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MISCELÁNEA POLIANA |
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Revista de prepublicaciones del Instituto de Estudios Filosóficos LEONARDO POLO |
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SERIE DE FILOSOFÍA, nº 26 (2009) |
ISSN: 1699-2849
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[Ficha técnica]
TRES ESTUDIOS:
ACOSTA GÓMEZ, M. (universidad Sergio Arboleda, Bogotá, Colombia): Carta a mis alumnos de antropología. Dos preguntas sobre la filosofía de Leonardo Polo
CERDA PÉREZ, R. - GUARDIA ROLANDO, I. - GUERRERO ALVAREZ, L. (universidad panamericana, Guadalajara, México): El retorno al trabajo como guía para el desarrollo humano
GARCÍA GONZÁLEZ, J. A. (universidad de Málaga): Apuntes sobre el ser y el existente
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Carta a mis alumnos de Antropología: Dos preguntas sobre la filosofía de Leonardo Polo.
Mario Acosta Gómez Universidad Sergio Arboleda, Bogotá, Colombia.
¿Qué es lo primero que dice POLO? Polo dice que en el proseguimiento de la filosofía, vista como estudio de lo real principial que permite preguntas últimas sobre la realidad, es necesario ampliar los métodos. Para lograr esto, se requiere ir más allá del método objetivo, por el cual solo obtenemos objetos pensados. Dicho de otra manera, en teoría clásica del conocimiento es admitida una intervención del intelecto agente, después de que la sensibilidad ha presentado a nuestra instancia mental una especie o forma, decantada mediante el trabajo de los sentidos externos e internos. Se tiene entonces el fruto de la operación abstractiva, cuyo éxito es lo que llamamos objeto pensado, que está siendo presentado por el acto de abstraer. Es la presencia mental. Así logramos que se haya inmaterializado intramentalmente aquello que extramentalmente es material. En esta operación no hay más tema que pensamiento ni más pensamiento que tema. Hay conmesuración. Pero por decirlo de algún modo estamos ante un conocimiento detenido o “fijo”: la presencia que presenta un abstracto. Puesto que en verdad “lo tenemos”, decimos que está “presente”, y en esto, sumariamente, consiste la operación incoativa de nuestro pensar: la abstracción. Si es operación incoativa por lo mismo es insuficiente [1]. Según Polo, rebasando esta “presencia mental” se accede a un pensamiento superior, el propio de los hábitos o "habitual"; y con ello aparecen nuevos métodos para el filosofar: “Abandonar el límite del pensamiento significa intentar averiguar el valor metódico del mismo límite y, con ello, detectarlo” (Polo, El Acceso al ser, Pamplona, 1964, p. 14). Se entiende, pues, que “detectar” apunta aquí a descubrir el valor del método objetivo, y considerarlo inferior a otros métodos en tanto que “reduce” la consideración del ser a algo meramente predicamental. La “praecisio objetiva” tiene ese riesgo, que solo se salva con lo que llamamos su intencionalidad propia, esto es, su referencia como “universal” (unum versus alia) a individuos extramentales reales concretos. El orden ideal o lógico, por su restricción, hace que nuestro conocer se base exclusivamente en el conocimiento intencional u objetivante, que es aspectual, y así la verdad corre el riesgo de no ser única, al menos en lo que atañe al movimiento físico. Podríamos entrar con ello en perplejidad. Repito que no se trata solo de problemas lógicos como cuando al utilizar términos pretendemos quizá una significación única y olvidamos que se suponen varias. Se trataría más bien de dar explicaciones filosóficas a la pluralización de teorías que la ciencia moderna exhibe sobre la física, lo cual se podría lograr mediante el estudio profundo que plantea un acceso no predicamental sino real a los principios llamados causas. Pero ni siquiera se trata solo de eso. Los métodos que se abren en el proseguimiento del filosofar que propone Polo dan acceso a un estudio que distingue la Antropología trascendental de la Metafísica, pues el ser de la persona humana es distinto, por superior, al ser cósmico o ser extramental, tomado como fundamento. Polo afirma también que el realismo tradicional no se impuso la tarea de apurar la diferencia entre método y tema. En cambio, el idealismo considera imprescindible, para estudiar la validez del conocimiento, diferenciar entre método y lo que se alcanza con determinado método. Sin embargo, es frecuente que las escuelas idealistas privilegien el método sacrificando el tema. Polo sostiene que la presencia mental es un límite y que "abandonar el límite del pensamiento, después de llevar el pensamiento hasta él, quiere decir reducir la aludida diferencia (entre método y tema) en un sentido realista, no idealista. Reducir la diferencia entre el método y el ser en un sentido no idealista, es, en el fondo, expresar la convicción de que el ser, y justamente en cuanto principio, persiste o, dicho de modo indicativo, es finalidad pura" (Ibidem, pp. 14-15). Para Polo, el “tener cognoscitivo según objeto pensado” es el límite mental. Se trata de un asunto humano y, por ello, es conveniente estudiarlo antropológicamente. Añade Polo que lo propio del acto de ser que cada hombre es como persona, se puede describir mediante un adverbio: además. Gramaticalmente, sabemos que el adverbio modifica la significación del verbo... Este adverbio es el sugerido por Polo para significar que el acto de ser personal es distinto de otros actos de ser: tiene una modalidad y una intensidad que lo caracterizan. El acto de ser personal humano es distinto, por ejemplo, del acto de ser cósmico. Ambos suponen estar fuera de la nada, pero el acto de ser personal es “además”. Aplicado al ser del hombre “además” significa en Polo acto de ser que intrínsecamente es creciente y redundante. ¿Creciente en qué? Por lo pronto en intimidad. Pero también en inteligir, en amor donal, en co-existir, en libertad... ¿Redundante en qué? En la esencia humana. Para Polo el acto de ser personal redunda en la propia esencia humana. Planteando una pregunta concreta diríamos: ¿cómo redunda el acto de ser personal y cómo a la vez es creciente en cuanto al conocimiento? Respuesta: Mediante los hábitos intelectuales adquiridos. El hábito, para Polo, es un acto intelectual creciente y mejora la esencia del hombre. Pero, por contrapunto, la operación intelectual por la que “tenemos objeto” y que da inicio a nuestro pensar, “fija” nuestro pensamiento y por ello es su límite inferior. Es decir: es un acto, pero en sí no incrementable. ¿Cabe de algún modo vislumbrar por qué esta operación incoativa que nos lleva al abstracto es en sí misma un límite, y podría ser obstáculo para ese crecimiento y redundancia especial que, según Polo, caracterizan el acto de ser personal humano? Quizá baste con decir que la esencia del hombre no es exclusivamente intelectual, y que la instancia orgánica o corpórea de dicha esencia no es por completo “penetrada” por la inteligencia. Hay zonas opacas en mi esencia. No conozco enteramente, por ejemplo, mi corporeidad. Tampoco me conozco enteramente en mi intimidad. En mi meditación personal he de preguntar a Dios “quién soy”, tema que tampoco se puede conocer mediante el conocer abstractivo[2]. Aparece la patencia del límite en la información que el alma (forma informante) hace al cuerpo, y por ende el límite de un conocimiento del alma con respecto a la materia. ¿Qué querrán decir los antiguos cuando afirman que el alma humana espiritual no comunica con el cuerpo la “raíz” de su intelección y volición? No olvidar, y esto es bastante dilucidador, que forma es simultaneidad y materia es no simultaneidad. Hay un tope, pues, en la presencia mental. Aceptando que “tener objeto” es un límite, que el método objetivo da origen a este límite, y que la operación abstractiva es apenas incoativa de nuestro pensar, Polo propone abandonar el límite mental y ahondar en consideraciones sapienciales[3], pertenecientes a distintos hábitos, tanto adquiridos como innatos. El hábito de sabiduría y otros hábitos innatos, permiten un avance en conocimiento, algo tan olvidado por la “filosofía centrada en el objeto”. Desde luego, también hay que decir que son muchas y distintas las operaciones mentales y cada una tiene su hábito adquirido correspondiente. Mediante cada hábito se conoce la operación respectiva [4]. Además de abstracción, como operación, hay hábito abstractivo. Precisamente el hábito abstractivo permite conocer la operación mental de abstraer, que no se conoce por sí misma, y que consiste en articular el tiempo. ¿Por qué llega POLO a esta propuesta? Personalmente pienso que motivado por la crítica que él mismo hace al nominalismo, al idealismo y al realismo. Al nominalismo, por lo depauperado que deja éste al inteligir. Al idealismo, por su intento de sustentar la verdad en ella misma. Y al realismo por no explicitar el método con el que se llega a la distinción real entre esencia y acto de ser. Polo declara que la presencia mental no puede ser el punto de partida de la metafísica. Con comienzos de esta naturaleza el idealismo se encuentra con un tope, cuando en temas metafísicos intenta remitirse a un principio anterior (fundamento) para encontrar un real punto de partida en el filosofar. Esto quiere decir que según el idealismo, el filósofo siempre está contemplando una representación del ser. Sin embargo, ¿quién de los humanos no distingue entre el fuego real, crepitante, chisporroteante (ese que está allá, fuera de nuestra mente, que hace cálida nuestra tertulia ante la chimenea) y el fuego como “abstracto”, que nos es representado intramentalmente? Un conocimiento “objetivo” de los entes podría ser tomado como virtualidad de ellos, como seres contemplados en una situación vicaria, de intencionalidad. Es obvio que el fuego pensado no quema. De allí que podamos comprender la preocupación de Heidegger cuando acomete la diferencia radical entre el ser y los entes y hace critica de la metafísica por el olvido del ser, en que, según él, está ella inmersa a lo largo de su historia. Polo quiere proponer una vía para que reiterativamente no se caiga en <<representar>> al ente y se pueda llegar con ella en directo al ser real [5]. Ve sumido a Heidegger en la perplejidad, entendiendo por tal un escepticismo y un relativismo que resulta cuando al recorrer la historia del ser y buscar la diferencia radical entre el ser y los entes, el filósofo alemán siempre se enfrenta con la presencia mental. Desde 1964, Polo en su obra El Acceso al Ser, indicó que el sobrepasamiento del olvido del ser exige encontrar el ser de los entes sin reducirlo a la presencia mental, y sugiere que cualquier filósofo estaría en camino de superar la perplejidad mencionada si al contemplar el hallazgo de Aristóteles con respecto al intelecto agente profundiza con suficiencia hasta considerarlo como convertible con el propio ser de la persona humana. Se trata de un análisis real, no lógico, en el que se distingue lo activo del intelecto agente (ser como acto) de aquello otro que es la esencia humana, considerada como posibilidad o potencia real. Potencia es “poder limitado” o “capacidad de poder”, pero no es sino por el acto. Un discípulo de Polo, Juan Fernando Sellés, resume lo que aquí intento mostrar, con esta afirmación: El intelecto agente, acompañado de hábitos innatos, activa la inteligencia y voluntad, instancias pasivas de la esencia humana, mediante hábitos adquiridos, después de que se ejercen las primeras operaciones intelectuales (Cfr., “El intelecto agente y las instancias cognoscitivas humanas menores", Angelicum, 82 [2005], pp. 611-617). Acudiendo al pensamiento habitual, cuando se abandona el límite mental, se encuentran varias vías metódicas. Baste citar como otro ejemplo elemental de este cambio en el pensar el camino que lleva a conocer nociones físicas de manera estrictamente intelectual y no mediante soportes matemáticos, representacionales o imaginativos propios del conocimiento sensible. Estoy hablando de conocer las causas reales, las de la realidad física, mediante operaciones racionales. Se llaman así porque permiten advertir la realidad física. Aristóteles en los Analíticos Posteriores habla de esto. Pero es Polo, con el hallazgo de nuevos métodos cognoscitivos, quien al hacer un profundo estudio sobre las concausalidades, da despliegue a aportes aristotélicos, en los que destaca que el Estagirita descubre en el movimiento sucesivo un acto imperfecto – entelékheia – porque en él queda patente la distinción entre principiación y culminación. Tal distinción hace posible una coprincipiación en tricausalidad eficiente, formal y material que cumple el orden al “habérselas con la causa final”. Esto lleva a la distinción de tiempos que acompañan o siguen a los distintos tipos de movimientos físicos. Al acto imperfecto en que consiste el movimiento, que es extramental y temporal, se opone el acto perfecto, entendido como presencia mental o actualidad, por tanto, intramental, que admite jerarquizaciones: hay operaciones intelectuales como las objetivantes y hay actos intelectivos superiores como los hábitos. Y dentro de las operaciones inmanentes es más pensar que sentir: una cosa es sentir en acto, como algo inferior, y otra cosa es la operación mental objetivante, de nivel superior. En ambos casos se da extratemporalidad. En el primero, hay presencia en sentido general, esto es variación formal poseída por el fin, o dicho de otra manera esquema práxico de la valorativa que da lugar al instante en que se inicia una conducta. En lo segundo, hay actualidad constante. Es la enérgeia, sin distinción entre principiación y culminación, según simultaneidad, pues se posee el fin ya. El acto perfecto, si se toma como principiación, coincide con su culminar. A manera de conclusión: Mediante dos respuestas personales he hecho muy someras sugerencias a mis alumnos para acceder al método de filosofar propuesto por un pensador contemporáneo muy agudo, cuyas obras están al alcance de cada uno de nosotros: Leonardo Polo. Según uno de sus discípulos colombianos, Jorge Mario Posada, su método consiste en “no atenerse a lo entendido en tanto que ya entendido, puesto que la intelección de lo ya entendido no puede incrementarse intrínsecamente. Lo entendido en tanto que ya entendido es el objeto pensado, el fin poseído por la intelección operativa [...]. Se dice que el objeto pensado está supuesto: porque no cabe intensificar la penetración intelectual en lo que se conoce intencionalmente en tanto que solo se conoce intencionalmente. El abandono del límite es el abandono de la suposición mediante el mantenimiento de los actos intelectivos superiores a la posesión de objetos pensados” (J.M. Posada, Física y Sabiduría, Eunsa, Pamplona 1996, p. 460). Actos intelectivos superiores a la “posesión de objeto” son precisamente los hábitos intelectuales correspondientes a cada operación mental. Manteniéndolos, “la intelección vigila, atenta a lo real, sin detenerse en el objeto pensado, es decir, en lo ya dado en la versión intencional. Y por eso, se abre a la realidad sin el límite que esa versión comporta” (Ibidem). Se puede pensar la realidad o se puede pensar el pensar. Lo primero se logra de muchas maneras, cada una de las cuales podemos llamarla también método. La que utilizamos inicialmente, y por eso es llamada operación incoativa del pensar, es la abstracción, que es una consideración precisiva del pensar. “Pensar el pensar”, en cambio, suele ser llamado reflexión . A la consideración precisiva del pensar, se le llama también primera intención. Pero la intencionalidad primera, que corresponde a la objetivación, no es una buena manera para reconocer la persistencia del ser, que es a lo que apunta Aristóteles cuando privilegia la causa final sobre las otras causas. Esta manera de privilegiar, sin embargo, sufre mengua cuando Aristóteles opone la causa final a la causa material. Esto se entiende si se ve la causa material como algo anticipatorio en el tiempo con respecto a la causa final. Entonces se corre el riesgo de coartar toda consideración del ser al orden temporal, y por ende al orden predicamental. En cambio, bajo la óptica de una plena consideración metafísica, la persistencia del ser no se restringe, esto es, no se reduce al orden predicamental. Esto se logra si abandonamos el límite mental o consideración objetiva del ser. Ser en plenitud o dejar ser al ser es mucho más que “ser restringido a la objetivación”. Existen actos intelectivos superiores a aquellos que nos permiten la “posesión de objeto” y esto quiere decir que por encima del pensar objetivo está el pensar habitual y los hábitos, ya innatos ya adquiridos. Veamos ahora un texto de Polo, sobre los métodos cognoscitivos, tomado de: Nota sobre los métodos, presente en el Prologo que Leonardo Polo hizo al libro “La res cogitans en Espinosa” de Ignacio Falgueras Salinas, Eunsa, Pamplona 1976, pp. 16-18. “Me he ocupado de los métodos en otros lugares. Aquí, después de enunciarlos, intentaré muy resumidamente describirlos y ordenarlos. La obertura del pensar es la abstracción. Abstraer significa: articular el tiempo, según el presentar. No cabe un acontecer progresivo si primero no se procede a esta articulación, la cual no es un progreso metódico, pero es imprescindible. El acontecer abstractivo no es el único pensar, no lo agota: todavía cabe pensar. El método imprescindible, la abstracción, no es suficiente. La insuficiencia es doble: respecto al pensar y respecto a lo pensado. El pensar procede metódicamente a colmar la insuficiencia. La reflexión es el método según el cual acontece pensada la insuficiencia de la abstracción respecto al pensar mismo. Reflexionar significa: negar. Negar significa: separar la generalidad. Acontece pensada la generalidad justamente separándola. Tal acontecer es una vía. Separada, la generalidad es respectiva a su determinación. La determinación de la generalidad no debe confundirse con lo abstracto: no es igual articular el tiempo que determinar la generalidad (si esto no se tiene en cuenta se incurre en incongruencia). Por eso, es oportuno llamar segunda a la determinación de la generalidad. Pero, además, la generalidad no es única. Siempre cabe negarla y, por tanto, pensar una generalidad <<mayor>>. Las determinaciones de las distintas generalidades tampoco deben confundirse. De acuerdo con esto, no cabe pensar la generalidad máxima, por eso, la vía metódica reflexiva se agota: pensar la diferencia entre abstraer y seguir pensando no es un pensar que culmine, o lo que es igual, tal diferencia no es pensable en modo absoluto (pues no es absoluta). El postrer acontecer reflexivo es preguntar. La razón es el método según el cual acontece pensada la insuficiencia de la abstracción respecto de la realidad. Razonar significa: devolver. Devolver significa: explicitar. Acontece pensado lo explícito justamente a partir de lo implícito. Explicitar lo implícito acontece según fases. Las fases del método que llamo razón son: concebir, juzgar y fundar. Así pues, razonar también es una vía y también se agota: la insuficiencia de la abstracción respecto de la realidad no es pensable de modo absoluto (pues no es absoluta). El postrer acontecer racional es fundar. La congruencia metódica del fundamento se pierde en su confusión con el absoluto (o con la generalidad reflexiva), ya que el fundamento explícito ha de referirse a las fases que lo guardaban implícito. Tal referir significa: traer. Traer significa que el fundamento acompaña. Al fundamento pensado como traer que acompaña es oportuno llamarle base. En suma, la reflexión y la razón se agotan, pero no de la misma manera: la razón se agota en el fundar y la reflexión en el proceso in infinitum. Ahora bien, si la insuficiencia no es declarable ni reflexiva ni racionalmente en absoluto (o sea, si las vías metódicas que la declaran se agotan) y, si, por otra parte, ambos agotamientos difieren, no sería correcto entender que el pensar acaba con la abstracción y el doble modo de pensar su insuficiencia: ninguno de estos métodos es conclusivo sin más (pensar no termina con ellos). La intelección es el método según el cual lo incondicionado es pensado. Este método no es una vía, pues es distinto de la reflexión y la razón (confundirlo con cualquiera de ellas es una incongruencia), y si en tanto que distinto fuera una vía, haría completamente provisionales a ambas: pensar lo incondicionado no puede ser pensar que reflexionar y razonar son provisionales (no lo son). Además la provisionalidad de las vías metódicas llevaría a entender la intelección como intuición (la llamada intuición intelectual); ello es una incongruencia. Un modo de corregirla es interpretar la intelección como hábito; otro, que no es incompatible con dicha interpretación, es intentar averiguar su sentido metódico. Como método, la intelección es pensar lo incondicionado en su distinción misma. La distinción de lo incondicionado es el tema de los primeros principios. Los primeros principios son irreductibles entre sí, pues no pueden ser primeros si se confunden o amalgaman: en tanto que los primeros principios no se confunden, todos ellos vigen, ante todo, entre sí. Pensar los primeros principios entre sí es pensarlos en su enlace; tal enlace no se ha acabado de pensar. Si la abstracción abre paso a la reflexión y la razón; y si inteligir no es pensarlas como provisionales, todos estos métodos son distintos y, así mismo, son unificables. La unificación es otro método, al que estimo oportuno llamar logos. Tal método se presta a incongruencias graves, a las que cabe llamar depresiones. Las depresiones del logos son frecuentes porque los métodos viales son válidos y, a la vez, se agotan. Por ser válidos, son ejercidos; por ser distintos, sobre todo en su agotamiento, su ejercicio puede no ser igualmente intenso. Por eso, el agotamiento de uno de ellos sugiere la preeminencia del otro, sugerencia engañosa en tanto que induce a intentar prolongar el uno según el otro. La unificación de las vías metódicas no debe ser precipitada. Mientras no se agotan, su unificación se hace gradual (o no total, pues la realidad no equivale nunca a la determinación del general: lo más que concede es su comprobación, pero la comprobación no es la determinación; confundirlas da lugar a la incongruencia característica del pensar mecanicista, a la que conviene llamar sofisma básico). En su agotamiento, la unificación de las dos vías metódicas no puede ser exclusiva; con otras palabras, no puede excluir al intelecto”.
EL RETORNO AL TRABAJO
El hombre no tiene más remedio que ganarse la vida (Polo). En
efecto, en el esquema que se vive en occidente subraya la conquista
de la libertad, es decir, lo que se busca es la ampliación de la
libertad, no obstante, Leonardo Polo afirma que se trata de la
emergencia de la persona, así como su capacidad para realizar
mediante el trabajo aportaciones cada vez mejores; de manera que el
ser humano pretende la vida buena mediante el perfeccionamiento de
su misma condición, para lo cual tiene como necesidad de primer
orden sobrevivir, por lo cual trabaja (Polo, 1996b). Sin embargo, en
todo este tiempo, la conceptualización del trabajo, no ha sido
extensiva de la misma forma que la libertad; ¿qué significación
tiene esto?, que la pretensión de mejorar el mundo en pro de un
desarrollo a la altura de la libertad, queda silenciada sin el
entendimiento de raíz del trabajo humano.
Globalización
Multiculturalismo
El ser humano al ser generador de diferentes culturas particulares y
por otra parte ser un ser social, significa que todas estas culturas
en algún momento éstas entrarán en relación entre sí, casi se puede
decir que el ser humano es multicultural por naturaleza. Ahora bien,
la globalización ha producido un movimiento de migración de las
zonas económicamente pobres a las de mayor desarrollo, la
globalización no sólo ha demeritado el Estado de Bienestar sino que
también ha proporcionado en gran cantidad enormes desigualdades
sociales. Para Beck el globalismo es la concepción según la cual el
mercado mundial desaloja o sustituye al quehacer político; es decir,
la ideología del dominio del mercado mundial o la ideología del
liberalismo y globalidad como los procesos en virtud de los cuales
los Estados nacionales soberanos se entremezclan e imbrican mediante
actores transnacionales y sus respectivas probabilidades de poder,
orientaciones, identidades y entramados varios (Beck, 1998), esta
última es la que afecta el ámbito de la cultura, la globalización es
un producto del globalismo y de la globalidad, con respecto a las
personas, se convierte en un régimen de competitividad entre
culturas y desde la perspectiva del consumo como una invasión del
trabajo de otras culturas, al parecer es más respetado el trabajo
externo que el interno, pero en realidad lo que importa no es el
respeto sino la ganancia que se obtiene de encomendar la producción
a un grupo de trabajadores que carecen de los beneficios del Estado,
los cuales han migrado en busca de una mejor vida. ¿Qué es lo que
interesa al Estado globalizado?, en definitiva no es la persona,
sino el mejor trato para la obtención de riqueza.
Sobre las ideas del hombre y las condiciones políticas para el
trabajo cristiano en el marco del desarrollo humano.
Puntos de
integración
El trabajo cristiano se define por una nota singular: la consecución
del bien vale la pena cualquier sacrificio y éste es especialmente
necesario cuando el bien en cuestión es el bien común (Gioia, 2004)
Todo trabajo —tanto manual como intelectual— está unido
inevitablemente a la fatiga (J.P. II 1981). El bien común cristiano
tiene raigambre sobrenatural, ya que depende, a diferencia de la
moderna comunidad de la razón, de la comunión de los cristianos con
una resonancia escatológica. Esta comunión es en última instancia
una expresión de la caritas, lo que se puede apreciar en las
siguientes palabras:
La idea de que el trabajo es una de las múltiples imperfecciones del
hombre y que a pesar de esto, el hombre esta arrojado a ello. Nos
condujo a reflexionar sobre la importancia del trabajo en la persona
humana y su autorrealización como vía para alcanzar el desarrollo
humano. De aquí surgieron varias interrogantes, una de las cuales
guió nuestra especulación: ¿cuándo sucedió la transformación de la
concepción del trabajo que produjo una fractura entre la persona y
su realización? Las respuestas se enraízan en el individualismo
económico, el utilitarismo y el pensamiento libertario que
contribuyeron a deformar la idea de trabajo, justicia, bienestar y
felicidad y alteraron el ideal de la dignidad de la persona que
cedió terreno al individualismo.
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APUNTES SOBRE EL SER Y EL EXISTENTE
Juan A. García González Universidad de Málaga
El ser y la persona
Casi todos los libros de Levinas comienzan con el recuerdo, bajo diversas formas, de la diferencia ontológica entre el ser y el ente: lo más profundo de “Ser y tiempo”, a juicio de Levinas[9]. Pero Levinas mudará inmediatamente esa diferencia en otra que distingue el ser y el existente; para orientarse no al ser de la metafísica sino al existente personal. Porque el ser en cuanto ser no es, para Levinas, objeto de búsqueda teórica, como pensó Aristóteles; o de interrogación fundamental, como quería Heidegger; ni siquiera algo valioso y significativo –bueno y verdadero- para el hombre; sino más bien el existir sin existente, es decir: el anónimo hay (un pensamiento que tomó de Blanchot) al que se encuentra arrojado el ser humano anegado en una realidad impersonal. El ser en cuanto ser no es así tema de búsqueda ni interrogación, sino asunto de fuga y evasión: algo de lo que hay que escapar. Y así, en efecto, titula Levinas una de sus primeras obras: De la evasión; que fue escrita tras la primera guerra mundial, y poco antes de la segunda. Sucesos que, desde el punto de vista del ser, realmente fueron, acontecieron ciertamente; pero que, desde el punto de vista valorativo de las personas, fueron muy malos, demasiado malos; lo que hace sospechar sobre la metafísica equivalencia de ser y bien. Convengo con Levinas en la insuficiencia de cierta noción de ser: que en ocasiones me parece pagana; otras veces natural, demasiado inmediata; y otras ciertamente opaca: como cuando Kant lo reduce a la posición pura de una cosa con todas sus determinaciones[10]. Me parece que un ser cerrado a la intelección, y a todas las perfecciones que el espíritu manifiesta, está mal pensado; y es efectivamente algo de escasa monta, sin valor. Por eso aprecio el intento poliano de ampliar la metafísica con una antropología trascendental: hay que pasar del ser al existente, del ser extramental al coexistente personal. Pero hay que hacerlo no de una forma voluntarista, al modo de Levinas: evadiéndose de la realidad, o sustituyendo la metafísica con la ética como filosofía primera; sino de una manera rigurosamente intelectual, precisamente basada en el examen del entendimiento humano. Con todo, el voluntarismo de Levinas es comprensible. Porque la voluntad humana remite muy directamente a la intersubjetividad, ya que exige correspondencia; y, en consecuencia, se abre con facilidad a la búsqueda de la reciprocidad, del consentimiento ajeno o del interés común; es decir: a un ámbito interpersonal. En cambio la actividad intelectual, especialmente en el pensamiento moderno, es proclive al solipsismo; y, como Husserl evidenció en la quinta de sus meditaciones metafísicas –a la que todo el pensamiento de Levinas responde-, no es fácil abrir el ejercicio intelectual a la intersubjetividad. De todas las maneras, hemos de intentarlo.
Teoría y actividad
Comenzando con un tópico del pensamiento nietzscheano: la acusación a la metafísica de nihilismo. No el nihilismo metafísico, la defensa o afirmación de la nada; sino el nihilismo de la propia metafísica, su vacuidad. Él podría justificar un cierto afán de evasión, de preferir la vida a la teoría; o de sustituir la metafísica por la ética, e incluso por la biología. Esta acusación nietzscheana se explica en atención a la totalización ideal del tiempo formulada por los pensadores racionalistas e idealistas: principalmente Leibniz con su noción de mónada, que precontiene todos sus posibles atributos; y también Hegel con su idea del saber absoluto, que se genera sintéticamente, englobando al final todos los momentos precedentes que lo constituyen. El tiempo totalizado idealmente en el concepto deja fuera la vida, el dinamismo, el acontecer real de los hechos; y Nietzsche es, frente a ese reduccionismo, un vitalista. A su juicio, en esa idealización de la realidad incurrió la metafísica no sólo en la edad moderna, sino desde antiguo y a partir de Sócrates, el inventor del concepto; pero muy en particular con Platón: quien separa el mundo ideal del sensible, que es el mundo del movimiento, el cambio y el tiempo. En la segunda de sus Consideraciones intempestivas Nietzsche objeta a Hegel que el saber absoluto sólo puede referirse al pasado, porque sólo un tiempo ya consumado puede totalizarse idealmente. El futuro, en cambio, -por cuanto aún no ha ocurrido- no puede saberse, no puede integrarse en la totalidad ideal. Esta crítica de Nietzsche a Hegel es relativamente razonable. Pero aún es más contundente y atinada la crítica heideggeriana. En la totalidad ideal del tiempo no se pierde sólo el futuro, sino que se pierde el tiempo entero, en su efectiva realidad temporal; lo que se pierde en la totalidad ideal es el temporear del tiempo, su transcurrir, el curso mismo del tiempo. Por eso Heidegger propone otra manera menos idealista de entender el tiempo, la que detecta eso que llama el tiempo extático: el tiempo en que los momentos temporales –pasado, presente y futuro- salen fuera de sí mismos, se remiten y trenzan entre sí, para generar el curso efectivo del tiempo, su discurrir. Un tiempo que sale de sí mismo realmente: porque sigue y transcurre; y así evita su idealización. Heidegger, como Nietzsche, sugiere una vuelta a los presocráticos. Y, más preciso que Nietzsche, ubica el extravío de la teoría que nihiliza la metafísica en Parménides: cuando afirma que lo mismo es el pensar que el ser; porque al atender al curso del tiempo comprobamos cuán distinto es, en cambio, el ser efectivo respecto del pensar ideal. Por eso Heidegger propone un nuevo comienzo para la filosofía. La primera palabra filosófica no es ese verso del poema de Parménides, sino la sentencia de Anaximandro que reza: según la necesidad, las cosas se pagan mutuamente culpa y retribución por su injusticia, de acuerdo con la disposición del tiempo[11]. En el juego de presencias y ausencias, el tiempo dicta sentencia; así es el ser, el acontecer real, bien distinto de la idealidad quieta y estable del pensar. Yo creo que esta acusación de nihilismo a la metafísica es necia; o basada en la ignorancia de Nietzsche y Heidegger acerca del pensamiento clásico. Porque la platónica separación de lo ideal respecto de lo temporal ya fue resuelta por Aristóteles al comprender la realidad del movimiento; a la filosofía del estagirita debemos el descubrimiento de la actividad, y una analítica bastante completa de ella. Retroceder para volver a los presocráticos, o buscar un nuevo comienzo, tienen toda la traza de una cobardía, de una retirada. En lugar de un paso atrás, el schritt-zurück heideggeriano, lo que hay que hacer -lo que el estagirita y la tradición aristotélica hicieron- es superar a Platón entendiendo el movimiento; bien distinto, no obstante, de la idealización especulativa a que conduce la aufhebung hegeliana. Y hago esta reflexión no como una mera objeción despectiva, casi ad hominem; sino porque entiendo, y espero hacerlo ver, que en el insistir para avanzar, en lugar de retroceder, hay algo indicativo de la índole misma de la actividad intelectual. Algo a lo que conviene atender precisamente para evitar el nihilismo de la metafísica y la mutua extrañeza entre teoría y vida. La actividad intelectual, en tanto que prosecutiva e insistente, es vida: una forma de ser, de avanzar en el tiempo.
El descubrimiento griego de la actividad, y el acto de ser
Cierto que para Platón ser es, sobre poco más o menos, ser siempre lo mismo, permanecer en el ser, eludir el paso del tiempo y mantenerse siendo lo que se es. Aquello que, en cambio, es y deja de ser, o que no era y ahora es, o no era como ahora es; eso, propiamente no es. Lo que no dura porque nace y perece, lo que deviene en otra forma de la que era: eso, en realidad no es. Todo lo más imita al ser, o lo copia: participa de él. Lo auténticamente real es sólo lo ideal, porque eso se mantiene siempre siendo lo que es; lo que se mueve es sólo una cierta presentación, una representación o sombra cavernícola, de la verdadera realidad, que es siempre igual a sí misma. Por tanto, el devenir sólo acontece en el mundo sensible, no es de orden ideal. Pero Aristóteles comprende ya el movimiento, al que entiende como la realidad de lo potencial. Y, porque entiende el movimiento, puede responder a Platón: ser es ser siempre lo mismo, quizá; pero para ser siempre lo mismo ante todo hay que ejercer actividades que logren ese mantenimiento a través del tiempo. Por eso ser es más bien ser en acto: ejercer actividades según las cuales algo consigue vencer el tiempo, mantenerse y ser. Incluso las ideas, que son siempre como son, lo son porque se da la actividad del pensamiento que ha abstraído la información, y la ha separado de su valor informante de la materia en la realidad física. Las ideas son siempre como son, se mantienen, porque han sido pensadas. Y el pensamiento es una operación inmanente: actividad singular, perfecta; y por ello intemporal: en virtud suya, la idea es siempre lo mismo que es. Pero además del pensamiento hay también actividades físicas que logran el mantenimiento en el ser de lo mismo. Los movimientos circulares del cielo son tales porque en ellos –como lo dijo Heráclito- el principio y el final coinciden: los astros rotan siempre iguales a sí mismos, sin detención ni variación; la repetición cíclica de los movimientos astrales asegura su permanencia en el tiempo. Y los procesos meteorológicos sublunares, en los que ya hay transformaciones, no obstante, imitan de alguna manera al círculo y mantienen en el ser a los elementos. Pues de la tierra surge el agua, si de éste el aire, del aire el fuego y de éste la tierra; al término del proceso: otra vez los cuatro elementos; es decir, mediante permutas entre los miembros que forman el ciclo, conseguimos también finalmente la permanencia siempre de lo mismo. Que ha logrado vencer el tiempo, mantenerse y ser, precisamente mediante esas recíprocas transformaciones. A Aristóteles debemos un pormenorizado estudio de la heterogeneidad de movimientos según su forma de producirse: hemos mencionado el conocimiento y las actividades físicas: tanto los movimientos circulares como los procesos terrestres de transformación entre los elementos. Pero además están el metabolismo: nutrición y crecimiento que permiten la permanencia de un ser vivo; y la reproducción de los vivientes, cuyas especies se mantienen por reiteración de individuos semejantes. Prosiguiendo el descubrimiento aristotélico de la actividad, y no buscando otro comienzo, la filosofía medieval distinguió después sobre Aristóteles la actividad de ser, de existir, respecto de las actividades esenciales de acuerdo con las cuales los seres son lo que son; ello equivale a cuestionar que el sentido final de la actividad sea el mantenimiento de lo mismo en el tiempo. Porque una filosofía creacionista ha de distinguir el ser que existe por sí mismo, Dios, respecto de las criaturas, que han recibido su ser; si éstas comienzan a existir, aquél habrá de ser originario. Paralelamente, los seres creados, y por comenzar a ser, luego han de mantenerse en la existencia, seguir siendo sin sucumbir a la nada. Y una cosa es subsistir, perseverar en el ser; y otra el conjunto de actividades que pueden ejercer los seres cuando ya existen, o mientras duran. Las criaturas, entonces, ejercen su actividad primera no tanto para mantenerse siempre iguales a sí mismas, o para ser como son, sino más bien para existir, para ser; y después ejercen otras actividades que son las que caracterizan su esencia: aquellas que, a través del tiempo, las hacen ser tal y como son. La actividad de ser, la existencia, del universo material será entonces la persistencia, el mantenimiento ajeno al curso del tiempo, el después con respecto a toda actividad esencial y a todo ser algo. Eso es lo que dice Polo: el ex- de la existencia no es un con- de consistencia, ni un sub- de subsistencia, sino el per- de la persistencia. Sin entrar en mayores disquisiciones, es muy probable que esto sea así. Pero, aun concediéndolo, tenemos todavía que descubrir el ser personal; que no sólo se distingue de los otros seres por su forma de ser, o por tener una peculiar esencia; sino por su singular existencia, por la que es alguien y no algo.
La existencia causal y la existencia libre
La esencia y la existencia se comparan como la potencia y el acto. Pero como hay distintas clases de potencias (la potencia material y la formal, la activa y la pasiva, por no entrar en mayores diferencias), también hay distintas clases de actividad: eso precisamente estamos glosando a partir de Aristóteles. Si lo tenemos en cuenta habría que decir que la esencia y la existencia se suelen comparar ordinariamente como la potencia y el acto que se conjugan en el movimiento físico, que es el acto de la potencia en cuanto que tal; el propio Polo afirma que la persistencia, la actividad de ser del universo físico, es el movimiento trascendental. Pero si esencia y existencia se comparan como la potencia y el acto se conjugan en los dinamismos humanos, que no son meramente físicos, entonces más que puro movimiento encontramos la mediación del hábito[12]: que es al mismo tiempo un acto y del orden de la potencia. Habría que sugerir entonces como un intermedio entre la esencia y la existencia humanas, lo que puede sonar un tanto extraño. Pero quizá no suene tan extraño si recordamos la afirmación clásica de que se dan en el hombre hábitos entitativos, que ni son el acto de ser, ni los hábitos adquiridos, vinculados con las operaciones que caracterizan la esencia del hombre. Tenemos aquí una indicación de algo peculiar del existente humano, que lo distingue del ser del universo físico. Esa cualificación que designan los hábitos (tanto el hábito categorial, como los hábitos operativos y los entitativos) expresa una peculiaridad ontológica que remite, en último término, a la persona humana. Realmente, si uno concibe la esencia del universo, del conjunto de seres que ocurren en él, entiende que el añadido que aquí significa la existencia es la mera persistencia de esos seres, de sus recíprocas relaciones, o del orden que guardan entre sí y para con el hombre. Ese universo que así finalmente se conforma, precisamente él, existe, persiste. Pero en tal caso, y aunque lo primero obviamente es la existencia, pues sin ella ni el universo ni la diversidad de sus integrantes ocurrirían; con todo y con eso, lo que destaca aquí es la esencia. Porque como existir se reduce a persistir, lo relevante es qué cosa existe: existe un universo, un entramado ordenado de seres. En cambio, si dirigimos nuestra atención al hombre, entonces también podemos fijarnos en su esencia: una naturaleza orgánica, dotada de potencias espirituales; una vida mortal, situada en la historia; un ser que con su acción articula y dispone unos medios en orden a fines, etc. Que tal esencia exista no puede significar simplemente que persista, que ocurra y siga siendo, sino que tiene que significar ante todo quién: quién es ese alguien que usa de cierta dotación natural antecedente; la cual le hace ser de una forma determinada, es decir, le hace un ser humano. La esencia humana pide una existencia personal, no meramente supratemporal. Por esta razón en el caso del hombre se invierte la relevancia de la esencia frente a la existencia. Siendo, siempre, lo primero la existencia; ahora además es también lo más relevante. La persona es hipóstasis intelectual; lo que no sólo dice subsistencia temporal, la de un individuo con naturaleza humana, sino que también significa dignidad, altura, o profundidad: no sólo ser, sino ser alguien. Además de naturaleza, persona. La persona, en efecto, no es un mero aspecto del ser humano, un capítulo particular de la antropología, junto con la naturaleza, la cultura, la sociedad o la historia. Sino que es el acto de ser, la existencia del ser humano: es el existente del que dependen naturaleza, cultura, sociedad e historia. Ser como sobreponerse al tiempo es el sentido primero del ser. El sentido primero del ser son, según Polo, los primeros principios; inicialmente el principio de no contradicción, porque al persistir se impide que sobrevenga la nada. La persistencia del universo es también el principio de causalidad trascendental, porque comporta la admisión de la analítica de causas predicamentales que descubrimos en el cosmos, y cuya principal es el orden: el orden entre todas ellas y para con el hombre: ocurre un universo; y el universo persiste. Ello remite a la identidad originaria de Dios, que es lo primero absolutamente: pues sin ella ni habría causalidad, ni ésta persistiría. El ser no es la noción generalísima, el comienzo de la lógica hegeliana, o el ens commune de la escolástica: noción de máxima extensión y mínima comprensión; sino que hay distintos seres, cada uno de ellos con su propia existencia. Precisamente en orden a una mejor comprensión de la noción de ser en su equivalencia con el existir, tal que permita la ampliación de la metafísica que comporta el existente personal, hay que decir que el sentido primero del ser es sólo su sentido principial: primeros principios y causas; y –en el mismo sentido- el fundamento como sentido lógico de la principiación: el ser extramental como fundamento de nuestro conocimiento. El ser personal, en cambio, será entonces un ser segundo, un ser además; porque además del principio está la continuación, el añadir algo a lo primero. O bien: a la consideración de los principios habrá que agregar la de los términos y los fines, la de la novedad sobrevenida. Como lo primero es el sentido causal del ser, el de la causa no contradictoria y la identidad originaria; a él habrá que añadir ahora un segundo sentido del ser: el de la existencia libre de la persona, y el de la intimidad personal de su creador a la que está referida. La persona humana es un ser segundo; y, porque lo es, exige previamente el ser primero. Luego, su existencia libre no se compara propiamente con la nada, ya que exige algo precedente (aunque -con todo- no procede de lo previo, sino que se le añade como una novedad). De aquí su índole creatural, que destaca la singularidad de la creación de personas; porque crear es producir algo de la nada, ex nihilo: sí; pero también es suscitar una novedad extra Deum, distinta de Dios. Por lo dicho, la persona humana, como segundo sentido del ser, se entiende más adecuadamente en la comparación con Dios, mejor que en la comparación con la nada.
El crecimiento de la actividad intelectual y los hábitos
Esta diferencia entre el ser y el existente que estamos señalando, tiene que tener algún indicativo singular, algún indicio propio, en la actividad intelectual del hombre; porque el hombre es persona y la persona el existente intelectual. Si operari sequitur esse, como decían los clásicos, la diferencia de actividades esenciales será manifestación de una distinta actividad existencial. Por tanto, la consideración en profundidad de la actividad intelectual humana debe conducirnos a distinguir la persistencia, o la actividad de ser del universo, respecto de la actividad de ser de las personas, que ejercen la actividad intelectual. Expresamente afirma Polo que su filosofía es la continuación del estudio del conocimiento en el punto en que Aristóteles lo dejó. De nuevo una prosecución; y no una retirada en busca de caminos fáciles, sin problemas que necesiten una intensificación del pensamiento. Y es que Aristóteles distingue los procesos no sólo por su forma, como hemos dicho antes, sino además por su fin. En un famoso pasaje de la Metafísica[13] distingue los movimientos transitivos de las operaciones inmanentes; o lo que es lo mismo: las actividades imperfectas de las perfectas. Las primeras son procesos temporales, que precisan algún tiempo para alcanzar su término; y además ocurre que cesan cuando lo alcanzan; por eso es problemático su mantenimiento en el tiempo y han de reiterarse. En cambio las operaciones inmanentes son actividades más perfectas: ya que, en vez de finalizar en su término, poseen su propio fin y se mantienen en él. Y además lo poseen de entrada, sin necesidad de transcurso temporal para lograrlo; de modo que su presente es simultáneo con su pasado: se conoce, y al mismo tiempo ya se ha conocido; y no por haber conocido se deja de conocer. Pero esta segunda clasificación aristotélica puede ser aún mejorada. Porque además de las actividades perfectas e imperfectas, hay otras quizás plusquamperfectas: no sólo inmediatamente posesivas de su fin, sino que se desprenden de él y van más allá; no en el sentido de indefinidas o indeterminadas –un enfoque al que ha sido proclive el pensamiento moderno-, sino más bien como infinitas e interminables, inagotables e insaturables. Seguramente así es la actividad intelectual, y creo que en ello se vislumbra la existencia libre de las personas humanas. Porque la operación intelectual no sólo une presente y perfecto, y es por ello intemporal, actual, tal que lo pensado se mantiene siempre igual a sí mismo; sino que también se puede intensificar de modo que además de conocer el objeto ideado se manifieste después la operación que lo ha ideado. El ejercicio intelectual entonces se intensifica y prosigue: obtiene el tema, y después desvela el método. La inteligencia humana es así susceptible de hábitos, pues los hábitos adquiridos son la manifestación de la operación ejercida. Y los hábitos adquiridos repotencian la facultad, capacitándola para nuevos actos, que sin ellos no podría ejercer. Los hábitos adquiridos son, pues, actos cognoscitivos superiores a la teoría, y más perfectos que ella. En realidad, ya el hábito categorial que descubrieron los griegos es un indicativo de la persona humana: porque se sustenta en cierta indefinición del organismo, que es más bien cierta inagotabilidad del cuerpo humano que demanda su prolongación. El cuerpo del hombre, que por ello es más que una realidad física, pues es una realidad personal, está determinado, pero es potencial; es un acto que, por su potencialidad, está indefinido, y que se desborda a sí mismo en las tenencias con las que se finaliza, y a las que se adscribe distinguiéndose de ellas, dualizándose con ellas. La mano es así, por ejemplo, el instrumento de los instrumentos. Paralelamente, la actividad intelectual no acaba en la operación ejercida, sino que se desborda sobre su propio ejercicio operativo y adquiere hábitos. Los cuales tampoco la agotan; porque la actividad intelectual puede después reiterarse, intensificarse, y proseguir nuevamente. Los hábitos adquiridos cualifican la facultad, que –entonces- puede ejercer operaciones superiores. La inteligencia humana es así infinita, al menos en el sentido de que siempre puede avanzar; porque la inteligencia es insaturable con sus operaciones y sus hábitos. Pero sucede que cabe insistir aún más en la actividad intelectual; y que todavía ésta puede después reiterarse, intensificarse, y proseguir nuevamente. Así, como a la operación sigue el hábito que la manifiesta -con las nuevas operaciones que éste posibilita-, así también la insistencia de la actividad intelectual es reiterable, no sólo en el sentido de su infinitud, sino hasta elevarse finalmente a su ápice, desde el que engloba todo su dinamismo operativo, actos y hábitos adquiridos. Es éste un hábito personal, entitativo: la disposición de la persona humana que se configura como un yo, tal que conoce su entera operatividad intelectiva, además de la volitiva, y saca experiencia de ellas. Al yo corresponde el conocimiento de sus potencias en cuanto que tales, pues no podría llegar a conocerlas mediante las operaciones y los hábitos por ellas ejercidas. A este hábito innato de la persona llama Polo sindéresis. Operaciones, y además hábitos; hábitos adquiridos, y luego personales, como la sindéresis. En suma, insistencia inagotable, ejercicio activo sin término. ¿Cómo no ver en ello el apunte de un crecimiento ilimitado? Y ¿cómo no apreciar en ese crecimiento un desprenderse de las posibilidades iniciales, un librarse de los condicionamientos de la naturaleza? ¿Y cómo no pensar, entonces, en la libertad personal?.
Hábitos y libertad
Porque, ésta intensificación del ejercicio intelectual expresa una actividad libre: liberada –en definitiva- de la misma índole procesual de las actividades naturales, que median entre principio y fin; al desprenderse de aquélla, y de éstos, la actividad libre logra innovar, y es así personal. Liberarse de la índole procesual, natural, de la actividad pide librarse del punto de partida, para llegar a más de lo que inicialmente se podía: los hábitos adquiridos cualifican la facultad; pero entonces, cualificada, la actividad intelectual rebasa también el fin, insistiendo en su ejercicio para entender más y avanzar. De este modo, al intensificarse, se libera la actividad intelectual, que pasa de natural a personal. Los hábitos dan entrada en la naturaleza a la libertad. Porque sin ellos la potencia actúa en dependencia de su motor, como la inteligencia se activa por el inteligible abstracto; pero con hábitos la potencia actúa cuando quiere, es decir, está a disposición de la persona. Esto es lo que dijo Tomás de Aquino: que las personas obran por sí mismas[14]; no sólo por su naturaleza, el principio interno del movimiento de los seres, sino por sí mismas; porque sus acciones no derivan simplemente de sus principios naturales, sino que son suyas: el hombre es dueño de sus actos. Y por eso, examinando la infinitud de la inteligencia, intentamos distinguir dos sentidos del ser. Al ser extramental, natural, que es el primero, ha de añadirse un ser segundo: el ser personal, libre. Con todo, una actividad insistente, creciente, es sólo una inequívoca expresión de la persona, pero no la misma libertad del ser personal; el crecimiento progresivo es lo que la persona puede hacer con una naturaleza operativa, pero no lo que la misma libertad es. Porque una cosa es la inagotabilidad del perfeccionamiento de una potencia natural, y otra la inagotabilidad del acto de ser personal[15]; que es inacabable en sí mismo, y no sólo en relación con su naturaleza. El crecimiento de la capacidad natural manifiesta un ser inacabable, inagotable, y depende de él; el crecimiento irrestricto es, pues, sólo la expresión de un ser libre. La naturaleza es principio de operaciones; es como un brotar, surgir, nacer; o el aparecer que funda lo que acontece. El sentido primero del ser es éste: el asistir que asegura lo presente, o la presencia de lo presente. La culminación del acto es aquí el ergon, la obra. Pero el ser personal no se satisface con este sentido genético del ser, porque más bien es una actividad insatisfecha con su obra, que no se reduce a ella, ni se agota con ella; y por eso más que un brotar es –en todo caso- un rebrotar: un nacer y renacer que no se acaba ni se aquieta; es insistir sin decaer ni desfallecer, y así añadir, aportar. Si para el universo, como decíamos, el ex- de la existencia es un per- de persistencia, para las personas humanas el ex- de la existencia es más bien el in- de la insistencia inacabable. Por eso, mejor que abandonar para volver a empezar, es insistir y proseguir; así es la actividad del intelecto personal.
Libertad operativa y libertad personal
La actividad que he llamado plusquamperfecta, no se agota en su término e insiste; así repotencia la facultad y rebasa el fin; ello le permite avanzar innovando. Así la libertad se expresa en la naturaleza, y las obras remiten a la persona que interviene en la acción, y no sólo a sus capacidades naturales. Pero el no conformarse con su obra propio del ser libre de la persona, de su ser además, o inagotable, no se reduce a intervenir en procesos naturales, potenciándolos; porque la libertad no es sólo operativa, sino un trascendental del ser personal. Es decir, caracteriza la actividad de ser de las personas: la existencia personal es además, es inagotable, nunca acaba, ni cesa en término alguno. Porque el hábito de la sindéresis al que habíamos llegado es, a su vez, una extensión del humano saber que radica en el intelecto personal; el cual, además, puede también alcanzarse en su propia luz: saber de sí. La sabiduría es otro hábito innato, quizás el principal, del hombre. Y aún luego, el intelecto personal, incluso privado de la entera sabiduría humana, puede buscar su tema propio, que lo trasciende y desborda el alcance de todo método. Operaciones, y además hábitos; hábitos adquiridos, y luego personales; eso hemos dicho. Pero ahora hay que seguir: saber habitual, y además el intelecto personal; y, por si fuera poco, luego está el inabarcable tema del intelecto personal. Como se ve, insistencia inagotable, ejercicio activo sin término. El ser personal es libre -lo diré formalmente- como el entero sobrar del acto sobre su obra; eso es lo que Polo llama el ser además[16] de la persona humana, al que hemos apuntado señalando la inagotabilidad de la actividad intelectual. Por inagotable, o como sobrante, la persona mejor que ser se dice co-ser, coexistir; pero en un sentido preciso. Porque la inagotabilidad del ser personal no se añade en un sentido lineal, como siguiendo el curso del tiempo; sino más bien en el sentido de la profundidad interior, de la apertura de un ámbito nuevo, que es la misma novedad de la existencia personal. Esto significa, ante todo, que la existencia personal, la actividad de ser persona, se desdobla: que es co-ser, coexistir: ser acompañando al ser. La actividad inagotable del acto de ser personal no sólo avanza hacia adelante, tal que la inteligencia es infinita, sino que abre la intimidad de la persona: un ser que, por no limitarse a su obra, innova y se abre por dentro. La intimidad es la dualidad interior, que denominamos co-ser, coexistencia. Ser además, ser plusquamperfecto en el orden del ser, es doblarse internamente para abrirse: co-ser, intimidad. La intimidad es la superabundancia interior de un acto de ser que no se conforma con su ejercicio. Coexistir, ciertamente, parece mencionar –y menciona- una final relación con otro: es coexistir con…, abrirse a la intersubjetividad ontológicamente. Pero, ante todo, dice acompañamiento al ser: no sólo ser, sino desbordarse sobre el ser, co-ser. La persona, por ser además, coexiste: no se agota en ser, sino que acompaña su ser; se abre por dentro y asiste a su propio ser, sin reducirse a él. Como coexistente el ser personal es el ser abierto por dentro; no el ser que se reduce a transcurrir, sino el ser que se amplía, se abre interiormente, y así se acompaña. Esta es la base para una ontología de la intimidad personal (Yepes): su apertura interior como indicio de lo inagotable del ser personal, de su superabundancia. Esta apertura interior parece remitirnos a la interioridad psicológica. Y, ciertamente, cabe denunciar la minusvaloración empirista o materialista de la interioridad y la inmanencia del espíritu. Pero la intimidad personal no se reduce a la interioridad psicológica, sino que más bien en ella se expresa y manifiesta. El coexistente personal es intimidad ontológica, trascendental: algo más, y más profundo -más interior e íntimo-, que la inmanencia o la interioridad psicológica. Porque ésta se sustenta en las operaciones cognoscitivas y desiderativas del hombre (la memoria y la conciencia, las intenciones y los afectos, etc.), que conforman su naturaleza y esencia; a todo ello llega la sindéresis, que es global: el yo abarca toda su interioridad; pero la intimidad es el ser personal, que está internamente abierto y sabe de sí. De acuerdo con la distinción real de la esencia y el ser en las criaturas, hay que decir, con todo sentido, que además de la interioridad psicológica está la intimidad personal. Entender que la persona coexiste es afirmar la dualidad del acto de ser personal, su inidentidad, previa y más radical que la distinción del acto de ser con la esencia de la persona. La persona se abre interiormente en función de esta dualidad intrínseca a su existencia por la que decimos que más que ser es un co-ser. Toda apertura parece abrirse entre dos miembros que se separan; y la apertura interior del co-ser humano, que enmarca su intimidad, ese desdoblarse del acto de ser persona, es también el establecimiento de la dualidad que caracteriza a la persona. La persona no sólo es, co-es: se dobla y se acompaña en el ser, abriendo el ámbito de su intimidad. Los hábitos llamados innatos, entitativos o personales, a los que nos hemos referido tienen esta explicación ontológica: son el desbordarse de la actividad existencial plusquamperfecta, el co-ser o coexistir personal.
[1] “La insuficiencia de los actos cognoscitivos respecto de las capacidades respectivas [...] se puede decir de todas las facultades. Por ejemplo, siempre se puede ver más: ningún acto de ver agota la capacidad de ver, etc; pero sólo la inteligencia puede notarlo [...] No se puede notar la insuficiencia de los abstractos sin ejercer otras operaciones: la insuficiencia de los abstractos no puede ser un fondo de saco” (Polo, L., El conocimiento del universo físico, Eunsa, Pamplona 2008, p. 155-156) [2] “El espíritu que nosotros podemos conocer más directamente es el nuestro [...], pero no es susceptible de ser abstraido, porque de entrada no es sensible, y solo se abstrae a partir de lo sensible” (Polo, L., o.c., p. 71) [3] “El amor a la sabiduría (filosofía) es deseo de saber, esperanza de acto; y el acto pleno la noesis noeseos según Aristóteles: la actualidad no intermitente, siempre actual, eterna. Pero la libertad respecto del saber, el saber libre (liberado de sí –metalógico-), puede orientarse a una sabiduría mayor: la del Verbo divino, que es una - en identidad – saber y persona. En cambio, el saber del hombre –tomado en toda su amplitud- no es idéntico con la persona humana, sino que la tiene a ella por sujeto; por eso, estas altas formas metateóricas de saber se atribuyen al intelecto personal, un trascendental antropológico. En cambio, el sujeto de la actividad teórica, por ejercerse ésta mediante la pluralidad de operaciones y de los hábitos adquiridos con ellas, es la inteligencia, la potencia intelectual; que es uno de los dos miembros en que se desdobla el yo, el ápice de la esencia humana (ver-yo y querer-yo)” (Juan A. García González en el Prólogo a Polo, L., “El conocimiento del universo físico”, pp. 20-21). [4] “Está más cerca de saber lo que es un hábito el que a partir de la noción de intelecto agente entiende que tiene que ser también iluminante de la operación, y por otra parte que es imprescindible para que la operación sea intrínseca a la facultad. Es decir, para que haya hábito es imprescindible la iluminación de la operación, lo mismo que era imprescindible la iluminación del intelecto agente para que hubiese especie impresa. En suma, hay que decir que el hábito es un nuevo tipo de especie impresa; pero en este caso la especie impresa se logra a partir de la iluminación de la operación, no a partir de la iluminación del abstracto” (Polo, L., o.c. , p. 170). [5] “Los primeros principios son los actos de ser. El conocimiento del acto de ser es habitual. Y desde el conocimiento del acto de ser como primer principio o principio trascendental, desde ahí, se puede llegar a Dios como identidad” (Polo,L., o.c., p. 131). [6] Este artículo es un avance de investigación de un proyecto macro sobre el Desarrollo Humano: sus teorías, paradigmas, desarrollo y enseñanza que realizan los autores; otros artículos elaborados son: “La incorporación de la filosofía a las ciencias sociales” en proceso de arbitraje en Diálogos Culturales y “La noción de amistad en Aristóteles: precepto del Desarrollo Humano en lo social” en proceso de arbitraje en la Revista Filosófica. [7] En este punto Hannah Arendt concuerda, aunque para ella la cuestión de la dignificación del trabajo no se ve en su sentido estricto, es decir por el hecho de ser hijos de Dios, sino que lo ve en un sentido amplio, como aquello concerniente a los derechos humanos. [8] Me parece que la frase, idéntica al libro de Adam Smith es altamente significativa e intenta desplazar el polo de reflexión económica y política desde la teoría clásica hacia paradigma del desarrollo humano. [9] El tiempo y el otro. Paidós, Barcelona 1993; p. 83. [10] Cfr. KrV A 598, B 626. [11] DK 12 A 9. [12] Medium autem inter puram potentiam et actum completum est habitus. TOMAS DE AQUINO: Summa theologiae III, 11, 5. [13] Metafísica IX, 7 1048 b 18-36. [14] Summa theologiae I, 29, 2. [15] El ser personal es la inagotabilidad del acto: POLO, L.: Persona y libertad. Eunsa, Pamplona 2007; p. 253. [16] Este es el significado estricto del carácter de además: el carácter sobrante tanto de su valor metódico como de su valor temático. Antropología trascendental, I. Eunsa, Pamplona 1999; p. 194.
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