DISCURSO PRONUNCIADO EN LA INVESTIDURA DE DOCTOR “HONORIS CAUSA[1]

Dr. Leonardo Polo Barrena

 

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Vice Canciller

Excelentísimo Rector Magnífico

Ilustre Claustro de esta Universidad

Señoras y Señores

 

            La Universidad de Piura se ha dignado otorgarme el título de Doctor “honoris causa”, distinción que agradezco vivamente, pues con ella se expresa, en la forma académica más alta, los lazos entrañables que me vinculan a esta prestigiosa y benemérita institución piurana, de la que soy profesor visitante desde hace más de diez años y, ya desde ahora, en virtud de la concesión del grado de Doctor, miembro permanente de su Claustro de profesores.

 

            He de referirme, ante todo, a mi condición de profesor visitante de la Universidad de Piura, porque entre ello y mi incorporación definitiva a su Claustro, existe una relación de consecuencia. Que dicha relación sea firme, es decir, constituida por méritos suficientes para el honor dispensado, es cuestión en que prefiero no entrar, puesto que no está nada clara. Como factor explicativo es obligado pensar en un complemento aportado por el Consejo Superior presidido por el Señor Rector, y consistente en amistad, generosidad y benevolencia. Dirijo también un emocionado recuerdo al Excelentísimo y Reverendísimo Señor Gran Canciller, Dr. D. Álvaro del Portillo, que se dignó aprobar mi nombramiento.

 

            Uno de los principales motivos de mis viajes a Piura ha sido el deseo de contribuir a que la incorporación de doctores se lleve a cabo siguiendo también el modo ordinario de alcanzar el grado, es decir, instaurando en la Universidad el tercer ciclo de estudios. La línea netamente progresiva, ascendente, de la Universidad de Piura dota de fundamento a mi contribución al mentado propósito; contribución pequeña, sin duda, y esporádica, además, debido a la duración de mis estancias cada año, pero integrable en el estilo de esta universidad, fruto de una decisión audaz tenazmente mantenida. Hablaba antes de generosidad; en rigor, ésa es la tónica de las tareas aquí desarrolladas, y que se percibe desde el primer contacto con ellas.

 

            La aludida vía ordinaria es una garantía del perfil acabado de una vida dedicada a la actividad académica, puesto que marca el inicio de la inquisición inventiva de la verdad, es decir, de la investigación. Un profesor que no investiga logra, a lo sumo, formar bien a sus alumnos, pero éstos desarrollarán luego su quehacer fuera del ámbito universitario. Dicho desempeño no es cosa de poca monta, y representa una gran parte del servicio que las universidades prestan a la sociedad.

 

            Ahora bien, el investigador logra formar discípulos, o sea, a constituir equipos de trabajo. De esta manera se contribuye al progreso del saber y, por consiguiente, a la elevación del nivel de la Universidad. Tal elevación es imprescindible si no quiere incurrir, a mediano plazo, en la rutina. Gráficamente, el fundador de éste y de tantos otros centros universitarios, el Beato Josemaría Escrivá, señalaba este peligro –la rutina es la quiebra de cualquier organización–, cuando nos decía a los que empezábamos la Universidad de Navarra: “No me hagáis pajaritos fritos; hacedme águilas pequeñas, que ya crecerán”. Por cierto que en aquellos años, concretamente en 1954, me dijo, pensando en las futuras universidades por crear en América: “tú, acabarás, yendo a ellas”. He aquí la razón central de mi venir a este continente.

 

            Fruto de la investigación son las publicaciones –libros, ensayos, artículos de revistas– con las que los universitarios se dan a conocer y se entabla el diálogo entre colegas. El cultivo del saber requiere este intercambio, porque la ciencia es obra común y supone el conocimiento recíproco de cada uno de sus agentes. Cabe decir que la ciencia es de índole “republicana”: una res publica mantenida por muchas personas, a las que une superando la distancia y las diversas geografías, elaborada a lo largo de una prolongada tradición.

 

            Oportunamente la Biblioteca de la Universidad de Piura ha puesto en marcha un servicio de publicaciones que ha editado hasta el momento ciento veinticinco títulos. He tenido la suerte de que entre ellos figuren dos libros míos y dos breves ensayos. Asimismo, de los cursos de doctorado aquí dictados provienen algunos libros míos. El último es un estudio sobre Nietzsche, que aparecerá dentro de tres o cuatro meses.

 

Naturalmente, para mantener el tercer ciclo conviene proceder por pasos contados. El primero de ellos es tener graduados procedentes de otras Universidades, así como enviar a los propios licenciados para que culminen su formación en alguna de ellas. Puedo dar fe del empeño puesto por el Consejo Superior para lograr este objetivo básico. Por lo demás está a la vista. Dentro de pocos años el número de doctores será más que suficiente; por eso, a las investigaciones iniciadas en Ingeniería –me es grato referirme al impulso del ilustre y recordado Dr. Ingeniero Ramón Mugica–, en el Master de Dirección de Empresas –cuya tercera promoción recibirá mañana sus titulaciones– o en la Facultad de Ciencias de la Educación –por ejemplo, en el campo de la familia– podrán añadirse otros avances en los centros más maduros.

 

Una vez expuestos los dos motivos que presiden mis viajes a tierras americanas, ambos estrechamente relacionados, cabe formular unas comprometedoras preguntas: ¿qué papel puede jugar un filósofo –yo lo soy– dentro del esbozado panorama de futuro? ¿No es la filosofía un saber establecido, pretendidamente acabado, objeto de la contemplación, que separa a quienes se dedican a ella de los afanes con los que la historia humana continúa? O, desde otro punto de vista, ¿no es América el continente de la esperanza, del futuro, como dice Hegel? ¿Qué lugar corresponde a la filosofía en América si, como también Hegel sostiene, la filosofía sólo se ocupa del presente; más, de un presente absoluto en que encierra el pasado entero? El ave de Minerva que, como se sabe, es la lechuza, levanta el vuelo al atardecer, en esa hora definitiva en que la experiencia del día se consuma y es elevada al concepto. Pero el trópico carece de crepúsculos duraderos, es decir, de esa clama que recoge el fulgor del día y es el símbolo de la teoría pura.

 

En verdad, estas dificultades, planteadas por el idealismo, no afectan a un  filósofo realista. Sostengo una actitud muy distinta. Más que de resultados, la filosofía se ocupa de principios, de lo primero. Por eso está en condiciones de señalar rutas, de proponer criterios  iluminadores a la acción esperanzada de los seres humanos. Por eso también, el símbolo de la filosofía no es la melancolía de la tarde, tampoco el brillante mediodía, sino el amanecer, la luz más joven, que empieza a disipar las sombras y a destacar perfiles.

 

La filosofía siempre está comenzando, y vuelve a comenzar en cada hombre. Para ser filósofo es necesario comprender que el disparo inaugural del vivir es la búsqueda. La vida busca en la verdad, porque la verdad es insondable y depara sin cesar descubrimientos nuevos. En la mitad del camino, como dice Dante, el hombre se encuentra inmerso en una selva indescifrable. La filosofía le enseña el modo de aclarar el laberinto: hay que volver atrás, al propio manantial genuino, permanecer cerca del principio.

 

El filósofo no es un iluso, pero sí un ingenuo. La ingenuidad es, al contrario de la satisfacción, palabra que viene de satis facere: nunca hemos hecho bastante –dijiste basta y pereciste, advierte San Agustín–. Y es que la sensación de suficiencia disipa, disgrega la vida en la atonía. En cambio, la filosofía convoca. Convocar equivale a reunir, a articular las cosas diferentes. En la medida en que la aurora desvela lo oscuro, un panorama, un paisaje, se organiza.

 

De aquí se desprende que sin la filosofía es difícil conseguir una auténtica Universidad. Sin la filosofía, las Universidades no suelen pasar de ser meras pluriversidades, es decir, un conjunto de Facultades aisladas. A ella corresponde, en efecto, la propuesta unificadora que hoy se suele llamar interdisciplinariedad, con la que se repone el clásico lema del árbol de las ciencias. La Universidad de Piura lo ha entendido bien al encomendar principalmente a los filósofos los cursos denominados Humanidades, que proporcionan la formación básica a todos lo alumnos y en los que se ha de destacar la labor de mi presentadora en este acto, Dra. Luz González Umeres, del Dr. D. Luis Eguiguren, de otros jóvenes filósofos, así como el sabio y alegre estímulo del Dr. Vicente Rodríguez Casado, amigo insigne de esta Universidad, a quien dedico un cariñoso saludo.

 

Como digo, el filosofar no termina nunca. Sin embargo, todo discurso debe terminar. Doy fin a éste reiterando mi gratitud y formulando un ferviente voto: que la Universidad de Piura vivat, crescat et floreat, al servicio de la expansión de la cultura en este querido país. Me uno de esta manera al ánimo que recibimos del Gran Canciller, Excelentísimo y Reverendísimo Monseñor Javier Echevarría.


 

[1] Publicado en “Discursos pronunciados en la Investidura del Grado de Doctor “Honoris Causa”. Profesor Ronald Woodman Pollit (Ingeniería), Profesor Ben Burton Balsley (Ingeniería), Profesor Leonardo Polo Barrena (Filosofía), Profesor Uumberto Farri (Educación)”, Universidad de Piura, 9 de septiembre de 1994, pp. 41-44