a su hijo, el día en que éste se va de su casa y ella cede su cuidado a otra mujer, es una señal de anuencia, de consentimiento y de participación en la alegría de su hijo. La corona puesta por la madre es sólo un adorno, pero el más hermoso, el que más luce en el día de los esponsales, pues es el que elimina toda sombra de reserva egoísta respecto de la entrega amorosa de su hijo.

 

María es reina, reina coronada con doce estrellas[71], reina de la Iglesia y del universo. La corona que pone María en las sienes de Cristo no es la de espinas, sino su corona, que es la corona de la fe de la Iglesia. Ella fue hecha en la cruz Madre de todos los creyentes[72], como lo fue Abrahán cuando ofreció en sacrificio a Isaac, al unigénito en cuya descendencia se concentraban todas las promesas que se le habían hecho[73], sólo que en el caso de María la mano del ángel no detuvo el sacrificio. En el momento de su muerte nadie creía en la divinidad de Cristo, incluso los que le acompañaban en el calvario lloraban por Él, por su desgracia, como si hubiera sido derrotado para siempre. Sólo la fe de María, cuya plenitud simbolizan las doce estrellas, estaba plenamente encendida al pie de la cruz. Si la fe en la divinidad de Cristo no se apagó sobre la tierra durante su pasión y muerte fue gracias a ella. Ella era el único resto que creía y sabía plenamente lo que estaba aconteciendo en la cruz y lo que vendría después. Esa fe de María iba a mantener encendida la lámpara de las vírgenes que aguardaban la venida del esposo, tras la muerte de su Hijo. Junto a ella, y para consolar su dolor se reunirán los demás discípulos, de manera que ella mantuvo unidos a los futuros testigos de la resurrección. Más aún, María debió ser la que animó a las santas mujeres a ir al sepulcro antes de que clareara el día, para que fueran testigos avanzados de lo que ella firmemente creía y supo la primera, la resurrección de su Hijo. La corona que puso María sobre la frente de su Hijo fue la corona de la fe consumada, de la esperanza inconmovible y del amor doloroso sin reservas, en virtud de las cuales ella con-sintió plenamente los amores de su Hijo por nosotros, los pecadores. Por eso, Cristo la constituyó, al pie de la cruz, en Madre nuestra por el intermedio de la persona de s. Juan.

 

 

Capítulo IV

 

 

Versículo 1: “¡Qué bella eres, amada mía, / qué bella eres! / Palomas son tus ojos / a través de tu velo; / tu melena, cual rebaño de cabras, / que ondulan por el monte Galaad”.

 

Aquí se vuelve al diálogo íntimo entre los amantes. Ahora son palabras del esposo las que alaban a la amada. La belleza de la humanidad de Cristo en la cruz sólo es visible a la divinidad. A nuestros ojos está deshecha y afeada, pero para Dios, que ve la integridad de su entrega[74], es la máxima belleza creada, la divinización de la creaturidad. A través del velo, es decir, tamizada por su cuerpo, el alma humana de Cristo se deja ver en su mirada, fija en la voluntad del Padre, con la sencillez de una paloma. La melena, ese atributo que embellece tanto a las mujeres, ondula al viento. El adorno de un maestro son sus discípulos. En este sentido, la melena de Cristo son sus discípulos, pero que, ahora, como rebaño de cabras están dispersos, huidos, llevados por el viento del temor.

 

Versículo 2: “Tus dientes, un rebaño de ovejas de esquileo / que salen de bañarse: / todas tienen mellizas, / y entre ellas no hay estéril”.

 

Con preciosas metáforas nos dice el Cantar que sus dientes son blancos, armónicos y sin huecos. Los dientes son lo que se muestra al sonreír. Cristo no sonríe en la cruz, ¿cómo es posible que se pueda insinuar su agraciada sonrisa en esos momentos de dolor? Porque el alma de Cristo, oculta tras el velo de su cuerpo, está alegre y contenta de poder dar su vida por nosotros, de sufrir por nosotros, y así cumplir la voluntad del Padre a quien ve cara a cara. Su sonrisa velada expresa la serena alegría de un amor sobrehumano, capaz de sufrir por encima de los umbrales de cualquier criatura sin perder la paz ni la alegría de la magnificencia en el darse. Sólo Dios lo veía, pero el Espíritu Santo nos lo revela.

 

Versículo 3: “Tus labios, una cinta de escarlata, / tu hablar, encantador. / Tus mejillas, como cortes de granada / a través de tu velo”.

 

Los labios de Cristo, aquellos con los que besa nuestra alma, son bellos, tanto como la misericordia divina. Su hablar es encantador. Cristo está más bien callado en la cruz, ¿cómo es que su hablar es encantador? Sí, porque Cristo hombre no cesa de orar. De esa oración sólo nos deja oír retazos, y el primero es el perdón, el encanto inigualable del Maestro es su perdón: "Padre perdónales, porque no saben lo que hacen". El Corazón de Cristo no puede hacer nada más indicado para que el Padre nos atraiga que darnos su perdón incluso a quienes lo hemos matado con nuestros pecados. Ese es el encanto divino: ofrecer su don máximo, morir por quienes le matan, para que no sean condenados más que si desprecian tanto amor.

 

Las mejillas de Cristo son comparadas a los gajos de granada. El suave rojo de las mejillas aumenta la hermosura, pero el rojo de las mejillas de Cristo es de sangre y magulladuras. Esta fealdad es el velo que sólo a la fe deja ver la hermosura del rostro de Cristo, quien puso sus mejillas para que fueran golpeadas, para que sobre ellas cayeran los salivazos y los golpes en reparación por el amor de Dios despechado por los hombres. Los oprobios de los que te insultan cayeron sobre mí[75]. La hermosura de las mejillas de Cristo es así insuperable, es la hermosura del amor creaturalmente más intenso al Padre, pues es divino-humano.

 

Versículo 4: “Tu cuello, la torre de David, / erigida para trofeos: / mil escudos penden de ella, / todos paveses de valientes”.

 

El cuello de Cristo es como la torre de David. La firmeza de una voluntad es expresada por la rectitud de su cuello: Cristo no apartó su cabeza de los tormentos y dejó ver la firmeza de su voluntaria entrega en la gallardía de su porte. Había caído al suelo, había sufrido humillaciones y bofetadas, pero su cuello, firme, es como la torre hecha para resistir las acometidas del enemigo y colgar sobre ella los trofeos de sus victorias. No cedió ni se doblegó ante el dolor ni el pecado. Sobre el cuello se cargan los yugos. El vigor del cuello de Cristo hace que todo yugo sea suave, si se lleva con él. Los que creen en Cristo han de ser valientes, y lo serán si su armazón es el cuello de Cristo. El cuello de Cristo es mucho más que expresión de su valentía, es expresión del amor omnipotente.

 

Versículo 5: “Tus dos pechos, cual dos crías / mellizas de gacela, / que pacen entre lirios”.

 

El pecho de Cristo en la cruz es como dos crías de gacela mellizas. La imagen bucólica y tranquila de las inofensivas crías paciendo entre lirios nos sugiere la paz insondable del Corazón de Cristo, la mansedumbre de su pecho, al que Él nos invita a venir: "venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré, cargad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, pues mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 28-29). La paz en la hora de la muerte nos la dará el Corazón de Jesús.

 

Versículo 6: “Antes de que sople la brisa del día, / y se huyan las sombras, / me iré al monte de la mirra, / a la colina del incienso”.

 

La divinidad anuncia a su amada que en la sombra de la tarde, al atardecer, antes de que vuelva a lucir y calentar el sol, va a partir, la va a abandonar, va a consumar el holocausto sagrado en el monte de la mirra, en la colina del incienso, es decir, en el monte Calvario, iniciando el camino para volver al Padre, para retornar a la gloria que le es propia, para dejar de estar oculta bajo el velo de la carne. Ése es el abandono de que se queja Cristo en la cruz. El abandono es la muerte de su cuerpo, la rotura del velo.

 

Versículo 7: “¡Toda hermosa eres, amada mía, / no hay tacha en ti!”.

 

Este versículo resume toda la descripción precedente en una rotunda declaración de su perfección. Tiene que decirlo, pues ningún humano lo diría, viéndola como está en su cuerpo y en su alma. Así es la hermosura pura, la obra más perfecta de Dios: aquella que se da a imagen de Dios, sin reservarse nada. La naturaleza humana de Cristo es triplemente santa: santa por haber sido asumida, santa por haber sido formada y movida por el Espíritu durante su vida, santa por haberse dado (desde el primer momento) al Padre hasta la muerte, sin reservas. No hay mancha posible en ella. Los salivazos, golpes, magulladuras y heridas no la afean ante Dios, puesto que ellos son la prueba de la calidad de su entrega, de la pureza de su obediencia, de lo extremado de su amor. Gracias a la pureza y beldad de la naturaleza humana de Cristo, también de su Madre, María, se puede decir lo mismo, pues en su virtud ella fue liberada por anticipado de todo posible contagio del pecado original, y mantuvo el don recibido libre de todo defecto, además de que el amor del Hijo hizo a su Madre sufrir tan estrechamente unida a Él que la hizo partícipe de la belleza divina de su humanidad, que será aclamada como la más bella de las criaturas[76].

 

Versículo 8: “Ven del Líbano, novia mía, / ven del Líbano, vente. / Otea desde la cumbre del Amaná, / desde la cumbre del Sanir y del Hermón, / desde las guaridas de leones, / desde los montes de leopardos”.

 

El esposo, ya de ida, invita a la humanidad de Cristo a abandonar la tierra, a acompañarla a las alturas, desde las que se puede otear toda la extensión de la tierra prometida, más aún de la creación. Se trata de una llamada dirigida al espíritu humano de Cristo, que arrancado de la tierra, es invitado a mirar desde la altura divina el panorama entero de la historia por Él redimida. Dentro de un poco y no me veréis, dentro de otro poco y me veréis, porque me voy al Padre, había dicho Cristo[77]. En esa vuelta hacia el Padre el primer paso es la pasión y muerte. La invitación por parte del esposo a dicho acompañamiento se fragmenta en una primera invitación al alma humana para que salga de este mundo junto con la divinidad, y en una segunda llamada a reunirse con el cuerpo en la resurrección y ascensión. En el ínterin, las llamadas del esposo garantizan que en ningún momento el alma de Cristo perderá la visión beatífica, incluso cuando entregue su vida corporal.

 

Versículo 9: “Me robaste el corazón, / hermana mía, novia, / me robaste el corazón / con una mirada tuya, / con una vuelta de tu collar”.

 

Estas son unas de las más hermosas confesiones de la unión hipostática. A Dios le parecieron buenas las cosas que iba creando. Naturalmente, no se trata de que Dios las desee, sino de que las ha querido y, por eso, son buenas. Sin embargo, aquí la divinidad repite que la humanidad de Cristo le ha robado el corazón, Dios se ha enamorado de ella. ¿Qué sentido tiene decir de Dios que se ha enamorado de una naturaleza humana, sino que Dios la ha elegido desde toda la eternidad para unirla consigo y convertirla en la mediadora del amor divino a sus criaturas? Es la mirada de Dios la que hace enamorante a la humanidad de Cristo. Es el Padre el que atrae hacia Cristo, y la humanidad de Cristo atrae porque el Padre ha querido que fuera unida a su Hijo de manera inseparable. Adviértase, por otra parte, que la naturaleza divina considera a la humana como hermana, como novia, la ha igualado en dignidad consigo, al ser asumida por el Verbo. Estas metáforas tan humanas (me robaste el corazón) expresan la fortaleza de la unión, la indestructible unión de voluntades en Cristo Jesús. Dios Trino ha elegido la humanidad de Cristo desde toda la eternidad para revelar sus más secretos misterios a toda la creación, ese amor de predilección es lo que queda expresado de forma humana en el arrebato expresivo del robo del corazón. Y lo que Dios más ama, lo que produce ese exceso amoroso es precisamente el sacrificio del Corazón de Jesús. La mirada de Cristo en la cruz cuando exclama: Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado?, el giro de la cabeza de Cristo hacia los cielos al entregar su espíritu son las miradas que roban el corazón de Dios. Dios la ama de tal manera que la ha hecho y hace en todo suya, o sea, hace del amor de la naturaleza humana de Cristo su amor: el Verbo ha amado con el corazón humano de Cristo hasta sacrificarlo, y ese amor con pérdida, pero sin reservas, es indisoluble e insuperable. Al amarnos con amor divino-humano hasta morir por nosotros, la naturaleza humana de Cristo ha amado a Dios a imagen de como Dios la ha amado a ella, y así nos ha dado a nosotros, las más bajas de las criaturas espirituales, la libertad del amor pleno, por eso ¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo? Nada ni nadie[78], a no ser nuestro propio rechazo.

 

Versículo 10: “¡Qué hermosos tus amores, / hermosa mía, novia! / ¡Qué sabrosos tus amores! ¡más que el vino! / ¡Y la fragancia de tus perfumes, / más que todos los bálsamos!”.

 

De nuevo el esposo vuelve a llamar a la humanidad de Cristo novia, igualándola consigo. El texto latino es más fuerte que esta versión castellana: alaba la hermosura del cuerpo de la esposa, concretamente de sus pezones y mamas. Isaías ya había usado una metáfora semejante cuando, hablando de Jerusalén, dijo: "Alegraos con Jerusalén, jubilad por ella, todos los que su duelo soportáis, a fin de que maméis y os saciéis de su seno de consuelo, a fin de que saboreéis y os recreéis en sus pechos de gloria" (Isa 66, 10-11). Jerusalén es la ciudad en que habita el Dios de Israel[79], el lugar en que la gloria de Dios habita en la tierra, por eso es también imagen de Cristo. La ambivalencia de la metáfora de los pechos, que son deleite para el amante y alimento para los hijos, es sugerida aquí por el Espíritu. En la humanidad de Cristo crucificada, la hermosura de su carne, con la que alimenta y alienta nuestro amor, es la llaga del costado, por donde salió sangre y agua. La Iglesia lo recuerda en el ofertorio de cada misa al mezclar el vino, que será la sangre de Cristo, con unas gotas de agua. La Eucaristía es el cuerpo y la sangre de Cristo hechos nuestro pan y nuestro vino, nuestro alimento de amor. Con ella embriaga nuestro corazón y transforma nuestra vida. La divinidad ha amado de tal manera a su esposa, la humanidad de Cristo, que ha convertido su cuerpo en el alimento, la vida y la alegría de nuestras almas y de nuestros cuerpos. Sólo el cuerpo del Verbo encarnado puede alimentar los espíritus, en la medida en que ese cuerpo ha amado como Dios. Amor doloroso el de Cristo, con el que nos nutre y nos salva. A los pechos de la humanidad de Cristo se alimentarán los que resuciten con Él. Incluso ahora, antes de la resurrección, nada humano es comparable al delirio de este amor y al enamoramiento que él induce en nosotros, pues nacido del amor divino, es superior a toda prueba y desdén, a toda debilidad y desaliento, a toda impaciencia y desencanto.

 

Versículo 11: “Miel virgen destilan / tus labios, novia mía. /Hay miel y leche / debajo de tu lengua; / y la fragancia de tus vestidos, / como la fragancia del Líbano”.

 

Los labios de Cristo son miel virgen que gotea. Junto con los labios, la lengua es órgano de la palabra, el cuerpo de Cristo es todo él como una lengua que manifiesta al Verbo, verbo del Verbo. Todas las palabras de Cristo en la cruz, aunque destiladas gota a gota, son palabras nuevas, dulces y amorosas. Aparte del perdón ya antes aludido, Cristo nos da una Madre a todos los humanos, Cristo promete el paraíso de inmediato a quien, arrepentido, muere con Él, Cristo manifiesta su sed, sed que no se quita ni con agua ni con vinagre, sino que es sed de nuestro amor, Cristo se queja amorosamente a su Padre, Cristo declara la consumación de su obra en el mundo, Cristo entrega su espíritu al Padre. Si eso es lo que sale de sus labios, debajo de su lengua desecada hay leche y miel, es decir, bajo la sequía y el dolor de su corazón humano se contiene la tierra prometida, la que mana leche y miel. El cuerpo de Cristo es la fuente del paraíso, de la vida eterna, aquella en la que veremos a Dios cara a cara, pero que ahora es el vestido, aquello que, entre los humanos, vela al cuerpo, y en Cristo velaba su divinidad. La fragancia del vestido de Cristo, la fragancia de su cuerpo, es la obediencia hasta la muerte, es un soplo venido de lo alto (Líbano) y que abre los pulmones del alma, el soplo del Espíritu de vida: “las palabras que os he dicho son espíritu y vida” (Jn 6, 64).

 

Versículo 12: “Huerto eres cerrado, / hermana mía, novia, / huerto cerrado, / fuente sellada”.

 

Un huerto cerrado es un espacio de intimidad, una fuente sellada es un manantial que se excluye del consumo ajeno. Metafóricamente, el huerto cerrado y la fuente sellada nos hablan de la fidelidad propia de la humanidad de Cristo. El Verbo ha unido consigo en exclusiva unión (ontológica) la humanidad de Cristo y ella le es fiel, o sea, fiel y perfecta manifestación Suya. Precisamente porque le es fiel, Nuestro Señor no comunica su excepcionalidad por vía de generación. Cristo inaugura junto con su Madre un nuevo modo de santidad, el celibato por el reino de los cielos. Hasta Él, la bendición de Dios recaía sobre el hombre en forma de fecundidad generativa humana. Cuando con Él se cumple la promesa, la bendición de Dios recae sobre la fecundidad espiritual, que llega por el camino de la muerte o entrega de sí mismo. Después de Él, el matrimonio sacramental recibirá su santidad de la fecundidad espiritual de la muerte de Cristo, que consagra la unión conyugal como símbolo de su amor divino-humano, esté o no acompañada de la fecundidad generativa, porque siempre estará abierta a la vida humana y a la divina.

 

Versículos 13–15: “Tus brotes, un paraíso de granados, / con frutos exquisitos: / nardo y azafrán, / caña aromática y canela, / con todos los árboles de incienso, / mirra y áloe, / con los mejores bálsamos. / ¡Fuente de los huertos, / pozo de aguas vivas, / corrientes que del Líbano fluyen!”.

 

Los frutos que se enumeran son todos agradables a los sentidos, al olfato, al gusto y al tacto. Simbolizan las llagas del cuerpo de Cristo en manos, pies, cabeza, y en todo el cuerpo. A Dios no le agradan los sacrificios, ofrendas y holocaustos humanos, sólo el sacrificio y el dolor del cuerpo de Cristo agrada al Padre y sube a Él en olor de suavidad. Los dolores de Cristo son nuestro bálsamo, y su muerte la fecundidad de la nueva vida.

 

De esa fecundidad nos hablan metafóricamente estos versos. Los brotes son el símbolo del crecimiento, la operación inmanente de la vida. La vida que brota del cuerpo de Cristo es vida copiosa, llena de virtudes, dones y frutos, aquí simbolizados por la variedad de sabores, aromas y colores. Esos frutos exquisitos son la Eucaristía y todos los sacramentos (ya durante nuestra vida), pero sobre todo la participación efectiva en su muerte, mediante la gracia de la perseverancia final, por ellos se nos trasmite la excepcionalidad del cuerpo de Cristo, su filiación divina.

 

El esposo termina exponiendo la fecundidad radical de la humanidad crucificada de Cristo: de las llagas del cuerpo inmolado en la cruz mana el agua que irrigará todos los huertos, es decir, toda tierra fecunda. Su corazón es manantial de aguas vivas[80], pero insondablemente profundas, que sacian para siempre la sed[81]. De sus entrañas saltan corrientes que vienen de lo alto, las aguas del Espíritu[82] que Él comunica a cuantos le creen y aman. La vida que brota del cuerpo crucificado de Cristo es la vida eterna (resurrección): el que come de su carne y bebe de su sangre inmoladas en la cruz tendrá Su vida, la que recibe del Padre[83].

 

Versículo 16 : ¡Levántate, cierzo, / ábrego, ven! / ¡Soplad en mi huerto, / que exhale sus aromas! / ¡Entre mi amado en su huerto / y coma sus frutos exquisitos!“.

 

Retoma la palabra la esposa. El cierzo es viento frío y duro, el ábrego es viento del sur, que viene de África, es viento caliente que seca y agosta, ambos juntos simbolizan la muerte, la contradicción vital del hombre. Al llamarlos sobre sí, ella acepta libre y alegremente la muerte. Ese «soplad en mi huerto» no es sino el “¡Hágase tu voluntad, y no la mía!” del huerto, cumplido por el “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”. La voluntad humana de Cristo anhela que esos vientos soplen en su huerto, o sea, en su cuerpo, para que su humanidad, mediante la pasión y muerte, exhale todos los aromas del amor. El sentido de su muerte queda claro en el verso final: ¡Entre mi amado en su huerto! ¡Entre en mí el modo divino de amar, clama la humanidad de Cristo, y deguste Dios los exquisitos frutos que Él mismo produce en Su criatura! Consummatum est. Es la entrega a la muerte, una entrega de amor sin reservas, que consuma el matrimonio (alegórico) iniciado en la encarnación y que convierte el acto matrimonial humano en un signo del amor de Cristo en la cruz.

 

Capítulo V

 

Versículo 1: “Ya he entrado en mi huerto, / hermana mía, novia; / he tomado mi mirra con mi bálsamo, / he comido mi miel con mi panal, / he bebido mi vino con mi leche. / ¡Comed, amigos, bebed, / oh queridos, embriagaos!”.

 

El esposo nos cerciora de la unión consumada. Ha entrado en su huerto cerrado, en su fuente sellada, y ha recogido los dones de su amada, todo lo que ella tiene y ha preparado para él. Éste es el momento de la muerte en que el esposo hace suya a la esposa, tomándola entera y recreándose en ella. Pero a estas palabras la esposa ya no responde. Precisamente porque estas bodas se consuman en la muerte, pueden ser llamadas las bodas del Cordero[84]. Bajo la metáfora del Cordero se encierra la idea sacrificial alusiva a la Pascua: "pues fuiste degollado y nos rescataste para Dios, en tu sangre, de toda tribu, y lengua, y pueblo, y nación" (5, 9). No habría bodas del Cordero, si Él no hubiera dado su vida (sangre) por amor a todos.

 

La muerte es la fecundidad de la encarnación. Gracias a su muerte Cristo ha abierto la vía de comunicación de su nueva vida a la humanidad. La entrega de la esposa ha sido hecha fecunda por el amor del esposo. La vida de Cristo no es comunicable a los pecadores más que por la cruz. Lo que era un privilegio suyo (la encarnación) pasa a nosotros gracias a que la esposa muere como nosotros, pero libremente y por amor, y al morir por amor ha transformado la muerte en vida, en acto de amor, en el que nosotros podemos tomar parte activa, puesto que nosotros morimos como castigo del pecado original, y desde este momento podemos morir con Cristo. La humanidad de Cristo no gana nada con morir: pierde su amor corporal al Padre, pero gana para nosotros la participación en su vida.

 

En el versículo último unas voces anónimas nos invitan a los amigos del esposo, a los que contemplamos la muerte de Cristo: “venid y comed, venid y bebed”. Puede resultar extraña una invitación a comer y beber en el mismo momento de la consumación del acto marital, que es siempre íntimo y privado, pero no esta invitación, porque la consumación de que hablamos es la muerte de Cristo, la cual fue pública y, además, es el único vehículo por el que todos podemos participar en las bodas del Verbo encarnado. En las bodas, la celebración de la fiesta gira para los invitados en torno a la comida y la bebida. El Cantar nos habla muchas veces de manjares y de vinos, pero sólo en esta ocasión, tras la entrega amorosa de los esposos, se invita a participar en las bodas a otros que el esposo y la esposa, y a consumar su participación comiendo y bebiendo copiosamente. Lo mismo que en el Apoc 19, 5, una voz del Trono (ángel) anima a todos a alegrarse porque han llegado las bodas del Cordero, y llama bienaventurados a los invitados (v.9), así aquí son voces angélicas las que nos dicen: comed el cuerpo de Cristo, bebed la sangre de la humanidad de Cristo, ellos nos comunican la vida eterna[85], la única embriaguez que no quita la razón, sino que la sobreeleva. Como supo ver Tomás de Aquino, en lo relativo a Dios no cabe el exceso[86], por eso aquí se nos anima a la embriaguez, porque lo que sería pecado en el uso de las criaturas, resulta apropiado cuando se trata del amor a Dios. De locura de la cruz habla s. Pablo, de embriaguez el autor del Cantar. La alegría incontenible de la encarnación se nos comunica a los hombres a través de la Eucaristía, que es participación en la muerte de Cristo. No se trata, pues, de antropofagia ni de necrofagia, sino de que el vehículo de transmisión de la sobrevida aportada por la encarnación es la entrega sin reservas de sí en la muerte, el acto que Cristo pone en común con cada hombre. La muerte convierte el cuerpo y la sangre de Cristo en verdadera comida y verdadera bebida, no por ser muerte, sino por ser el modo de entrega amoroso de la humanidad de Cristo. El maná venido del cielo es la encarnación, y ese maná nos es entregado y hecho comestible como carne y sangre de Cristo[87] en el acto que pone en común amorosamente con todo hombre: el de la muerte. Desde la cruz[88] se entiende el misterio eucarístico[89].

 

Pues bien, si Adán y Eva pecaron al comer del fruto del árbol prohibido, por querer hacer experiencia del mal, ahora se nos invita a comer el cuerpo de Cristo, un cuerpo velado por las especies sacramentales, del que no cabe hacer experiencia alguna, sino en el que ha de creerse. La fe es la curación de toda pretensión de experiencia, y sólo ella es apta para digerir este pan; el que lo come indignamente, sin fe viva informada por la caridad, come su condenación[90]. El cuerpo de Cristo es pan angélico, que ha bajado del cielo[91] y que alimenta no sólo nuestra vida espiritual y corporal, sino también la vida eviterna de los ángeles que le adoran. Ésta es la fecundidad del amor divino-humano del Verbo, que se abre vía por la muerte. Comer y beber es aquí participar en la muerte amorosa de Cristo, tomar parte activa en sus bodas. Tanto la comida como la bebida llevan consigo cierta desaparición o pérdida de la forma propia de los alimentos. El cuerpo y la sangre de Cristo han sido inmolados, y nosotros hemos de vivir de la muerte de Cristo, de la separación de su cuerpo y de su sangre, comiéndolo y bebiéndolo con fe. La humanidad de Cristo ha muerto por nosotros, ha amado a Dios como Dios la ha amado a ella, entregándose sin reservas por nosotros los pecadores. El Padre, que hasta ese punto le ha pedido que nos ame, nos invita ahora, mediante las voces angélicas, a participar de su amor en la cruz, a alimentarnos del amor crucificado y a embriagarnos del amor divino que se nos trasmite: no quiere ofrendas ni holocaustos, únicamente el sacrificio de Cristo le complace. Por eso los apóstoles sólo prohibieron a los cristianos venidos del paganismo el comer o participar de los sacrificios rituales paganos[92], porque además de idolatría, ellos llevan consigo la fornicación: ellos no son el camino abierto por Dios para darle culto, ese camino es sólo el de la cruz. Intentar agradar a Dios mediante cualquier mero sacrificio humano es usar indebidamente de la llamada divina al amor.

 

Versículo 2: “Yo duermo, pero mi corazón vela. / ¡La voz de mi amado que llama!: / ¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, / paloma mía, mi perfecta! / Que mi cabeza está cubierta de rocío / y mis bucles del relente de la noche”.

 

Un nuevo cambio de escena se produce en el Cantar. Ahora toma la voz del canto la humanidad de Cristo. En la vida marital, tras la unión viene un relajado descanso, un agradable sueño, pero la esposa del Cantar siente un amor tan intenso que ve perturbado su sueño, mezclándose con pesadillas. Ese sueño entremezclado de paz y deseo es metáfora adecuada de la situación del alma de Cristo, plenamente feliz por haberse entregado, pero deseando volver a la unión corporal que el sueño de la muerte ha roto.

 

Yo duermo, pero mi corazón vela. El cuerpo de Cristo duerme, es decir, está muerto, pero su alma sigue viva y unida al Verbo con visión beatífica. Una parte del alma de Cristo, su yo esencial (no su Persona), también duerme, es decir, no ejerce las funciones directrices sobre el cuerpo que le son propias, porque no tiene sobre qué ejercerlas, una vez muerto el cuerpo. La muerte no es un sueño ni una dormición por sí misma, sino la destrucción del hombre; ha sido la muerte de Cristo, que sí es como un sueño o dormición, a saber, un periodo de transición entre vida y vida, la que la ha transformado en eso. Cuando Cristo, hablando de la niña muerta, nos dice que duerme[93], nos está revelando una de las ganancias de Su muerte, a saber, que la muerte ya ha dejado de ser lo que era por naturaleza, la destrucción del hombre, para ser, en virtud del poder de Su muerte, un tránsito.

 

La humanidad de Cristo está rota, su alma y su cuerpo están separados entre sí, de manera que el cuerpo ha quedado separado también del Verbo por la muerte, aunque no a la inversa, pues el Verbo no lo abandona. El alma permanece unida al Verbo, pero separada del cuerpo, por eso nos cuenta como si fuera un sueño lo que le pasó en el momento de la muerte. Para el hombre la separación del alma respecto del cuerpo se vivencia en cierta medida, mientras está vivo, en el sueño: cuando uno dormita le asaltan a veces las ideas, en esos momentos lo que se sabe es muy claro, pero de modo poco preciso, como falto de concreción real humana. También el éxtasis debe participar de esa lucidez imposible de precisar, humanamente. Ella nos cuenta que oyó la voz del amado, de la divinidad que la llamaba, la llamaba a la entrega de la vida, denominándola hermana, amiga, paloma, todas ellas metáforas de la unión hipostática que consigo la une, y había añadido «mi perfecta», porque justo en su libre entrega hasta la muerte estaba alcanzando la perfección suprema, el amar a imagen de como Dios mismo lo hace. Las metáforas del rocío y del relente, que dice cubren el pelo del esposo, indica la presencia del amante en la noche obscura y fría de la muerte de su humanidad: el amante la llama a la unión en la noche obscura de la muerte, pero no para quedarse en la muerte, sino para resucitar a la inmortalidad corporal.

 

Versículo 3: - «Me he quitado mi túnica, / ¿cómo ponérmela de nuevo? / He lavado mis pies, / ¿cómo volver a mancharlos?»

 

Por tanto, la llamada del esposo sigue vigente aun después de la entrega total, pero ahora como una llamada a la reunión, a la resurrección. Así describe el alma de Cristo su situación ante la llamada a la reunión que resuena en ella: se ha quitado su túnica, es decir, ha entregado el cuerpo mortal que la velaba, ¿cómo podría ella ponérsela de nuevo, reunirse corporalmente con el amante divino? Ha lavado sus pies en la sangre de la cruz, ¿cómo volver a pisar la tierra? La humanidad de Cristo está muerta, se ha despojado de sí y se ha separado de la tierra de los vivos, ¿cómo volver a la vida?

 

Versículo 4: “¡Mi amado metió la mano / por la hendedura; / y por él se estremecieron mis entrañas!”.

 

Este verso es ambivalente, vale tanto para narrarnos cómo recuerda la esposa que obró el amado la unión en la muerte, como para indicarnos el modo en que el Verbo le sugiere la resurrección. Él metió la mano por la hendidura, es decir, separó su alma de su cuerpo, y al tocarla se le estremecieron las entrañas: las del cuerpo hasta morir, las del alma por la intensidad plena del amor al Padre. La iniciativa de la unión en la muerte es divina, aunque se cumplió con la libre entrega de su amante humanidad. La unión perfecta entre los esposos se alcanza cuando ambos la consuman a la vez. La iniciativa de la esposa no queda eliminada por la precedencia de la iniciativa divina, sino abierta, sobreelevada y consumada por la unión con la del esposo. Del mismo modo, la resurrección es una iniciativa del esposo que introducirá de nuevo su mano por la separación, pero esta vez para eliminarla, y entonces las entrañas de Cristo se estremecerán de nuevo por la inyección de vida plena que aportará a su cuerpo la activa unión con el amado.

 

Versículo 5: “Me levanté / para abrir a mi amado, / y mis manos destilaron mirra, / mirra fluida mis dedos, / en el pestillo de la cerradura”.

 

Nos detalla aquí la esposa cómo fue la consumación. El alma de Cristo salió al encuentro y se abrió a su amado, y sus manos, es decir, la voluntad ejecutora de la entrega, levantaron el pestillo de la cerradura con toda suavidad, destilando mirra fluida, es decir, licuándose como cera al calor del amor en el momento de la muerte, sin ofrecer resistencia, sino haciendo suyo el impulso divino, como la cera reproduce el sello, y llenándose de la alegría del dar divino. Esa misma será la vía por la que será resucitada. Así como el pestillo sirve a la vez para abrir o para cerrar, así la voluntad de Cristo que dio paso a la muerte cerrará la puerta tras de sí en la resurrección, pues ésta no será una vuelta a la mera vida, sino a la vida inmortal. Los dos deseos humanos del Señor, el de vivir y el de morir, encontrados entre sí en la oración del huerto, hallan su cumplimiento perfecto gracias a su activa obediencia al amor divino: primero prevalece el amor a la muerte, pero como era para amar a la Vida más que a su vida y para darla a los muertos, la voluntad de vida prevalece y transforma la muerte en vida. El pestillo de la cerradura es su voluntad humana de morir por amor al Padre y a nosotros, y de vivir para el Padre y nosotros, en la resurrección.

 

Versículo 6: “Abrí a mi amado, / pero mi amado se había ido de largo. / El alma se me salió a su huída. / Le busqué y no le hallé, / le llamé, y no me respondió”.

 

Sigue hablándonos la humanidad de Cristo. Se consumó la entrega, pero en el momento en que ella abrió su cuerpo a su amado en la muerte, el amado se había ido, había huido, había dejado separado a su cuerpo. En el momento en que se entregó, perdió su cuerpo el contacto con el amante. La humanidad expiró y se separó el alma del cuerpo –el alma se me salió a su huida, al dejar de sentir corporalmente el beneficio de la unión–, y su cuerpo dejó de sentir la presencia de la divinidad, porque dejó de sentir en términos absolutos. El alma de Cristo buscó a la divinidad como otras veces, es decir, unida a su cuerpo, pero no la halló, le llamó pero no respondió. Había quedado abandonada y sola en su entrega. Es el abandono que tanto hizo sufrir a Cristo, como nos indicaba por adelantado cuando dijo en la cruz: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? Pregunta sin respuesta, queja amorosa.

 

Versículo 7: “Me encontraron los centinelas, / los que hacen la ronda en la ciudad. / Me golpearon, me hirieron, / me quitaron de encima mi chal / los guardias de las murallas”.

 

Sirviéndose de la imprecisa visión profética del autor humano, el alma de Cristo sigue hablándonos de modo muy adecuado, pero (metafóricamente) como en sueños. Por una parte, en los sueños reales se pierde la noción del tiempo, y más aún en las pesadillas; por otra, en el sueño metafórico de la muerte, el alma de Cristo sigue sabiendo todo cuanto le hacen a su cuerpo. Según esto, aquí nos habla, por una parte, de un momento anterior a la muerte. Retrocede al momento en que la golpearon, la hirieron y la despojaron de su chal, despojo que simboliza su pasión y muerte. Se refiere a los soldados, los que ejecutaron su muerte en la cruz y los que hicieron guardia junto a su cadáver. Ella y la divinidad lo permitieron, pero no fue un suicidio, sino que otra vez unos terceros (nosotros) intervinieron en el amor mutuo de ambos, para interrumpirlo corporalmente, aunque, en verdad y sin saberlo éstos, para servir a la total entrega de ella a su amado. Pero, por otra parte, lo que nos narra el alma de Cristo es también lo que ocurre tras su muerte: la herida de su costado (me hirieron) y la guardia en torno al sepulcro.

 

Versículo 8: “Yo os conjuro, / hijas de Jerusalén, / si encontráis a mi amado, / ¿qué le habéis de anunciar? / Que enferma estoy de amor”.

 

Imita ahora la esposa la adjuración pronunciada ya dos veces por el amado, aunque el sentido de sus palabras sea distinto de las del esposo. El conjuro es, aquí, una manera poética de expresar el deseo del alma humana de Cristo de reunirse corporalmente con la divinidad. La divinidad no abandonó en ningún momento al cuerpo de Cristo: el Verbo lo mantuvo tras la muerte incorrupto, como propiedad suya, pero sin vida por estar separado de Su alma. Al dirigirse a las hijas de Jerusalén, se dirige a nosotros, para informarnos de la gran angustia y dolor de su muerte: dejar de amar corporalmente a Dios. En el dolor de la cruz estuvo incluido este deseo de reencuentro, que es como una enfermedad de amor. La humanidad de Cristo languideció hasta morir corporalmente de amor.

 

 

PARTE TERCERA

 

Subdivisión segunda (5, 9 – 8, 4)

 

 

Versículo 9: “¿Qué distingue a tu amado de los otros, / oh la más bella de las mujeres? / ¿Qué distingue a tu amado de los otros, / para que así nos conjures?”.

 

La ficción poética introduce de nuevo una intervención de unos terceros que responden a la adjuración de la esposa. Las hijas de Jerusalén, que la califican como la más bella de las criaturas, preguntan al alma de Cristo por la persona de su esposo, ¿no es un hombre como los demás?, ¿en qué se distingue, para que te atrevas a utilizar el nombre de Dios, y no sea en vano? Pero las ficciones del autor divino tienen siempre correlatos reales. En realidad, las hijas de Jerusalén son en este caso los santos del Primer Testamento que recibieron la luz del alma de Cristo en su limbo de espera, pero sin ser resucitados todavía, aunque también somos nosotros, los amantes de la humanidad de Cristo. El Espíritu Santo nos tuvo en cuenta aquí precisamente para ilustrar nuestra fe, introduciendo las luces que emanan del alma de Cristo en estos versos para que profundicemos en el misterio de la encarnación.

 

Versículos 10-16: “Mi amado es fúlgido y rubio, / distinguido entre diez mil. / Su cabeza es oro, oro puro; / sus guedejas, racimos de palmera, / negras como el cuervo. / Sus ojos como palomas / junto a arroyos de agua, / bañándose en leche, / posadas junto a un estanque. / Sus mejillas, eras de balsameras, / macizos de perfumes. / Sus labios son lirios / que destilan mirra fluida. / Sus manos, aros de oro, / engastados de piedras de Tarsis. / Su vientre, de pulido marfil, / recubierto de zafiros. / Sus piernas, columnas de alabastro, / asentadas en basas de oro puro. / Su porte es como el Líbano, / esbelto cual los cedros. / Su paladar, dulcísimo, y todo él, un encanto. / Así es mi amado, así mi amigo, / hijas de Jerusalén”.

 

Esta es la descripción del cuerpo de Cristo tal como lo ve su alma tras la separación por la muerte. Como ya sabemos, el Verbo no se separó del cuerpo muerto de Cristo, garantizando su incorruptibilidad, pues la muerte no quebró la unión hipostática: los dones de Dios son sin arrepentimiento[94]. Estando, pues, unido al Verbo el cuerpo muerto de Cristo, y  permaneciendo el alma también unida al Verbo, pero separada del cuerpo, puede ella prosopopéyicamente describirnos a este último. Las metáforas que se utilizan en estos versos son alusivas a la obra del templo, como señala la Bible de Jérusalem[95]. Por tanto, lo que se nos dice bajo todas esas metáforas es que el cuerpo de Cristo es el templo de Dios. Aun muerto, el cuerpo de Cristo es el verdadero templo de Dios, no a través de su alma, de la que está separado, sino inmediatamente en virtud de la unión hipostática. Por eso puede ser descrito como un cuerpo regio y divino, el más perfecto de los cuerpos, aquel cuya perfección va más allá incluso que la de todos los espíritus (no asumidos). En consecuencia, esta descripción nos enseña el enamoramiento del alma de Cristo por la divinidad que mantiene a su cuerpo: está tan embelesada por el amor divino que desea ardientemente amarlo de modo plenamente humano, es decir, también con su cuerpo. Eso es ahora lo que le falta; eso es lo que se ha alejado de ella, lo que ha perdido al morir. Y aunque la divinidad está junto a ella, ella desea tener cabe sí al más hermoso y sensible de los cuerpos, para amar con él a la divinidad.

 

No tenemos los humanos una idea de la grandeza del cuerpo de Cristo, de la verdadera belleza que se ocultaba voluntariamente bajo la apariencia de un cuerpo sin gloria. El cuerpo de Cristo es el templo de Dios, el único templo en el que Dios está personalmente presente. Como Dios es espíritu, el cuerpo de Cristo era un cuerpo espiritual, que sólo por libre obediencia se hizo mortal y murió. Era, y es, más que un cuerpo glorioso, era el cuerpo de Dios. No existe criatura más unida a Dios ni en el cielo ni en la tierra que el cuerpo de Cristo. Ni ángeles ni hombres ni criatura alguna ha sido unida personalmente a la divinidad salvo la humanidad de Cristo, por eso ninguna es más alta ni está más íntimamente unida a Dios que su cuerpo, a no ser la propia alma de Cristo.

 

Capítulo VI

 

Versículo1: “¿A dónde se fue tu amado, / oh la más bella de las mujeres? / ¿A dónde tu amado se volvió, / para que contigo le busquemos?”.

 

Esa es la pregunta pertinente que quiere el Espíritu que nos hagamos. Al hacerla compartimos el amor y el deseo del alma de Cristo muerto y todavía no resucitado. Ella, la más bella de las almas, está separada de su cuerpo y no puede amar a la divinidad con todo su ser humano. Nosotros somos buscadores, lo que podemos hacer para acompañar a Cristo es buscar al amado en la muerte. Lo mismo que las santas mujeres de madrugada fueron a buscar el cuerpo de Cristo para terminar de embalsamarlo, así nuestras almas, en la muerte, buscarán el cuerpo de Cristo, y al buscarlo lo hallarán, cual las santas mujeres, pues ya ha resucitado, de manera que la pérdida de nuestro cuerpo será no sólo compensada, sino suplida por el amor al cuerpo de Cristo, en el cual y con el cual podremos amar a Dios antes de nuestra resurrección.

 

Versículo 2: “Mi amado ha bajado a su huerto, / a las eras de balsameras, / a apacentar en los huertos, / y recoger lirios”.

 

Ahora se ve mejor que la anterior era la pregunta pertinente, puesto que merece esta respuesta. La divinidad, que acompaña al cuerpo muerto de Cristo, ha bajado a la tumba, a la era de las balsameras, allí donde los cuerpos eran perfumados antes de empezar a corromperse. Y ha bajado para apacentar a sus ovejas, para estar con nosotros en la muerte y poder así recoger nuestras almas, los lirios del valle.

 

Versículo 3: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí: / él pastorea entre los lirios”.

 

Estas palabras habían sido dichas ya por la amada (II, 16), sólo que en orden inverso. La primera vez que fueron dichas sugerían que el amado había tomado la iniciativa, ahora nos insinúan que es el alma de Cristo la que ha consumado su entrega al amado. Al principio ella era fiel al amado, ahora el amado es fiel a ella, pues no la ha abandonado en su entrega. Junto con ella, Él pastorea entre los lirios, es decir, mientras su cuerpo está todavía en la tumba, acompañando a cada uno de los hijos de Adán en la muerte, la divinidad unida a su alma cuida de las almas de los muertos, de las del Primer Testamento y de las nuestras durante la muerte de nuestros cuerpos, sólo que, una vez resucitado Él, nosotros somos asistidos también por su cuerpo. Si antes de la entrega la esposa buscaba a su amado junto con su rebaño, y hablaba con él mientras pastoreaba entre los lirios, ahora nos dice que su alma está y pastorea con él las almas de los difuntos.

 

Versículo 4: “Hermosa eres, amiga mía, como Tirsá, / encantadora, como Jerusalén, / imponente como batallones”.

 

La divinidad retoma la palabra y piropea a la humanidad de Cristo a la que está unida en la mayor intimidad posible, la de la unión hipostática, de la que es lejano símbolo la amistad. La llama otra vez hermosa. La hermosura es el esplendor del orden, y el orden en el alma de Cristo es su obediencia a la voluntad divina. Compara esa su hermosura con Tirsá, que tras la división en dos del reino de Israel, fue la primera capital del reino del norte y cuyo nombre significa «suavidad y contento»[96]. El calificativo de suave o agradable suele aplicarse en la Sagrada Escritura a los sacrificios que son aceptables a Dios, por tanto es una indicación del origen de la belleza de la esposa, el sacrificio de sí misma in odorem suavitatis hasta la muerte y muerte de cruz: en la cruz ha alcanzado la humanidad de Cristo el máximo esplendor del orden, siendo ése el único sacrificio que ha complacido a Dios. Dios no ama los sacrificios y holocaustos, pero por eso mismo nada más entrar en el mundo dijo el Verbo por medio de su alma: los sacrificios y holocaustos no te agradaron, pero tú me has preparado un cuerpo, he aquí que vengo para hacer tu voluntad[97]. Ahora ha consumado su sacrificio y recibe la alabanza del agrado de Dios. También la llama «encantadora» o «engalanada» como Jerusalén, es decir, apta para ser la esposa de Dios. Jerusalén era la capital del reino del sur, tras la separación. Esta alusión a la división del reino de Israel después de la muerte de Salomón es imagen de la separación introducida por la muerte entre el cuerpo y el alma de Cristo, del que en el Cantar es figura Salomón. Tirsá es figura, por tanto, del cuerpo muerto de Cristo, y Jerusalén de su alma. La divinidad está con ambos, con el cuerpo y con el alma de Cristo, aunque ellos estén todavía separados entre sí. Las alabanzas se cierran con una extraña metáfora: imponente como batallones, es decir, temible como un ejército en orden de batalla. Es una indicación del poder de la humanidad de Cristo, poder que emana de su sacrificio: ningún poder podrá hacerle frente, nadie ni nada podrá separarnos del amor de Cristo[98], que llega a cada uno por lo menos en el momento de la muerte. 

 

Versículos 5-6: “Retira de mí tus ojos, / que me subyugan. / Tu melena cual rebaño de cabras / que ondulan por el monte Galaad. / Tus dientes, un rebaño de ovejas, / que salen de bañarse. / Todas tienen mellizas, / y entre ellas no hay estéril. / Tus mejillas, como cortes de granada / a través de tu velo”.

 

La divinidad sabe del deseo de reunión del alma de Cristo con su cuerpo para amar al Padre en cuerpo y alma, y se hace metafóricamente eco de él: los ojos del alma de Cristo tienen puesta su mirada en la divinidad con tal fuerza y perseverancia, con tal deseo de resurrección, es decir, de volver a amarla corporalmente, que la divinidad abrevia el tiempo de la separación. Los versos que siguen no son meras repeticiones de requiebros ya usados anteriormente, sino órdenes divinas para que el cuerpo de Cristo recobre la vida: la melena, lo más periférico, vuelve a tener vida y recupera su flexibilidad y lozanía; los dientes vuelven a ser dientes vivos, con lo que la cara de Cristo vuelve a recobrar la suave sonrisa; sus mejillas retornan al color de la vida, se tiñen del rojo de la salud, sólo que ahora con una vida nueva e inmortal. Y todo ello, a través de tu velo, que ahora designa el sudario que envuelve al cuerpo de Cristo en la tumba.

 

Versículo 8: “Sesenta son las reinas, / ochenta las concubinas, / (e innumerables las doncellas)”.

 

El Cantar alude al harén de Salomón[99], que es aquí metáfora de toda la creación que ama a Dios. El harén puede ser metáfora de eso, porque Dios ama a todas sus criaturas, aunque a unas más que a otras, puesto que las ha situado en lugar más encumbrado. Sesenta son las reinas, esto es, son muchas las criaturas de más alta condición natural que la humanidad (como humanidad) de Cristo, o sea, los ángeles; ochenta las concubinas, es decir, abundan más aún las que son de condición menos selecta (los pecadores, los hombres, hijos de Adán); innumerables son las de condición más humilde (el mundo universo).

 

Versículo 9: “Única es mi paloma, / mi perfecta. / Ella, la única de su madre, / la preferida de la que la engendró. / Las doncellas que la ven la felicitan, / reinas y concubinas la elogian:”.

 

Sin embargo, la elegida, la perfecta, la única, es la humanidad de Cristo; ella es la única de su madre, o sea, la primogénita de toda la creación[100], por amor de ella han sido creadas todas las demás, ella es la preferida del creador, de manera que es el alfa y la omega, todo cuanto ha sido hecho lo ha sido por ella y para ella. Por eso, todas las criaturas que están en el harén de Salomón, todas las que comparten el amor de Dios o las que le sirven, tanto las más humildes, como las más altas y las intermedias, la felicitan y la elogian.

 

Versículo 10: “«¿Quién es ésta que surge cual la aurora, / bella como la luna, / refulgente como el sol, / imponente como batallones?».

 

Este elogio salido del harén de las criaturas que aman a Dios corresponde ya a la humanidad resucitada de Cristo, que surge como la aurora, aunando la luz de la noche (luna) con la luz del día (el sol), o sea, habiendo convertido la muerte en vida y haciendo irresistible el poder de su amor, salvo para quienes no amen la luz.

 

Versículo 11: “Al nogueral había yo bajado / para ver la floración del valle, / a ver si la vid estaba en cierne, / y si florecían los granados”.

 

El alma de Cristo nos dice que había bajado al huerto de los nogales para visitar la floración del valle, o sea, las almas de los que habían muerto en la fe y obediencia a la promesa de Dios, para rescatarlas del limbo en que estaban, pero también para madurar los sarmientos que murieron no maduros y los granados no florecidos, o sea, para liberar a las almas del purgatorio.

 

Versículo 12: “¡Sin saberlo, mi deseo me puso / en los carros de Aminadib!”.

 

Este versículo describe el despertar de la amada del sueño de la muerte. Sin saber cómo, de repente, ella, que estaba dormida, encuentra cumplido su deseo sobre el carro de combate de Aminadib. Nótese que el conjuro del esposo aseguraba que no la despertaran «hasta que ella quiera». Pues bien, aquí se nos narra cómo es precisamente su deseo, su voluntad, la que la despierta por dentro del sueño de la muerte.

 

Aminadib es palabra que sólo aparece en este lugar en toda la Biblia y que había sido transcrita tradicionalmente por Aminadab[101], nombre este último que es confundido a veces, en otros pasajes, con Abinadab[102]. Históricamente, predominan tres opciones: una, la de entenderlo como nombre propio sin precedente[103], otra, la de no tomarlo como nombre propio, sino en lo que significa, a saber, «de mi pueblo príncipe»[104], y la tercera es la de referir el nombre a alguno de los personajes bíblicos conocidos de nombre parecido, a la vez que se aprovecha su significado[105]. Pero en lo que no caben alternativas es en el dato de que el versículo no habla de unos carros cualesquiera, sino de carros de combate (a[rmata)[106], de modo que, se trate de un genérico príncipe del pueblo o del nombre de un príncipe concreto, conocido o desconocido, la metáfora se refiere a alguien que va sobre un carro de combate a la cabeza de su pueblo, que es el lugar natural de los carros en la batalla[107]. El versículo alude, pues, metafóricamente a cómo el alma de Cristo se sube otra vez al carro de combate del que fue abatido al sufrir la muerte, es decir, retoma su cuerpo, poniéndose como príncipe a la cabeza del ejército de los resucitados, que vendrán detrás de Él, como primogénito de entre los muertos[108].

 

El deseo del alma de Cristo, de pronto, sin saberlo, es decir, mientras su cuerpo dormía, y por un poder que la supera, el del esposo, la lanzó como príncipe sobre los carros de su pueblo, la puso a la cabeza, esta vez, de la victoria. El misterio que se encierra en la resurrección queda nítidamente reflejado en estos versos. En el Segundo y último Testamento se dice tanto que Dios ha resucitado a Cristo[109], como que Cristo resucita por sí mismo[110]. La compatibilidad de ambas afirmaciones queda manifiesta en estos versos. El alma de Cristo es la que obra la resurrección de su cuerpo: es su deseo de unión el que devuelve la vida al cuerpo muerto. Así lo había insinuado varias veces el esposo en el conjuro por el nombre de Dios: «hasta que ella quiera». Pero no es el alma de Cristo por sí sola la que obra esa resurrección, imposible para cualquier otra criatura, sino que es el alma en cuanto que ha alcanzado en la muerte la más profunda unión operativa con la divinidad. Así como, al morir su cuerpo, el alma de Cristo había obrado divinamente entregándose de modo libre y sin reservas al Padre, así ahora resucita su cuerpo conjuntamente con su amado, la divinidad, obrando teándricamente, y siendo su deseo el que toma la iniciativa de la resurrección. El deseo de vida (para su cuerpo) del alma de Cristo es deseo del Verbo, que desea mediante ella –pues como Verbo no puede desear–, y que la ha facultado con el poder divino (Padre, Hijo y Espíritu) para unirse activamente de nuevo al carro, que ahora es el carro del vencedor. Es, pues, el poder de Dios el que lo resucita, pero ese poder lo ejerce Dios mediante el alma humana de Cristo en operación teándrica, para la que ha sido especialmente capacitada por la entrega sin reservas que hizo de sí misma. Tengo poder para entregar mi vida y para tomarla de nuevo, ese mandato he recibido del Padre (Jn 10, 18).

 

Este versículo nos refiere, por tanto, el instante de la resurrección, el despertar de la esposa, cuando ella ha querido. Cristo es el primogénito de entre los muertos, el vencedor de la muerte, y la clave de la victoria de su humanidad ha sido su amor sin reservas y hasta la muerte. Sin la entrega del cuerpo de Cristo no habría sido posible el mayor acto de amor y con él la mayor victoria. En virtud de su obediencia amorosa, ahora el alma separada se une de nuevo al cuerpo que sufrió voluntariamente la (aparente) derrota, y es puesta a la cabeza de los que han de resucitar.

 

 

Capítulo VII

 

Versículo 1: “¡Vuelve, vuelve, Sulamita,  / vuelve, vuelve, que te miremos! / ¿Por qué miráis a la Sulamita, / como en una danza de dos coros?”.

 

Por fin, en boca del coro, aparece el nombre de la esposa en el Cantar. Ciertamente sus cantos han ocupado la mayor parte de este Cántico, de manera que, si lo que mandara fuera la estadística, esta obra debería llevar el nombre de Cántico de la Sulamita. Sin embargo no lleva su nombre, sino el de Salomón, que es a la vez el nombre del esposo y el del autor al que se atribuye toda la composición. Es una manera de reconocer que lo más alto en Cristo es la persona divina, que es quien ha llevado la iniciativa en todo y es quien habla también a través de la esposa. En concordancia con eso, el propio nombre de Sulamita lleva adosada cierta referencia a Salomón. La Sulamita es «la pacificada», o sea la esposa de Salomón, el rey pacífico, la cual al ser tomada como esposa se hace, como Él, pacificadora. La humanidad de Cristo no sólo ha sido devuelta, tras la violencia de la muerte, a la paz en la resurrección, sino que ahora trasmite corporalmente la paz perfecta, la paz de Dios a quienes se unen a su muerte, primero en el bautismo, luego comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre, y finalmente entregando con Él su alma al Padre.

 

Por su parte, en el Primer Testamento la «vuelta» suele aludir a la vuelta del exilio[111]. No hay mayor exilio que el que sufrió Cristo, morir a manos de los suyos. Él fue rechazado y repudiado por su pueblo, justamente lo mismo que Yahvé había sido rechazado por su pueblo tantas veces. Pero con su resurrección se cumplió la promesa de que Dios volvería a dar a Israel una oportunidad final para reconciliarla consigo como una esposa infiel con su marido[112]. Lo que estaba prohibido hacer a los hombres[113] lo hace Dios: permitir la vuelta de la esposa infiel, pero para ello han de mediar la muerte y resurrección de Cristo, las cuales traen la paz al matrimonio entre Yahvé y su pueblo, constantemente rota por infidelidad nuestra.

 

Pero el versículo recoge la vuelta en la forma de deseo y de oración, precisamente el deseo y la oración de la Iglesia, representados por la fe de María Santísima y por la tristeza de los apóstoles y discípulos. La germinal Iglesia pide al resucitado que vuelva a ellos. Por otra parte, los santos patriarcas, el Israel que aguardaba la venida de Cristo en el limbo, y que Él ha visitado en su descenso a los infiernos, le piden también que vuelva, pues al resucitar deja los infiernos. La vuelta de la humanidad de Cristo a la vida corporal implica la posibilidad de ver y contemplar en ella a Dios tal como es. Por eso todos desean poder mirarla. Y Cristo accedió a este deseo orante, pues antes de subir a los cielos, su humanidad se detuvo cuarenta días para dejarse ver gloriosa, aunque todavía tamizada a nuestra vista, por su Madre y sus discípulos. Éstos estaban tan abatidos y desesperanzados, que ni siquiera pidieron con María que volviera, pero su abatimiento por amor a Cristo fue tomado como oración, y así fueron sorprendidos por el Maestro, que no se olvidó de ellos en su desesperación. Tampoco se olvidó de los que le aguardaban en los infiernos, los cuales ya no serán los mismos y quedarán iluminados también por el cuerpo de Cristo. Esa reiterada súplica por la vuelta de la naturaleza humana de Cristo no es otra cosa que un canto a su resurrección y una versión adelantada del maranata, ven Señor Jesús[114], vuelve, que te veamos: el deseo de su segunda venida, que es también la oración que nosotros hemos de poner en nuestro corazón y en nuestros labios.

 

En el verso final, los ángeles, lo mismo que cuando se aparecieron a las mujeres en el sepulcro para decirles que ya no estaba allí, sino que había resucitado[115], y lo mismo que más tarde, en el momento de la ascensión, inquieren ahora a cuantos deseaban ver la humanidad de Cristo, por qué la miran danzando en dos coros. La danza es una manifestación corporal, o sea, humanamente completa, de la alegría. Los dos coros son los de la Iglesia y la sinagoga de los creyentes en el Mesías. La pregunta es una pregunta retórica, que no tiene respuesta, sino que sirve de descripción, para nosotros, de la alegría con que se funden en unidad ambos coros, festejando alborozados la resurrección de Cristo. El doble coro prefigura la organización del Cuerpo de Cristo en los cielos, a saber en coros, de modo semejante a los ángeles, pero el coro será doble, porque lo que expresen unos, lo repetirán los otros, es decir, lo acogerán y confirmarán. De ese modo todos los que le aman, sin exclusiones, tomarán parte activa en la glorificación de Dios a través de Jesucristo, que por nosotros murió y ha resucitado.

 

Versículo 2: “¡Qué lindos son tus pies en las sandalias, / hija de príncipe! / Las curvas de tus caderas son como collares, / obra de manos de artista”.

 

Y, a continuación, la divinidad pasa a describirnos la humanidad resucitada. Los pies de Cristo resucitado son más hermosos aún que los pies de los que evangelizan la paz. Esos pies conservan las llagas de la cruz, pero ahora están amparados por las «sandalias» divinas que los hacen inmortales. Llama «hija de príncipe» a la humanidad de Cristo, por lo que a sus pies se postrarán todos los reyes de la tierra. Las caderas de Cristo son ahora ágiles, como collares que se mueven al paso de su espíritu, capaces de la ubicuidad, obra de la mano del Artista Supremo que las ha resucitado.

 

Versículo 3: “Tu ombligo es un ánfora redonda, / donde no falta el vino. / Tu vientre, un montón de trigo, / de lirios rodeado”.

 

El cuerpo de Cristo es ahora el alimento del alma, pan y vino corporales que dan la vida eterna, que él ya posee, a nuestros espíritus y cuerpos, los lirios que lo rodean.

 

Versículo 4: “Tus dos pechos, cual dos crías / mellizas de gacela”.

 

La humanidad de Nuestro Señor es acogedora como el regazo de la amada. Entre sus pechos encontramos la paz eterna, que idílicamente señala este verso bajo la metáfora de las crías mellizas de gacela que pacen en el monte de la divinidad.

 

Versículo 5: “Tu cuello, como torre de marfil. / Tus ojos, las piscinas de Jesbón, / junto a la puerta de Bat Rabbim. / Tu nariz, como la torre del Líbano, / centinela que mira hacia Damasco”.

 

El cuello de Cristo, que ni la muerte doblegó, resucita ahora como torre de marfil, fuerte y bello, sin yugo que lo someta, sostén y apoyo de toda voluntad que quiera servir a Dios. Los ojos de Cristo, agua trasparente que dejan ver al Verbo. La nariz, que ya no necesita aspirar el aire para vivir, es fuente del viento del Espíritu para nuestras almas, del Espíritu de fortaleza y del Espíritu de consejo que nos robustece y nos protege de las acechanzas del enemigo.

 

Versículo 6: “Tu cabeza sobre ti, como el Carmelo, / y tu melena, como la púrpura; / ¡un rey en esas trenzas está preso!”.

 

Sobre el cuello la cabeza destaca como el monte desde el que todo se ve, la divinidad, cabeza de la humanidad, está unida de nuevo a ella como su corona. La melena de Cristo es púrpura, como el adorno con que se cubre la soberanía y majestad de su cuerpo, pues todo un Rey (el de los cielos) está atrapado en sus rizos. El amor a su belleza ha hecho agradable para el Padre a todos los que le obedecen, que son ahora su adorno: los rizos de su melena son la multitud de los discípulos, sus hermanos, que han amado como Él y a los que el amor del Padre va dirigido.

 

Versículos 7-9: “¡Qué bella eres, qué encantadora, / oh amor, oh delicias! / Tu talle se parece a la palmera, / tus pechos, a los racimos. / Me dije: Subiré a la palmera, / recogeré sus frutos. / ¡Sean tus pechos como racimos de uvas, / el perfume de tu aliento como el de las manzanas!”.

 

Santa por su Amor, la humanidad de Cristo, ahora en las delicias de la plenitud incluso corporal de su amor al Padre, está llena de encanto y belleza arrebatadora para las almas. Si Dios encontró buenas las obras de su creación y las de su providencia para la habitación del mundo por el hombre, con estas palabras declara bueno el cuerpo de Cristo (revitalizado) para la exposición y comunicación plena de la vida divina a toda la creación. La divinidad nos presenta el cuerpo de Cristo resucitado como el objeto de contemplación y amor para ángeles y hombres. Como palmera su talle se dirige recto hacia el Padre, sus pechos serán racimos de uvas, o sea, fuente de deleite espiritual para toda criatura elevada. El esposo hace del cuerpo de Cristo un camino (palmeras) por el que subir para entrar en la vida íntima de Dios, le comunica la fuente de su alegría (uvas) y el perfume del aliento del Espíritu, que es como el perfume de las manzanas, suave, que no cansa ni empalaga.

 

Versículo 10: “¡tu paladar como vino generoso! Él va derecho hacia mi amado, / como fluye en los labios de los que dormitan”.

 

Las primeras palabras pertenecen todavía al esposo, pero con ellas se mezclan las de la esposa, que le interrumpe. Al interrumpirle, hace suyas sus palabras y las continúa. Intercalándose con las del esposo, las palabras finales del versículo ponen de manifiesto la profunda unión de ambos, que hablan a la vez sin estorbarse, antes bien continúan la unión ya consumada. Sin el acompañamiento de la palabra el intercambio sexual no alcanza la hondura de lo humano. Ese vino generoso sale de la boca de la esposa, y sus palabras van derechas a su amado como palabras de enamorada, musitadas, suaves, para ser bebidas y rumiadas tranquilamente por ambos amantes. La garganta y la boca se hacen vino exquisito en las palabras de amor.

 

Versículo 11: “Yo soy para mi amado, / y hacia mí tiende su deseo”.

 

Esas son las palabras que musita la humanidad de Cristo resucitada. No las tiene que decir en voz alta, porque sólo son dichas para sí. Sin embargo, al decirlas, lo que extasía a la humanidad de Cristo es que el amor de todo un Dios la acepte como amada. Dios tiene sus complacencias en la humanidad de Cristo ya desde el primer momento de la encarnación, pero en la resurrección la alegría de Dios, que es la alegría por el bien ajeno, alcanza su expresión más alta. En el fondo, estas palabras nos dicen que la humanidad de Cristo ahora ama tal como es amada. La Bible de Jérusalem señala la inversión que se ha producido en este versículo de la tendencia a que Dios condenó a la mujer: tu deseo te impulsará hacia tu marido y él dominará sobre ti[116]. La observación es muy pertinente, y señala la redención del amor por Cristo: la humanidad de Cristo no ama a Dios como una criatura cualquiera, no es una criatura que todavía desee a Dios, sino que es amada por Dios y lo ama como es amada.

 

Versículo 12: “¡Oh, ven, amado mío, / salgamos al campo! / Pasaremos la noche en las aldeas”.

 

Tanto es así que es ella la que toma la iniciativa ahora e invita a la divinidad a salir a lo abierto. Dios es un Dios verdaderamente escondido, pero la humanidad de Cristo lo invita a salir al campo, a la vista de toda la creación. El plan que ella propone es pasar la noche en las aldeas. O sea, mientras dure todavía la noche de la historia, antes del final del mundo, ella se retirará con Él a los cielos, fuera aún de la vista de los hombres vivos, aunque ya visible para los ángeles y los hombres que hayan muerto con Él.

 

Versículo 13: “De mañana iremos a las viñas; / veremos si la vid está en cierne, / si las yemas se abren, / y si florecen los granados. / Allí te entregaré / el don de mis amores”.

 

Por la mañana, al amanecer del último día, unidos vendrán a las viñas. Es la segunda venida de Cristo a la tierra, en la que vendrá como juez: para ver si la vid está en ciernes, las yemas se abren y florecen los granados, es decir, para juzgar a los hombres y sus incrementos en términos de vida, de amor. Entonces, al final, una vez hecho el juicio, Cristo, que es inferior al Padre por su humanidad[117], entregará toda su obra al Padre[118], llevando a plenitud la misión que le había sido confiada, el don de sus amores.

 

Versículo 14: “Las mandrágoras exhalan su fragancia. / A nuestras puertas hay toda suerte de frutos exquisitos. / Los nuevos, igual que los añejos, / los he guardado, amado mío, para ti”.

 

Ni ojo vio ni oído oyó ni en pensamiento de hombre cabe lo que ha preparado Dios a los que le aman[119]. Cristo, Verbo hecho hombre resucitado reúne en sí todos los bienes creados, y todos ellos han sido guardados para Dios por la humanidad de Cristo. Todos los frutos, los nuevos y los añejos, los ha guardado la humanidad de Cristo, como María guardaba todas las palabras en su corazón, como el buen padre de familia, que del arcón saca lo nuevo y lo viejo. El cuerpo de Cristo es el arcón en el que se guardan todos los bienes creados por Dios a los que se añaden los creados por su encarnación, vida, muerte y resurrección. Todos ellos han sido preservados para entregarlos sin reservas a la divinidad, para que sean aceptos a Dios.

 

Capítulo VIII

 

Versículo 1: “¡Ah, si fueras tú un hermano mío, / amamantado a los pechos de mi madre! / Podría besarte, al encontrarte afuera, / sin que me despreciaran”.

 

La esposa desea besar en público a su amado, poner de manifiesto su amor ante todos. La humanidad de Cristo resucitada tiene aún un deseo no cumplido: poder manifestar sus amores divino-humanos a la vista de todos. La incomprensión de los hombres es todavía un obstáculo a salvar por la fe, mientras dura la historia. Los hombres no quieren creer que Dios se ha hecho hombre, ha muerto por nosotros y ha resucitado. Están dispuestos a aceptar que Cristo es un gran líder, un hombre excepcional: ¡qué fácil sería creer en un hombre así, en un igual a nosotros, en un hermano nacido y criado como hijo del pecado de Adán! Pero ¡qué lejos estaríamos entonces de Dios! Mas no, Cristo es Dios y hombre, se ha hecho –sí– un hermano nuestro, pero no criado y amamantado con el pecado original, y no es sólo un hermano, sino la Palabra que hizo el cielo y la tierra. Cristo no es un simple hijo de Adán, no es un hermano en el pecado. La humanidad de Cristo es despreciada y vilipendiada incluso por los hijos de Israel según la carne, precisamente porque nos dijo quién es la Persona que la ha unido consigo: el Verbo divino. El deseo de la humanidad de Cristo es mostrar públicamente a la creación entera la mayor de las obras de Dios, la unión hipostática, el amor divino hecho carne.

 

Versículo 2: “Te cogería, te introduciría / en la casa de mi madre, y tú me enseñarías. / Te daría a beber vino aromado, / el licor de mis granadas”.

 

La esposa sigue exponiendo sus deseos que coinciden con lo que ha de suceder al final de los tiempos. Cuando Cristo haya vuelto en el momento final de la historia, entonces aparecerá su humanidad cogida del brazo del esposo, al que introducirá en la casa de su madre, allí donde todo empezó, allí donde se realizaron sus bodas, donde están todos sus hermanos, en la tierra. Lo que ya hacía el Verbo durante su peregrinación por la tierra, enseñarnos, se cumplirá con creces y sin velos: Él mostrará su divinidad a través de su cuerpo. Entonces la humanidad de Cristo dejará traslucir plenamente ante toda la humanidad y ante toda la creación la divinidad que la ha asumido, es la ocasión en que su acto obediencial teándrico dará de sí todo cuanto dar se puede: el vino aromado del amor a Dios, y el licor de sus granadas (que antes habían sido comparadas con los pómulos), o sea, la extasiante visión del rostro divino. La faz del universo será cambiada por esta manifestación del rostro de Dios. Es lo que nos anuncia que ocurrirá el Apocalipsis cuando descienda la Jerusalén celeste, ataviada como una esposa para su esposo: todo habrá sido hecho nuevo, en ella no habrá templo, ni luz[120], ni maldición alguna, sino que en ella habitarán Dios y el Cordero, allí se verá el rostro de Dios y no habrá noche ni día, pues Dios mismo la iluminará, y sus siervos reinarán por los siglos de los siglos[121].

 

Versículo 3: “Su izquierda está bajo mi cabeza, / y su diestra me abraza”.

 

Tras eso, la amada descansará plenamente en los brazos del amado. La profundidad de la unión hipostática, que siempre fue igual desde el primer momento, quedará así manifiesta a los ojos de todos: la creación entera contemplará el amor sin par del Dios hecho hombre, fuera del cual no ha sido dado otro nombre en los cielos y en la tierra, y ante el cual postrarán rodillas desde el más alto de los ángeles hasta la última de las criaturas, y los que no lo hicieren irán al fuego eterno, y aún allí, sin quererlo, le estarán sometidos y postrados. Cristo Nuestro Señor habrá entregado al Padre la obra entera de la creación para gloria de la Trinidad Santa por medio de su humanidad, ella gozará y hará gozar a sus hermanos para siempre del amor de la Santísima Trinidad.

 

Versículo 4: “Yo os conjuro, / hijas de Jerusalén, / no despertéis, no desveléis a mi amada, / hasta que le plazca”.

 

Son palabras del esposo. Este conjuro no hace más que enunciar la confirmación, por la divinidad, del amor de la voluntad creada de Cristo a Dios para toda la eternidad. Opus consummatum est[122]. El octavo día de la creación, que empezó en la encarnación y maduró en la cruz, ha sido acabado. Nada puede ya perturbar la unión con Dios de los hombres que tengan fe en Cristo, pues a la divinidad le place ese entregado yacer entre sus brazos de la amada, y ella es plenamente acogida en un eterno abrazo que superará de tal modo nuestra inteligencia que será como el más sublime de los sueños para ella, del que nunca tendrá que despertar.

 

 

 

PARTE CUARTA (8, 5 – FINAL)

 

 

Versículo 5: “¿Quién es ésta que sube del desierto, / apoyada en su amado? / Debajo del manzano te desperté, / allí donde te concibió tu madre, / donde concibió la que te dio a luz”.

 

Las primeras palabras son una exclamación anónima, y corresponden a la admiración de los ángeles ante la renovada esposa. ¿Por qué digo que es renovada? Pues porque no resulta reconocible a los que ya la conocían, hasta el punto de preguntarse quién es. La esposa renovada es la humanidad de Cristo resucitada, que ha sido elevada por Dios por encima de todo[123], precisamente porque se humilló hasta lo más bajo por razón de su amor. Se trata de la ascensión de Cristo a los cielos, su glorificación. La humanidad de Cristo asciende apoyada en la divinidad, abandonando el desierto, o sea, el lugar de la travesía para el pueblo de Dios. El que ascendió no es otro sino el que descendió antes a los infiernos, sólo que ahora lleva consigo cautiva a la humanidad asumida[124]. Los mismos ángeles que dijeron a los discípulos tras la ascensión: “Galileos ¿qué hacéis mirando al cielo?” son los que aquí exclaman, llenos de admiración y de espíritu de adoración: ¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado? Los discípulos se quedaron mirando sin ver, pero los ángeles, que seguían viéndola, les anunciaron que volverá del mismo modo que la habían visto marchar.

 

Las esposas se apoyan normalmente en el brazo de sus esposos. Así la humanidad de Cristo se apoya en Dios al que siempre tiene ante sus ojos: “Tengo siempre ante mí al Señor, porque está a mi derecha para que no vacile, por eso se alegró mi corazón y exultó mi lengua y mi carne descansará en la esperanza. Porque no abandonarás mi alma en el seol ni dejarás a tu santo conocer la corrupción; me diste a conocer los senderos de la vida; me saciarás de gozo en tu rostro, de deleite para siempre a tu derecha” (Sal 15, 8-10), tal como confirma el Salmo 44 [45]: “la reina a tu derecha con oro de Ofir”. En la Sagrada Escritura el brazo de Dios es metáfora antropomórfica de su poder y fuerza[125]. El poder de Dios es su palabra, de manera que el apoyo de la humanidad de Cristo es el Verbo divino, al que está unida matrimonial y amorosamente. Tanto es así que ella misma se convierte en la derecha de Dios. En el Primer Testamento la metáfora del brazo de Dios se prolonga hasta la mano, concretamente la derecha, no porque Dios sea diestro o zurdo, sino porque los hombres solemos ser mayoritariamente diestros, y, además, la derecha es el lugar reservado al principal acompañante. La humanidad de Cristo es la diestra de Dios, la que le ha dado la victoria sobre la muerte y el pecado[126], y también la que ocupa un lugar único junto a la divinidad, su derecha[127].

 

Pero también es ésta la ascensión de la Iglesia, o Cuerpo místico de Cristo, una vez consagrado por la resurrección y tras Su segunda venida, o sea, tras Su segundo descenso de los cielos, como Juez y Señor del universo. "Porque el mismo Señor al mando, a la voz del arcángel, y acompañado de la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero, después nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado seremos arrebatados a la vez con ellos sobre las nubes al encuentro del Señor en los cielos, y así estaremos con Dios para siempre" (1 Tes 4, 16-17). Ambas ascensiones son vistas como una sola, porque la esposa, que ahora se eleva, al final se llevará cautiva consigo a toda la cautividad, es decir, a todos los que en ella hayan creído y por ella vivan.

 

Gocémonos y exultemos y démosle gracias, porque llegaron las bodas del cordero, y su esposa se ha preparado” (Apoc 19, 9). Lo mismo que en la ascensión, al ocultarse a los ojos de los discípulos, la naturaleza humana de Cristo recuperó la gloria que le correspondía, y a la que había renunciado temporalmente para morir, así ahora como en un doble plano, la nueva esposa, la nueva Jerusalén, la constituida por las definitivas hijas de Sión, ya rescatadas de toda cautividad y asistidas por la humanidad de Cristo, se presenta al final de los tiempos llena de Dios, como una esposa adornada para su esposo[128], como tabernáculo de Dios con los hombres; e, iluminada por la luz de Dios y del Verbo, ya no necesitará más del sol ni de las estrellas[129]: el fuego del amor divino se habrá convertido en su luz.

 

En la segunda parte del versículo, el esposo nos aclara que ha despertado a la esposa bajo el manzano. Recordemos que la esposa, tras desposeerse de la gloria que le era connatural y hacerse negra, pero hermosa, había comparado a la divinidad con un manzano en medio de los árboles silvestres y se había sentado a su sombra y comido de sus frutos, en un feliz reposo, que el Salomón figurado describía a continuación como un sueño plácido entre sus brazos (II,3). Podría parecer chocante que sea el esposo quien despierte a la esposa, cuando por tercera vez acaba de conminar a toda criatura para que no la despierten hasta que ella quiera. Mas, sin duda, se trata de un despertar especial, del despertar interno que obra el amor divino, haciendo que ella quiera despertar, de manera que es ésta una acción conjunta de las dos naturalezas. Por otro lado, es verdad que la esposa había sido desvelada varias veces ya, y en distintos sentidos (dolor, muerte, resurrección), pero ésta vez es la última: ya no verá diferida por más tiempo la manifestación de su verdadera índole, sino que aparecerá siempre junto a la divinidad, apoyada en su brazo, por lo que no habrá ni de abandonarse a la espera ni de ser despertada, sino que tendrá cumplidos todos sus deseos. De manera que este último despertar se corresponde con la recuperación del estado connatural a que ella había renunciado al principio, o sea, es el despertar definitivo, la recuperación de su gloria, la que le correspondía desde toda la eternidad y había pedido al Padre poco antes de morir.

 

Aparte de que este definitivo despertar fuera obrado en la humanidad de Cristo por su divinidad, ya que aconteció bajo el manzano, que la representa metafóricamente, añade el Cantar que eso sucedió en el mismo lugar en que la concibió su madre. La verdad es que la versión latina de la Vulgata suena bastante más fuerte: «allí donde fue corrompida tu madre, allí donde fue violada la que te engendró»[130]. En cambio, tanto la versión griega de los LXX como, según muchos, el texto hebreo dicen: “allí donde te concibió tu madre, donde concibió la que te dio a luz”. Inspirándome en una sabia norma para el establecimiento de los textos que aprendí de joven, empezaré por ponerme en el más difícil de los supuestos, en este caso en la más difícil de las lecturas, que es la de la versión latina. La madre a la que se referiría no sería, en tal caso, María, sino Eva, y el lugar en que el esposo la despertó definitivamente habría de ser el paraíso, allí donde Eva fue corrompida en su espíritu por el pecado y donde quedó violado su cuerpo por la muerte, castigo de aquél. El paraíso era más que un lugar, era una metáfora que significaba el estado de perfección, de concordia con la naturaleza y de integridad en que Dios creó al hombre, de tal modo que prefiguraba el destino feliz a que Dios le había llamado y con que le habría de premiar, una vez recorrida su carrera de viador. Ahora, tras el pecado y tras su redención, el paraíso es precisamente la plena glorificación de la naturaleza humana de Cristo. Por lo que si se aceptara esa traducción, el fragmento final del texto corroboraría lo que afirma su principio: la recuperación de la gloria por la esposa para siempre. Pero si se leyera el texto tal como propone la otra traducción, hoy más aceptada, sería más fácil aún su exégesis: «bajo el manzano» indicaría directamente la sombra del poder del Altísimo que cubre la naturaleza humana de Cristo; la madre que la concibió y dio a luz señalaría a María, y el «lugar» a que metafóricamente haría referencia sería la encarnación en toda su plenitud, o sea, la gloria de su humanidad en la unión hipostática, una vez convertidas las renuncias y pérdidas de su estado de viador en la ganancia de una vida divina. Así pues, las dos traducciones, siendo tan distintas, son compatibles y nos enseñan en el fondo la misma cosa. La ambigüedad aparente del texto no es más que la amplitud de su mensaje, que resume la historia de la salvación en metáforas sencillas y multivalentes.

 

Versículo 6: “Ponme cual sello sobre tu corazón, / como un sello en tu brazo. / Porque es fuerte el amor como la Muerte, / implacable como el seol la pasión. / Saetas de fuego, sus saetas, / una llama de Yahveh.

 

Las palabras de Dios hacen lo que dicen, y como éste es un coloquio de amor, las palabras de Dios ya no son mandatos ni órdenes, sino indicaciones de amores y quereres, que son consumados en su propia enunciación, pero con la plena connivencia de la libertad de la amada: la esposa queda signada libremente por la divinidad en el corazón y en el brazo, todo cuanto entiende, ama y obra lleva la marca de la divinidad, o sea, del amor divino que es el verdadero poder omnipotente. El sello con que es signada es la inmortalidad corporal, o sea, la sobrevitalización de un cuerpo orgánico por la vida de Dios. Desde ahora, allí donde esté el Verbo estará la humanidad de Cristo con su carne y con su sangre resucitadas, y, viceversa, allí donde estén el cuerpo y la sangre de Cristo estará el Verbo con su humanidad entera y su divinidad. La Eucaristía es la muestra de esa unión: comemos el cuerpo y bebemos la sangre de Cristo, pero, al hacerlo, quien entra en nosotros es Cristo entero, el Verbo encarnado en su plenitud de vida.

 

La unión hipostática no ha experimentado ninguna variación a lo largo de toda esta historia de amor. Ni tan siquiera la muerte supuso mutación alguna en ella, pues el Verbo se mantuvo unido, durante ella, tanto al alma como al cuerpo muerto, aunque a cada uno por separado. Este sello de amor con que el esposo signa a su humanidad es sólo la expresión de la indisoluble y mutua pertenencia de la divinidad y la humanidad en la persona de Cristo, que se consumó mediante la muerte y la resurrección. Desde el principio la iniciativa de la unión hipostática corrió a cargo de la divinidad, pero en la muerte y resurrección la divinidad otorgó la iniciativa también a la humanidad de Cristo, la cual ama a Dios a imagen de como Dios la ama, y ése es el carácter divino que el amante le ha impreso indeleblemente: la iniciativa en el amor a Dios, que la humanidad de Cristo traslada a todas las criaturas elevadas y libres. La humanidad de Cristo es la criatura-amor: la única cuyo amor es trascendental, la única que puede tratar a Dios como a su esposo, y por cuyo medio podemos ingresar las demás en la vida íntima divina. En consecuencia, también las obras de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, serán –y son ya por adelantado– obras de Dios, obras perfectas, plenas y plenificantes. Dios, que está en todas las cosas por su esencia (ser), presencia (entender) y potencia (amor), estará ahora en el mundo y en la creación entera de una nueva manera: asociando libremente a su vida íntima a toda criatura que postre su rodilla ante Cristo Jesús, Señor del Universo.

 

La afirmación de que el amor es fuerte como la muerte es muy llamativa, porque el poder de la muerte está en la desunión, es destructivo, justo al contrario que en el amor. Desde luego, se trata de una afirmación que no es metafórica y que no puede ser entendida en términos de mero amor humano, porque la muerte separa a los amantes de manera que su amor ya no los puede reunir. Quizás lo que quiera decir concuerde con lo que sigue: implacable como el seol, el amor. El seol es implacable porque no devuelve a los que en él ingresan, así que tampoco el amor abandonaría a los amantes. Pero eso no es verdad del mero amor humano: ¡cuántas rupturas, cuántos desencantos, qué poco dura el amor pasional!

 

En cambio, esas afirmaciones cobran pleno sentido en el amor de Cristo. El amor divino es fuerte como la muerte, como la muerte de Cristo, que es la fuerza con que Él nos ha amado. Ciertamente que el amor de Cristo es más fuerte que la muerte, pues nos resucita, pero encontró su expresión plena y comunicable en la muerte: la muerte es el camino del amor de Cristo a los hombres. Por eso se puede comparar el amor con la muerte. El fundamento literal para que nos podamos referir a las «bodas del Cordero»[131] en el Cantar es precisamente esta equiparación entre el amor y la muerte. La vinculación del amor con la muerte está inspirada por el Espíritu Santo al autor humano del Cantar, porque en la muerte del Señor se consumó el amor divino por el hombre hasta ponerlo a nuestro alcance. El amor es tan fuerte como la muerte sólo en la cruz.

 

Ese amor divino, que Dios mismo compara con los celos[132], es implacable como el seol o lugar de la muerte: ya no admite cambio ni marcha atrás. Lo mismo que la muerte, hija del pecado, no devuelve a los muertos[133], así la muerte de Cristo no devuelve a la antigua vida a los con Él muertos, sino que el ardor de su amor prende por dentro a cada uno de ellos y los resucita. Son saetas de fuego las flechas con que el amor divino incendió el corazón humano de Cristo e incendiará nuestro corazón: una llama de Yahvé, o sea, una llama que no consume a lo que hace arder, como la llama que no consumía al arbusto visto por Moisés[134], como las lenguas de fuego que reposaron sobre los discípulos en el cenáculo, una llama que hace arder en eterna e inagotable donación.

 

Versículo 7: “Grandes aguas no pueden apagar el amor, / ni los ríos anegarlo. / Si alguien ofreciera / todos los haberes de su casa por el amor, / se granjearía desprecio”.

 

La metáfora de las aguas que no podrán extinguir el fuego del amor se vincula (secretamente) con el sacramento del bautismo y con la resurrección. Las aguas profundas son el símbolo de la muerte en Cristo. Cristo con su muerte, llena de amor divino-humano pleno, hace arder las aguas, las convierte en fuego de amor, por eso bautiza en el fuego y en el Espíritu. El agua del bautismo, que sale del Corazón de Cristo, en vez de apagar el fuego incendia el mundo, provocando su final. Esa transformación en fuego de las aguas profundas, abismales, que todo lo absorben y sepultan sin retorno, es la transformación de la muerte en vida resucitada. No existe agua alguna ni de océanos ni de ríos que pueda apagar el amor, si es el amor de Dios el que la hace arder. Los hombres sólo podemos decir que amamos a nuestro esposo o esposa y a nuestros amigos hasta la muerte, pero Cristo ha hecho que podamos amar en la muerte, de tal manera que la muerte se convierta en amor eterno a Dios y a los demás. 

 

Todas estas bellísimas metáforas son indicaciones de la indisolubilidad de la unión hipostática, de su fuerza y poder, de manera que la indisolubilidad del matrimonio viene a ser un don y un signo de ella. El amor de los esposos hasta la muerte es signo del amor de Cristo hasta la muerte, porque sólo este amor puede mantener vivo hasta ese extremo el amor humano.

 

Si alguien lo diera todo para conquistar el amor, sólo conseguiría que los hombres se mofaran de él. Pero precisamente eso fue lo que hizo Cristo, del que se mofaron y se mofan quienes no creen en su amor. El amor es lo más grande, es Dios mismo, pero el hombre tiene de él una idea equivocada, lo reduce a mera concupiscencia, que cuando se exagera resulta ridícula. Mas, en verdad, nada es comparable al Amor. El Amor es aquel tesoro enterrado o perla escondida que quien los descubre va y vende todo cuanto tiene para adquirirlos. Sólo quien lo deja y lo pierde todo alcanza el amor, pues éste consiste en la entera donación de sí, que sólo Dios es y comunica.

 

Versículos 8–9: “Tenemos una hermana pequeña: / no tiene pechos todavía. /¿Qué haremos con nuestra hermana / el día que se hable de ella? / Si es una muralla, / construiremos sobre ella almenas de plata / si es una puerta, / apoyaremos contra ella barras de cedro”.

 

Estos que hablan aquí ya no son el esposo y la esposa, sino los hermanos de la esposa, o sea, los hermanos de la humanidad de Cristo, los que la pusieron a guardar sus viñas, los que consideran a Cristo y a su Iglesia en su aparente debilidad. Intentan proteger a la Iglesia de sus enamorados y hacerla exitosa y atractiva a los ojos humanos. Llenos de «buenas intenciones» creen que Cristo y su Iglesia pasan de moda, que no están a la altura de los tiempos, que han de ser hechos atractivos para que los hombres los acepten. Ofrecen caramelos a los niños al final de las misas; rebajan los preceptos de la ley natural y de la Iglesia para atraer a los pecadores, evitándoles así el remordimiento de conciencia; predican que todo el mundo es bueno y que casi nada es pecado; sugieren que Dios es un padre consentidor que lo perdona todo –sin recordar la necesidad del arrepentimiento y de la conversión–, y que no ha de ser temido porque no castiga; aconsejan tomar anticonceptivos a las mujeres para que usen del matrimonio sin tener tantos hijos; aligeran el precepto dominical como si se tratara de un precepto oneroso cualquiera e inventado por la Iglesia, y no el tercero de los mandamientos divinos trasladado de día; se inventan, en cambio, normas y reuniones externas fáciles de cumplir en las que cualquiera puede participar y decir lo que le parezca por desatinado que sea. En fin, hay que vender el producto, porque Cristo y la Iglesia, de lo contrario, no dirían nada a las nuevas generaciones.

 

Versículo 10: – “Yo soy una muralla, / y mis pechos, como torres. / Así soy a sus ojos / como quien ha hallado la paz”.

 

Quien habla ahora es la esposa, pero bajo la forma de hermana menor. Habla, pues, la humanidad de Cristo como cabeza del Cuerpo místico, como cabeza de la Iglesia, la cual entre la ascensión y la segunda venida tiene parte de sus miembros todavía en desarrollo (Iglesia militante). La Iglesia militante es siempre pequeña, no sólo es un resto, sino que está recomenzando en cada bautizado que viene al mundo, por lo que ofrece un aspecto infantil. Siempre son pocos los que verdadera y profundamente creen en Cristo, de ahí que los propios cristianos nos preocupemos mucho por su inmadurez, que es la nuestra. Mas la esposa, la humanidad de Cristo como cabeza de la Iglesia, responde contundentemente ante esos temores. Yo soy una muralla, es decir, soy fuerte, no necesito de vuestra prudencia humana ni de la protección de vuestro ingenio, soy como una piedra de escándalo: cierro el paso a quienes quieren lo fácil, lo cómodo y sin sacrificio, pero protejo a los que están dispuestos a luchar consigo mismos, a llevar su cruz y a seguirme. Mis pechos son como torres. Los pechos son el atractivo femenino más inmediato para la concupiscencia del varón. El atractivo de Cristo y de su Iglesia es como el de las torres de una muralla, que se sitúan en lo alto de ella: el atractivo de Cristo y su Iglesia viene de lo alto, "nadie viene a mí a no ser que el Padre que me ha enviado lo atraiga" (Jn 6, 44). No confundáis el cristianismo con una mera religión humana[135]. La fuerza de Cristo es la fuerza de Dios, viene de lo alto y se manifiesta en su muerte, el amor extremo ejercido en la entrega de sí mismo: "como Moisés alzó la serpiente en el desierto, así conviene que sea alzado el Hijo del hombre" (Jn 3, 14). Estáis equivocados los que pretendéis inventar métodos para venir a mí, para hacerme conseguir éxitos sociales; no hay métodos –por eso soy una muralla que corta los caminos–, a no ser la sola llamada del Padre, el cual ha enviado a su Hijo, el camino, para que nos salve mediante la muerte como don de sí sin reservas: "Y yo si fuere elevado sobre la tierra atraeré todas la cosas a mí" (Jn 12, 32). Es imposible que la doctrina cristiana atraiga de modo natural, es imposible hacer de Cristo un líder humano, no sólo perdéis el tiempo, sino que ponéis obstáculos al atractivo divino de Cristo. Así soy a sus ojos. Lo importante es la mirada de Dios, cómo somos ante Él, no los criterios de la sociología ni las medidas de las estadísticas. A los ojos de Dios, Éste ha sido puesto para ruina y salvación de muchos en Israel y como signo de contradicción[136]: Yo soy como una muralla y mis pechos son como torres a los ojos de Dios, no necesito protección humana. Como quien ha hallado la paz. Como la Sulamita, la Iglesia militante es también esposa del Salomón divino. El atractivo de la humanidad de Cristo es la paz, e igualmente el atractivo de la Iglesia es la paz que ha hallado por don de su Cabeza: no la paz que da el mundo, sino la insondable paz de quien quiere lo que, y como, Dios quiere, y de quien busca sólo la gloria de Dios, no el éxito y el aplauso humanos. No queráis hacer amar a Cristo y a la Iglesia sin el sacrificio de vosotros mismos: la paz de Dios es la paz del que nada se reserva, sino que se entrega, por completo y con sacrificio de sí, a entender, querer y hacer su voluntad. El reino de Dios viene con la fuerza y con el poder de atracción de Dios, no de los hombres.

 

Versículo 11: “Salomón tenía una viña / en Baal Hamón. / Encomendó la viña a los guardas, / y cada uno le traía por sus frutos / mil siclos de plata”.

 

Los hermanos –es decir, nosotros los humanos– vuelven a la carga. Salomón, el rey sabio y pacífico, tenía una viña en «la populosa», o sea, la viña del pueblo de Dios[137], y encomendó esa viña a ciertos guardas o dirigentes, los cuales le llevaban todos los años sus ganancias[138]. Cristo ha encomendado la Iglesia, su viña[139], a s. Pedro y a sus apóstoles, que son hombres, y es tarea nuestra hacerla rendir fruto, por tanto hemos de hacerla nosotros rentable y atractiva, ponerla al día. Así razonan los hermanos de la humanidad de Cristo, los que no confían en Él, sino en sus propias fuerzas.

 

Versículo 12: “Mi viña, la mía, está ante mí; / los mil siclos para ti, Salomón; /y doscientos para los guardas de su fruto”.

 

La esposa, cabeza del Cuerpo de Cristo, a pesar de su actual aspecto infantil, responde enérgicamente: “mi viña”, justo la que al principio había dicho que no había guardado (I, 6), “está ante mí”, es decir, la guardo y cuido ahora del Leviatán y sus enemigos[140], y la cultivo dándole mi nueva vida[141]; guardaos de vuestras ganancias que de nada sirven, pues los sarmientos que no están unidos a mí en mi amor sacrificado no dan fruto, y los que no recogen conmigo, en la cruz, desparraman[142]. Pero si hacéis lo que yo os mando, lleváis vuestra cruz y ayudáis a llevar las de vuestros hermanos, entonces no sólo pagaréis al dueño de la viña (Salomón divino), sino que lo que creéis que me entregáis a mí lo recibiréis vosotros (los guardas).

 

Versículo 13: “ Oh tú, que moras en los huertos, / mis compañeros prestan oído a tu voz: / ¡deja que la oiga!”.

 

Ahora algunos hermanos, convencidos por las palabras de la esposa, reconocen su sabiduría y le piden a ella, que mora en los huertos, o sea, como pastora que es de sus almas, que les hable indicándoles el camino. Dejad, pues, que se oiga la voz del magisterio, del Papa y de los Obispos en comunión con Él, no la enseñéis en voz baja, haced que llegue a todos los que la quieren oír, pero que llegue como fiel reproducción de la voz de Cristo, sin sordinas ni ruidos interpuestos, en toda la desconcertante pureza de la Palabra hecha carne.

 

Versículo 14: “¡Huye, amado mío, / sé como la gacela / o el joven cervatillo, / por los montes de las balsameras!”.

 

La esposa accede a la petición. Uno a uno los llama amado mío, porque ella ama como el Verbo. Su indicación es que imiten al amante divino, que había sido descrito como gacela o cervatillo. Él bajó de los montes, de las alturas, para unirse a la esposa. Nosotros tenemos que asemejarnos a Él y subir a los montes llenos de fragancias, mediante la oración y la entrega total de nosotros mismos, pues en los montes se sitúan los altares donde se derraman los perfumes y se queman los inciensos, es decir, donde se ora y se ofrecen los sacrificios, o sea, nos incita a que subamos al Calvario. No nos dice la esposa que huyamos del mundo, sino que por amor a Él huyamos de la planicie de nosotros mismos, y en esa huida recorramos el camino por Él abierto, sólo que en sentido contrario: Él se abajó, haciéndose hombre y renunciando a los privilegios que la unión hipostática le otorgaba, para acercarse y llamarnos tras la celosía de su cuerpo, voluntariamente desprovisto de gloria, nosotros tenemos que desposeernos de nosotros mismos y recorrer el camino, cargando con la cruz y muriendo con Él, para que su amor nos reúna con Él en lo alto del Calvario, por encima de esta vida, muriendo con su muerte.


 

[1] VIII, 6.

[2] Ya Filastrio en el s. IV menciona en su libro De haeresibus una herejía sobre el Cantar de los Cantares según la cual éste no sería un libro inspirado, sino una obra meramente humana (PL 12, 1267-1268), refiriéndose posiblemente a Teodoro de Mopsuestia. A lo largo de la historia se adhirieron a ella otros herejes (calvinistas, anabaptistas). Algunos católicos admitieron junto al sentido literal e histórico, otro espiritual y alegórico, como Fray Luis de León (El Cantar de los Cantares. Interpretación literal y espiritual, edición de J.M. Becerra Hiraldo, Edit. Cátedra, Madrid, 2003). Pero existe en nuestros días cierta tendencia a no admitir en él un sentido más alto que el aparente y superficialmente literal, o sea, a entenderlo como mero canto al amor humano, que es en sí honesto y bueno, cfr. Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1998, Introducción al Cantar de los Cantares (V. Morla), 819-820.

[3] Es la interpretación propuesta por la Bible de Jérusalem en las notas a pie de página de su primera edición, Éditions du Cerf, Paris, 1956, y cuyos antecedentes se remontan entre los judíos por lo menos al s. II de nuestra era.

[4] Es la interpretación tradicional, que tiene su base en los Santos Padres, como Orígenes (cfr. Comentario al Cantar, traducido por Rufino, y Homilías, traducidas al latín por s. Jerónimo en PL 23, 1117 ss.), s. Gregorio de Nisa, Nilo de Ancira, s. Cirilo de Alejandría, etc., tal como testifican las abundantes cadenas exegéticas griegas del Cantar (Cfr. M.A. Barbàra, Catene esegetiche greche, en A. di Berardino (ed.), Patrologia, vol. 5, Génova, 2000, p. 632-634), en Oriente; s. Cipriano (PL 3, 1136), s. Ambrosio (Commentarius in Cantica Canticorum e scriptis Sancti Ambrosii a Guillelmo, quondam abbate Sancti Theoderici, postea monacho signiacensi, collectus, PL 15, 1851), s. Agustín (PL 34, 925-926), s. Jerónimo (PL 22, 547), en Occidente.

[5] S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual, Vida y Obras, B.A.C., Madrid, 1975.

[6] Descarto de entrada la interpretación meramente histórica, como la que proponía Teodoro Mopsuesteno, según el cual en el Cantar Salomón haría una defensa de sus amores por una princesa egipcia (Cfr. J. Quasten, Patrología II, trad. esp. I. Oñatibia, BAC, Madrid, 1973, 451), puesto que, junto a la ausencia de referencias históricas en el poema, es decir, de descripciones de hechos de un tiempo pasado realmente acaecido, toda la información que ofrece esta obra es información de sentido, o sea, tal como hacen las novelas y poemas, información acerca del sentido del amor humano, y en esa medida es una obra sapiencial y, como se verá, también profética. Por supuesto que si alguien no pretendiera reducir el Cantar a la condición de un mero relato histórico, sino que sólo admitiera cierto fundamento en la historia, podría interpretar al Salomón y a la Sulamita (hipotéticamente históricos) como tipos del amor encerrado en la encarnación del Verbo (su antitipo), sin que por eso los versos del Cantar dejaran de tener el valor alegórico que aquí se les asigna. Pero no era esa la doctrina del Mopsuesteno, como se verá en las Aclaraciones finales, octava dificultad, en nota.

[7] Por encarnación entiendo no la sola concepción de Cristo en el seno virginal de María Santísima, sino el misterio íntegro por el que el Verbo de Dios tomó carne humana, se hizo como nosotros, murió libremente, resucitó al tercer día, subió a los cielos y volverá al final de los tiempos como rey y señor; en suma: el misterio de la vida y obra de Cristo, que ha cambiado la historia humana y la creación entera. Sin embargo, en muchas ocasiones con ese término me refiero al acto primero por el que Cristo entró en el mundo, pero entonces, salvo error u omisión, suelo añadirle entre paréntesis la voz «acto».

[8] Lc 24, 25-27 y 32.

[9] Cfr. Aclaraciones finales, respuesta a la sexta dificultad, textos de s. Agustín y Sto. Tomás.

[10] Ruego al lector tenga presente este aviso a lo largo de toda la glosa y del comentario, aunque yo no lo recuerde continua y expresamente para no complicar en exceso la exposición.

[11] Esa ficción concuerda bien con la libertad literaria que presenta el Cantar.

[12] La unidad de las personas divinas entre sí es más alta que la unión hipostática, pero por ser una unidad de identidad no es una unión: la unión implica diferencia de los unidos. Por eso, la encarnación es la más alta de las uniones.

[13] Pontificia Comisión Bíblica, El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana, Librería Editrice Vaticana, Roma 2002: "Hoy día existe el riesgo de caer en el exceso contrario, que consiste en negar globalmente, no sólo los excesos del método alegórico, sino toda la exégesis patrística y la misma idea de una lectura cristiana y cristológica de los textos del Antiguo Testamento. De ahí el esfuerzo iniciado en la teología contemporánea, por caminos distintos que aún no llegan a un consenso, por refundar una interpretación cristiana del Antiguo Testamento, exenta de arbitrariedad y respetuosa del sentido original" (II, A., 4, n.20). En este esfuerzo se inscribe, como uno de los distintos caminos, el presente comentario. En  un sentido concordante, y con referencia concreta al Cantar, véase Anne-Marie Pelletier, D'âge en âge les Écritures. La Bible et l'herméneutique contemporaine, Bruselas, Edit. Lessius, 2004, p. 132-133.

[14] ¿De qué otra manera podría entenderse que el amante esposo sea descrito a la vez como pastor, como rey, y como cervatillo? ¿Cómo podría entenderse que la esposa sea pastora, sea comparable a las yeguas del carro del faraón y sea hija de príncipe (VII, 2), o que sea morena, pero a la vez sea como la luna y como el sol (VI, 10), y que sus pómulos sean como granadas? ¿Cómo podría ser el lecho «puro verdor» y vivir en un palacio hecho de cedros y con artesonados? De principio a fin, el Cantar es todo él una alegoría.

[15] Adviértase que en el Cantar la esposa y el esposo no se llaman uno al otro por su nombre, son los terceros los que les ponen nombre, lo cual concuerda con el dato revelado de que no son personas, sino naturalezas, y con mi interpretación de que la ficción de su personalidad es sólo para los terceros.

[16] Homilía 1ª, traducida por s. Jerónimo, PL 23, 1119. Cfr. S. Gregorio Magno, Expositio super Canticum Canticorum, Prooemium, n.6, PL 79, 475.

[17] Según algunos (Bossuet y otros), la división en capítulos del Cantar tiene su origen en la duración de la celebración de las bodas entre los hebreos, que era usualmente de siete días, y en los que se recitaría cada día uno, distribuyendo los ocho capítulos en siete diálogos de los esposos (Cfr. J.M. Becerra Hidalgo, Introducción a El Cantar de los Cantares de Fray Luis de León, Ed. Cátedra, Madrid, 2003, p.73). Lo cierto es que en muchos casos los capítulos parecen divisiones basadas en la regla de que tengan un número de versos parecido entre ellos.

[18] Como existen ciertas variaciones estilísticas, que no afectan al contenido, introducidas por el traductor en las diversas ediciones castellanas de esta Biblia, sepa el lector que la que aquí se ofrece está tomada de la que en soporte electrónico presenta la página web de la Catholic.net. Únicamente en la traducción de los tres conjuros antes mencionados me he permitido modificar una palabra, poniendo en vez de «no despertéis, no desveléis al amor», "no despertéis, no desveléis a mi amor", tal como el propio traductor hace en otras variantes (Cfr. La Santa Biblia, Ediciones Paulinas, Madrid, 1964, p.701). La Vulgata traduce simplemente «dilectam» (“a la amada”). Fray Luis de León, lo hace de las dos maneras, pero lo entiende siempre de la esposa, o.c., pp. 135 y 290.

[19] 1 Re 4, 30-34.

[20] Existen también otras obras que son atribuidas por el texto sagrado a Salomón, como los Proverbios y el Libro de la Sabiduría (en el título en griego, y en el c. 9, 7-8), sin que al menos esta última haya de ser necesariamente atribuida a él. No es, desde luego, imposible para Dios haber inspirado palabras y conocimientos a Salomón para usar términos y decir cosas que sólo siglos después se dirían y sabrían, pero, dado que Dios no necesita de personas concretas, sino que crea y elige a las que quiere para inspirarles su revelación, eso no parece necesario para la veracidad de lo revelado. Concretamente, no es preciso entender la atribución de autoría siempre en sentido literal, como si de la propiedad intelectual moderna se tratara, sino que cabe también entenderla en sentido traslaticio, que es lo que en este caso propongo, sin que por ello sufra menoscabo el contenido revelado. Véase al respecto lo que se dice de Teodoro Mopsuesteno en las respuestas a la séptima y octava dificultades de las Aclaraciones finales.

[21] Mt 12, 42; Lc 11, 31.

[22]Tu autem eras Interior intimo meo, et superior summo meo” (Confessionum libri XIII,  III, 6, 11, PL 32, 688). Cfr. Tomás de Aquino, De Veritate 8, 16, ad 12; ST I, 105, 5 c.

[23] Lc 1, 31-32 y 35: "y le pondrás por nombre Jesús, éste será grande y será llamado Hijo del Altísimo...y por eso lo que nacerá de ti será santo y será llamado Hijo de Dios".

[24] S. Gregorio Magno, PL 79, 481-482.

[25] Sal 2, 7; 109 [110], 3.

[26] Deut  4, 7-8.

[27] Deut 4, 32.

[28] Hay quienes defienden el amor sui, incluso en Dios, pero Cristo dice "si alguno quiere venir conmigo que se niegue a sí mismo" (Mt 16, 24), y "si alguno viene a mí, y no odia... incluso su propia vida, no puede ser discípulo mío" (Lc 14, 26). Si en los discípulos no ha de haber amor de sí mismo, ¿cómo lo habría en Cristo, el Maestro? El amor es interpersonal, va contra la naturaleza divina amarse a sí mismo.

[29] Sal 119 [120], 5. En atención a que el texto del Cantar lo he tomado de la traducción de la Biblia de Jerusalén, pongo entre corchetes detrás de los números correspondientes a los salmos, según la Vulgata, la numeración que les asigna esta traducción.

[30] Jn 1, 14.

[31] Heb 10, 20.

[32] Cfr. 1 Pe 2, 24; Isa 53, 12.

[33] Jn 15, 1.

[34] Jn 15, 5.

[35] Cfr. 1 Re 21, 1 ss.

[36] Cfr. Isa 5, 1 ss.; Jer 2, 21.

[37] Cfr. Sal 79 [80], 9-16.

[38] Cfr. Mt 20, 1 ss.

[39] Edición de 1956, p. 867.

[40] 1 Re 4,  21-24.

[41] Cfr. Mt 20, 1 ss; 21, 32 ss..

[42] Mc 13, 32; Mt 24, 36.

[43] Como dice S. Ambrosio, el beso del Verbo es la luz del conocimiento de Dios (o.c., c.I, n. 5, PL 15, 1855), y si eso es verdad respecto de nosotros, ¡cuánto más no lo será para el alma humana de Cristo! Por eso la Santa Madre Iglesia nos enseña que el alma de Cristo está dotada de ciencia beata e infusa (Denzinger-Schönmetzer [DS], Enchiridion Symbolorum..., Herder, Barcelona, 341967, 3812).

[44] Mt 20, 28.

[45]Lo que oigo al Padre eso digo” (Jn 8, 26 y 40; 15,15); “el Padre me da las obras” (Jn 5, 36; 10, 25, 32, 37; 14, 10 y 12).

[46] 1 Sam 24, 1 ss.

[47] Sab 1, 1 y 3.

[48] Mt 11, 23; 18, 2.

[49] Mt 5, 8.

[50] Mt 6, 22-23.

[51] 1 Cr 14, 1.

[52] 2 Sam 12, 24.

[53] 2 Cr 2, 2.

[54] Sir 24, 17.

[55] Gen  3, 5.

[56] "Qui confidunt in Domino sicut mons Sion, non commovebitur in aeternum qui habitat in Hierusalem: montes in circuitu eius et Dominus in circuitu populi sui ex hoc nunc et usque in saeculum" (Sal 124 [125], 2).

[57] En la edición de la Biblia de Jerusalén de 1998, traducción española, se rechaza a pie de página que exista tal sugerencia del nombre de Dios por la razón de que se trata de ¡cantos profanos! Pero si se considera así, si se considera un mero canto profano, se contradice la inspiración divina del Cantar ¿para qué tendría que inspirar Dios lo que es un mero canto profano, al alcance de cualquier poeta humano? Si fuera un mero canto profano, sería ofensivo proponerlo como inspirado, pues la inspiración divina no suplanta al hombre en ningún caso, sino que le da a sus palabras un alcance insospechable, muy por encima de lo que el propio autor puede comprender. La pérdida de vista del autor divino es cada vez más patente en algunos exegetas.

[58] Edición de 1956, 858 en nota.

[59] Eclesiastés 12, 1-7.

[60] Cfr. Os 14, 6-9; Isa 27, 6

[61] Eso no obstante, debe tenerse en cuenta que son muchos los tipos de poda: de formación, de limpieza, de floración, de renovación, de ornamentación, y que algunas se hacen durante todo el año.

[62] La muerte de Cristo puede ser considerada como una poda, habida cuenta de la resurrección.

[63] La Bible de Jérusalem (1956), 859, en nota.

[64] Eso es lo que está implícito en la constante aseveración de los evangelios (Mt 3,11; 4, 1; 12, 28; Lc 4, 1; 10, 21; Hech 1, 1) acerca de que la humanidad de Cristo estaba movida y obraba por el Espíritu Santo, ya que el Espíritu es la libertad plena: “el Espíritu sopla adonde quiere, y oyes su voz, pero no sabes ni de dónde viene ni adónde va” (Jn 3, 8).

[65] Ex 13, 21; 33, 9.

[66]Bendito, pues, el madero por el que se hace justicia” (Sab 14,7).

[67] En griego: avpo. qugate,rwn Ierousalhm.

[68] Cfr. 2 Sam 1, 10; 12, 30; 2 Re 11, 12.

[69] Sal 20 [21], 4; Isa 61, 10; 62, 3.

[70] "Y aquí hay uno que es más que Salomón" (Mt 12, 42).

[71] Apoc 12, 1.

[72] En la visión del Apocalipsis c. 12 se superponen varias escenas: la de la Madre que lleva al Hijo en su seno en Belén y la de la Madre que bajo la cruz entrega a su Hijo y se entrega con Él, pues los dolores y la tortura del parto (v.2) no se refieren al nacimiento de Cristo, cuyo parto fue virginal, sino al parto de la Iglesia en la cruz. Igualmente, cuando dice que dio a luz a un Hijo varón destinado a regir todas las gentes con vara de hierro, añade que fue arrebatado al cielo y llevado a Dios y a su trono (v.5): esta última indicación corresponde a la ascensión, o sea, a la vuelta al Padre que comenzó con la muerte en la cruz, no a la entrada de Cristo en el mundo. Por lo tanto, se puede decir que María dio dos veces a luz, la primera en Belén y la segunda al pie de la cruz, en la primera dio entrada a Cristo en el mundo, en la segunda dio entrada a Cristo en su Iglesia. Que María sea Madre de la Iglesia lo dice abiertamente el Apocalipsis: "Y se airó el dragón contra la Mujer, y se fue a hacer la guerra contra los restantes de su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesús" (v. 17). Quienes tienen el testimonio de Cristo de palabra y de obra ante el mundo son los miembros de la Iglesia, y esos son el resto de la descendencia de María, sus otros hijos.

[73] Heb 11, 17.

[74] "No es como ve el hombre, pues el hombre ve las apariencias, pero Yahvé ve el corazón" (1 Sam 16, 7). Cfr. Jn 7, 24: "No juzguéis según la apariencia. Juzgad con juicio justo".

[75] Sal 68 [69], 10.

[76] V, 9 y 17.

[77] Jn 16, 16 ss.

[78] Rom 8, 35.

[79] Sal 134, 21.

[80] Ez 47, 1 ss.

[81] Jn 4, 13.

[82] Jn 7, 38-39.

[83] Jn 6, 55-58.

[84] Apoc 19, 7 y 9.

[85] Jn 6, 55.

[86] ST I-II, 64, 4 sed contra.

[87] Jn 6, 59.

[88] Desde la cruz, entendida como transformación de la muerte en vida por medio de la libre entrega amorosa y sin reservas de la vida del cuerpo asumido por el Verbo.

[89] Que es un adelanto en forma de alimento (para viadores) de la nueva vida aportada por la encarnación del Verbo y hecha comunicable sólo por la muerte y resurrección de su cuerpo.

[90] 1 Co 11, 29.

[91] Jn 6, 59. La asumición de la humanidad (de Cristo) por el Verbo es su descender del cielo, pues es el primer paso de la kénosis del Verbo. Si Cristo asciende a los cielos, es porque había descendido del cielo, pues sólo el que ha descendido del cielo puede subir a él (Jn 3, 13).

[92] Hech 15, 28-29.

[93] Mt 9, 24.

[94] Rom 11, 29.

[95] Edición de1956, p. 863, en nota.

[96] Cfr. Fray Luis de León, o.c., 197.

[97] Heb 10, 5.

[98] Rom 8, 35.

[99] Cfr. 1 Re 11, 3. En este pasaje se nos dice que las esposas «reinas» de Salomón fueron setenta y las concubinas trescientas. Si el autor hubiera querido hacer un relato fiel podría haberse atenido a esos números, pero la libertad que demuestra al proponer otros números nos indica que nos está proponiendo como en todo el Cantar un sentido simbólico.

[100] Col 1, 15.

[101] Aminadab es el nombre de uno de los ascendientes de Cristo (Mt 1, 4; Lc 3, 33), hijo de Arán y padre de Isabel, la esposa de Aarón (Ex 6, 23), así como de Nasón, este último príncipe de la tribu cuando Moisés hizo el censo (Num 1, 7).

[102] Los Setenta transcribieron al griego los Abinadad como Aminabad, y la Vulgata, que los distingue, confunde ambos nombres en dos pasajes paralelos (2 Sam 6, 3 y 1 Cr 13, 7), en los que se atribuyen los mismos hechos en un caso a Aminadab y en otro a Abinadab, que han de ser, por ello, una sola y misma persona. S. Jerónimo, que en 2 Sam 6, 3 transcribe Abinadad en vez de Aminadab (Cfr. PL 28, 625), dice que Aminadab significa «populi se esponte offerentis» (Adversus Jovinianum, PL 23, 554) o «populus meus voluntarius» (De nominibus haebraicis, PL 23, 839), mientras que Abinadad se traduciría por «pater meus spontaneus» (Ibid., PL 23, 811). 

[103] Es la opción de la traducción que he ofrecido, así como de la versión española de la Biblia de Jerusalén del 1998.

[104] Cfr. Fray Luis de León, o.c., 205; Bible de Jérusalem (1955), 865; La Santa biblia, Ediciones Paulinas, Madrid, 91964, 794, etc.

[105] Es lo que suele hacer la tradición. Por ejemplo, s. Ambrosio (De Virginitate, 94, PL 16, 290) piensa que este versículo hace referencia a Aminadab, el ascendiente de Cristo (Ex 6, 23; Num 1, 7; 2, 3; 7, 12 y 17; 10, 14; Mt 1, 4; Lc 3, 33) del que sería figura, y a la vez lo traduce como «pater populi» (De Isaac et anima, c.7, 65, PL 14, 527) y «pater beneplaciti (o voluntarii)» (In Psa. 118, Sermo 2, 34, PL 15, 1222). Ese mismo juego es el que hacen muchos comentaristas latinos, véase, por ejemplo, el comentario atribuido a Casiodoro (PL 70, 1092), así como s. Gregorio Magno (PL 79, 532), Alcuino (PL 100, 659), Angelomus Luxoviensis (PL 113, 620), etc., los cuales ponen el nombre de Aminadab y utilizan, a la vez, el significado hebreo del nombre, aunque traduciéndolo por «spontaneus populi mei», que aplican a Cristo, descendido de los cielos libremente para salvarnos y librarnos de la muerte.

[106] Los Egipcios (Ex 14, 7) y los habitantes de palestina los tenían (Jos 11, 4), concretamente los cananeos los tenían de hierro (Jos 17, 16). De los Israelitas no se dice que tuvieran carros hasta que David los ganó en diversas batallas (1 Sam 18, 4), Absalón se los hizo para sí (2 Sam 15, 1), aunque 1 Sam 8, 11 ya prevé que el rey de Israel los debía tener. Es posible que Saúl en sus victorias contra los filisteos se hiciera ya con algunos carros de combate, pues éstos reunieron tres mil carros cuando se levantó Jonatán nada más empezar el reinado de Saúl (1 Sam 13, 5), y éste los venció varias veces antes de sucumbir contra ellos. Por todo eso, puede parecer un anacronismo atribuir a Aminadab un carro de combate, pero no debe olvidarse la libertad de metáforas propia del Cantar y su carácter de libro no histórico, sino profético. Por ejemplo, presentar al rey como un pastor o referirse a las tiendas de Salomón, como hace en los primeros versos, son sólo bellas metáforas. Seguro que Salomón en sus viajes utilizó tiendas, pero él se construyó un palacio y alojó a su esposa (1 Re 3, 2) en el palacio que se había hecho su padre David (2 Sam 5, 11), de manera que no fueron las tiendas lo que distinguió a Salomón ni consta que fueran mejores que las de otros. En definitiva, se trata de un mensaje simbólico, cuyo sentido ha de ser deducido de la propia revelación.

[107] Los profetas se refirieron a los carros de combate de Yahvé, que son carros de salvación o victoria (Habacuc 3, 8), y con ellos viene el día terrible de Yahvé (Joel 2, 5), el día en que juzgará a sus enemigos (Isa 66, 15).

[108] Col 1, 18.

[109] Hech 2, 24 y 32; 3, 15; 4, 10; 5, 30; 10, 40; 13, 30-37; Rom 4, 24; 8, 11; 1 Co 6, 14; 15, 15; 2 Co 4, 14; Gal 1, 1; 1 Pe 1, 21; etc…

[110] Los textos fundamentales son: Jn 2, 19-21; Mt 26, 60; Jn 10, 17-18. Pero existen muchos más que lo sugieren: Jn 11, 25; Mt 16, 21; 26, 32; 27, 63; Lc 24, 7 y 46; Hech 17, 3; 1 Co 15, 21; etc...

[111] Cfr. Bible de Jérusalem,p. 865 en nota.

[112] Os 2, 16-15; 3, 4-5;

[113] Cfr. Deut 24, 1-4; Jer 3, 1.

[114] 1Co 16, 22; Apoc 22, 20.

[115] Mt 28, 5; Jn 20, 11-13.

[116] Gen 3, 16.

[117]Pater major me est” (Jn 14, 28; 1Co 11, 3).

[118] 1 Co 15, 28.

[119] 1 Co 2, 9.

[120] Apoc 21, 2-6; 10-27.

[121] Apoc 22, 3-5.

[122]Opus consummavi quod dedisti mihi ut facial” (Jn 17, 4). “Complevitque Deus die septimo opus suum quod fecerat et requievit die septimo ab universo opere quod patrarat” (Gen 2, 2).

[123] Fil 2, 11.

[124] Ef 4, 8.

[125] En el Deuteronomio (4, 34; 7, 19; 11, 2), los libros históricos (1 Re 8, 41; 2 Cr 6, 32; 32, 8; Judit 9, 11) y los salmos (43 [44], 4; 70 [71], 18; 88 [89], 22; etc.) aparece por doquier esta metáfora. María, nuestra Madre, lo resume en estas palabras: “Fecit potentiam in brachio suo” (Lc 1, 51).

[126] Sal 97, 1.

[127] Sal 109, 1; Hech 2, 34; Heb 1, 13.

[128]Preparada como una esposa adornada para su marido”, dice el Apocalipsis (21, 2).

[129] Ibid., v.23-24.

[130] Por lo que sé, toda la tradición antigua y medieval lo entendió así.

[131] Apoc 19, 7 y 9.

[132] Ex 20, 5; 34, 14; Deut 4, 24; 5, 9; 6, 15; Jos 24, 19. Los celos sólo se dan por razón de amor y son un indicio de la intensidad de la posesión amorosa, que a veces alcanza dimensiones desproporcionadas. No le importa a Dios este exceso, más aún lo subraya, porque los hombres somos suyos de todas las maneras posibles (por creación, elevación y redención).

[133] Pro 2, 18-19.

[134] Ex 3, 2.

[135] Vos adoratis quod nescitis, nos adoramus quod scimus, quia salus ex Iudaeis est” (Jn 4, 22). La diferencia entre una religión y el cristianismo estriba en que en las religiones se adora lo que se desconoce, mientras que en el cristianismo se adora a quien se conoce, porque se ha revelado como salvador.

[136] Lc 2, 34.

[137]Judá e Israel eran numerosos, tan numerosos como la arena al borde del mar” (1 Re 4, 20). Cfr. Bible de Jérusalem (1956), 867, en nota. Fray Luis de León traduce «Bahal Hamon» como «señorío de muchos» en el sentido de «pago de muchas viñas» (o.c., 404). La idea de fondo es la misma: tierra muy poblada.

[138] 1 Re 1, 4.

[139] Mt 21, 33 ss.; Cfr. Isa 5, 1-7.

[140] Isa 27, 1 ss.

[141] “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos, el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque sin mi no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).

[142] Lc 11, 23.