La semana pasada
murió en trágico accidente el joven filósofo
Ricardo Yepes, que fue director de la revista
Atlántida y de la Editorial Rialp. Ofrecemos,
como texto póstumo, este resumen de uno de sus
últimos escritos, sobre la obra del también
filósofo Leonardo Polo
La biografía más
reciente de Polo ha cambiado la imagen que se
tenía de él. Antes parecía a colegas y expertos
un pensador oscuro, lleno de intuiciones
originales e injustificadas, y heterodoxamente
tomista. Esta imagen es fruto de un conocimiento
parcial y precipitado de su obra y de su
estilo.
La parte más importante de su
producción es la antropología. En nuestro tiempo
ha surgido una renovada preocupación por los
fundamentos y el respeto de la dignidad del
hombre como persona. La filosofía de Polo
participa de esta tendencia emergente en nuestra
cultura, y contiene una antropología coherente
con el mensaje cristiano.
Dos de sus nociones
claves son la libertad y la capacidad de don. La
libertad no es entendida por Polo desde una
perspectiva existencialista, como si el hombre
fuese un receptáculo vacío que llena con sus
propias decisiones. Más bien, la libertad
constituye el núcleo de la persona. Se dibuja
como una capacidad insaturable de conocer y
querer: pensamiento y voluntad nunca llenos. Del
núcleo libre de la persona brota lo inédito,
puesto en el mundo como novedad estricta,
manifestación de su intimidad: el don, la
capacidad de otorgar. Donar, dice Polo, es dar
sin perder, adquirir dando.
El abandono del
límite
Esta reflexión sugestiva
está avalada por un trabajo filosófico que la
funda adecuadamente. Ese trabajo fue iniciado
por Polo en 1950, a los 23 años. Entonces
aparece una idea que será el motor de todo su
pensamiento posterior. La denominará el abandono
del límite. Hay más realidad en el yo pensante
que en sus pensamientos, advierte Polo. Esto
quiere decir que cabe trascender el objeto y
pensar más allá de él.
En su Curso de teoría
del conocimiento, Polo muestra que el abandono
del límite mental es la continuación obvia del
estudio del conocimiento en el punto en que
Aristóteles lo dejó. Esta continuación significa
desarrollar muy ampliamente una intuición
aristotélica formulada en un célebre texto de la
Metafísica: Uno ve, y al mismo tiempo ha visto;
piensa, y a ha pensado... A esto llamo acto. A
partir de ahí se pueden superar las aporías a
que ha llevado concebir el pensamiento como un
proceso que da como resultado un «producto», la
idea o representación.
Polo elabora una
teoría del conocimiento basada en diez axiomas.
El primero de ellos dice: Sólo se conoce en
tanto se ejerce una actividad.
Polo conoce
bien a los grandes filósofos. Unos, como
Parménides, Eckhart o Descartes le han ocupado
apasionadamente en alguna época de su vida.
Otros, como Heidegger, han sido fuentes de
inspiración. Pero ha pensado más a fondo sobre
tres.
En primer lugar, Aristóteles, con quien
tiene una especial afinidad y que acota el
terreno básico de la teoría del conocimiento y
de la ética de Polo. Luego, Tomás de Aquino, de
quien toma gran parte de su cuerpo doctrinal, en
especial la distinción real de esencia y ser,
que lleva hasta el final. Y en tercer lugar,
Hegel, cumbre de la modernidad. En él alcanza
rango supremo el intento moderno: Hegel formula
su ambición especulativa elevando la presencia
de la razón a la máxima altura. Pero cabe notar
que la presencia mental del hombre es un límite.
Si se procede a abandonar dicho límite, el
episodio hegeliano queda cerrado y se logra un
nuevo punto de partida. Ésta es mi
propuesta.
Polo ha meditado mucho también
sobre temas teológicos. Son la continuación de
su metafísica y de su antropología. Desde ahí se
iluminan grandes cuestiones humanas como el
dolor, la muerte, el destino, la unidad del
género humano y el sentido de la historia, el
amor, el tiempo y la eternidad... Además, presta
atención a las aportaciones últimas de la
ciencia, y busca una nueva filosofía del
universo físico.
Ampliar la
filosofía disponible
Para comprender cabalmente
a Polo conviene no descuidar ninguno de los
aspectos mencionados. Su filosofía del hombre
es, ciertamente, la puerta más atractiva y
cercana a la sensibilidad contemporánea. Pero
sería un craso error de perspectiva olvidar que
Polo ha dedicado toda su carrera filosófica a
fundamentar las consecuencias últimas de su
método epistemológico del abandono del límite.
Quienes busquen penetrar más allá deben
comprender su teoría del conocimiento; desde ahí
asomarse a su visión de la historia de la
filosofía; captar los nudos conceptuales
decisivos; aprender a abandonar el límite, y
entonces podrán seguirle en la metafísica y la
antropología que de ahí se derivan, en una época
plural, acaso astillada en su inspiración
básica. Es éste el balance cierto del
pensamiento de Polo.
Ricardo Yepes
Stork