IEFLP

MISCELÁNEA POLIANA

Revista de prepublicaciones del

Instituto de Estudios Filosóficos

LEONARDO POLO

SERIE DE TEOLOGÍA, 56 (2017)

ISSN: 1699-2849

Registro de propiedad intelectual safecreative 0910284775023

[Ficha técnica]

IGNACIO FALGUERAS SALINAS

Catedrático Emérito de Filosofía

Universidad de Málaga

 

ESCRITOS de teología

 

LA MISERICORDIA Y LA JUSTICIA DIVINAS

(con motivo del año de la misericordia)

 

EL MAGNIFICAT

(Parte I: Introducción y glosa)

 

 

LA MISERICORDIA Y LA JUSTICIA DIVINAS[1]

 

I.            INTRODUCCIÓN

Entre los llamados «preámbulos de la fe», es decir, entre aquellas verdades que podemos alcanzar con nuestra sola inteligencia y que son necesarias para poder creer en la revelación[2], se encuentran la inmortalidad del alma, la existencia y unicidad de Dios[3], la ley natural[4], y la retribución final de cuanto hayamos hecho en nuestra vida[5]. En esta última verdad, la de la retribución final, está implícito el reconocimiento de Dios como juez justo, y, por tanto, la noción de justicia divina. Esto significa que el hombre puede vincular de modo racional o natural la justicia con Dios.

En efecto, es característico de la religiosidad humana que su descubrimiento de lo divino vaya acompañado por un especial estremecimiento personal de temor y pavor, a los que, en su obra Lo Santo, caracterizaba R. Otto como «lo numinoso» que hace de lo divino el mysterium tremendum[6]. Y como la Palabra de Dios, aunque tenga un origen por completo distinto de la religiosidad humana, no elimina a ésta, sino que la incorpora sobrepasándola, también ella recoge esa peculiar conmoción del hombre ante la presencia de Dios, que describe como un temor intenso y obscuro[7].  

Con este acompañamiento de temor numinoso, que connaturalmente deriva en el hombre de su captación de la trascendencia divina, se asocia de modo congruente la justicia de su juicio[8]. Pero, a la vez, ese temor estorba toda posible sugerencia de afinidad entre lo divino trascendente y la debilidad del hombre, y, por tanto, dificulta la idea de un acercamiento misericordioso de lo divino a lo humano.

Las religiones paganas, que divinizaban las fuerzas naturales tanto como las ideas, deseos y pasiones humanas proyectándolas en los dioses, imaginaron la justicia y la misericordia como deidades particulares distintas, y por cierto en muy distinta proporción entre ellas. Por ejemplo, la justicia tenía varias representaciones en toda Grecia: Díke, las Erinias, Temis, Astrea, Némesis[9], mientras que a la compasión (Éleos) sólo se la consideraba diosa en Atenas[10]. Además, por lo general, la misericordia ha carecido de mitos que la acompañaran, salvo en el budismo del Mahayana (gran vehículo) que consideraba compasiva a una de las principales representaciones de la divinidad (Avalokitesvara, o Chenrezi, o Kuan-yin)[11].

En esta línea, muchos filósofos antiguos y modernos no reconocen altura suficiente a la misericordia como para ser considerada una virtud humana, mucho menos para atribuirla a Dios. Los estoicos la consideraban un vicio[12]; Espinosa la unifica con el amor[13], pero como, según él, Dios no puede amar más que a sí mismo[14], tampoco puede tener misericordia[15]. Kant, por entender que se relaciona con lo indigno, tampoco la aprueba entre los hombres[16]. No digamos Nietzsche, para quien ni la justicia ni la misericordia son dignas del superhombre[17], cuyo (insensato) atrevimiento ha de situarse más allá del bien y del mal[18].

En realidad, la misericordia sólo ha sido conocida como verdadero atributo divino por el monoteísmo, y, más en concreto, gracias a la revelación del Primer y Segundo Testamentos.

Existe, pues, una primera diferencia entre las nociones que someto a consideración: mientras que la justicia –si bien elevada de grado respecto de la humana– casa mejor con la idea de divinidad, la misericordia aparece como demasiado humana para ser atribuida a Dios por la religiosidad natural del hombre.

La Sagrada Escritura, sin embargo, refiere tanto la una como la otra a Dios[19], aunque sin ocultar que existe entre ellas una cierta tensión, tal como lo refleja un conocido texto del apóstol Santiago: “la misericordia triunfa sobre el juicio[20]. «Triunfar», aunque se hable metafóricamente, implica alguna pugna o enfrentamiento en el que la una prevalece sobre el otro. Sin duda, esto nos pone ante un claro problema: ¿pueden dos atributos divinos competir entre sí?, ¿puede ser Dios misericordioso dejando de ser justo, o viceversa?

Precisamente a afrontar esas cuestiones dedicaré toda la atención en lo que sigue, intentando en un primer paso  precisar el problema teóricamente (II). Después, procuraré pasar del problema al misterio, reuniendo los datos revelados sobre la misericordia y la justicia (III). Y en un tercer momento (IV) ensayaré ajustar la intelección del misterio. En la conclusión (V), aparte de resumir lo averiguado, atenderé brevemente a la aplicación de las nociones de misericordia y justicia divinas en nuestra vida práctica.

 

II.              APROXIMACIÓN AL PROBLEMA

 

Los estoicos, que fueron los primeros filósofos en someter a examen la misericordia como virtud, sacaron a la luz los problemas básicos con que tropieza la razón humana para elevarla a esa categoría, y, consecuentemente, a la de atributo divino. En concreto, Séneca la describe como la pena que siente el alma a la vista de las miserias ajenas, o como una tristeza contagiada al alma por aquellos males ajenos que –cree quien la siente– afectan a quienes no los merecen[21]. De ahí infiere que se trata de un vicio[22], puesto que la virtud es una fuerza que aumenta la grandeza del alma, mientras que la misericordia la entristecería, favoreciendo la pusilanimidad o debilidad del espíritu[23]. Además, según él, la misericordia nace del temor a la miseria[24] y participa de ella[25], de manera que sólo puede haber misericordia allí donde hay miseria[26]. Y, por último, la misericordia inclina a hacer lo que no se debe, es decir, a perdonar el castigo merecido, por lo que es incompatible con la justicia, que lo exige[27].

En conjunto, son esas las objeciones principales que tradicionalmente se presentan también para no considerarla como un atributo divino. En efecto, si la misericordia fuera un vicio o derivara sólo de la tristeza, entonces no podría ser atribuida a Dios, que es santo y bienaventurado.

Algunos racionalistas y empiristas, como Espinosa o Hobbes, entienden que atribuir a Dios sentimientos como la ira, la venganza o la misericordia, e incluso atributos como la justicia, es propio de mentalidades supersticiosas[28]. Dios no está sometido a las pasiones humanas, de manera que pensarlo dotado de esos sentimientos y virtudes sería un antropomorfismo intolerable, que, en el menos malo de los casos, habría de ser tomado en sentido analógico, pero igualmente impropio[29]. La Sagrada Escritura estaría, pues, plagada de antropomorfismos que alejarían al hombre de comprender a Dios. Según ellos, un lector consecuente no podría tomarse en serio y literalmente el Primer Testamento.

Pero quienes evalúan así la misericordia prestan sólo atención a los movimientos del apetito sensitivo, emociones y sentimientos, que la acompañan en el hombre, y que ciertamente no pueden encontrarse en la naturaleza divina como tal[30]. Sin embargo, la misericordia –como dice Tomás de Aquino[31]– tiene dos dimensiones: una pasiva, que compadece al prójimo con la mera empatía, como acabamos de ver, y otra activa, que nace de la comprensión racional del mal ajeno y mueve a socorrer positivamente al que está necesitado. La dimensión pasiva, en cuanto que sentimiento de tristeza, ha de ser, efectivamente, eliminada de Dios; en cambio, la dimensión activa, que socorre al necesitado, puede ser puesta en Dios, ya que procede de la captación racional del mal ajeno y no entraña imperfección en sí misma. En pocas palabras, si la misericordia es una virtud no se debe a la mera empatía[32], sino a que mueve a hacer el bien a otro ser humano, y eso, si está dirigido por la razón, constituye una virtud[33]. Por tanto, aunque –hablando con propiedad– allí donde no existe la miseria no cabe la misericordia, para tener misericordia activa no se requiere compartir el estado de miseria, antes bien sólo se la puede socorrer y remediar por completo si el misericordioso está pleno de bienes, como es precisamente el ser de Dios. Es decir: tampoco es indigna de Dios.

Además, los cristianos, que sabemos que Dios se ha hecho hombre, y que, en esa medida, se ha hecho capaz de sentimientos humanos, no tenemos ningún problema para leer las Escrituras: allí donde se habla de ira, tristeza, alegría, misericordia, etc., referidas a Dios, no se habla con impropiedad, puesto que esos sentimientos los ha querido hacer suyos el Verbo al encarnarse, sólo que primando sobre los demás el de misericordia por nuestros pecados[34] en esta su primera venida[35], pues ella ha sido la razón de la encarnación[36]. Dios ha querido mostrarse dotado de sentimientos humanos mediante la encarnación de su Hijo, primero, para hacernos saber que Él es un Dios vivo, no disecado ni abstracto, que tiene afectos, aunque todos ellos puramente espirituales y plenos; y, después, para que sepamos que Él no sólo nos entiende, sino que también puede ser entendido, aunque no comprendido, por nosotros.

Por tanto, de las tres mencionadas la objeción más seria parece ser la de que la misericordia inclina a no ser justo, lo que la haría incompatible con la justicia tanto en el hombre como en Dios. Sin embargo, que no sea totalmente incompatible en el hombre se encarga de demostrarlo el propio Séneca: el estoico, según él, puede hacer las obras de misericordia sin ser injusto[37], lo único que no puede, si la pena impuesta fuera justa, es otorgar el perdón[38], puesto que eso iría contra la justicia. Este razonamiento explica por qué la misericordia ofrece dificultades a la razón humana para ser admitida como virtud[39], y más aún para ser compaginada con la justicia en Dios. Precisamente por eso, sólo la revelación que acompaña a la redención podía hacernos entender que la misericordia como perdón es don divino, obra de Dios y, por consiguiente, atributo divino.

Para poder hacerse cargo del sentido exacto que tienen la justicia y la misericordia divinas, debe tenerse en cuenta que, estrictamente hablando, ni la una ni la otra le corresponden a Dios por serlo, ni tampoco sólo por ser creador. No le corresponden por ser Dios, al no haber en Él justicia alguna que hacer, pues nada se apartan entre sí su ser y su obrar; y, menos aún, hay en Él miseria alguna que remediar, sino plenitud de vida. Pero tampoco le corresponden, como digo, por ser sólo creador, puesto que, en sentido estricto, Dios no ha de tener misericordia ni justicia respecto de la criatura mundo[40], que no es libre; y tampoco tuvo misericordia con los ángeles, sino sólo justicia, pues por un solo acto de obediencia o rebeldía premió a unos y condenó a otros para toda la eternidad[41]. La misericordia, propiamente dicha, la ha tenido Dios solamente con el hombre. ¿Por qué? Sin duda por su inmenso amor y generosidad, pero también porque Él ha hecho a la criatura humana de tal manera que, aun siendo libre, ella no alcance su plenitud con un solo acto, como acontece a los ángeles. El hombre no sólo admite crecer, sino que está en esta vida para crecer: “creced y multiplicaos” es el primer mandato divino[42]. Eso implica una dilación o retraso entre el estado inicial en que nacemos y la consecución de la madurez personal, diferencia que Dios ha querido aprovechar para ofrecernos la posibilidad de la conversión. La única criatura conocida capaz de convertirse y cambiar el rumbo de su vida, para bien o para mal, es el hombre[43].

Gracias a ese juego conjunto de la misericordia de Dios y de la peculiaridad de la naturaleza humana, Adán y Eva no murieron súbitamente tras el pecado, sino que sufrieron unos castigos inmediatos y otro más lejano (la muerte), quedando en el ínterin un tiempo propicio para la conversión. Pero, a esas dos condiciones mencionadas (amor divino, peculiaridad humana) ha de añadirse, sobre todo, que nunca habrían sido necesarias la misericordia ni la conversión si, antes, nuestros primeros padres no hubieran pecado, y junto con el pecado no hubieran introducido la miseria en la vida humana[44]. No ha sido Dios el que ha hecho al hombre mal o en estado de miseria, ni Él ha de ser miseri-cordioso por el mero hecho de haber creado, sino por el mal uso que hicieron nuestros primeros padres de su libertad.

A esto que voy diciendo cabría objetar, ante todo, que en el Primer Testamento la misericordia se le atribuye a Dios en relación con el universo y los vivientes[45], de manera que no habría por qué restringir su alcance sólo al hombre. Y es cierto que la voz «misericordia» tiene un sentido amplio en la Sagrada Escritura que la hace sinónima de la bondad divina, puesto que a ella se atribuye la obra de la creación[46]. Pero también admite un sentido estricto en relación con la miseria del hombre, pues, aunque la alusión a la miseria en la palabra «misericordia» es propia del latín, la noción contiene en sí una referencia a una situación desgraciada, como puede verse, por ejemplo, en Ex 3, 7-9 y 16-17; 6, 5, donde dice Dios que ha visto la opresión y el sufrimiento de su pueblo en Egipto, ha prestado oídos a su clamor y ha decidido liberarlo; así como también, en otros pasajes, muestra su misericordia respecto de los demás hombres, precisamente por la miseria que introduce la muerte[47]. Además, el objeto más directo de la misericordia es el perdón del pecado –la mayor miseria–, y Dios la proclama al respecto: “El Señor pasó ante él proclamando: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impunes y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación»[48]. Por tanto, la misericordia en sentido estricto y pleno se ejerce sobre todo con el pecador, pues la verdadera miseria es el pecado y la muerte (su castigo).

Pero, además, podría objetarse también que la encíclica Dives in misericordia (n. 13) de S. Juan Pablo II, en un pasaje recordado por la Bula Misericordiae vultus (n. 11) de nuestro Papa Francisco, parece decir lo contrario: “La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia —el atributo más estupendo del Creador y del Redentor—“. En este texto se considera a Dios misericordioso tanto en la creación como en la redención, por tanto en un sentido más amplio que el referido sólo al hombre. Sin embargo, se trata sólo del sentido lato de la palabra «misericordia» que la hace equivalente al amor, del que ella, sin duda, procede como de su principio[49]. Pero la propia encíclica Dives in misericordia distingue, dentro del amor divino, entre el amor de Padre (al que se refiere en sentido estricto la misericordia) y el amor creador. Por eso dice en el n. 7: “Dios, tal como Cristo ha revelado, no permanece solamente en estrecha vinculación con el mundo, en cuanto Creador y fuente última de la existencia. Él es además Padre: con el hombre, llamado por Él a la existencia en el mundo visible, está unido por un vínculo más profundo aún que el de Creador. Es el amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la vida misma de Dios”. De modo semejante ha de distinguirse entre la misericordia como bondad creadora y la misericordia como amor redentor.

Por último, podría objetarse también que Sto. Tomás de Aquino sostiene que Dios obra siempre con misericordia y justicia[50], en lo que incluye no sólo la creación y redención, sino hasta la propia condenación de los réprobos, al castigarlos Dios por debajo de lo que merecen sus pecados[51], así como la coronación de los justos, a los que premia por encima de sus méritos[52]. Para sostener todo esto Tomás de Aquino ha de tomar la misericordia en sentido amplio, o sea, como equivalente a la bondad, y también ha de estirar la noción de justicia más allá de su sentido estricto, de manera que la incluya en la obra de la creación, a saber, entendiéndola como la ley según la cual la voluntad de Dios es recta y justa[53]. Ambos sentidos latos de los términos misericordia y justicia son perfectamente correctos y casan con textos de la Sagrada Escritura, pero van más allá de sus sentidos estrictos, que son los que aquí considero, en la medida en que tienen que ver sólo con el estado actual del hombre viador y su examen final en el juicio. Atendiendo a este sentido estricto, es obvio que Dios no tiene ni que condenar ni que premiar a la criatura mundo, porque ella no es libre. Por tanto, han de mantenerse como distintos esos dos sentidos de la misericordia y de la justicia: el amplio y difuso, y el estricto y preciso. Uno y otro, sin embargo, competen a Dios en relación con las criaturas, o ad extra[54].

Según lo que vengo exponiendo, al ser la misericordia un atributo divino que se ejerce, en sentido estricto, exclusivamente sobre la humanidad, su compatibilidad con la justicia es un problema que se presenta de modo directo[55] sólo a la criatura «hombre». Y se presenta como problema, precisamente porque ambas tienen que ver con la situación histórica de la libertad humana, que, aun después de la caída, no se ha perdido, sólo ha quedado desorientada y debilitada.

III.            EL PASO AL MISTERIO

La doctrina del pecado original, que explica congruentemente la situación histórica del hombre, es doctrina revelada, y sólo en relación con ella cobra sentido estricto la atribución a Dios de la misericordia. El estado de miseria[56] en que nos hallamos los seres humanos se debe al pecado de origen, y consiste, ante todo, en la amenaza constante de la muerte, que es lo más notorio y que nos obliga a ocuparnos asiduamente de sobrevivir; pero no se reduce a eso, sino que, sobre todo, consiste en la carencia de la gracia santificante[57] y en la pérdida de los dones preternaturales[58], de las que derivan la ignorancia[59], la malicia[60], la debilidad moral[61] y la concupiscencia[62].

Al hombre caído le cuesta mucho adquirir los hábitos morales, y tarda en adquirir los intelectuales[63], porque parte de la situación de miseria recién descrita, consecuencia del pecado de los primeros padres. Precisamente porque la adquisición de tales hábitos cuesta mucho o requiere mucha y lenta maduración, es lógico que cualquier paso adelante en esa línea sea valorado también mucho. Sólo que, al estar desorientado, el hombre que adquiere algunos de ellos llega a creerse alguien excepcional, sin notar que eso forma parte de lo que es simplemente normal, de lo que debe ser. Por esa razón, cuando el hombre supera relativamente alguna de sus miserias, se siente tentado de creerse autosuficiente, de considerarse superior a los que ve sumergidos en aquello que él ha superado, por lo que espera ver reconocido su mérito y superioridad, y reclama justicia para sus logros. Paralelamente, tras haber superado muy parcialmente su inicial estado de miseria, no la quiere reconocer como suya, y suele rechazar la misericordia[64]. Ésa es la raíz del planteamiento que, como señalé en la introducción, hace (aparentemente) incompatibles para la razón humana la justicia y la misericordia[65].

Siendo así que sólo la revelación divina recogida por la tradición judeo-cristiana ha puesto en claro de modo indubitable la existencia de la misericordia divina, hemos de entender que sólo después de dicha revelación se ha vuelto conflictiva la conjunción positiva de ambos atributos. En consecuencia, el problema de entender ajustadamente la misericordia y la justicia se presenta sólo a los que aceptamos la revelación judeo-cristiana y creemos en ella[66].

Ahora bien, en esas condiciones, en vez de estar ante un problema lo que reconocemos los creyentes es estar ante un misterio, es decir, ante la grandeza de Aquél que nos trasciende. Sólo que eso lejos de difuminar, como creen algunos, la dificultad que estoy examinando, permite –por el contrario– entenderla y describirla con mayor precisión. Veámoslo.

Según la revelación divina, hemos de creer que Dios es justo y misericordioso en relación con el hombre, y por cierto tan justo como misericordioso, puesto que, por su simplicidad y grado sumo de perfección, en Dios todos los atributos se identifican[67]. Sin embargo, en la historia humana general y personal, e incluso en la historia de la salvación, no aparecen repartidas por igual su justicia y su misericordia. En la propia Sagrada Escritura se describe el misterio como la diferencia de trato que tiene Dios con los impíos y los justos: los impíos prosperan y viven felices, mientras que los justos son probados y sufren persecución[68]. Además, la mera elección del pueblo de Israel, nacida –sin duda– de la misericordia, establece una diferencia con el resto de los humanos que nos hace problemático comprender la justicia divina. Incluso en las oraciones y cantos del Primer Testamento se deja traslucir esa diferencia, según la cual se espera y pide la misericordia para los israelitas, pero se reclama una severa justicia para los otros pueblos[69]. Y aunque el Segundo Testamento extiende a toda la humanidad la misericordia de Dios, no por eso desaparece el misterio: los acontecimientos no corroboran, de un modo histórico evidente, que Dios sea igualmente justo y misericordioso con todos y cada uno de los hombres: unos nacen siervos, otros amos; unos padecen enfermedades, otros gozan de salud; unos sufren la injusticia, otros son respetados; a unos se revela, a otros no; a unos elige, a otros no…

Pero, si históricamente no aparece que Dios sea igualmente justo y misericordioso con respecto a todos los hombres, ¿cómo podemos entender que sea Él ambas cosas a la vez y de modo justo?

Con objeto de precisar más el campo del misterio, conviene tomar en cuenta la asimetría de los atributos a conjugar por nosotros: la justicia divina es conocida por la razón natural[70], y, por tanto, de modo asequible a la filosofía; en cambio, la misericordia divina, como ya vimos, sólo nos es conocida coherentemente[71] por la revelación. Se trata, pues, de un misterio para cuya intelección han de entrar en juego juntas la razón y la fe. Mas no se trata, desde luego, de pedir cuentas a Dios por sus obras[72], sino de pedirle luces para entenderlas y amarlas; y ése es el sentido en el que planteo las siguientes preguntas.

La justicia divina es exigida por la razón y confirmada por la fe, por eso desde la razón cabría formular la cuestión así: ¿actúa Dios de modo justamente misericordioso? O en términos más vitales: ¿es misericordioso Dios con todos los hombres por igual?[73] Porque si no fuera igualmente misericordioso con todos, podría parecer que algunos condenados lo fueran injustamente[74]. Por su parte, la misericordia es una iniciativa donal ofrecida por Dios al hombre caído, por eso desde ella cabe plantear la cuestión de este otro modo: ¿es Dios misericordiosamente justo? O en términos más vitales: si aplica Dios su justicia a todos los hombres con ilimitada misericordia, ¿cómo puede mantener la rectitud que exige la justicia? Porque parece que, si juzgara con igual e indiscernida misericordia a absolutamente todos, podría premiar no sólo a los buenos, sino también a los malos, con total quebranto de su justicia[75]. En suma, ¿cómo puede influir, e incluso triunfar, la misericordia sobre la justicia, sin que esta última desaparezca?

La búsqueda de respuesta a estos interrogantes, aunque, como acabo de indicar más arriba, ha de venir tanto por el lado de la razón como por el de la revelación, requiere ante todo establecer bien los datos del misterio, los cuales nos han de ser suministrados por la última. Así que empezaré el acercamiento al misterio matizando los datos revelados, primero (1) por el lado de la iniciativa de Dios; y, después, (2) por el lado de la posible, pero requerida, aceptación humana de la misma.

III. 1. Acercamiento al misterio por el lado de la iniciativa de Dios

Nótese que ya en el c. 3 del Génesis, después del relato del pecado, pero antes del anuncio de los castigos, prometió Dios la redención mediante un hijo de mujer que quebrantaría la cabeza del maligno, justo cuando éste le mordiera en el talón[76]. Quedaba así indicado que, en relación con el hombre caído, la misericordia divina antecede –tras el pecado– a su justicia. En consecuencia, si la justicia es atributo que corresponde a Dios en cuanto que creador de criaturas libres, entre las cuales se encuentra también el hombre, la misericordia –en cambio– le corresponde a Dios en cuanto que es redentor, no en cuanto que es creador: ella es, sin duda, un atributo divino, pero que sólo ha sido dado a conocer, incluso a los ángeles, mediante la redención del hombre[77].

Si se consideran atentamente esos datos revelados, es asequible a la razón comprender que la misericordia ofrecida al hombre no elimina la justicia divina, puesto que Dios impuso a la humanidad penas, debidas en justicia, a la desobediencia de nuestros padres, y que la redención no ha eliminado durante esta vida, sólo las ha convertido en oportunidad para la conversión. Esas penas, trasmitidas a todos sus hijos por el pecado de los primeros padres –pérdida de la gracia santificante, pérdida de los dones preternaturales, amén de la muerte–, son las que conmueven las entrañas de misericordia de Dios[78], puesto que si Adán y Eva las merecieron, nosotros las heredamos antes de poder tener culpa personal. Son, pues, los hijos de Adán y Eva los que «mueven» la bondad de Dios a la misericordia, de manera que Él tuvo compasión de ellos[79] no porque no supieran lo que hacían, sino por razón de sus hijos[80]. Y puesto que el motivo de la misericordia divina está en las miserias de los hijos del hombre, era conveniente que quien nos la mereciera (justicia[81]) fuera el Hijo del hombre; por eso les prometió el remedio en la forma de un hijo de mujer[82] que inauguraría la nueva generación de los hijos de Dios, la generación venidera[83], la que nos libera de la condición de hijos del pecado de Adán. De modo paralelo, aunque las pistas para entender el ajuste entre la misericordia y la justicia estaban diseminadas en el Primer Testamento, sólo el Segundo nos arroja luz suficiente para captarlo.

Pues bien, la misericordia divina, que, como se ha visto, no elimina la justicia, tiene, por el contrario, un positivo resultado sobre ella por derivar del peculiar modo de redención que Dios eligió para el hombre, a saber: la encarnación del Verbo divino, inaudita hazaña que supera incluso a la obra creadora. En efecto, como dice s. Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia[84], y ese sobreabundar se corresponde con la repercusión de la misericordia divina sobre la justicia. La gracia es misericordiosa en cuanto que es gracia sanante[85], es decir, en cuanto que perdona los pecados (original y personales), pero perdona los pecados cumpliendo enteramente con la justicia por sobreabundancia.

Para entender tal sobreabundancia es preciso recordar que el cumplimiento de la justicia fue realizado, precisamente, por el Hijo de Dios hecho hombre. En su pasión y muerte, Cristo cargó con las culpas de todos los hombres, tomando sobre sí los castigos y penas merecidos por los pecados[86]. Si la enfocamos «moralmente», la satisfacción por las ofensas cometidas contra Dios que obtuvo el sacrificio libre del Verbo encarnado en su humanidad, sobrepasa toda posible medida, de modo que excede las exigencias de la justicia (que es relativa a las criaturas) y acalla, así, para siempre la voz del acusador del género humano, Satanás[87]. Si la enfocamos por el lado del amor, el cumplimiento de la misión encomendada por el Padre[88] desagravia todos los rechazos humanos a la infinita bondad de Dios creador y elevador, y los supera infinitamente porque nace del amor eterno entre el Hijo y el Padre[89].

Es más, al encarnarse la segunda Persona de la Trinidad, abrió una posibilidad nueva antes imposible: la posibilidad de dar, en sentido propio, algo a Dios. Dios no necesita de nada, ni puede recibir nada de sus criaturas que Él no tenga por sí mismo[90], salvo la libre aceptación de Su voluntad por las criaturas personales. E incluso ésta le es debida por nuestra parte, de manera que era imposible que una criatura le diera algo a Dios de modo por completo gratuito, es decir, que Él no posea y nosotros no tengamos la obligación moral de dárselo. El Verbo, en cuanto encarnado, abrió esa posibilidad, porque su encarnación no era necesaria ni (moralmente) obligatoria, y su inteligencia y voluntad humanas –dirigidas por la persona divina– gozaban de una libertad sin precedentes creados: Él sí podía hacer dones gratuitos al Padre. Y los hizo desde el primer instante de su concepción[91], pero quiso reunirlos todos en su pasión y muerte: Él no tenía ni la posibilidad de morir[92] ni la obligación de hacerlo[93], por eso, su muerte aceptada libremente[94] es el único don puro, gratuito y sin reservas, hecho a Dios por un hombre[95].

Es evidente que la grandeza de la misericordia divina recién descrita sobrepasa de largo la comprensión humana y todas sus medidas, pero precisamente eso es muy congruente con la índole de la divinidad[96]. Lo sospechoso sería que lo que se nos revela como hecho por Dios fuera perfectamente imaginable y deducible por el hombre.

III.2. Acercamiento al misterio por el lado de la posible, pero necesaria, aceptación humana

Lo anterior ha sido dicho atendiendo al cumplimiento y superación de la justicia divina por parte de Cristo. Sin embargo, para ser efectivamente redimidos, esa justicia ha de ser cumplida también por nosotros, los míseros pecadores. Y también por esta parte se hace patente el exceso de la misericordia sobre la justicia, aunque siempre manteniendo esta última. Para hacernos posible la adecuada aceptación de la superabundancia misericordiosa de la Encarnación, el Padre y Cristo nos enviaron al Espíritu Santo, en lo que se hace patente la congruencia y magnanimidad de la salvación divina. Primero, porque, al poder unirlos a los sufrimientos de Cristo, todas las miserias y penalidades de nuestra existencia, así como los sufrimientos y las persecuciones, pueden ser convertidos en dones y bienaventuranzas, recibiendo pleno sentido ya en esta vida[97]. Pero, sobre todo, porque habiendo inventado Cristo el modo en que podemos dar dones gratuitos a Dios, al tomar como hecho a Él lo que hiciéremos por los demás[98], nos ha dado también su Espíritu para que lo hagamos como Él mismo lo hace. En eso consiste, precisamente, el extremo mayor de la misericordia, en el paso de ser siervos a ser amigos de Cristo e hijos adoptivos del Padre, pues las relaciones de amistad y las familiares son donales[99].

Queda así claro que el exceso de la misericordia respecto de la justicia no implica una disminución de ésta, sino todo lo contrario. Por decirlo con más claridad, la misericordia no degrada a la justicia, sino que la potencia llevándola a su límite: la misericordia eleva la justicia de ser justicia moral de las obras de la Ley (natural) a ser justicia donal de las obras de la fe (transnatural). Como nos enseña s. Pablo, existe una justicia de la Ley y una justicia de la fe[100], esta última dada por gracia. En la justicia según la Ley el hombre es juzgado por sus obras de acuerdo con los preceptos divinos, lo cual se hace en general –salvo los preceptos primero, tercero y cuarto– por omisión del mal: no matarás, no mentirás, no robarás… En la justicia donal de la fe el hombre también es juzgado por sus obras, pero no sólo según los preceptos negativos de la Ley, sino según los preceptos positivos del amor: estaba desnudo y me vestisteis, tenía hambre y me disteis de comer, estaba en la cárcel y me visitasteis…[101]. El hombre redimido será, pues, juzgado según las obras de misericordia, o como dice s. Juan de la Cruz: “a la tarde te examinarán en el amor[102].

Como vemos, la justicia se mantiene tanto después de la muerte como en el curso de esta vida, por cuanto que no se nos ahorran las penas merecidas por el pecado, sino que incluso se incrementan con las persecuciones por la fe. Pero la misericordia la modifica y la eleva. Primero, porque se nos ofrece el perdón –el don máximo[103]antes de que nos arrepintamos, mostrándonos así, el Señor, que nos ama aun siendo pecadores, aunque para que dejemos de serlo. Y después, porque pone a nuestro alcance un plan de vida nuevo y muy superior: (i) tomar las penalidades de esta vida, incrementadas con las persecuciones[104], como penitencias por nuestros pecados, y como ocasiones de imitar a Cristo[105]; (ii) anunciar al mundo entero y a toda la creación la buena noticia[106]; y (iii) obrar según el mandamiento del amor, que es el precepto del Hijo de Dios, en especial perdonándonos unos a otros[107] e incluso amando a nuestros enemigos.

Recordemos que el enfrentamiento entre la misericordia y la justicia se daba sólo en el caso de que la primera eliminara las penas justas, pero Dios no ha eliminado las penas, sino el pecado, y ha pospuesto el veredicto definitivo de su justicia para el juicio después de la muerte de cada uno[108], que se hará manifiesto a todos en el Juicio final. La misericordia no va contra la justicia, sólo la pospone, y en ese sentido la vence retrasándola, no eliminándola: pospone un tiempo su ejecución definitiva, y otorga una nueva oportunidad al reo para cambiar de vida[109] y para satisfacer su deuda con obras muy superiores, con obras de caridad.

Es muy importante notar esto, porque los hombres, especialmente los filósofos, solemos confundir la existencia humana con la vida presente. Por eso nos suele parecer que Dios no es justo en su misericordia ni misericordioso en su justicia, como señalé más arriba, porque pensamos que la justicia y la misericordia divinas han de ser comprobables históricamente; pero el juicio de Dios viene después de la historia[110]. En este sentido, la victoria de la misericordia sobre la justicia se puede denominar también la paciencia de Dios[111]. Nuestra ceguera e impaciencia[112] nos hace sacar (falsas) conclusiones –tanto a favor como en contra– antes de conocer el resultado final de la misericordia y de la justicia divinas. En cambio, Dios aguarda hasta que todo haya acabado para mostrar su justicia, y aguarda porque es misericordioso.

Según lo anterior, la misericordia sólo es aplicada por Dios al hombre en su estado de viador, por lo que podría objetarse que, en tal caso, la misericordia divina sería sólo provisional, es decir, válida únicamente antes del Juicio final, cuyo acontecimiento la clausuraría. Pero eso iría en contra de lo que dice la Sagrada Escritura, a saber, que la misericordia de Dios es eterna[113]. Sin embargo, la dificultad se desvanece si se tienen en cuenta estas dos precisiones: (i) que la justicia que Cristo, como Juez, aplicará al hombre en el Juicio final estará ya elevada de condición y juzgará no sólo según la Ley de Dios, sino, sobre todo, según las obras de misericordia; y, por tanto, (ii) que los que se salven se salvarán merced a la misericordia antecedente de Dios, de manera que la justicia no hará otra cosa que sancionarla eternamente[114]. La misericordia permanecerá, pues, para siempre en aquellos que por ella han sido redimidos y juzgados.

En resumen, la misericordia divina precede a la justicia ya desde el primer pecado del hombre, pues Dios retrasó la muerte de Adán y Eva, dándoles tiempo para arrepentirse y cambiar de vida. Pero la justicia no quedó suprimida, sólo quedó pospuesta y elevada de grado gracias al adelanto de la misericordia. A su vez, la misericordia sólo retrasa la justicia para transmutar las penas justas en ocasión de conversión, trocando el retraso en tiempo oportuno[115], y no sólo para cumplir las obras de la ley natural, que son las obras de los siervos, sino para cumplir el precepto del amor con las obras de los hijos. Finalmente, puesto que la misericordia aplaza pero no elimina la justicia, cuando llegue su momento ésta se cumplirá entera y sobradamente: los hombres que hayan aceptado el amor misericordioso de Dios, se salvarán por la misericordia divina, pero los que no lo hayan aceptado ni aprovechado el compás de espera que nos ha otorgado para convertirnos, es decir, los que no hayan querido ser amados por Dios huirán por sí mismos de ese amor y serán rechazados por él para toda la eternidad.

Todo cuanto he expuesto en este tercer apartado es resumido por la Sagrada Escritura en una sencilla expresión repetida por ella múltiples veces: Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad[116].

IV.            LA INTELECCIÓN DEL MISTERIO

Sin embargo, con toda razón muchos podrán seguir diciendo que no se ve la justa misericordia ni la misericordiosa justicia de Dios, puesto que una inmensa cantidad de hombres han vivido su vida sobre la tierra sin tener noticia de Cristo ni conocer el plan de Dios. ¿Qué pasa con esos hombres? ¿Cómo pueden ser juzgados justamente, si –a diferencia de judíos y cristianos– no han llegado a conocer la misericordia divina, ni han podido aprovechar el tiempo de luz y de gracia que trae consigo la redención? ¿Acaso no quiere Dios la salvación de todos los hombres?

La respuesta, en términos generales, a tales preguntas nos viene dada por el Concilio Vaticano II: Dios quiere la salvación de todos los hombres, y tiene caminos que sólo Él sabe para traer a la fe, sin la cual es imposible agradarle, a aquellos que sin culpa propia desconocen el evangelio[117]. Éstos pueden salvarse, pues la divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que, sin culpa por su parte, no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios, y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta[118].

Por mi parte, admitido íntegramente lo anterior, entiendo –no obstante– que, sin desvelar el misterio, desde la revelación divina aún se puede decir al respecto algo más. Con total sumisión a la doctrina de la Iglesia, avanzo mi propuesta.

La cuestión es, ahora, la de cómo y cuándo actúa esa misericordia gratuita y salvadora de Dios de manera que afecte a todos por igual. Para orientarse respecto de esta cuestión, es preciso profundizar más en la intelección del misterio. En efecto, hasta aquí hemos visto que la misericordia divina concede al hombre una moratoria temporal del castigo por el pecado original (muerte), así como una elevación de rango de la justicia, que además de transformar las penalidades de la vida en ocasión de mérito, ofrece ampliar el cumplimiento de la Ley como siervos a la colaboración en la tarea salvadora como hijos. Y todo eso en virtud de la cruz de Cristo, en la cual está contenido el misterio de la misericordia justa y de la justicia misericordiosa de Dios. Es precisamente en ella en la que hemos de hacer hincapié para ir más lejos en la intelección de dicho misterio.

En el apartado anterior ya ha quedado indicado que la muerte de Cristo es el punto de unión entre la misericordia y la justicia divinas[119]. Pero hay más. La muerte de Cristo tiene un resultado inmediato sobre la muerte como castigo último del pecado original y de los personales: ella es una victoria directa sobre la muerte. Como dice s. Pablo, “La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?[120]. Sabemos que la victoria de la muerte sería la muerte segunda[121], o sea, la condenación eterna, y el aguijón que la inocularía sería el pecado, pero la victoria de Cristo ha absorbido a la muerte y neutralizado su aguijón. Absorber la muerte es tomarla sobre sí Cristo y asimilarla cambiando su sentido: para el que muere con Cristo la muerte deja de ser un castigo y se convierte en la posibilidad de ser un acto de amor, de donación de sí y de entrega total en las manos de Dios. Para eso hace falta que el instante de la muerte haya sido transformado por Él en tiempo oportuno, en tiempo de salvación, en tiempo suficiente para arrebatar a la muerte su aguijón (el pecado). La muerte de Cristo transforma, por tanto, a la muerte, que era el primer momento del alma sin vida corporal, en el último instante de la vida, reduciendo así el dominio de la muerte y aumentando el de la vida.

Hoy en día sabemos que lo que suele llamarse «un instante» es una duración temporal bastante elástica. Dicen los drogadictos que ciertos alucinógenos producen una alteración de la «velocidad» vital, por decirlo así, y de la intensidad de las sensaciones, tal que un segundo puede parecer una hora. El yoga, por el contrario, concentrando la conciencia en el cuerpo, puede conseguir que una hora pueda parecernos un minuto. Y la Sagrada Escritura nos enseña que un día en el atrio de la casa del Señor vale más que mil en la casa de uno[122]. ¿No podrá Cristo, nuestro Señor, hacer que el instante de la muerte se «alargue» lo suficiente como para ser transformado en la última puerta de entrada en la Iglesia, en la última oportunidad de conversión?

Los testimonios de la Sagrada Escritura lo sugieren poderosamente. Según se nos revela en Ezequiel[123], el pueblo judío se escandalizaba de que Dios pudiera condenar al justo si, a pesar de todas sus buenas obras, cometía un solo pecado, y, en cambio, perdonara al pecador inicuo si se arrepentía de todos sus muchos pecados. Pensaban que Dios no era justo, pues a uno le perdonaba muchísimos males, y a otro no le perdonaba lo poco que había hecho mal. No se daban cuenta de que esa misma misericordia que sirve al pecador consuetudinario beneficia también al justo caído una sola vez, con tal de que se arrepienta de su pecado. Aunque el texto no parece hablar de la muerte, sin embargo debe tenerse en cuenta que está inmediatamente precedido por la conocida frase: “Por mi vida –oráculo del Señor Dios– que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva”. Con estas palabras Dios nos revela el sentido que tiene nuestra muerte para Él: es un medio para la conversión y para la vida eterna.

Cristo, nuestro Señor, nos sugiere algo semejante con la parábola del dueño de la viña: los contratados a última hora reciben el mismo pago que los primeros[124], basta con entender que la última hora de contratación es la hora de la muerte. Es más, Él nos suministró un ejemplo práctico, cuando estando a las puertas de la muerte prometió al buen ladrón el paraíso: bastó con que éste le pidiera su protección, para que Cristo le otorgara la gracia de morir con Él, y el cielo en ese mismo día[125]. S. Pablo nos lo confirma, “¿quién nos podrá separar del amor de Cristo?, ¿la espada?… Pues estoy convencido de que ni muerte ni vida… ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo[126]. Ahora bien, si la muerte no nos puede separar del amor de Cristo, será porque Cristo nos acompaña a cada uno en nuestra muerte. La condición, pues, para salvarse es muy clara: si morimos con Cristo, resucitaremos con Él a la vida eterna[127]. Quien muere con Cristo se salva, y poder morir con Cristo es el gran don ganado por Él para todo el que muere. ¿Qué o quién podrá impedir que el amor de la muerte de Cristo llegue a todos y cada uno en el momento de su muerte? Por tanto, la muerte es la gran oportunidad de ser redimidos por Cristo y de entrar en la Iglesia, para todos los hombres por igual, pero que requiere la aceptación libre de cada uno de nosotros[128].

Asimismo, la Iglesia nos lo enseña indirectamente. El Concilio Ecuménico Florentino del año 1454, en el que se define el dogma Extra Ecclesiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), cuando enseña que los paganos, los judíos y los herejes o cismáticos no se pueden salvar, se añade “a no ser que antes del final de su vida se incorporen a ella (la Iglesia)[129]. Y el Concilio Tridentino, por su parte, nos enseña que la perseverancia final, sin la cual nadie se salva[130], es un don de Dios[131] que nadie merece por sí mismo, por lo que nadie puede estar seguro de su salvación. Por tanto, el momento final de la vida es para todos, incluidos los creyentes, el momento crucial en el que sólo la gracia de Dios, ganada por Cristo, puede salvarnos. Nadie está salvado antes de morir, pues la condenación o salvación se hacen definitivas sólo después de la muerte[132].

Ahora bien, si todo el que muere, para que se pueda salvar, ha de ser asistido por el ofrecimiento de la gracia de Cristo, ¿por qué no podrá ser precisamente ésa la ocasión propicia de salvación para los que no lo han conocido? Que el que no persevere hasta el final no pueda salvarse es una exigencia que concuerda con la posposición (misericordiosa) de la justicia hasta el juicio post mortem. Pero si esa perseverancia es don gratuito ganado por Cristo en su muerte, ¿qué mayor garantía cabe de que esa gracia se ofrece a todos, puesto que por todos[133] murió Él?

Por consiguiente, en la cruz de Cristo está contenida la explicación de la congruencia entre la justicia y la misericordia: Cristo ha muerto por todos los hombres, de manera que todos los hombres tienen la oportunidad de morir con Él. En el momento de la muerte de cada uno, la gracia de la cruz de Cristo nos alcanzará a todos, uno a uno, y se nos ofrecerá la luz del Verbo divino, que iluminará nuestras vidas pasadas, junto con su amor misericordioso, que nos ofrecerá el perdón; y si nos arrepentimos y concedemos –a nuestra vez– el perdón a quienes nos han ofendido[134], lo recibiremos colmadamente. ¿Quién podrá impedirlo y así separarnos del amor de Cristo?

Sólo una cosa puede separarnos del amor de Cristo: nuestro rechazo[135], nuestra falta de arrepentimiento, o conversión, y de misericordia para con los demás[136], en el último momento. Y ésos son los límites[137] que imponen la justicia y santidad de Dios a la demora que nos concede su misericordia.

V.              CONCLUSIÓN

Los atributos de la justicia y la misericordia son atributos sólo ad extra[138], o lo que es igual, que se dicen de Dios por referencia a las criaturas libres –ángeles y hombres (justicia) y sólo al hombre (misericordia)–, y ellas los manifiestan. Eso no es óbice para que, como dije anteriormente, todo lo que se atribuya a Dios haya de cumplir el requisito de la identidad: no sólo porque en Dios no puede haber menos ser que sabiduría o amor, ni menos saber que poder, etc.[139], sino porque la trascendencia de la divinidad contiene en su simplicidad todas esas perfecciones de un modo incomparablemente más alto que aquel con que se manifiestan en sus criaturas. En este sentido, Dios no puede ser menos justo que misericordioso, ni viceversa; aunque digamos que es justo sólo en relación con las criaturas personales, se ha de afirmar que es perfectamente justo o, mejor, la justicia pura; e, igualmente, si sabemos que es misericordioso sólo con los hombres, también habremos de decir que es perfectamente misericordioso o la pura misericordia. Más aún, si –como digo– el ser, en Él, se identifica con el entender, y el entender con el amar, etc., entonces habremos de sostener que su justicia es su misericordia, y al revés, sin que eso signifique que justicia y misericordia sean sinónimos[140].

Naturalmente, a algunas personas estas aclaraciones les pueden parecer muy teóricas y, por lo mismo, muy alejadas de la vida práctica. Sin embargo, conviene recordar que la Sagrada Escritura nos enseña que debemos ser santos[141] y perfectos como lo es Yahvé[142], y que esa perfección consiste en que seamos misericordiosos como el Padre celestial lo es[143], pero sin descuidar la justicia, pues Dios es justo y misericordioso[144]. Ahora bien, si hemos de imitar la perfección de Dios, justo y misericordioso, habremos de saber cómo se compaginan entre sí ambos atributos, dado que ellos se nos pueden antojar, según he ido exponiendo, como incompatibles. Enfocar correctamente el misterio es imprescindible, pues, para saber cómo imitar prácticamente la misericordia divina sin contravenir su justicia.

En términos generales ha de decirse que los misterios divinos conjugan, al menos, dos extremos que a nosotros nos parecen opuestos, pero que en Dios quedan perfectamente reunidos en identidad. Por eso, los errores teológicos suelen nacer de la propensión humana a preferir uno de esos extremos sobre el otro, dando lugar a lo inadmisible. Hoy en día se ha extendido mucho la propensión a predicar una misericordia sin justicia, por ejemplo: hay quienes se avergüenzan de los pasajes del evangelio en los que aparece la justa cólera de Dios; hay quienes han borrado en las traducciones del Segundo Testamento, la palabra «temor de Dios»[145]; hay quienes pretenden conceder la comunión sacramental a los que viven en adulterio[146]; hay quienes predican que todos los hombres están ya salvados[147]; eso aparte de las enfermeras y médicos que «misericordiosamente» practican la eutanasia y la eugenesia. Todos ellos han caído en graves errores teóricos y prácticos por apoyarse unilateralmente en una misericordia sin justicia, que, así, es obviamente falsa[148].

En la historia han existido actos de falsa misericordia, como, por ejemplo, el de Saúl, que perdonó la vida a un rey contra el mandato divino[149], sintiéndose más misericordioso que Dios, como les acontece también, sin darse cuenta, a los que acabo de mencionar líneas arriba. No puede proponerse como misericordioso un acto que vaya contra la ley de Dios, ni puede proponerse una imagen de Dios como si fuera un padre blandengue y consentidor. La Palabra de Dios nos enseña que Él poda el sarmiento que da fruto[150], y castiga a sus hijos como hace un buen padre con los suyos[151]. Desde luego, si nuestro modelo es el Padre celestial, que hace llover sobre justos y pecadores[152], quiérese decir que nosotros debemos hacer el bien a todos y no podemos desesperar de la salvación de nadie[153]: hemos de ser como el padre que aguarda pacientemente la conversión de su hijo[154], o según dice el Papa Francisco, como la madre tierna y paciente que tiene abiertas siempre las puertas de su casa[155]. Pero también tenemos que saber que Dios no elimina los castigos justos: no ha eliminado las penalidades derivadas del pecado original precisamente para dar ocasión a la conversión; y, sobre todo, no ha eliminado la muerte, que es el castigo último, sino que la ha aprovechado para hacer de ella –por la muerte de Cristo[156]– la tabla definitiva de la salvación[157], pero haciéndonos pasar por ella.

Nosotros, sin duda, hemos de perdonar las ofensas hasta setenta veces siete[158], pero no hacemos ningún bien en perdonar las penas justas que los delitos merecen si con eso no se consigue la conversión o mejora espiritual de nuestros hermanos[159]. Es cierto que algunas de las parábolas del Señor parece que nos enseñan a perdonar también las penas justas, pero eso es verdad sólo si dicho perdón ayuda a cambiar o mejorar al que perdonamos[160].

Precisamente, la obligación de perdonar las culpas ajenas para poder ser perdonados de las nuestras corresponde de modo palmario a la intervención de la justicia en la misericordia divina. Si bien la distancia entre Dios y la criatura es abismal, y, por tanto, la generosidad del perdón de Dios sobrepasa con mucho a la del perdón humano, con todo, Dios nos lo exige como condición absoluta para recibir el nuestro, porque así se cumple la justicia en toda su extensión: primero, porque para perdonar hemos de aceptar la gracia de Cristo, que hace posible que perdonemos al modo de Dios[161]; y después, porque nuestro perdón conmuta la pena debida a nuestros pecados por la condonación del mal recibido de otros.

Se confirma, así, que el modelo indicado por Dios es la congruencia entre la misericordia y la justicia, pues la misericordia se orienta a la salvación según la justicia. Recuérdese que la cruz de Cristo llevó a término la reconciliación de todas las cosas[162] –del cielo con la tierra, de la santidad y grandeza de Dios con la miseria de los hombres pecadores, de gentiles y judíos[163], de esclavos y libres, de varón y mujer[164]–, y cabe añadir que también operó la reconciliación de la justicia y de la misericordia, de la teoría y de la práctica, de la fe y de las obras... Es ésta una dimensión de la cruz que conviene poner de relieve, porque se suele llamar la atención sobre la resurrección como fruto primero que le sigue, pero la reconciliación es su fruto más maduro, pues la resurrección lo es para el Juicio universal, del cual saldrá la Jerusalén celeste, en la que se plasmará la reconciliación final por cuyo medio Dios será todo en todos[165]. La cruz es el comienzo de la reconciliación de todo, pero no por eliminación de alguno de los distintos, sino por sobreelevación de cada uno de ellos, porque, al ser asumido por la luz y el amor de Cristo, todo lo que parece irreconciliable resulta armonizado y congruente. Por eso, en ella se cumple lo que el salmista decía: “la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan[166].

La congruencia mencionada queda patente en que Cristo, que es la misericordia divina encarnada[167], no vino –en esta su primera venida– como juez, sino como salvador[168]; mas en su segunda venida, al final de los tiempos, vendrá como juez implacable[169], por lo que Él es también la justicia encarnada de Dios, si bien una justicia más elevada y exigente, la justicia del amor. La separación entre su primera y segunda venidas implica la prórroga de la justicia a favor de la misericordia, mas la segunda venida será la definitiva. Él ha creado la gracia redentora, pero también es «piedra de escándalo» y signo de contradicción para los que tropiezan en su humanidad, a fin de poner de manifiesto los pensamientos de muchos corazones[170]. Él ha venido a traer la buena nueva, un año de gracia, un gran jubileo[171], un tiempo oportuno para la salvación[172], y lo mismo que el jubileo es un tiempo de excepción que está bien acotado, así la misericordia divina tiene su límite fijado en el juicio post mortem, en el día en que el Señor venga como un ladrón en la noche[173].

Es cierto, también, que el evangelio de s. Juan nos dice que el que cree en Cristo no será juzgado[174], por donde se podría concluir que la fe en Cristo y su misericordia eliminan la justicia. Pero es sólo una falsa apariencia, porque a continuación añade que el que no cree en Él ya está juzgado[175], de manera que se puede entender, igualmente, que el que cree ya está juzgado, precisamente porque ha creído[176] con el corazón y las obras[177]. Con esto nos está enseñando que el resultado del juicio futuro está determinado por la aceptación o el rechazo personal de la Verdad durante el periodo de prueba[178].

En definitiva, no puede existir misericordia sin justicia[179], porque así como entre la bondad de Dios y su justicia no existe tensión alguna –dado que su justicia no es más que su propia bondad usada como criterio para juzgar el ejercicio de la libertad de las criaturas[180]–, en cambio entre la misericordia y la justicia sí existe una tensión interna. Ante todo, porque la misericordia divina es una dilación de la justicia, como hemos visto; después, porque la misericordia perdona, en vez de castigar el pecado; y, finalmente, porque también puede condonar o atenuar la pena. Pero esa tensión, en lugar de separarlas, las une más intensamente. Desde luego, no elimina la justicia, porque si no la hubiera, no podría haber dilación de ella. Además, sin la obligación en justicia de servir a Dios, tampoco tendríamos pecados, ni Dios podría tener la bondad de ser paciente con nosotros aguardando el momento propicio para que, arrepentidos, pidamos su perdón, es decir: no habría lugar para la misericordia. Por último, el sentido de la misericordia se desvanecería si se perdiera de vista la justicia. Dado que la miseria espiritual nos amenaza siempre hasta el punto de que caemos en mil pecados o pecadillos, cuando se pondera la misericordia divina sin tener en cuenta su justicia (santidad) se pierde el temor o respeto por Dios: se pretende que Dios sea tan (falsamente) bueno y nos comprenda de modo tan (falsamente) perfecto que acepte nuestros pecados y defectos, de manera que no tengamos que arrepentirnos de ellos ni cambiar de vida. Nada menos cristiano, pues la proclamación del reino de Dios dice expresamente: “convertíos y creed en el evangelio”[181]. Sin la conversión de vida, la buena noticia de la misericordia no existe. Porque Dios no «tapa» o encubre simplemente nuestros pecados: o bien los aniquila, suscitando en nuestra voluntad actos perfectos de amor a imagen del suyo, o bien los condena eternamente, si nos resistimos a amar.

La tensión entre la misericordia y la justicia no es una mera tensión teórica, sino que afecta por dentro a la vida de cada creyente, e incluso a la historia universal. Como creyentes, tenemos que convertir nuestra mente a Dios (justicia), y seguir pidiéndole perdón de continuo por nuestros fallos (misericordia), puesto que nuestra conversión sólo estará acabada cuando el don de la perseverancia final la corone. Mientras tanto hemos de ir obrando nuestra salvación con temor y temblor[182] (justicia) ante la grandeza de los dones que Dios nos otorga y la debilidad e insuficiencia de nuestras fuerzas (misericordia). El equilibrio entre ellas lo alcanzó para nosotros el amor reverente[183] de Cristo, a quien sólo podemos imitar si aceptamos las contradicciones o pruebas de la vida con respeto y amor filiales a la voluntad del Padre, y si creemos y confiamos en que su inmensa misericordia triunfará sobre nuestros defectos y deficiencias, transformándolos en amor[184].

En cuanto a la historia universal, hemos de saber que la providencia divina conduce la vida de cada hombre, sea cristiano o no, sea creyente o no, de tal manera que al final, en la muerte, vaya a desembocar en los brazos de la cruz, para recibir de ella el ofrecimiento del amor de Cristo redentor, fuera cual fuese su trayectoria anterior.

Quede claro, al menos ahora, al final, que la misericordia divina no es sino el amor de Dios a sus enemigos. Nada más contrario a la magnificencia y grandeza de Dios que la miseria; nada más contrario a la santidad de Dios que el pecado. La misericordia divina es el ofrecimiento de recuperación de la gracia y de la abundancia de vida hecho por Dios a los que por nuestros pecados y por nuestra miseria –inducida, no original– nos hemos vuelto sus contrarios[185]. ¿Cómo nos exigiría amar a los enemigos y perdonarles setenta veces siete, si Él no nos hubiera amado cuando éramos sus enemigos y no nos siguiera amando incluso cuando recaemos y nos enemistamos de nuevo con Él? Pero nuestra misericordia no tiene parangón con la de Dios[186], porque Él no se ha limitado a perdonarnos, sino que nos ha enviado a su Hijo para ofrecernos, siendo todavía sus enemigos, la posibilidad de convertirnos en hijos suyos adoptivos. Por eso, su exigencia de que tengamos misericordia con nuestros enemigos es justa y congruente, aunque se queda corta respecto del amor extremo que Dios nos ha tenido, y que supera todo posible agradecimiento. Sin embargo, gracias a esa exigencia, la conversión de la mente y del corazón puede ser llevada a cabo por nosotros sin que desaparezcan del todo las penalidades y defectos de los hombres, porque bastará con que perdonemos y practiquemos la misericordia para que empecemos a vivir según la vida de Dios[187]. Por último, resulta patente que esa misericordia no estaba incluida –ni hacía falta– en el amor creador, ni consiguientemente le era «debida» a la criatura hombre, sino que es un plus donal que sobrepasa la estricta medida de la justicia[188], la cual fue aplicada, en cambio, a otras criaturas personales[189].

Esa tensión entre la justicia estricta y la misericordia es lo que estaba latente en el texto del apóstol Santiago que cité al comienzo de esta conferencia. Pero ahora podemos saber que si la misericordia se gloría contra la justicia no es porque la conculque[190], sino porque la eleva y cumple por sobreabundancia[191], tampoco es porque Dios sea más bueno y clemente que santo y justo, sino porque será el amor misericordioso de Dios el que juzgue a los hombres y los juzgará sobre la misericordia, pues como también dijo el apóstol Santiago: “habrá un juicio sin misericordia para el que no practicó la misericordia[192]. No en vano esta última sentencia precede inmediatamente a la que ha movido toda esta investigación: “La misericordia triunfa sobre el juicio[193]. Según aquélla, la misericordia no suprime el juicio, sino que su victoria consiste en ser juzgado con misericordia. Por tanto, la misericordia divina tiene un límite, a saber: la falta de conversión –de negación de sí mismo hasta el punto de ser misericordioso amando a los enemigos[194]– por parte de quien la rechaza. Pretender sobrepasar ese límite es engañarse y engañar. Sostener que sin arrepentimiento y cambio radical de vida nos podemos salvar, es ofender la santidad de Dios y creerse mejor que Él, porque el Señor es inmensamente misericordioso, pero también, y en igual medida, “es justo y ama la justicia[195]. Y aunque como salvador del hombre manifiesta de modo eminente su piedad y clemencia, ése no es otro Dios distinto del que muestra su estricta justicia cuando condena o premia a los ángeles, pues en su altísima simplicidad se reúnen ambos extremos de forma trascendente e inefable para toda inteligencia creada y elevada.

 

 


 

El MAGNIFICAT

 (Parte I: Introducción y Glosa)[196]

 

I.                 INTRODUCCIÓN

 

Tres son los cánticos de acción de gracias procedentes del Nuevo o Segundo Testamento que la Iglesia en la oración del Oficio Divino eleva todos los días a Dios: el Magnificat, el Benedictus y el Nunc dimitte. Los tres nos son conocidos a través del «evangelio de María», es decir, de aquellas noticias reveladas e históricas cuya fuente humana fue la Madre de Dios, pues ella guardaba y meditaba todas estas cosas en su corazón, como nos señala el evangelio[197], indicándonos así, indirectamente, la procedencia de la información acerca de cuanto concierne a la infancia de Cristo. Ella no sólo proclamó sus alabanzas al Señor, sino que retuvo los otros dos cánticos, de los que fue testigo presencial, y de los que informó a s. Lucas[198]. Todos ellos son repetidos por la Iglesia con devoción, porque están contenidos en las Sagradas Escrituras, es decir, están inspirados por el Espíritu Santo. Nadie puede negar, por tanto, que la Santa Madre Iglesia, al repetirlos a diario, los propone como modelo de la oración más alta, la de acción de gracias y alabanza a Dios, aquella que haremos incluso en el cielo[199]. Cada uno de ellos expresa perfectamente el don recibido de Dios por sus respectivos autores en relación con la encarnación del Verbo[200], y adopta la forma de cántico espiritual, es decir, de una elevación del alma en oración, henchida por el agradecimiento y la admiración amorosa hacia la magnificencia divina, que sobrepasa todas nuestras expectativas. Entre todos ellos el don jerárquicamente primero y más grande es el recibido por María, cuya fe precede, acompaña y sigue a la encarnación de su Hijo, de ahí que el Magnificat sea también el cántico inspirado más bello y profundo.

 

Como concebida sin pecado original y llena de gracia –alabanza que ningún ángel ni profeta hizo de ninguna otra criatura–, María Santísima nos ofrece el modelo perfecto de oración de alabanza, la que nosotros haremos en la vida eterna, pero que podemos adelantar ya en ésta uniéndonos a ella. La oración apropiada en esta vida para nosotros, los hijos de Adán y Eva, nacidos con pecado original, es el Padrenuestro, esto es, la que nos enseñó a rezar Cristo[201]. Sin embargo, la oración de nuestra Madre es más alta que la que nos corresponde a nosotros, es la oración propia de la más alta de todas las simples criaturas, la Madre de Dios: la oración que ha puesto el Espíritu Santo en su boca para que entonara la alabanza de toda la creación por la encarnación del Hijo de Dios, y para que nos enseñara a hacerla debidamente a sus hijos. Nosotros podemos rezarla, pero hemos de hacerlo con ella, que es la que tiene el sentido pleno de lo que dice. Para aprender de su oración y adelantar junto con ella nuestra futura alabanza, me propongo meditar una a una sus palabras.

 

Seguramente que, por desgracia, habrá entre los cristianos de nuestros días quienes piensen que esas palabras no las dijo María, porque suponen que ella por habitar en una pequeña aldea no tenía mayor preparación ni cultura que la de una aldeana. La fe de éstos se tambalea, lo que implica que está herida de gravedad. Infatuados por cierto filologismo, ya no leen las Sagradas Escrituras como lo que son, esto es, como Palabra de Dios[202], sino como hermeneutas de textos meramente humanos. No es conveniente que uno se engría en el propio saber, pero mucho menos en la propia inopia, porque la Palabra de Dios nos supera por todos los lados, pero nunca engaña. Si encontramos en ella cosas inexplicables, confesemos nuestra falta de inteligencia y, en vez de poner en duda su literalidad, tergiversándola o acusándola de mentira u error, abramos nuestra mente para que sea la Palabra de Dios la que nos las dé a entender. Y dado que ella ha puesto en boca de María Santísima el Magnificat, creamos y sepamos, entonces, que ha sido pronunciado con toda certeza por nuestra Madre. Comprobemos humildemente la sabiduría de sus palabras, y veamos si son las de una aldeana; no neguemos su procedencia, pues así negamos la veracidad del Inspirador del Magnificat y de las Escrituras.

 

II.               GLOSA

 

El Magnificat, recogido en Lc 1, 46-55, se divide en tres partes: en la primera (46-50) María alaba a Dios por las grandes obras que ha hecho en ella (maternidad divina); en la segunda (51-53) alaba a Dios por la grandeza de su plan de salvación para toda la humanidad (obra de su Hijo); y en la tercera (54-55) lo alaba por su misericordia para con su pueblo, Israel.

 

II.1 Parte Primera (vv.46-50): la alabanza por la maternidad divina.

 

v. 46: “Magnificat anima mea Dominum

Proclama mi alma la grandeza del Señor

 

Tras el elogio dirigido a ella por su prima Isabel, que la ha llamado bienaventurada por haber creído el gran misterio que se le anunció, María rompe a orar en cántico incontenible. Y usa en su oración una alabanza a Dios utilizada antes por el rey David[203], de cuya estirpe eran ella y su Hijo: «engrandece (megalynei) mi alma al Señor». A Dios no se le puede hacer más grande de lo que es, ni nuestra alabanza aumenta su gloria eterna, pues Dios es más grande y glorioso que todo lo que se pueda pensar, entender y desear por parte de sus criaturas. Lo que sí podemos las criaturas es proclamar ante toda la creación las grandezas de Dios e incrementar así su gloria externa, la que le podemos dar todas juntas, ensalzando sus obras para con nosotras. Pero esa proclamación no puede ser un cántico extrínseco al que canta, si es que el espíritu se eleva de verdad con él, sino que en el cántico la persona se transforma en la verdad que ella canta como ofrenda donal: todo el que canta inspiradamente –en la Sagrada Escritura– canta un cántico nuevo, canta la verdad del don que ha recibido, y así lo hace suyo, a la vez que él mismo se hace cántico para el dador[204]. En este sentido, el cántico de María es, incomparablemente, el más bello y grande hecho por una simple criatura y el que más ensalza a Dios, pues lo que María alaba es la más grande obra de Dios, la que Dios ha hecho en ella: la Encarnación. Elegida por el Padre, habitada por el Hijo del Altísimo, llena del Espíritu Santo, María ora con la oración creatural más alta y debida: la de alabanza y adoración, que es la forma apropiada de dirigirse a quien sobrepasa todo lo creaturalmente alcanzable. La que entona esa alabanza es María entera, con todo su ser y toda su esencia, porque, aunque su persona (o ser) es puramente espiritual, como señala el versículo siguiente, su esencia es aquella manifestación de su persona que une consigo y gobierna su cuerpo, de manera que en su oración se reúnen su cuerpo y su espíritu. María alaba, toda ella, la magnificencia divina en la asumición de la naturaleza humana por su Hijo, el Verbo divino, que la ha cubierto con su sombra toda entera, en cuerpo, alma y espíritu.

Cada uno de nosotros hemos de cantar nuestro cántico nuevo, pero podemos hacer nuestro el Magnificat de María, porque también para nosotros el don más alto ha sido la encarnación del Verbo, y no encontraremos palabras mejores que las de nuestra Madre para saber hacerlo.

 

v. 47: “Et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo

Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador

 

En este versículo queda de manifiesto la gratitud de María y el sentido de su anterior alabanza: nace de una alegría incontenible de su espíritu que rompe en oración reconociendo a Dios como su salvador. María siguió así la invitación del saludo angélico[205], que la había animado a alegrarse por el más alto y mejor mensaje que jamás pudo oír ni pensar una criatura. Estas palabras –como otras, más adelante– coinciden en parte con algunas del cántico de Ana, la madre de Samuel[206]; al citarlas, María nos está indicando la causa de su alegría, que coincide con la de aquélla: la maternidad humana, en el caso de Ana; la maternidad divina en el de María. Por eso, aunque coincidan más o menos en la letra, en boca de María se llenan de un sentido nuevo y original, pues en ellas se ensalza la concepción del Verbo y está contenida, en germen, la doctrina revelada sobre su inmaculada concepción. Porque al especificar que ese Dios es «su» salvador nos está indicando a su Hijo, el que la ha salvado de todo pecado. Ella lo sabe porque en la anunciación el ángel le había dicho qué nombre había de ponerle: “Jesús”, que significa salvador[207]. En efecto, mientras que Ana goza con la salvación de Dios en general[208], María vincula directamente su salvación con su maternidad. Reconoce así el nombre de su Hijo, nuestro salvador (Jesús), y lo confiesa como salvador suyo. María, como todo el género humano, ha sido salvada, pero su salvación ha sido realizada de un modo muy especial: librándola tanto de la culpa original como de toda culpa personal, y llenándola de gracia. Por eso, desde el primer momento la Encarnación suscita en ella una inmensa alegría, una alegría que no está precedida por el arrepentimiento o por la tristeza –como el cántico de Ana[209]–; una alegría que ni tan siquiera se siente amenazada por los enemigos ni por temor alguno –como acontece, en cambio, en el Benedictus[210]– o vinculada de algún modo con la muerte propia –como en el Nunc dimitte[211]–, sino sólo acompañada por la acción de gracias, porque procede de los dones más extraordinarios que Dios ha concedido nunca. En todo lo cual está implícito el privilegio de su concepción inmaculada. Esa alegría está también en la línea de la que indican los textos: “Desbordo de gozo en el Señor y me alegro con mi Dios[212], y “Pero yo me alegraré en Yahvé, gozaré del Dios de mi salvación[213], de Isaías y de Habacuc respectivamente, cuya alegría, como la de María, tiene su motivo y su centro en Dios. Puesto que el Verbo se ha encarnado en ella, su gozo no se centra en sí misma, sino en su salvador, que es su propio Hijo; por esa razón tal alegría es, a la vez, gratitud plena. A la alabanza del primer versículo, el segundo añade la oración de acción de gracias. En estos dos versículos está contenido todo el sentido de la existencia para cualquier criatura personal: existimos para alabar y dar gracias a Dios, por ser Él quien es y por los dones crecientes que nos hace.

 

v. 48 a): “Quia respexit humilitatem ancillae suae

Porque ha mirado la humildad de su esclava

 

María da razón de su anterior alabanza y gratitud, una razón en la que está implícita la adoración: porque Dios, desde su altura máxima, ha abajado su mirada, la ha mirado a ella, y la ha elegido para Madre de su Hijo. Todo eso está implícito en «mirar la humildad». «Tapeínosis» se ha traducido a veces al castellano por “humillación”, palabra que ni tan siquiera aparece en el cántico de Ana, la madre de Samuel, la cual, en cambio, sí se había sentido humillada y triste por no haber tenido hijos de su marido[214]. Pero María no sufrió esa ni ninguna otra humillación, fuera de las que recibió su Hijo y que sintió más que si las hubiera recibido ella. Por tanto, no cabe entender la palabra «tapeínosis» como humillación alguna, ni anterior ni posterior a su maternidad. Esa voz, en cambio, se debe traducir por «humildad», pero no en el sentido de la virtud de la humildad, pues María está alabando a Dios, no a sí misma: humildad significa aquí, más bien, la condición humilde[215], en concordancia con el libre reconocimiento de sí misma como «esclava». “Porque ha mirado la condición humilde de su esclava”.

Sin embargo, ella, en cuanto descendiente de David, no era esclava ni de condición humilde. Entonces, ¿por qué «de condición humilde»? Humilde por ser criatura, indigna de ser habitada por su creador; humilde por ser humana, entre todas las criaturas espirituales la más baja[216]; humilde entre los seres humanos, por ser una joven habitante de un pueblo pequeño en una región marginada y en una época de la historia del pueblo de Israel aparentemente decadente, puesto que no había profetas y estaba sometido al poder extranjero. He ahí la adoración: ella es indigna en comparación con quien la ha mirado bajando sus ojos desde su trono, y a quien ella adora en sentido estricto.

Precisamente por saberse criatura humana, o de condición humilde, ella se sintió turbada cuando oyó la salutación angélica con el «llena de gracia» y «el Señor está contigo». Y por eso, aun estando desposada con s. José, ella utilizó una pregunta como piedra de toque para conocer la procedencia (angélica o diabólica) de la salutación del arcángel san Gabriel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”. La pregunta no recaía sobre el conocimiento de varón, sino sobre cómo será hecha madre. Estaba desposada y sabía bien quién era su esposo, aunque –cuando la saluda el ángel– todavía no hubiera vivido bajo el mismo techo que él. Pero ella está determinada a no conocer varón, a pesar de que tiene esposo, y por lo mismo no ha pedido ni deseado ser madre, sino que se le anuncia que lo será. De ahí que su pregunta tenga un sentido especial. Nada de esto aparece en Ana, que pidió vivamente ser librada de su esterilidad[217], y fue fecundada por Elcaná, su marido. Tampoco preguntaron ni Abrahán ni Sara cómo iban a tener un hijo[218], pues eran marido y mujer; ni, como es natural, tampoco preguntó nada la madre de Sansón, a quien, siendo estéril, un ángel le anunció su maternidad[219]. Nótese la diferencia con María. Ella, que no era estéril, sino joven virgen, no puso en duda el poder de Dios –como hizo Zacarías[220], que fue castigado–, sino que puso a prueba los elogios del mensajero, que son los que la habían inquietado por poder proceder del maligno. Sólo cuando se le dijo que Dios la haría madre sin concurso de varón supo que el anuncio procedía de Dios, y que la alabanza inicial la había pronunciado un verdadero ángel.

Entonces comprendió que había sido elegida como habitación del Verbo encarnado, como arca viva de la alianza: “concebirás y darás a luz a un hijo… el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios”. María ha comprendido que Dios ha amado en ella su condición humilde. La razón de su alabanza es claramente la grandeza de Dios. Dios ha mirado desde su altura trascendente a lo más bajo del universo espiritual creado, y la ha elegido a ella como su mansión, como el recinto secreto desde donde desplegará su manifestación eterna a toda criatura. La humillación no es de ella, la humillación es de su Hijo[221], que se ha abajado al hacerse hombre, al entrar en su seno. Ella ha quedado realzada por la elección divina, pero en verdad todos los hombres estamos concernidos en esa «humildad» de María, porque es nuestra condición la que nos hace insignificantemente pequeños ante Dios, y con más razón que María, puesto que tenemos el pecado original y los personales; pero, eso no obstante, al ser elegida ella como Madre del Verbo encarnado, hemos sido elegidos todos, en nuestra pequeñez, como hermanos de Cristo. María se alegra en su espíritu gracias a su fe, que es la mayor que haya tenido cualquier otra criatura, y por eso, porque sabe por esa misma fe la inmensidad de Dios, que ha querido tomar de ella la carne humana y encerrarse en su seno temporalmente, ella se confiesa indigna –por sí misma– de don tan grande, aunque haya sido hecha digna por la elección y la gracia de Dios.

Por segunda vez, tras el fiat de la anunciación, María vuelve a llamarse a sí misma «esclava» de Dios, no porque Dios la haya hecho esclava, que la hizo libre, sino porque ella sabe reconocer la radical e incomparable distancia entre Dios y la criatura, así como la impagable deuda que tiene para con su Creador y Señor, tanto que ella se entrega libremente a su servicio. Es propio de los esclavos tener fijos sus ojos en las manos de sus señores para hacer cuanto les manden[222]: al llamarse a sí misma esclava, nos muestra su plena atención a cuanto le mande el Señor. Ésa es la disposición interna de María, fruto del don de temor de Dios. Con esta libre esclavitud concuerda la confesión de su condición humilde (humana), y queda manifiesta su añadida humildad (virtud). Ella es criatura, criatura libre, perteneciente al género humano –la más baja criatura de entre los seres espirituales–, y al ser elegida para la más alta misión, ella responde como la más humilde de sus criaturas: “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Así se convirtió en modelo de reverencia a Dios para ángeles y hombres, siguiendo la inspiración de su Hijo, que ha descendido del cielo y entrado en su seno para obedecer al Padre, y para morir en una cruz por reverencia a Él[223].

 

v. 48 (b): “Ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones

 

Nuestra Madre pasa a profetizar, puesto que habla en futuro, y en un futuro que abarca a la humanidad entera. “Todas las generaciones” alude a los hombres de todos los tiempos. Aunque señala claramente que “desde ahora”, ese ahora no se refiere al momento en que pronuncia su cántico, sino al «ahora» de la Encarnación, a la presencia de su Hijo en su seno. No sólo los que vengan después de la Encarnación, sino también los de antes, los que esperaban la salvación de Dios, la llamarán «bienaventurada» por su consentimiento a la iniciativa redentora de Dios. Ya sus contemporáneos, como Isabel, su prima, y la gente anónima del pueblo, la llamaron así[224]. Y aunque nuestra Madre no hace referencia directa a los ángeles, pero también éstos por boca del arcángel s. Gabriel[225], y antes que los hombres, la saludan como bienaventurada al llamarla «llena de gracia» –alabanza jamás hecha a ninguna otra persona humana en la Sagrada Escritura– y «Madre de Dios», pues cuando le dice “el Señor está contigo”, expresión afín a «Emmanuel», o Dios con nosotros, alude a la elección de María como la virgen madre del Mesías[226]. Esa salutación, que puso en alerta el alma santa de nuestra Madre, fue entendida en sus justos términos por ella nada más serle aclarado cómo había de llegar a ser madre, y todavía más cuando dijo “génoitó” (“hágase”), momento en que el Verbo divino se hizo su Hijo: en ella había tomado cuerpo la grandeza del Hijo de Dios en persona.

María ha entendido la trascendencia de lo que ha acontecido en ella. Toda la humanidad ha quedado afectada por el proyecto de Dios y por su «fiat». La razón de su bienaventuranza es la elección de la naturaleza humana como esposa del Verbo, así como su elección personal para ser la mujer de la que tomar la naturaleza humana por obra del Espíritu Santo. Y eso es lo que todas las generaciones cantarán: “la misericordia y la fidelidad se encuentran[227], es decir, el mayor acontecimiento de la historia, el encuentro de la misericordia que baja del cielo (Cristo) con la fidelidad que brota de la tierra (María). Eso es la Encarnación, la razón de la bienaventuranza de María y nuestra.

En contraste abierto con la humildad de su condición y de su voluntad (virtud), María es entre todos los patriarcas, profetas y santos la única que ha proclamado abiertamente su propia grandeza con plena verdad: me llamarán bienaventurada todas las generaciones, y con razón. La propia María se reconoce bienaventurada, y profetiza que todas las generaciones (pasadas, presentes y futuras) la llamarán así. Esas palabras concretas certifican que sólo ella pudo pronunciar el Magnificat: nunca nadie se hubiera podido atrever a elogiarse tanto y con tanta verdad. Lía, cuando Zilpa, su criada, entregada a Jacob, dio a luz a Gad, había dicho: “¡qué felicidad! Seguro que las mujeres me felicitarán[228]. Su prima Isabel dice al saludarla casi lo mismo: “Bendita tú entre las mujeres”. Pero María va mucho más allá. Salta a la vista la diferencia, ante todo por la disparidad entre «las mujeres» y «todas las generaciones», y también porque las palabras de Lía no son un cántico de alabanza ni tan siquiera están, al parecer, dirigidas a Dios. Con su cántico María hace suyo el don recibido de Dios, y proclama la verdad: ella será aclamada por toda la humanidad por razón de la obra que ha hecho Dios en ella, la Encarnación. Los que quieren empequeñecerla no sólo van contra lo que harán todas las generaciones, sino que tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen: ¿quién se ha atrevido en toda la historia sagrada a decir con verdad algo semejante de sí mismo? ¿No es patente la sabiduría e inteligencia que hacen falta para afirmar lo que afirma la humilde María? No dice que en el futuro será bienaventurada, sino que es «desde ahora» bienaventurada, porque la Sabiduría e Inteligencia personales (Hijo) así como las donales (Espíritu Santo) residen en ella, en su seno y en su espíritu, respectivamente. Si nadie más que la «llena de gracia» podía proclamar tal alabanza de sí misma sin mentir ni caer en pecado de soberbia, no podrá ser, entonces, s. Lucas el que, habiendo encontrado este cántico en el ambiente de los «pobres», se lo haya atribuido a María[229]: es el Espíritu Santo quien lo ha puesto en su boca, y Dios no engaña. ¡Caprichos de vanos filólogos[230]! No sé por qué unos anónimos «pobres» habrían de ser más inteligentes y sabios que la Madre de Dios; como tampoco existe razón alguna para que se admita (con acierto) la autoría de Ana respecto de su cántico y, en cambio, se niegue la de María, ¿acaso era Samuel más que Cristo, o más grande el Espíritu que inspiró a Samuel que el que hizo de María templo viviente de la divinidad? Ella sabe y proclama que la razón de su bienaventuranza está en su Hijo. Así nos enseña cómo ha de ser la verdadera humildad: reconocer y agradecer los dones divinos, que dan contenido a nuestros méritos, los cuales se reducen a decir: “génoitó”, háganse en mí los planes de Dios. ¡Aprended, detractores de su grandeza, a creer y a reconocer la verdad por encima de criterios reductivamente humanos; aprended de María, que es la Madre y Doctora de los Padres y doctores de la Iglesia!

 

v. 49: “Quia fecit mihi magna qui potens est, et sanctum nomen ejus

         “Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo

 

Estas palabras continúan dando razón de su cántico de alabanza y completan el sentido del versículo anterior: Dios ha puesto sus ojos en la humanidad, y entre todos los humanos la ha elegido a ella, para que, aceptando libremente el ofrecimiento divino de la Encarnación, dé entrada a su Hijo entre los hombres. Pero, en especial, este versículo resalta el origen de su bienaventuranza y de la alabanza que recibirá de todos los hombres: ha sido Dios, el Omnipotente, el que ha hecho estas maravillas en ella

El espíritu entero del Primer Testamento late en estos versículos: es Dios quien realiza nuestras empresas[231], con Él hacemos proezas[232], pues las obras del hombre son vanas[233], mientras que los planes de Dios subsisten por siempre[234]. Por eso, la gloria no es para nosotros, sino para su nombre[235]. Pero en María todo eso alcanza una verdad mayor: realmente lo que Dios ha hecho en ella sólo Él podía hacerlo y de modo personal, es decir, no delegado ni intermediado. Las guerras que ganó y las proezas que realizó con los israelitas las llevó a cabo con su poder sobre el mundo y los hombres, haciendo que ellos obedecieran su voluntad; pero la Encarnación la llevó a cabo el Verbo en persona y haciéndose obediente. En realidad, no fue sólo Dios quien realizó las «empresas de María», fue ella quien hizo suya la gran empresa de Dios en la historia: ella aceptó ser la Madre de la que fuera formada la humanidad de Cristo, por obra de Dios trino sin intermediación alguna ni de ángeles ni de hombres (salvo ella misma) ni del mundo (salvo su cuerpo). Ahora comprendemos mejor el «megalynei» inicial: ella canta las grandezas del Señor como ninguna otra criatura, porque Dios ha hecho en ella la mayor de sus hazañas. Si la creación es una obra ingente de Dios, y mayor aún es la elevación o la llamada de sus criaturas personales al orden sobrenatural, lo máximo que Dios ha hecho ad extra ha sido la Encarnación, y esa suprema obra la ha hecho en ella. Como dice el Salmo 92: “Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos. ¡Que magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios![236].

Este versículo 49 del Magnificat es difícil de traducir, porque el dativo «moi» no se sabe si quiere decir «(par)a mí»  es decir, a mi favor, «en mí», o «por mí». Todos esos sentidos son admitidos con verdad por el texto, puesto que la Encarnación ha sido hecha, «por (medio de)» el fiat de María, «en (la carne de)» María y «a favor» (primero) de ella, como puerta de entrada para alcanzar (después) a todos los demás hombres. Pero no parece posible asignar a una palabra tan breve tantos sentidos a la vez, ¿cuál es, pues, el sentido literal de esa voz? La cosa no es banal, porque lo que se juega en esos matices es el sentido de nuestra participación en la obra de Dios. Para entender esa participación, Sto. Tomás de Aquino propuso la metáfora del instrumento[237]: el instrumento no es la causa principal del producto, sino aquello por cuyo medio el verdadero agente lo produce. La metáfora estaba ya sugerida en la Sagrada Escritura[238], pero no pasa de ser una metáfora: ante todo, porque Dios no necesita de instrumentos, sino que con su sola palabra hace lo que dice; y en segundo –y no menos importante– lugar, porque las personas no somos medios o instrumentos[239], y para Dios menos que para nadie, puesto que nos hizo a imagen y semejanza Suya, siendo Él el fin de toda la obra creada[240]; de modo que somos (más que) fines[241]. Por otro lado, s. Pablo sugiere que se trata de una colaboración como la que existe entre el que planta y el que riega, siendo Dios el que da el crecimiento y, por tanto, el fruto[242]. La colaboración del agricultor está analógicamente más cerca de la dignidad del hombre que la metáfora del instrumento, y concede a Dios igualmente la primacía en la obra. Sin embargo, me parece aún más adecuada la indicación de s. Agustín cuando dijo que Dios corona sus dones cuando premia nuestros méritos[243]. Y la razón por la que me parece más adecuada estriba en que ella expresa la unión de la actividad divina y de la del hombre en términos propios, no metafóricos, a saber: en términos de donación. La actividad propia de Dios es el dar[244], actividad personal, pero que requiere la aceptación (también donal) del dar por nuestra parte. Nuestro mérito y colaboración consisten en aceptar y hacer nuestros los dones de Dios. María ha sido hecha Madre de Dios, don supremo para una criatura, por iniciativa enteramente divina en la que toma parte la Trinidad entera –cada persona divina de un modo–, y de la que ella es también perfectamente aceptadora. Por eso, quizás si se interpreta el «moi» como dativo ético se está más cerca de entender la letra del Magnificat: «Porque me ha hecho obras grandes el Poderoso». El dativo ético señalaría la participación de María en la Encarnación y en la salvación de todos los hombres, reconociendo humildemente que es un don íntegramente divino: ella se ha limitado a aceptarlo y hacerlo suyo. Me parece la manera más sencilla de recoger e indicarnos todos los posibles sentidos verdaderos de su participación en la obra sin igual de la asumición de la naturaleza humana por el Verbo: es don hecho, primero, a ella (maternidad divina), por medio de su fiat y en su seno, pero don que afecta a todos y al que ella ha vinculado libremente todo el interés de su alma.

El Magnificat se hace, pues, eco del anuncio angélico y refleja la comprensión que nuestra Madre tenía de ese gran misterio. Dicen, en cambio, algunos creyentes insensatos, que María –que, según ellos, apenas sabía nada– no se había enterado del contenido del mensaje angélico. ¿Pues quién nos lo dio a conocer? ¿Y quién lo había guardado en su corazón con tal fidelidad que constituye el primer anuncio de la Trinidad Santa? Para revelar el misterio de la Encarnación a María, el mensaje del ángel hubo de aludir, además de al Hijo, al Padre, y al Espíritu Santo, pues aunque no era la Trinidad entera la que se encarnaba, sino sólo el Hijo eterno, las otras dos Personas actuaban al unísono con el Verbo. María fue la primera persona a la que fueron revelados y que conoció conjuntamente los misterios inseparables de la Encarnación y de la Trinidad. ¿Tan superficiales son que piensan que Dios pudo pedir permiso a María para encarnarse sin que la iluminara para entender lo que le estaba pidiendo? ¿A qué, entonces, habría dicho María su «Sí» (fiat)? Atentos: no estamos hablando de una acción humana, sino divina. Como hombre, puedo entender fácilmente que, por debilidad, alguien se adhiera o comprometa a algo sin saber suficientemente lo que significa. Pero ¿podría Dios admitir el «Sí» que cambió la historia sin que María hubiera sabido lo que le estaba proponiendo? ¿Para qué habría enviado un ángel y le habría dado tan larga explicación, si ella no se iba a enterar de nada? ¿Acaso es que Dios no sondea los corazones y penetra los pensamientos[245], es decir, no sabía lo que necesitaba María para entender? ¿O es que el Altísimo no sabe hacerse entender? Absit. Las palabras que escuchó atentamente María eran las precisas para que supiera ella a lo que la estaba invitando Dios, y son de las más densas de toda la revelación, pues resumen los dos mayores misterios, la Encarnación y la Trinidad. Y sabemos que María las entendió, porque Cristo tomó de ella la naturaleza humana, o sea, porque admitió su «fiat». Inferid de ahí el don de inteligencia de María.

Dicen, también, algunos que María no es original, que copia las palabras de Ana la madre de Samuel. No es verdad. ¿No es palmario que Ana, la madre de Samuel no dice, ni puede decir, nada parecido a lo que afirman éste y el versículo precedente? La maternidad humana y milagrosa es un gran don de Dios, pero dentro del orden natural; la maternidad divina es una obra portentosa, sin par ni en la naturaleza ni en la gracia. María Santísima ni copia ni repite, sino que deliberadamente alude y da pleno sentido a las palabras de Ana, palabras que –como ya he dicho antes– ella ha elegido precisamente para que nosotros, hijos suyos, tardos de fe, cayéramos en la cuenta de a qué obra divina se está refiriendo ella: a su maternidad. Al citarlas de lejos, sin tener que decir más, nos está indicando con cuánta mayor razón que Ana puede hacer suyas esas palabras inspiradas, pues es el Verbo el que se ha encarnado en ella, y ha sido el Espíritu Santo, no un hombre –como Elcaná– el que la ha hecho fecunda.

Dios Padre es el santo, el incontaminable, el inalcanzable por cualquier criatura, ante el que Moisés hubo de descalzarse. El Verbo es también santo como Hijo del Altísimo[246], y el Espíritu lleva ese sobrenombre en especial, porque lo mueve y vivifica todo en la creación sin contaminarse con ella[247]. Cuando María nos dice que ha sido el Poderoso el que ha hecho obras grandes en ella y añade su nombre (Santo), nos está indicando a quién va dirigida su alabanza llena de gratitud: al Santo Dios trino. Resuenan aquí el Salmo 99, y el 111, así como el profeta Isaías[248]. Ella ha entendido con claridad y creído con fe firme lo que el ángel le anunció: que lo que concebiría y daría a luz sería el santo Hijo de Dios[249], y que la autoría de semejante hazaña corresponde a la Santísima Trinidad.

María es movida e inspirada por el Espíritu Santo a cantar las maravillas de Dios, en especial su maternidad divina, que la incluye a ella misma entre esas maravillas. Por eso, su aparente auto-elogio anterior no es más que el ejercicio más alto de la inteligencia humana: alabar a Dios por lo que, a través de ella, nos ha dado a todos los hombres y a la creación entera. ¿Una mujer aldeana, dicen? Nadie ha sido nunca tan universal y cosmopolita como María, ella ha tenido presentes a todos los hombres, pero sabiendo y agradeciendo de dónde le viene ese privilegio. Cada uno de nosotros recibe la fe de las generaciones anteriores, da testimonio de su fe a su generación, y la transmite a una o dos generaciones siguientes, los grandes santos la traspasan a muchas generaciones, pero sólo Cristo y María la comunican a todas[250]. Sin embargo, no es María como el fariseo que al orar en el templo da gracias a Dios por no ser como los demás hombres[251]. Ella realmente no es pecadora, ningún pecado la ha rozado ni tan siquiera, en verdad no es como los demás hombres, pero eso es don íntegro de su redentor, de su Hijo. Reconocer la verdad es la humildad[252]. No somos nosotros poseedores de la verdad, ni, menos aún, somos la Verdad en persona; reconocer la verdad es reconocer la sabiduría y grandeza de Dios, y eso hace María: Dios ha hecho en ella, con su consentimiento, la mayor de sus obras, y ella ha resultado, sin duda, la más directamente beneficiada, pero a favor de todos los hombres y de toda la creación.

Junto con ella, cada uno de nosotros tenemos que elevar nuestro cántico de alabanza a Dios por habernos elegido desde toda la eternidad para existir, por los dones naturales que nos ha concedido, por los bienes corporales y espirituales con que ha adornado nuestra existencia, por los males corporales y espirituales de los que nos ha preservado, por la misericordia que ha tenido con nosotros al enviarnos a su Hijo para salvarnos del pecado, por haber mantenido con el don del Espíritu Santo la fe en los miembros de la Iglesia durante tantos siglos, por habernos otorgado nacer de unos padres cristianos y en una nación cristiana, por habernos llamado uno a uno en el bautismo y acompañado en nuestra debilidad con los sacramentos, por haber despertado y movido nuestro corazón (inteligencia y voluntad) a amarle por encima de todas las cosas, por habernos alimentado con su cuerpo, y por seguir perdonando nuestros pecados y defectos, etc., etc. Podemos, sin equivocarnos ni mentir, decir con María: porque el Poderoso ha hecho grandes obras, inauditas obras, en mí, pobre e indigno pecador.

Sin embargo, en María la obra de Dios ha sido manifiestamente más grande que en todos los demás humanos. ¿Quién puede imaginar o pensar todo lo que pasó en su corazón durante los nueve meses de su embarazo? Nadie más unido corporalmente al Verbo encarnado que ella. Si los santos se arrobaban y entraban en éxtasis al unirse espiritualmente con Dios o al comulgar, ¿qué gracias extraordinarias no le daría su Hijo mientras estaba alimentándose de ella, mientras iba creciendo en este mundo merced a ella? Esa unión corporal con el cuerpo de Cristo, en el que habita la plenitud de la divinidad[253], la santificó de tal manera que le enseñó a discernir connaturalmente qué es lo que le agrada a Dios, cómo tenía que pedirle cosas para nosotros, qué tenía que hacer y decir en cada momento, incluso cuando era probada por Dios, como cuando Jesús niño se perdió en el templo, o cuando estaba al pie de la cruz. Así la preparó la Trinidad para la gran tarea que le esperaba, pues entre los seres humanos ser madre no es una tarea de nueve meses, sino para toda la vida, pero ser la Madre de Dios es aún más, es aceptar una tarea para toda la humanidad y para toda la creación, y cuyo honor dura toda la eternidad.

 

v. 50: “Et misericordia ejus a progenies in progenies timentibus eum

Y su misericordia llega a sus fieles [los que le temen] de generación en generación

 

Rimando con el Salmo 103, 17[254], las palabras de María muestran aquí haber entendido la razón secreta de la Encarnación y, por tanto, de su bienaventuranza, a saber: la misericordia de Dios, que llega sin distinción de razas o culturas a los que le temen, de generación en generación. Lo que los ángeles no pudieron conocer, pues sólo conocieron la justicia divina, eso es lo que nos revela Cristo y señala María.

Las generaciones aparecen mencionadas en el Magnificat por dos veces (vv. 48 y 50) y con el mismo alcance católico o universal, inaccesible –en verdad– para un espíritu aldeano o nacionalista. María muestra haber entendido perfectamente la historia de la humanidad: es una sucesión de generaciones, una historia de fecundidad, venida a menos por el pecado original y personal, pero rescatada por la misericordia divina, que renueva de generación en generación su ofrecimiento donal, y cuyo eje es precisamente la encarnación del Verbo, su Hijo. Sin las madres (y los padres) no cabe la historia. Cuando la mujer sin renunciar al sexo se cierra a la maternidad por razones egoístas, la mujer se cierra a la sociedad, se cierra a la humanidad, se cierra a la historia. María es la apertura de la historia humana a la acción salvadora de Dios, es decir, a la universalidad plena del ser humano.

Cierta manía persecutoria contra el temor de Dios ha alterado en nuestros días la letra del texto sagrado, poniendo «sus fieles» allí donde el Espíritu Santo dice «los que le temen». Estos traductores temen más a la ineptitud de los hombres para entender las Escrituras que a la sabiduría de Dios y al poder de su inspiración; muy por el contrario, la sabiduría divina quiere que superemos nuestra ignorancia y nuestra pereza, tanto que no se recata de decir «los que le temen». El temor de Dios es un don, un don que es atribuido a Cristo mismo por Isaías[255], y que la Epístola a los Hebreos matiza como reverencia[256]. Si Cristo, Dios hecho hombre, ha tenido en su humanidad este don, y todo hombre debe pedirlo y tenerlo, como nos enseña el evangelio[257], ¿por qué alterar el texto sagrado? ¿Acaso parece confuso? Será porque no se sabe leer bien, porque siendo bueno todo temor a Dios, existe uno que no puede faltar ni en los cielos: el temor filial. ¿Que se quiere facilitar a la gente sencilla la asimilación de la Sagrada Escritura quitándole problemas de intelección? Es un error, estáis impidiendo que crezcan en la fe. Los problemas (de intelección) en las Escrituras están permitidos por Dios, para que crezcamos en inteligencia y sabiduría[258]. Nuestra Madre dijo, inspirada por el Espíritu Santo, que la misericordia de Dios llega a los que le temen, y María es más sabia que nosotros, ¡cuánto más el Espíritu Santo que la inspira!

María no tiene dudas ni nos permite tenerlas: la misericordia del Señor llega a todos los que le temen de generación en generación. ¿Pero cómo, si generaciones y generaciones de hombres ni tan siquiera han tenido noticia de tal misericordia? Ésa es la apariencia, no la verdad real, porque nadie ni nada nos puede separar del amor (misericordioso) que Cristo nos ha tenido al encarnarse[259].

 

II.2. Parte Segunda (vv.51-53): la alabanza de la obra de su Hijo.

 

v. 51: “Fecit potentiam in brachio suo, dispersit superbos mente cordis sui

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón

 

Nuestra Madre pasa a contar las maravillas del plan salvador de Dios en la historia humana, y se apoya en el espíritu y en la letra de toda la Escritura. Así el Salmo 89 dice: “con el brazo de tu poder dispersaste a tus enemigos[260]; el Salmo 80 había pedido: “Despierta tu poder y ven a salvarnos[261]; Isaías había profetizado: “Mirad el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda[262]; y el pueblo de Israel en las tribulaciones suplicaba la ayuda del brazo de Dios[263]. La propia Ana, madre de Samuel, en su cántico termina diciendo: “Él da fuerza a su Rey, / Y exalta el poder de su Ungido”. Estos dos versículos sugieren lo mismo: Dios da fuerza a su Mesías y engrandece su poder por encima de todo otro poder.

Pues bien, lo que los escritores sagrados habían alabado, los profetas habían vaticinado e Israel había pedido es lo que María nos anuncia que ya ha sucedido: Dios “ha hecho el poder en su brazo” (fecit potentiam in brachio suo[264]), ha dotado de poder (krátos) a su brazo. El brazo es, en el citado Salmo 89, en Isaías, y en general en la Biblia, una metáfora del poder de Dios en la historia[265]. ¿Expresarán, entonces, las palabras de María una mera reiteración retórica: «ha dotado de poder a su poder»? No. María sabe, porque le ha sido anunciado, que el poder (dýnamis) del Altísimo, la cubrió con su sombra, como la nube cubrió con su sombra al pueblo de Israel en el desierto, y al igual que la nube descendía en el desierto sobre la tienda del encuentro[266]. La sombra es aquí la presencia personal del Poder de Dios, que es su Palabra, por cuyo medio creó todas las cosas. El poder de que ha dotado a su brazo es, pues, el Verbo divino. Por otro lado, sabemos que a Cristo, Palabra encarnada, le fue dado todo poder en el cielo y en la tierra[267], evidentemente en su humanidad, porque en su divinidad ya lo tenía. Por tanto, el brazo de Dios aquí puede ser entendido como la humanidad de Cristo, y, siendo el Verbo el Poder de Dios, lo que significaría esa breve frase en boca de María es, sencillamente, la Encarnación. Isaías lo había adelantado proféticamente: “el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios[268]. Las palabras de María «Dios ha otorgado su poder a su brazo» resumen, pues, brevísimamente lo que Dios ha obrado en su seno.

Repito: el poder de Dios es su Palabra, el Verbo divino, y ese poder ha sido comunicado a su brazo, a la humanidad de Cristo, por asumición. Se trata de otro modo de decir “et Verbum caro factum est”. Así lo entendió Zacarías, que había escuchado el Magnificat, e incluyó esa idea en su Benedictus: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo”. Dios ha cumplido su promesa de visitar y redimir a su pueblo, al suscitar una fuerza de salvación[269] en María, de la casa de David. La obra de la salvación es, pues, la serie de proezas divinas que Dios Padre hace con su brazo, pero la mayor de ellas, su eje, aquella que implica y revela todo el poder de Dios, es la Encarnación. Para entrar en la historia humana y redimirla, Dios ha querido revestir (ontológicamente) de humanidad a su Palabra, a la misma que hace lo que dice[270] y que no vuelve a Él vacía[271], pero a fin de que, en esta primera venida, no utilizara otro poder que el de la misericordia. En suma, si el brazo que Dios ha dotado de poder es Cristo[272] –el Verbo (poder de Dios) encarnado–, entonces María nos va a narrar en lo que sigue lo que ha hecho su Hijo, brazo de Dios.

Con su sola encarnación, Cristo dispersa a los soberbios de corazón. Ninguna criatura que esté infatuada de su inteligencia considerará posible la proeza de la encarnación divina. A ella se opusieron los ángeles caídos[273], y a ella se oponen los humanos engreídos y autosuficientes. Es cierto que esta proeza sobrepasa la sabiduría humana y angélica, pero por eso mismo sirve de medida para separar a los humildes de los soberbios. Quien la admita estará confesando que la sabiduría y el poder de Dios superan a la sabiduría y el poder del hombre, quien la niegue estará igualándose o poniéndose por encima del poder y sabiduría de Dios. De este modo, la mera Encarnación sirve de piedra de toque para la salvación, de piedra de escándalo, como dijo Simeón: “éste… será un signo de contradicción,…para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones[274].

Los que se oponen más radicalmente a Cristo, Dios hecho hombre, son los soberbios. Nietzsche entendió que si existe algún Dios verdadero, ése es Cristo; pero como él no quiere aceptar a Dios, entonces rechaza a Cristo, la Verdad, el Dios de la misericordia y del perdón, y se erige a sí mismo en dador único de sentido, o sea, en diosecillo humano, en superhombre. Los soberbios son los que rechazan la misericordia de Dios, los que se aman más a sí mismos que a la Verdad, y por eso rechazan ser amados por encima de lo que ellos se aman a sí mismos.

Pues bien, esos soberbios son dispersados por la humillación de Cristo. Hacerse hombre es una humillación ontológica para el Verbo, pero es una humillación que expresa de otro modo la divina reverencia del Hijo hacia el Padre, y por ello cabe que el Hijo la haga suya[275]. Como dice mi maestro, L. Polo: “El anonadamiento no es un empequeñecimiento del Hijo relativo a Sí Mismo (hipótesis sin sentido) ni una limitación de la Infinitud. La humillación es relativa tan sólo al Padre, ya que en el Hijo sólo cabe la posibilidad de anonadarse si se mantiene su carácter personal de Expresión –de Palabra– del Padre. La Encarnación no es indigna del Verbo: la fe descu­bre en ella, por decirlo así, un modelo más de Expresión[276].

Esa humillación personal del Verbo (en su humanidad) ante el Padre expresa un amor misericordioso inconcebible para cualquier criatura: un amor que ama incluso al que no lo merece, y así quebranta toda soberbia. Desde ahora nadie podrá pensar a Dios como distante y ocupado en lo suyo: Dios mismo ha roto los protocolos, el santo e incontaminado ha hecho suya la pequeñez del hombre e incluso su miseria[277]. Pero, ¡oh increíble proeza!, no es Dios quien pierde altura, sino el hombre y toda la creación los que la ganan: todas las criaturas pueden quedar incluidas en la vida trinitaria, en las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; sólo los soberbios quedan excluidos por la humillación del Hijo, y su exclusión reviste la forma de dispersión.

La dispersión aparece en la Sagrada Escritura en el relato de la torre de Babel[278]. La palabra humana sirve a Dios de medio para dispersar la soberbia del hombre, pues aunque por su esencia debería unir, lleva a la fragmentación de las naciones al ser convencionales sus signos. También Israel vio varias veces castigada su infidelidad a Dios con la dispersión entre las naciones[279]. La soberbia es castigada con la dispersión, porque Dios ha querido que en el pecado esté el castigo[280]. La soberbia es dispersante: la caridad une, la soberbia divide. La soberbia termina en la incomunicación, rechaza a Dios, rechaza la verdad, convierte la comunicación en manipulación que disuelve toda comunidad. Nuestra Madre, María, nos indica incluso el modo en que los soberbios han sido dispersados por Cristo: por el pensamiento de su corazón [de los soberbios] (dianoia kardías auton). El Señor no ejerce violencia alguna, es el propio pensamiento de los soberbios el que los dispersa: son ellos los que se van cada uno en solitario[281].

Desde este versículo se puede entender mejor el relato del Apocalipsis en que el Dragón, la antigua serpiente, el Diablo o Satanás, fue arrojado a la tierra. Fue Cristo, el Hijo de la Mujer vestida de sol, el motivo de la lucha entre los ángeles, entre los que no admitían a un Dios hecho hombre y aquellos que lo adoraban, aun teniendo una naturaleza humana, por ser el Hijo de Dios. La lucha de los ángeles, espíritus puros, fue una lucha de inteligencias y voluntades; y por el poder luminoso del Verbo encarnado, los propios demonios se alejaron de Dios convictos de soberbia por el pensamiento de su corazón[282].  Para entorpecer la obra de Dios en el hombre vinieron a refugiarse a la tierra, el escenario en el que Cristo los había de derrotar definitivamente al hacerse hombre y morir por nosotros. Eso que les aconteció a los ángeles caídos les acontece a todos los soberbios: no sólo se alejan de Dios, se alejan también de toda comunicación, se encierran en sí mismos, queriendo ser la medida de todo cuanto existe. Mas, ¡ay de los solitarios![283], pues serán tormento para sí mismos.

El texto del Apocalipsis, que pone en relación a María y a la Iglesia con la lucha entre los ángeles, nos abre los ojos ante el gran misterio que se encierra en nuestra existencia terrenal. Nosotros apenas vemos nada, pero la verdadera epopeya que se ventila en nuestros días –al igual que en cualquier otro momento de la historia– es la que acabamos de leer en el Apocalipsis y nos describe s. Pablo: “porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire[284]. En la estrechez de nuestro reducido círculo vital los cristianos, a veces, no nos damos cuenta de la trascendencia de nuestro vivir cotidiano, nos parece estar solos, no influir para nada en los demás, por ser nuestras obras insignificantes. Todo eso nos pasa porque no tenemos presente la Encarnación y su victoria. Sobre todo los niños y las personas mayores tienen demasiado clara su pequeñez y aislamiento, pero también los cristianos normales podemos perder de vista la importancia de nuestras aparentemente minúsculas acciones. No es así; en las pequeñas cosas que están a nuestro alcance, estamos librando la batalla colosal del bien contra el mal, de la luz contra las tinieblas, de Cristo contra el pecado. No hay tregua ni descanso en esa lucha: cuando dormimos, cuando rezamos, cuando paseamos, en todo lo que hacemos estamos participando en la victoria de Cristo sobre el pecado, y ella nos está preparando para reinar con Él. Nuestras nonadas y nuestras grandes conversiones entran a formar parte de la historia de la salvación, de la verdadera historia universal, en la que participan todos los hombres, unos para bien, otros para mal, y cuya ley es la victoria de la misericordia divina sobre la soberbia humana. Sólo quien no acepta la misericordia, o no la concede, queda derrotado para siempre. Por eso podemos alzar nuestra voz con la de María y decir: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador,… porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

 

v. 52: “Deposuit potentes de sede, et exaltavit humiles

Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes

 

Otra vez resuenan ecos del cántico de Ana, pero con un sentido nuevo, más amplio. Ana afirma que “el Señor desbarata a sus contrarios” (v.10), que “El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece” (vv. 6-7). Y también Job había dicho: “Él dispone de fuerza y eficacia, suyos son el engañado y el que engaña; conduce descalzos a los consejeros, hace enloquecer a los gobernantes; despoja a los reyes de sus insignias, les ata una soga a la cintura[285]. La mirada de María es más universal, no se dirige sólo a los israelitas y a todos los hombres, sino incluso a los ángeles. Lo que Dios ha hecho al encarnarse el Verbo, elegir a los de condición ontológica más baja para hacerse semejante a ellos, ha cambiado el orden natural de las criaturas. Las palabras del protoevangelio, “la descendencia de la mujer quebrantará su cabeza”, se reconocen aquí cumplidas: los poderosos (Luzbel y secuaces) han sido derribados; la pequeñez de los hombres ha sido enaltecida. La jerarquía de las criaturas ha sido invertida: también los ángeles han de ser iluminados por Cristo, y aprender de Él y de la Iglesia –su Cuerpo místico– el misterio de la redención. Al propio Cristo, que era en su naturaleza humana algo inferior a los ángeles, lo ha puesto por encima de todo, pues una vez asumida por el Verbo ésta es adorada por ángeles y hombres[286], y toda criatura le está sometida[287].

Naturalmente, el nuevo plan de Dios afecta, sobre todo, a la historia humana. Por «poderosos» en la Biblia pueden entenderse los reyes[288], o sencillamente: los famosos[289], los hombres fuertes físicamente[290], o los que tienen poder militar y político[291]. Pero «poderosos» aquí son los que usan del poder como si fuera suyo y no venido de Dios. El poder, como la riqueza[292], viene de Dios[293], pero precisamente por eso, el que recibe poder de Dios no debe considerarse superior por su poder, sino servidor, como Cristo, que no ha venido a ser servido sino a servir[294]. El trono del que depone Dios a los poderosos es aquel sobre el que ellos mismos se suben cuando usan a favor propio el poder que se les ha otorgado para el bien común. A todos ellos los humillará Cristo[295], cuya mera y simple encarnación es ya una victoria sobre los poderes de este mundo.

Con solo haber recibido en su seno al Hijo de Dios, María, nuestra Madre, ha entendido el gran misterio guardado por los siglos. Los judíos esperaban un gran rey por Mesías, un señor colmado de honores y riqueza, que haría de Israel el más poderoso de los pueblos. A María le bastó con oír el anuncio angélico y recibir a su Hijo para comprender la coherencia de los planes de Dios. Dios no es como los hombres. Es tan grande que no necesita ser «grande» al estilo humano, no necesita los honores ni los poderes humanos, pues Él los sobrepasa a todos. Al ser la asumición de una criatura por una Persona divina la única humillación, o abajamiento, posible para la divinidad, pero a la vez la mayor de todas las humillaciones –por no existir mayor distancia que la que media entre Dios y las criaturas[296]–, es congruente que entre todas las criaturas asumibles haya elegido al hombre, la más baja entre las criaturas espirituales. Y si para elevar a su Vida a la creación entera, ha escogido una criatura tan humilde como el hombre, que además está en situación de postración por el pecado, lo congruente es que, también entre los hombres, sin perder nada de su trascendencia, escoja el estado más humilde y sencillo, la pobreza, que no es la miseria humana –que incapacita–, pero sí la ausencia de honores, de poderes y de riqueza material. Todo esto, y mucho más, está implícito en la sola Encarnación[297], con la que ha dispersado a los soberbios y depuesto del trono a los poderosos.

Pero «poderosos» son también los que no quieren perdonar, los que subidos en el trono de su propia dignidad consideran las ofensas de otros como imperdonables[298]. A éstos también les estorba la Encarnación, porque, al hacerse igual a nosotros en todo, Cristo reparte a todos su misericordia y su justicia, es decir, su salvación, pero ellos o bien quieren ser distinguidos y estar por encima de algunos otros, o bien no admiten compartir el perdón divino con sus enemigos. Se trata de aquellos que excluyen a otros del reino de Dios. Cristo no admite la exclusión, porque Él ha venido a ofrecer la salvación a los excluidos o pecadores[299], es decir, a todos los hombres, y ofrece su misericordia (a todos) de generación en generación, como dice María. Con su sola venida, al hacerse hermano nuestro, nos ha dado un mismo Padre adoptivo y nos hecho a todos los hombres hermanos[300], pero el que odia a su hermano es homicida y no tiene la vida eterna[301].

Pues bien, por haberse hecho de condición humilde (hombre) el Hijo de Dios, los humildes han quedado enaltecidos. Ana, la madre de Samuel, lo había adelantado en su cántico, y el salmo 113, vv. 7-8 lo había repetido: “Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo”; y también Job[302]: “pone a los humildes en lo alto, en lugar seguro a los abatidos”. En boca de María –en la coda de este versículo 52 y en el siguiente– queda recogido el espíritu de las bienaventuranzas, que no es otro que el sentido de la Encarnación: el enaltecimiento de los humildes y mansos, de los que sufren y lloran, de los pacíficos, de los puros de corazón, de los perseguidos por causa de la justicia… En suma, esas palabras del Magnificat consignan el cambio de jerarquía y de valores aportados por el Salvador. Dios acoge la debilidad humana y la ensalza al hacerse hombre para salvarnos: no tienen necesidad de médico los sanos[303], ni los justos de salvador, pero todo hombre tiene necesidad de Cristo; y todo el que lo necesita y lo busca, reconociendo su pequeñez y su pecado, lo encuentra, y queda enaltecido al unirse operativamente, mediante la gracia, a su divinidad.

Con estos versos María, nuestra Madre, sigue describiendo, pues, la gran victoria de Dios, obtenida por la Encarnación, sobre los soberbios y los poderosos, que son los enemigos de Dios. Y nos está diciendo lo mismo que el salmo 98, 1: “su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo”. María está haciendo justamente lo que dice la letra de ese versículo: “cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas[304]. Tales maravillas, tales victorias sobre sus enemigos, las ha obtenido el Verbo, brazo y diestra de Dios, ya sólo con encarnarse. Según nuestra Madre nos enseña, los soberbios son dispersados, y los poderosos depuestos de su trono –o sea, de la altura que se han atribuido a sí mismos– por el poder del brazo de Dios, por la humildad de su Hijo, quien, al humillarse haciéndose hombre, está exaltando la humildad y a los humildes, es decir, a los pequeños y a lo pequeño. Así queda resaltado que la inmensidad de Dios no excluye la pequeñez de las criaturas, antes bien la sobreeleva al unirla consigo.

 

v. 53: “Esurientes implevit bonis et divites dimissit inanes

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos

 

Con palabras literales del Salmo 107, 9[305], María completa el sentido del gran giro que el Omnipotente introduce en la historia humana y que el cántico de Ana anunciaba (“Los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan[306]). No habla nuestra Madre directamente de los pobres, sino de los hambrientos –igual que Ana en ese versículo[307]–, pero refiriéndose a los que tienen hambre y sed de justicia, o sea, a los pobres en el espíritu, pues no es pan ni gordura corporal lo que les da Dios mediante la Encarnación, sino sobreabundancia de bienes del espíritu[308]. La sobreabundancia de bienes es un signo de la Encarnación, porque la sobra mayor que pueda existir es la que nace del encuentro entre la inmensidad de la naturaleza divina del Verbo y la pequeñez de la criatura, en especial de la nuestra, pero que, al ser asumida por Él, sobresale respecto de cualquier otra criatura. Mas esa sobreabundancia de bienes que trae Cristo sólo lo es para los que tienen hambre de Dios, es decir, para los que creen y abren su espíritu a la gracia divina.

Así nos enseña la Escritura que cumple Dios su misericordia para con su pueblo, al que ya le había mostrado su disposición: “Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti: ¡ojalá me escuchases, Israel! No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, Dios tuyo, que te saqué de la tierra de Egipto; abre la boca que te la llene[309]. Los hambrientos son los que abren la boca de su alma para que Dios se la llene. Sólo que ahora aquel ofrecimiento divino se dirige a todos los hombres de todos los pueblos.

Sin embargo, a los ricos y satisfechos, es decir, a aquellos que no abren la boca de su espíritu a la superabundante gracia de Cristo, los deja vacíos, pues hasta lo que tienen se les quitará[310]. La mención de los ricos por parte de nuestra Madre, que no aparece en el cántico de Ana, recuerda al Sal 34, 11: “los ricos empobrecen y pasan hambre, los que buscan al Señor no carecen de nada”. Cristo ha invertido con su encarnación el orden natural de los seres creados, tal como hemos visto, pero esa inversión afecta también al orden social de la vida humana: los pobres, los dolientes, los perseguidos, los pacíficos, los misericordiosos serán los bienaventurados, esto es, los que entrarán en el reino de los cielos. Cristo ha venido no como los reyes de este mundo, sino en humildad, a servir, no a ser servido[311], y ha venido no a salvar a los justos, sino a los pecadores[312]. No sólo el orden moral humano, también el orden social histórico –además del orden ontológico– recibe un nuevo sentido. Dios ha venido a buscar a los que tienen hambre de Él, a los que le buscan, a los que le necesitan, no a los suficientes, no a los satisfechos con esta vida. Satisfechos de sí mismos no sólo son los poderosos y los ricos en dinero, también lo son aquellos pobres que se auto-complacen en sus obras, en vez de desear los dones más altos. Y, por supuesto, tampoco son pobres en el espíritu los que, ricos o pobres, anhelan las riquezas materiales por encima de todo.

Los versículos que gloso (51-53) parecen contener la única nota negativa en la alegría sin límites del Magnificat, es decir, algo de lo que parece no nos podemos alegrar. Los soberbios, los poderosos, los ricos, son dispersados, depuestos, despedidos vacíos, es decir, vencidos por la encarnación de Cristo. ¿Podemos alegrarnos de su derrota? Al incluirlos en su cántico, María nos dice que sí. En efecto, entre esos soberbios, poderosos y ricos nos encontramos, de entrada, todos los hombres antes de conocer a Cristo y a su Espíritu. La victoria de Cristo nos ha liberado de nuestra soberbia, de nuestro auto-ensalzamiento, de nuestra vaciedad, ¿cómo no alegrarnos? Pero, por los que no han aceptado a Cristo, sino que se han enrocado en el rechazo de la misericordia divina, ¿no hemos de entristecernos de su condenación? No. Si Dios, que es Amor y fuente de la misericordia, los condena, justa es su condenación, más aún, elegida por ellos mismos es su condena. Hemos de alegrarnos porque Cristo ha triunfado sobre el mal que nos atenazaba y ha ofrecido el bien supremo incluso a esos que lo rechazan y se condenan. Mas, y el amor de Dios que ha sido despechado, la misericordia que ha sido despreciada, ¿no son un motivo de tristeza? Fue el principal motivo de la tristeza de Cristo en la agonía de Getsemaní y en el abandono de la cruz[313]: Él sufrió todo el desamor de las criaturas rebeldes padeciendo en su carne los oprobios de los que ofenden el amor del Padre[314], pero con tanto y tan gran amor que convirtió esa tristeza en alegría divina, en la alegría santa de quien no puede ser contaminado por el pecado.

María ha aprendido la gran enseñanza que Cristo nos ha dado con su encarnación y con su elección de la pobreza: que los bienes radicales son los bienes del espíritu, no los materiales; que la riqueza más alta y digna del hombre son los dones del Espíritu Santo ­–junto con sus frutos[315]– de los que Cristo está lleno[316] y ha llenado a su Madre. Por eso, los que –satisfechos de su racionalidad humana– piensan que María tuvo que haber sido ignorante, ofenden la dignidad y generosidad de Dios, y parecen no prestar oídos a Cristo cuando dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar[317]. Dios revela su sabiduría a los pequeños. María, la humilde esclava del Señor, es, entre los pequeños y humildes (humanos), la llena de gracia que ha acogido en su seno la revelación más alta de Dios, el verbo del Verbo. Al ser la Madre de Cristo, en el que están escondidos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia divina[318], ella es la Madre de la Sabiduría y de la Ciencia, y como fue madre por su fe, libre y generosamente, ha sido colmada de los dones del Espíritu. ¿Acaso se puede ser sabio según Dios y ser un pobre ignorante? Sólo los que estiman menos la sabiduría de Dios que la humana podrían sostener eso.

En esta relación de las proezas de la encarnación de Cristo se advierte, claramente, la catolicidad del entendimiento de María: no se refiere a los soberbios ni a los poderosos de su pueblo ni a los hambrientos ni a los ricos de su pueblo ni de su momento histórico, ni siquiera de todo Israel, sino a todos los soberbios, poderosos, hambrientos y ricos de la historia de la humanidad. María profetiza, nos adelanta el mensaje evangélico e incluso el criterio del juicio divino.

María muestra haber entendido perfectamente el plan divino que le fue revelado a ella, antes que a ningún otro, en la anunciación[319]. Si recordamos el relato angélico de la obra divina de la Encarnación, memorizado por María, vemos que en estos últimos versículos (51-53) del Magnificat, ella se ha referido al dominio que su Hijo ejerce sobre la historia humana[320]: lo ha cambiado todo, el orden ontológico, el orden social e incluso el sentido de la historia. Como dirá más tarde s. Pablo, Cristo posee energía para sometérselo todo[321]. Pero ese poder de nuestro Señor no se limita a lo más grueso, llega también a los pequeños detalles. No importa cuál haya sido tu papel en la sociedad ni en la historia, es tu fe y tu unión con Cristo lo que más influirá en los demás, lo que decidirá tu puesto en el Cuerpo místico. No importa si lo que haces es muy relevante o no, ni si de ti dependen grandes o pequeñas cosas, es Cristo quien hace tus obras contigo, y por eso tienen un valor incomparable. Lo único que importa es la apertura de la boca de tu espíritu, tu aceptación de la iniciativa divina, tu «fiat», tu fidelidad a su Espíritu, el resto lo ponen Él y el Padre.

 

II.3. Parte Tercera (vv. 54-55): la alabanza de la misericordia de Dios para con el pueblo santo.

 

v. 54: “Suscepit Israel puerum suum, recordatus misericordiae suae

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia

 

Empieza aquí la tercera parte del Magnificat. Es muy breve, pero densa. En ella María habla de Israel, su pueblo, el pueblo santo de Dios, avanzadilla de la Iglesia. Dios ha cuidado siempre de su pueblo con mimo, lo ha envuelto, sustentado y cuidado como a la niña de sus ojos[322], pero ahora lo ha tomado y unido consigo personalmente. Aunque el traductor vierte «auxilia», antilambano en griego sugiere cierto intercambio, algo así como «tomar a cambio». En esto se contiene una nueva alusión a la Encarnación. Por el mero hecho de encarnarse y unir consigo la carne tomada de María, su Hijo ha acogido a cambio a su siervo, Israel, ofreciéndole convertirse en hijo adoptivo de Dios. ¿Y qué tendrían ellos que hacer para acceder a este intercambio tan desigual? Ofrecerle su fe y obediencia, cosa que ha encontrado pleno cumplimiento en María. Una alianza consta siempre de dos partes, pues se ha de dar entre –por lo menos– dos, sean personas, pueblos, o una combinación de ellos; y, además, lleva consigo algún intercambio entre ambas partes. Al aliarse con Israel, a Dios le corresponde algo en Israel, y viceversa a Israel algo en Dios. Lo que en virtud de la alianza toma Dios de Israel es la carne de Cristo, por medio de María; lo que alcanza Israel al ser tomado como pueblo de Dios es tener al Verbo encarnado entre sus hijos, y así poder ser sus hermanos. Israel ha servido de mediador para toda la humanidad: ha mediado la carne del Salvador[323]. ¡Gracias les sean dadas por toda la humanidad! Y, en especial, ¡gracias a María de Nazaret, la Madre de Cristo, cuyo «génoitó» ha hecho posible el cumplimiento de la alianza, por cuya virtud Israel alcanzó en parte y alcanzará al final su plenitud en Cristo!

De nuevo es citado aquí, casi literalmente, el salmo 98, ahora en su versículo 3: “Se acordó de su misericordia y fidelidad a favor de la casa de Israel”. No cabe duda de que también dicho salmo ha servido de inspiración al Magnificat, pero de manera que en boca de María cobra sentido pleno. Ésta es la segunda vez que menciona, nuestra Madre, la misericordia divina. La primera vez se refería a todos los que le temen, sean del pueblo que fuere. Pero María sabe que su Hijo viene a redimir, ante todo, a Israel, al pueblo elegido, como le ha anunciado el ángel[324]. Y a eso se refiere aquí. El brazo poderoso de Dios viene en auxilio de los israelitas: “He sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, dirá Cristo[325].

La alusión a la memoria o al recuerdo de Dios es constante tanto en la Ley (Génesis, Éxodo, etc.) como en los profetas (Isaías, Jeremías, salmos, etc.), y, puesto que Dios no necesita recordar nada, lo que significa es que, al igual que la iniciativa de la alianza partió de Él, así también es renovada por Él generación tras generación: Dios no cambia sus promesas, sino que las mantiene constantemente a los hombres que se van sucediendo; Dios es fiel. Como aclara s. Agustín, “se dice que Dios se acuerda cuando hace [algo favorable], y, en cambio, que se olvida cuando no lo hace[326]. María está aludiendo, pues, a la gran acción de Dios a favor de su pueblo, aquella para la que éste ha sido elegido, que es también la obra más altamente misericordiosa de Dios: para dar a conocer su salvación y revelar su justicia a las naciones[327]. Pero en el salmo 98 junto a la alusión a la memoria se menciona expresamente la fidelidad de Dios[328]. Si la memoria en Dios equivale ya a su fidelidad, ¿a qué viene esa redundancia? Creo que el salmista, inspirado, está alabando el cumplimiento de la misericordia divina, no de una u otra acción misericordiosa, sino su cumplimiento perfecto, el que será notorio a todo el universo, por eso añade: “los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios[329]. El cumplimiento de la misericordia divina es la Encarnación, es Cristo. Según eso, María, nuestra Madre, al usar las palabras de este Salmo, nos está diciendo que en ella Dios ha llevado a término su misericordia y fidelidad con la casa de Israel.

En este sentido, es de advertir que, menos el primer verbo (megalynei), que está en presente, y unos pocos más («me felicitarán», «es santo», «su misericordia llega»), en el texto griego del Magnificat los demás verbos están en aoristo, o sea, en tiempo pasado y acción acabada. María habla en pasado perfecto porque se está refiriendo al momento de la Encarnación, en el que se sitúa el referente de todo lo que dice. El traductor al castellano, en cambio, ha puesto en presente todos los verbos que en griego están en aoristo. No ha sido literalmente fiel y así ha perdido una indicación importante, a saber, que todo el cántico ha de ser entendido como una alabanza de la obra divina que se ha cumplido en el momento de la Encarnación.

María destaca, pues, que Dios ha auxiliado a Israel enviándole a su Hijo eterno, que es el Mesías prometido, aunque la grandeza de dicho designio divino todavía quedara en el misterio para la inmensa mayoría de su pueblo. Él lo había anunciado por los profetas: “Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos… Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar… así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo[330]; “Yo, conociendo sus obras y pensamientos, vendré para reunir las naciones de toda lengua…[331]; “Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países…[332]Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré…. Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar… Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma…[333]; etc. Pero nunca pudieron imaginar los israelitas que más allá del auxilio de Dios a su pueblo, esos avisos anunciaban la Encarnación. Era demasiado grande este proyecto para ser entendido en abstracto por los hombres, e incluso cuando lo realizó fue también demasiado grande en concreto para la mayoría de su pueblo, exceptuado un resto pequeño. De ese pequeño resto María es la adelantada, pues fue ella la primera que entendió, creyó y aceptó el anuncio de ese plan de Dios que le hizo el ángel. Lo que todo un pueblo con sus príncipes y jefes no pudo entender, creer o aceptar, lo entendió, creyó y consintió ella. ¿Quién puede atreverse a decir que era una inculta y mediocre mujer de aldea la que es, por su fe, Madre de todos los creyentes[334]?

Tan claramente había entendido el mensaje que supo interpretarlo según el espíritu de la Sagrada Escritura: la alianza pactada por Jahvé con el pueblo de Israel es una alianza de misericordia. Posiblemente, María habría sido la que más dificultades habría tenido para entender precisamente eso, porque en ella no había miseria alguna, sino plenitud de gracia, pero esa gracia le permitió entender que también ella había sido objeto de la mayor de las misericordias, al haber sido librada de la culpa original. La misericordia del Padre no es como la nuestra, que compadece, pero rara vez puede eliminar la miseria, antes bien su bondad es tan inmensa y sobrepasa de tal modo nuestra indigencia y nuestro pecado que se permite colmarla con su propia vida íntima, con su amor, enviándonos a su propio Hijo y superando todo posible deseo o necesidad creatural. Nuestra Madre subraya que sólo la infinita bondad misericordiosa de Dios es la razón de la alianza, y que sólo su fidelidad (memoria) es la razón de su cumplimiento, pues nuestros pecados siempre nos separan de él, los pecados de Israel y los de todos los hombres, porque todos estamos igualados por el pecado[335]. Esa misericordia empezó por Israel, pero –como ya adelantó y repetirá el Magnificat– va destinada a todos los hombres, de generación en generación.

 

v. 55: “Sicut locutus est ad patres nostros, Abraham et semini ejus in saecula

Como lo había prometido a nuestros padres, a Abrahán y a su descendencia para siempre

 

Aunque viene después, el sentido de este versículo está fundido por completo con el anterior[336]. Dios ha cumplido su palabra, aquella que había dado a nuestros padres. La promesa de Dios es la Palabra de su alianza: “Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo[337]. Pero al mencionar ahora a Abrahán y a su descendencia, María se remonta de Isaac y Jacob al padre de todos los israelitas, al principio mismo de la primera alianza. ¿No le habría bastado con decir “como había prometido a nuestros padres”? Claro que sí; pero no se trata de una redundancia inútil, antes al contrario, se trata de una poderosa indicación, porque a Abrahán le fue prometido expresamente: “todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia[338]. Al añadir “y a su descendencia”, María nos remite a la promesa de bendición universal que acompaña a la alianza con Abrahán.

Por ahí es por donde vuelve a enlazar el Benedictus de Zacarías, el padre de s. Juan Bautista, con el Magnificat. Él conocía el cántico que, en su visita a Isabel, pronunció María precisamente en su casa, y recibió con fe el anuncio del salvador que ella les hizo. Por eso, una vez recuperada la voz, corrobora ampliamente las palabras del cántico mariano: “realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán[339]. Señala la misericordia y la memoria, como María, y añade el juramento. Con esta alusión al juramento señala directamente el pasaje en que se recoge la promesa de Dios a Abrahán de que por su descendencia serían benditas todas las naciones de la tierra[340].

María sabe, por las palabras del Ángel, que dicha promesa y alianza se ha cumplido por entero en su Hijo, el hijo de David, el Mesías[341], y así nos lo indica: Dios ha cumplido sus promesas, pues no cabe mayor unión, alianza, o matrimonio de Dios con su pueblo, que la de hacerse el Verbo divino descendiente de Abrahán en la carne de María, por la que son bendecidos todos los pueblos. Ella sabe de la grandeza del momento histórico que se alcanza en su seno, como canta agradecido desde el principio el Magnificat. Nosotros debemos, igualmente, dar gracias a Dios por el momento histórico en el que su Providencia nos ha puesto, sea cual fuere. El de María es el tiempo central de la historia humana. El nuestro es también un tiempo clave, pues la historia se teje de generación en generación. Cada uno de nosotros tiene que comunicar la fe en la Encarnación a la generación siguiente, un fallo en un eslabón significa una ruptura de la cadena histórica de la fe, un vacío en la transmisión de la tradición. Dios no necesita de nosotros, pero ha querido hacer de nosotros anunciadores de su palabra a nuestra generación y a las siguientes. ¡Qué regalo tomar parte en el anuncio histórico de la Buena Nueva! María lo ha hecho de modo completo: de obra, al abrir la puerta de la humanidad al Verbo y acogerlo como Hijo; de palabra, al alabar esa proeza divina en el Magnificat e informar al evangelista del anuncio angélico y de este su cántico. Nosotros debemos imitarla proclamando la verdad del evangelio y poniéndolo por obra.

Mas cuando alude directamente al principio mismo de la primera Alianza, María nos indica algo que ella tiene muy claro: que los privilegios de Israel son los de un pueblo elegido para abrir a Dios la puerta de la humanidad toda. Cristo es la bendición de todos los pueblos, y lo es de un modo imprevisto, pues hace descendientes de Abrahán a todos los creyentes, sean del pueblo que sean. Como la Carta a los romanos deja claro, nosotros somos también descendencia de Abrahán por la fe[342]. María sabe como nadie que la humanidad entera es el destinatario de la obra que Dios ha hecho en ella. ¿Aldeana, dicen? Nadie más cosmopolita que María en toda la historia de la humanidad. ¿Quién ha tenido en cuenta a todos los hombres y a todas las generaciones en su vida íntima, en su oración a Dios?

En consonancia con esa inigualable apertura de espíritu[343], el Magnificat está atravesado de «ecos» de pasajes bíblicos del Génesis, Deuteronomio, Samuel, Salmos, Job, Isaías, Habacuc. Quizás por eso mismo los filólogos prefieran pensar que fue compuesto por otro. Extraño pensamiento éste para quien cree que la Sagrada Escritura está inspirada por el Espíritu Santo. ¿Acaso por tener mayor instrucción humana será s. Lucas más hábil para componer un cántico inspirado, que dócil fue María al Espíritu divino para engendrar a Cristo? ¡Cómo si la Palabra de Dios fuera cosa de instrucción humana! Y, por otro lado, ¿quién puede estar más instruida en lo divino que aquella que fue consultada por Dios mismo cuando le pidió permiso para entrar en la humanidad a instruirnos a todos acerca del misterio escondido por siglos y generaciones? Medir a María con los patrones de la ciencia humana es equivocarse de plano: es el Espíritu Santo quien mueve su mente y su boca. La sabiduría escriturística de María nace de la gracia divina y de su propio corazón, en el que guardaba y meditaba toda palabra u obra salida de la boca o de la mano de Dios[344].

Nuestra Madre nos pone al descubierto, así, que ella es la última de los primeros. El sentido de la elección del pueblo de Israel y de las promesas que le fueron hechas se ha cumplido en ella. En el plan eterno de Dios, el pueblo de Israel fue elegido para proporcionar la vida humana, la carne, al Verbo en su encarnación. Si Dios Padre elige a un hombre y a una mujer (Abrahán y Sara) para ser los engendradores primeros de un pueblo, es porque de su descendencia habría de tomar carne Su Hijo. Toda mujer israelita quería ser madre, para que en ella se fuera cumpliendo el designio divino de formar el pueblo de Dios –el pueblo que había de acoger al Mesías prometido–, y consideraba un oprobio o una vergüenza el no serlo[345], por quedar apartada de esa tarea histórico-salvífica. Y, aunque el pueblo de Israel sea patriarcal, la verdad es que –por designio divino– su función histórica la cumplió una mujer, y, por cierto, humanamente sola: María, que engendró, sin obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo, al Hijo de Dios hecho hombre. Es cierto que la tarea del pueblo de Israel no consistía únicamente, aunque sí de modo principal, en engendrar al Mesías, también se trataba de crear el ambiente humano en el que su venida diera fruto, es decir, en que fuera reconocible y aceptable por el hombre. Y en eso los varones y las mujeres israelitas colaboraron por igual. La pedagogía divina fue preparando la venida de Cristo de manera que su revelación quedara al alcance del hombre caído. Sabemos que “los suyos no lo recibieron[346], pero no por falta de preparación, sino por la dureza de su corazón, la misma dureza de corazón que se había rebelado contra Dios, primero en el éxodo, y después contra los profetas; la misma dureza de corazón con que lo recibimos los demás hombres hasta tanto que su gracia no nos lo ablanda y agranda.

María fue el ápice de la preparación divina, la última de los primeros, o sea, de los que esperaban la venida de Cristo, pues en ella, y gracias a ella, se cumplió esa esperanza; pero precisamente por eso es también la primera de los últimos es decir, de los que han acogido con su fe al Mesías ya venido. Ella es la abanderada del «resto» que Dios convocará en Jerusalén[347], de aquellos que acepten la venida de Cristo y proclamen su muerte y resurrección ante todas las naciones. Ella está situada en medio, entre los primeros y los últimos, porque su fe hizo posible la venida del Verbo a la carne: su fe lo acogió libre y previamente, su fe lo acompañó en su venida, y su fe siguió acompañándolo siempre durante su vida. Tanto es así que ella forma parte del propio misterio de la Encarnación. Por eso tenía pleno sentido que María dijera, antes, que Dios ha hecho obras grandes en ella. Tan grandes han sido esas obras que han hecho de ella, una criatura excepcional, la Madre de Dios, la Madre de la Iglesia, es más, la Madre de todos los hombres[348], en cuanto que redimidos por Cristo, si es que aceptan el don de su Hijo, como hizo ella la primera.

Pero en estos últimos versículos María no habla directamente de sí misma, sino que vuelve a profetizar. María habla de la sobreelevación de la humanidad hecha por el Verbo en ella, miembro selecto del pueblo elegido. El «para siempre» final del Magnificat, que repite palabras de la anunciación angélica (eis tous aionas[349]), afecta a la promesa divina, a su cumplimiento y a los beneficiarios. El amparo de Dios a Israel que proclama María es por los siglos. Aunque desde el principio había sido prometido para siempre, al cumplirse en la encarnación de su Hijo la promesa de Dios ha quedado validada para siempre. Como le había anunciado s. Gabriel arcángel, la Encarnación es para siempre: no cabe que nadie se salve más que por Cristo, ni cabe que el Verbo y la Trinidad entera se relacione con las criaturas de otra manera que no sea a través de la humanidad de Cristo[350].

A semejanza de ese «para siempre», el matrimonio cristiano es símbolo de la Encarnación. Precisamente porque es para toda la vida, la indisolubilidad del matrimonio cristiano simboliza la unión de las naturalezas divina y humana en la persona de Cristo[351]. Por eso tiene sentido que a María, como ella dice, la feliciten las generaciones humanas: engendrar es la tarea histórica principal de los matrimonios[352]. Y la felicitarán precisamente por haber engendrado al Hijo de Dios, por ser la Madre de Dios. Además, tiene sentido que la feliciten todas las generaciones humanas, no unas sí y otras no, dado que a todas va dirigido el ofrecimiento de la salvación. En el Primer Testamento no se veía claro que el «para siempre» afectara a todas las generaciones humanas, puesto que la Alianza sólo atañía directamente a Israel. A partir de la encarnación del Verbo, su Hijo, María entendió con claridad que la promesa cumplida en ella concernía a todas las generaciones, anteriores y futuras, hebreas y cristianas. No dice nuestra Madre que la felicitarán todos los hombres, porque no todos aceptarán a su Hijo; pero sí todas las generaciones, porque lo harán muchos hombres pertenecientes a cada generación. Téngase en cuenta que a partir de Cristo la generación de hijos de Dios se hace mediante el bautismo[353] –nacido de la cruz y del Espíritu enviado desde ella–, que nos engendra a una nueva vida. Con Cristo empieza una nueva generación, de manera que todas las generaciones son renovadas desde Él. Y la nueva generación aportada por Él es para siempre. Dios ha cambiado el modo de generación de los hijos de Dios, de los nuevos israelitas, y lo ha cambiado justo en María: ella no ha concebido de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Eso no obstante, la abundancia de la misericordia divina es tal que incluso el matrimonio natural, en vez de suprimido, ha sido regenerado por la encarnación del Verbo, que lo ha convertido en signo de su amor por la Iglesia[354]. De ahí que María se preocupara expresamente de que su Hijo bendijera el matrimonio, y lo bendijera haciendo su primer milagro en las bodas de Caná, cuando convirtió el agua del amor humano en el vino del amor de Cristo.

Es hermosísimo que María concluya su alabanza con ese profético «por los siglos» (eis ton aiona), es decir, para siempre. Esas palabras dan razón de su esperanza. La misericordia de Dios, cuando es aceptada, es para siempre; la encarnación de su Hijo, una vez realizada, es para siempre; la alabanza de María por su maternidad divina es para siempre. Las promesas de Dios son para siempre, su cumplimiento es para siempre, y nosotros sus beneficiarios lo seremos para siempre, si esperamos en ellas. S. Pedro nos exhorta a estar preparados para dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida[355]. María no aguarda a que se la pidan, sino que se adelanta, inspirada por el Espíritu Santo, para dar razón de su esperanza a todos, a fin de que nosotros a nuestra vez sepamos darla a los demás. La encarnación del Verbo es la razón de la esperanza que dura para siempre, porque confirma y amplía la libertad que –como posesión de futuro que no lo desfuturiza[356]– somos por dotación del creador, abriéndola a la eternidad de la Vida íntima divina por el don de la filiación adoptiva.

 

 

 


 

[1] “Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales” (Papa Francisco, Misericordiae vultus, 15). Este escrito pretende meditar sobre el origen y destino de las obras de misericordia cristianas: la misericordia y la justicia divinas.

[2] Cfr. Tomás de Aquino, Summa Theologiae (ST) I, 2, 2, ad 1; II-II, 2, 10 ad 2; In librum Boethii  de Trinitate, pars 1, q.2, art.3,  2 y 3 contra, Opera Sti. Thomae, curante R. Busa (RB), Frommann-Holzboog, Stuttgart-Bad Cannstatt, 1980, 4, 525. Tomás de Aquino incluye también bajo ese nombre las semejanzas naturales que ilustran lo revelado, y la apologética que rebate las falsedades de los adversarios o por lo menos demuestra que no son verdades necesarias.

[3] Cfr. Enchiridion Symbolorum Definitionum et Declarationum de rebus fidei et morum, H. Denzinger - A. Schönmetzer (DS), Herder, Barcinone, Friburgo, etc., 341967, 2751; 2812; 3026.

[4] Rom 2, 14-16. Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, 16.

[5] Heb 11, 6: “el que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a los que le buscan”.

[6] Trad. F. Vela, Revista de Occidente, 1965, p.18. Que cite alguno de sus aciertos no implica que acepte sus planteamientos ni muchas de sus tesis. Concretamente, es inaceptable pretender entender y explicar lo trascendente a partir de los sentimientos (“este carácter positivo del mysterium se experimenta sólo en sentimientos”, p. 25; cfr. 183), a los que, además, considera como irracionales (pp. 13-14; 89-91), lo cual le lleva a confundir lo irracional con lo supra-racional, es decir, con lo que supera la razón (p. 75), llegando incluso a reducir la revelación a una racionalización evolutiva de los sentimientos (154-156). Acontece justo a la inversa: la detección cognoscitiva de lo trascendente induce afectos y sentimientos propios.

[7] Y esto lo hacen notar tanto el Primero (Gn 15, 12) como el Segundo Testamento (Lc 9, 34). Pero el temor de Dios nacido de la revelación no es mero miedo, sino reverencia respetuosa, pues “el que teme al Señor de nada tiene miedo, de nada se acobarda, porque Él es su esperanza” (Eclo 34, 14).

[8] En la religiosidad humana, cuando no está dirigida por el conocimiento del Dios revelado, el temor numinoso suele decaer en temor irracional y dar lugar a supersticiones (magia y mito), acompañadas de errores y conductas desorientadas y reprobables, que se encaminan a granjearse el poder de lo sobrehumano en beneficio propio para esta vida y, en su caso, para la futura. La justicia de Dios queda encubierta, en tales casos, por una idea de lo divino como fuerza ciega o como prepotencia caprichosa. Sin embargo, en cuanto se descubre que la trascendencia divina ha de ser inteligente y se asocia con ella la verdad, se concibe a Dios como juez justo. Cfr. ST I, 21, 2 c.

[9] Cfr. P. Grimal, Diccionario de Mitología, trad. F. Payarols, Paidós, Barcelona, Buenos Aires, 1981. 

[10] A. Bailly, Dictionnaire Grec-Français, Hachette, Paris, 61950, 643.

[11] Cfr. Lexicon der östlichen Weisheits lehren, AA.VV., Scherz Verlag, Bern, München, Wien, 1986, 28; 72; 200; P. Poupard, Diccionario de las religiones, Herder, 22003, 153; 400-401.

[12] L. A. Seneca, De clementia II, 1; cfr. S. Agustín, De civitate Dei IX, c. 5, PL 41, 260-261.

[13] Ethica (Eth) III, Afectuum definitiones, def. 24, en Spinoza Opera, C. Gebhardt (CG), C.Winters, Universitätsbuchhandlung, Heidelberg, 21972, II, 196.

[14] Eth V, Prop. 35, CG II, 302.

[15] Eth I, Sch. II, Prop. 8, CG II, 49: “Sic etiam qui naturam divinam cum humana confundunt, facile Deo affectus humanos tribuunt” (Así también los que confunden la naturaleza divina con la humana atribuyen fácilmente a Dios los afectos humanos); Eth V, Cor. Prop. 17, CG II, 291: “Deus proprie loquendo neminem amat, neque odio habet. Nam Deus nullo Laetitiae, neque Tristitiae affectu afficitur, et consequenter neminem etiam amat, neque odio habet” (Dios, hablando con propiedad, no ama ni tiene odio a nadie. Pues Dios no es afectado por ningún afecto de alegría o de tristeza, y, consecuentemente, tampoco ama ni tiene odio a nadie); Tractatus Theologico-Politicus c. 4, CG III, 65: “Concludimus itaque, Deum non nisi ex captu vulgi, et ex solo defectu cogitationis…justum, misericordem, etc., vocari” (Concluimos, por tanto, que Dios no es llamado justo, misericordioso, etc., más que por la comprensión del vulgo, y por mero defecto de pensamiento).

[16] Metaphysik der Sitten §34, en I. Kants Werke, Akademie Textausgabe, Walther de Gruyter, Berlin, 1968, VI, 457.

[17] Fr. Nietzsche se burla de la misericordia y de la compasión, porque –lleno de amor sui e incapaz de amar interpersonalmente– piensa que ambas son sólo un modo de procurar la propia felicidad, cosa que él dice no apreciar. “En verdad, no soporto a los misericordiosos, que buscan la beatitud en su piedad; están demasiado desprovistos de pudor” (Así habló Zaratustra, McGraw-Hill Interamericana, 2005, De los compasivos, 39); “Así habla todo amor grande: él supera incluso el perdón y la compasión” (O.c., 40). “¡Compasión!¡Compasión para el hombre superior! gritó y su rostro se endureció como el bronce. ¡Bien! ¡Esto tuvo su tiempo! Mi sufrimiento y mi compasión - ¡qué importan! ¿Aspiro yo acaso a la felicidad? ¡Yo aspiro a mi obra! (O.c.: El signo, p. 149).

[18] “La hora en que digáis: «¡Qué importa mi virtud! … ¡Qué cansado estoy de mi bien y de mi mal! ¡Todo esto es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar!». La hora en que digáis: «¡Qué importa mi justicia! … La hora en que digáis: «¡Qué importa mi compasión!...” (Así hablaba Zaratustra, Prólogo, 8); “Mas Zaratustra no ha venido… Sino para que vosotros, amigos míos, os canséis de… las palabras «recompensa», «retribución », «castigo», «venganza en la justicia»” (O.c.: De los virtuosos, 43).

[19] La justicia y la misericordia van siempre juntas en los Salmos, cfr. Sal 33, 5; 36, 11; 89, 15; 116, 5, etc.

[20] Sant 2, 13.

[21]Misericordia est aegritudo animi ob alienarum miseriarum speciem aut tristitia ex alienis malis contracta, quae accidere immerentibus credit” (La misericordia es una enfermedad del alma contraída a la vista de las miserias ajenas, o una tristeza a partir de los males ajenos que cree haber ocurrido a los que no lo merecen) (De clementia II, c. 5, 4).

[22]  “Plerique enim ut virtutem eam laudant et bonum hominem vocant misericordem. Et haec vitium animi est. Utraque circa severitatem circaque clementiam posita sunt, quae vitare debemus; per speciem enim severitatis in crudelitatem incidimus, per speciem clementiae in misericordiam. In hoc leviore periculo erratur, sed par error est a vero recedentium” (Pues muchos la alaban como virtud y llaman buen hombre al misericordioso. Y ésta es un vicio del alma. Ambas giran en torno a la severidad y a la clemencia que debemos evitar; pues por la apariencia de severidad caemos en la crueldad, y por la apariencia de la clemencia en la misericordia. En esto se yerra con menor peligro, pero el error de los que se separan de lo verdadero es igual),  De clementia II, c. 4, 4.

[23]Clementiam mansuetudinemque omnes boni viri praestabunt, misericordiam autem vitabunt; est enim vitium pusilli animi ad speciem alienorum malorum succidentis” (Todas las buenas personas ofrecerán clemencia y mansedumbre, pero evitarán la misericordia, pues es un vicio del pusilánime que sucumbe a la vista de los males ajenos), De clementia II, 5, 1.

[24] “…misericordia vitium est animorum nimis miseria paventium” (la misericordia es un vicio de los ánimos que temen en demasía la miseria), De clementia II, c. 6, 4.

[25](Sapiens) ergo non miseretur, quia id sine miseria animi non fit” (El sabio, por consiguiente, no tendrá misericordia, porque eso no acontece sin miseria de ánimo), De clementia II, 6, 1.

[26] Así lo admite también s. Agustín: “Non enim indigent misericordia, ubi nulla est miseria. In terra abundat hominis miseria, superabundat Domini misericordia: miseria hominis plena est terra, et misericordia Domini plena est terra” (Pues no necesitan misericordia, allí donde no existe miseria alguna. En la tierra abunda la miseria del hombre, sobreabunda la misericordia del Señor: de la miseria del hombre llena está la tierra, de la misericordia del Señor está llena la tierra), Enarratio In Psalmum 32, Sermo II, nn. 1 y 3, PL 36, 287.

[27] De clementia II, c. 7, 1: “Venia est poenae meritae remissio… Ei ignoscitur, qui puniri debuit; sapiens autem nihil facit, quod non debet, nihil praetermittit, quod debet; itaque poenam, quam exigere debet, non donat” (El perdón es la remisión de la pena debida… Se perdona a quien debió ser castigado; el sabio, en cambio, nada hace que no deba, nada omite que deba; por tanto no perdona la pena que debe exigir).

[28] Cfr. B. Espinosa, Principia philosophiae Renati Descartes I, Prop. VII, Lemma I, Nota II, CG I, 165; G.W. Leibniz, Théodicée, II, Reflexions sur l’ouvrage de M. Hobbes, in Philosophischen Schriften, VI, 394: “Peutestre que chez M. Hobbes, comme chez Spinosa, Sagesse, Bonté, Justice ne sont que fictions par rapport à Dieu et à l’Univers, la cause primitive agissant, selon eux, par la necessité de sa puissance, et non par le choix de sa sagesse: sentiment dont j’ay assés montré la fausseté” (Puede ser que en el Sr. Hobbes, como en Spinoza, Sabiduría, Bondad, Justicia no sean más que ficciones en relación con Dios y con el Universo, al obrar la causa primera, según ellos, por la necesidad de su poder y no por elección de su sabiduría: opinión cuya falsedad he mostrado suficientemente).

[29] I. Kant, Vorlesungen über die Metaphysik, herausgegeben von K. H. L. Pölitz, Erfurt, 1821, reprographischen Nachdruck,  Wissenschafliche Buchgesselschaft, Darmstadt, 1988, 320.

[30] Cfr. Tomás de Aquino, ST I, 21, 1, ad 1.

[31] ST I, 21, 3, c; II-II, 30, 3 c.

[32] Con esto no digo que la empatía sea mala ni superflua, sino que no alcanza por sí sola a ser virtud.

[33] ST I-II, 56, 4, ad 1 y ad 3; 59, 2 y 3.

[34] Mt 9, 13; 12, 7;  23, 23;  Lc 7, 13.

[35] En su segunda venida vendrá como justo juez (Hch 10, 42; 2 Tim 4, 8).

[36] Jn 12, 47: “porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo; cfr. Jn 3, 17; Mt 9, 13.

[37] De clementia II, c. 6.

[38] De clementia II, c. 7: “Sed illud, quod ex venia consequi vis, honestiore tibi via tribuet; parcet enim sapiens, consulet et corriget; idem faciet, quod, si ignosceret, nec ignoscet, quoniam, qui ignoscit, fatetur aliquid se, quod fieri debuit, omisisse” (Pero eso que quieres conseguir con el perdón, te lo dará por un camino más decoroso; pues el sabio no hará daño, respetará y corregirá; hará lo mismo que si perdonara, pero no perdonará, porque el que perdona confiesa haber omitido algo que debía haber sido hecho).

[39] En efecto, si la misericordia sólo eliminara la pena, que es lo que puede estimular al infractor a cambiar y mejorarse, entonces podría ser más nociva que beneficiosa para él. Pero la misericordia, además de ofrecer el perdón del pecado, tiene una dimensión elevante (de la justicia) más profunda, que sólo la revelación puede hacernos descubrir, y que expondré más adelante.

[40] Téngase en cuenta que la voz «mundo» puede aludir también al mundo humano (civilización, cultura, sociedad) o incluso al mundo-enemigo del alma (estructuras de pecado). Yo me refiero aquí exclusivamente a la criatura mundo. Y digo «en sentido estricto», porque en la criatura mundo no existe la miseria, ni por tanto es susceptible de misericordia propiamente dicha, aunque sea susceptible de misericordia en sentido amplio (Jn 3, 16), en la medida en que por culpa del pecado del hombre gime esperando la redención de nuestro cuerpo (Rom 8, 19-23).

[41] 2 Pe 2, 4; Mt 25, 41. Sto. Tomás de Aquino, ST I, 62, 5 c y ad 3; 63, 6 c y ad 4.

[42] Gn 1, 28.

[43] Lo cual concuerda con la condición del hombre como hijo de Dios, pues la paternidad humana no se limita a engendrar, sino que lleva consigo formar o educar a la prole. Pero la educación supone el crecimiento personal, y por lo mismo la peculiar condición humana requiere que Dios sea para el hombre un Padre, si bien no necesariamente misericordioso.

[44] “Por tanto, lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron” (Rom 5, 12). “Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos” (Rom 11, 32). La miseria es la muerte y su amenaza inminente.

[45] Sal 136, 1-26 (“Él da alimento a todo viviente, porque es eterna su misericordia”, v.25).

[46] Sal 145, 9: “el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas”; Sab 11, 24.

[47] Eclo 18, 8-14; Jon 4, 9-11; Sal 12, 6.

[48] Ex 34, 6-7; cfr. Ex 20, 5: Num 14. 17; Deu 5, 8-10; 7, 10-11.

[49] Así se puede ver en el n. 4 de la Dives in misericordia, que dice: “La misericordia difiere de la justicia pero no está en contraste con ella, siempre que admitamos en la historia del hombre —como lo hace el Antiguo Testamento— la presencia de Dios, el cual ya en cuanto creador se ha vinculado con especial amor a su criatura. El amor, por su naturaleza, excluye el odio y el deseo de mal, respecto a aquel que una vez ha hecho donación de sí mismo: nihil odisti eorum quae fecisti: «nada aborreces de lo que has hecho» (Sab 11, 24). Estas palabras indican el fundamento profundo de la relación entre la justicia y la misericordia en Dios, en sus relaciones con el hombre y con el mundo. Nos están diciendo que debemos buscar las raíces vivificantes y las razones íntimas de esta relación, remontándonos al «principio», en el misterio mismo de la creación. Ya en el contexto de la Antigua Alianza anuncian de antemano la plena revelación de Dios que «es amor»”.

[50] ST I, 21, 4 c.

[51] Ibid. ad 1.

[52] In IV Sent., d. 46, q. 1, a. 2b ad 2 (RB 1, 661): “Deus etsi nihil faciat contra naturam, tamen facit aliquid praeter naturam, inquantum scilicet facit aliquid in natura ad quod non sufficiunt vires naturae; similiter etiam etsi non faciat aliquid contra justitiam, potest tamen aliquid praeter justitiam facere (Aunque Dios no haga nada contra la naturaleza, hace, con todo, algo preternaturalmente, en cuanto que hace algo en la naturaleza para lo que no bastan las fuerzas naturales; de modo semejante también, aunque no haga nada contra la justicia, puede, no obstante, hacer algo por encima de la justicia).

[53] ST I, 21, 1 ad 2.

[54] Por eso debe notarse que, aunque en el texto citado de Sto. Tomás de Aquino (ST I, 21, 4 Sed contra) se alegue como razón, y con acierto, que “universae viae Domini misericordia et veritas” (Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad [=justicia]) (Sal 25, 10), a las obras o sendas a las que se refiere son las relativas a las criaturas (ad extra), no a la vida íntima de Dios (ad intra).

[55] Indirectamente también afecta a los ángeles, puesto que ellos hubieron de aceptar el plan proyectado por Dios, que incluía la encarnación del Verbo, o sea, la elección de la humanidad para realizar la asumición de una criatura. Con toda probabilidad fuera eso lo que motivó el enfrentamiento entre ángeles buenos y malos, tal como se describe en Apc 12, 1-18.

[56] S. Agustín, Retractationes I, c. 9, n. 6, PL 32, 598: “Deinde dictum est, ex qua miseria peccantibus justissime inflicta, liberet Dei gratia, quia sponte homo, id est libero arbitrio, cadere potuit, non etiam surgere: ad quam miseriam justae damnationis pertinet ignorantia et difficultas, quam patitur omnis homo ab exordio nativitatis suae; nec ab isto malo, nisi Dei gratia, quisquam liberatur (Lib. 2, c. 20; et lib. 3, c. 18)” (Después se dice de qué miseria, infligida justísimamente a los que pecan, nos libera la gracia de Dios, porque el hombre pudo caer espontáneamente, esto es, con libre albedrío, no así levantarse: a dicha miseria del justo castigo pertenece la ignorancia y la dificultad que padece todo hombre desde el comienzo de su nacimiento; y de este mal nadie se libra, a no ser por la gracia de Dios [De libero arbitrio, II, c. 20; y III, c. 18]) .

[57] Como herencia del pecado de Adán y Eva, perdimos la gracia santificante, por la que éramos agradables a Dios y teníamos su vida en nosotros, pero no perdimos la gracia elevante, por la que somos a imagen y semejanza de Dios, es decir, conservamos nuestra sobrenaturaleza.

[58] Se llaman preter-naturales, porque ni le pertenecen a la naturaleza ni van contra ella (In IV Sent, d. 46, q. 1, a. 2b c y ad 2; RB 1, 661), y por eso pueden ser dones. Se entienden por tales los dones de impasibilidad, inmorituridad, obediencia plena del cuerpo al alma, laboreo sin trabajo, conocimiento habitual de Dios y de la ley natural…, tal como se puede deducir de los castigos y demás detalles  enumerados en Gn 3, 7-24, interpretados por la tradición y el magisterio de la Iglesia.

[59] La ignorancia puede ser glosada hoy como inclinación a la objetivación, la cual nos hace caer en el olvido de Dios y de nuestra inmortalidad. Mi maestro, L. Polo, relacionaba el límite mental con la muerte, en la medida en que aquél separa el alma respecto del cuerpo: “La muerte se debe al límite mental. / El límite mental ya no informa [el cuerpo] y por eso hay objetos pensados… Sin el cierre de la información el cuerpo humano no sería susceptible de corrupción” (Curso de teoría del conocimiento (CTC) III, Eunsa, Pamplona, 1988, 433, en texto y en nota). Cfr. CTC IV/2, Eunsa, Pamplona, 1996, 244-245).

[60] La malicia, señalada por Sto. Tomás de Aquino como abandono (destitutio) de la ordenación al bien por parte de la voluntad, quizás pueda corresponderse con la inclinación al amor sui descrita por s. Agustín: “Prima hominis perditio, fuit amor sui. Si enim se non amaret, et Deum sibi praeponeret, Deo esse semper subditus vellet: non autem converteretur ad negligendam voluntatem illius, et faciendam voluntatem suam. Hoc est enim amare se, velle facere voluntatem suam” (La perdición primera del hombre fue el amor de sí mismo. Pues si no se hubiera amado a sí, y hubiera antepuesto a Dios antes que a sí mismo, habría querido estar sometido siempre a Dios, no le habría dado la espalda para dejar de hacer Su voluntad y hacer la suya propia. Pues esto es amarse a sí mismo: querer hacer la voluntad propia) (Sermo 96, c. 2, n. 2, PL 38, 585).

[61] La infirmitas es señalada por s. Agustín como debilidad sobre todo del alma (De natura et gratia, c. 30, n. 34, PL 44, 263; De perfectione justitiae hominis, c. 2, PL 44, 293); Sto. Tomás de Aquino la refiere a la pérdida de la guía de la razón en la ordenación natural que el apetito irascible tiene a lo arduo.

[62] El resumen de las secuelas del pecado en las cuatro señaladas lo hizo Sto. Tomás de Aquino en ST I-II, 85, 3 c. En cuanto a la concupiscencia, es descrita por s. Agustín como una insubordinación, desobediencia o lucha de la carne contra el espíritu en referencia a sus respectivos bienes, derivada de la desobediencia del alma a Dios (Sermo 128, cc. 3-11, nn. 5-13, PL 38, 717-720; De peccatorum meritis et remissione, II, c. 22, n. 36, PL 44, 172-173). Sto. Tomás de Aquino la refiere a la pérdida de la moderación de la razón en la ordenación del apetito concupiscible hacia lo deleitable.

[63] La adquisición de los hábitos intelectuales no «cuesta», pues no requieren ejercicio repetitivo para adquirirse, pero tampoco se alcanzan automáticamente, pues equivalen a saltos cualitativos, a «descubrimientos» mentales, que sólo se van dando a medida que se va concentrando más y mejor la atención en la búsqueda de la verdad, cosa muy dificultada por la premura afanosa del problema de subsistir.

[64] Es lo que pasa en nuestro tiempo, como indican la Dives in misericordia y la Misericordiae vultus (n.11), Es la soberbia del fariseo o del estoico, pero también la del rico o la del (falso) sabio. Al sobrevalorar su virtud, su riqueza o su saber, y sobrevalorarse personalmente, el hombre piensa con frecuencia que son méritos exclusivamente suyos, por lo que está inclinado a ver la miseria en los demás, mientras que se ve a sí mismo como sano y no necesitado de salvación.

[65] El hombre detecta más fácilmente a Dios como juez justo y vengador del mal que como ser misericordioso. La mitología, reducida a su núcleo más sencillo, opone el bien (luz) y el mal (obscuridad) –Ormuz y Ahrimán; el Yin y el Yang–, los cree en lucha entre ellos; pero con eso no opone entre sí la justicia y la misericordia, porque en realidad ella interpreta que el bien y el mal prevalecen a temporadas, cíclicamente, y así explican cómo nos van las cosas a nosotros: la sucesión temporal cíclica hace proporcionales –o justos– el bien y el mal en la vida humana. Como es fácil de ver, el mito ofrece una intelección de lo divino desde la perspectiva prevalente de la justicia, y según la idea de participación, no según la norma moral. No tomo en consideración la magia, porque la preocupación por la supervivencia que la acompaña no deja espacio vital para plantearse problemas de justicia.

[66] El budismo de gran vehículo, en tanto en cuanto distribuye los atributos divinos en distintas divinidades, tiene otros problemas más graves y radicales, pero no el de compaginar en un solo Dios la justicia y la misericordia.

[67] S. Agustín, De Trinitate VI, c. 4, PL 42, 927; Sto. Tomás de Aquino, ST I, 3, 7c; 4, 2c; 13, 1c, y 4c, y 12c.

[68] Jr 12, 1 “Tú tienes razón, Señor, cuando discuto contigo, pero quiero proponerte un caso: ¿Por qué prosperan los malvados, ¿por qué viven tranquilos los traidores?”; cfr. Jb 21, 7-16; Sal 73, 2-14; Mal 3, 13-15.

[69] Eclo 36, 1-6: “Ten piedad de nosotros, sálvanos, Dios del universo, infunde tu terror a todas las naciones; amenaza con tu mano al pueblo extranjero, para que sienta tu poder. Como les mostraste tu santidad al castigarnos, muéstranos así tu gloria castigándolos a ellos: para que sepan, como nosotros lo sabemos, que no hay Dios fuera de ti. Renueva los prodigios, repite los portentos, exalta tu mano, robustece tu brazo. Despierta tu furor y derrama tu ira, extermina al adversario y aniquila al enemigo”. Cfr. Ex 15, 13-14; Sal 79, 5-12; Jdt 16, 15-17; Jr 30, 10-11; 46, 28; Zac 14, 11-12;

[70] Como el otro polo de la relación implícita en la responsabilidad o conciencia moral de las criaturas libres.

[71] Digo «coherentemente», porque la misericordia es un acto libre, donal y gratuito, que como tal implica una iniciativa activa por parte del misericordioso, iniciativa que tiene que constar a quien se ofrece. Por eso, la verdadera misericordia divina tiene que ser revelada, no puede ser deducida por la razón: lo que ésta puede alcanzar es sólo la bondad y la justicia del creador, no su misericordia. Contra esa tesis podría objetárseme la mencionada atribución de misericordia a una deidad por cierto tipo de budismo, pero –aparte de que podría tratarse de un caso de semina verbi entre los paganos como preparación hecha por el Espíritu Santo para abrir camino a la fe vetero- y neo-testamentaria (Concilio Vaticano II, Ad gentes, 15)– el modo en que hace tal atribución no es coherente, pues introduce una contradicción entre los dioses, y con ella la arbitrariedad en el ejercicio de la misericordia y de la justicia por parte de la divinidad.

[72] Rom 9, 20: “Oh hombre, ¿quién eres tú para enfrentarte a Dios? ¿Acaso dirá la vasija al que la modela, «por qué me has hecho así»?”.

[73] La respuesta será «sí», pues la Sagrada Escritura disipa toda duda al apartar de Dios cualquier posible acepción de personas (Eclo 35, 13; Rom 2, 11; Gal 2, 61; Col 3, 25; 1 Pe 1, 17, etc). Por supuesto, la justicia de que hablamos, o sea, la única aplicable a Dios, es la distributiva, no la conmutativa (ST I, 21, 1 c).

[74] Si Dios no distribuyera su misericordia dando a cada uno lo que necesita para salvarse, no sería justo con los que se condenaran por no haberla recibido. La arbitrariedad en la misericordia tendría consecuencias sobre la condenación, haciéndola injusta por el lado del castigo. Con este misterio se asocia el de la predestinación: si Dios creara a una persona humana a la que no quisiera salvar, la predestinaría a la condenación, lo que no sería justo. Pero en verdad Dios quiere la salvación de todos los hombres (1 Tim 2, 3-4), más aún –como ya se ha visto–, el libro de la Sabiduría nos cerciora de su amor por toda criatura: “Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado” (11, 24-26).

[75] Si Dios repartiera a todos por igual su misericordia y su perdón, que son donales, pero nos juzgara tan misericordiosamente que no tuviera en cuenta la aceptación de su oferta de perdón por parte de la libertad de cada uno, ¿cómo podría perdonar y premiar (de modo justo) a quien, habiéndola podido recibir, no la hubiera querido aceptar? También esta parte del misterio afecta negativamente a la justicia, pero por el lado de la salvación y del premio. Orígenes debió pensar en una misericordia semejante al proponer la apocatástasis o salvación final de todas las criaturas, incluidos los condenados y demonios, doctrina ésta que está expresamente condenada por la Iglesia (DS 409 y 411). Cfr. s. Agustín, De gestis Pelagii, I, c. 3, n. 10, PL 44, 325: “In Origene dignissime detestatur Ecclesia, quod et iam illi quos Dominus dicit æterno supplicio puniendos, et ipse diabolus et angeli eius, post tempus licet prolixum purgati liberabuntur a poenis, et sanctis cum Deo regnantibus societate beatitudinis adhærebunt” (En Orígenes detesta la Iglesia, merecidísimamente, que [sostenga que] incluso aquellos a los que el Señor dice que han sido castigados con el suplicio eterno, el diablo y sus ángeles, serán purificados y liberados de sus penas después de un tiempo, aunque largo, y se juntarán en comunidad de felicidad a los santos que reinan con Dios).

[76] Es decir, la mordida en el talón acontecería justo cuando el Hijo de Dios y de la Virgen muriera en la cruz, pues el único «talón» que podía –y libremente quiso– ofrecer el Verbo encarnado al poder del maligno fue la vida corporal de su humanidad.

[77] Con esto no quiero decir que en el momento de su prueba los ángeles supieran que los hombres iban a pecar, sino sólo que Dios había elegido la naturaleza humana para encarnarse.

[78] Ez 18, 23; 33, 11: “Por mi vida –oráculo del Señor– que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta y viva”. Sab 1, 13: “Porque Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos”; Sab 2, 23-24: “Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser; mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los de su bando”. Dios hizo, sin duda, la vida y la muerte (Gn 2, 16-17; Deu 30, 15-20; 32, 39; Sab 16, 13), pero ésta la hizo, en el caso del hombre, sólo como castigo (y remedio) del pecado, no como elección y cumplimiento de su voluntad (Pro 8, 35-36). Por eso a Dios le cuesta mucho la muerte de sus fieles (Sal 116, 15).

[79] Adán recibió el beneficio de la redención, como se dice en Sab 10, 1: “Ella [Sabiduría] fue quien protegió al padre del mundo, el primer ser humano, cuando él era la única criatura; lo levantó de su caída y le dio el poder de dominar todo”. Ahora bien, la Sabiduría de Dios que puede levantar de la caída es su Hijo, Jesucristo (1 Co 1, 24: “Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios”; Col 2, 2-3; Apc 5, 12); pero Cristo es hijo de Adán por la línea de María (Lc 3, 37), por tanto fue un hijo de Adán el que mereció su redención y lo restauró de su caída.

[80] Si se tiene en cuenta que, de haberse aplicado de inmediato el castigo a su pecado, Adán y Eva habrían muerto y no habrían sido los primeros padres de toda la humanidad, cabe pensar que Dios pudo tener misericordia de ellos precisamente en atención a la muchedumbre de hijos que quedarían privados de todos los dones de Dios sin culpa directa. Y, habiendo sido la paternidad el segundo propósito del mandato creador (“creced y multiplicaos”), puesto que ellos no «crecieron», sino que pecaron, parece que fue la prolongación de su paternidad la razón para que se les diera una ulterior posibilidad de crecer.

[81] La inmensa misericordia de Dios no se olvidó de la justicia ni siquiera en la redención, pues aunque en ésta la misericordia precede a la justicia, su Hijo hubo de «merecerla» para nosotros pagando por nuestras culpas.

[82] En el Primer Testamento es común la denominación de «hijo del hombre» para todo ser humano, salvo en Dan 7, 13; 10, 5 ss., que se refiere a Cristo (Apc 1, 13 ss.), quien se apropió de ese nombre (Mt 8, 20; 9, 6; 10, 23, etc.). En Gn 3, 15 se habla, en cambio, de la descendencia de una mujer, y de la hostilidad entre la descendencia de la serpiente o diablo –o sea, de la envidia y de la mentira (Jn 8, 44)– y la descendencia de esa mujer, que el Apc 12 y toda la tradición refieren a Cristo, a María y a la Iglesia.

[83] Jn 1, 12-13; Sal 22, 31-32; 70, 18.

[84] Rom 5, 20.

[85] S. Agustín, hablando de la conveniencia de la muerte de Cristo, dijo: “sanandae nostrae miseriae convenientiorem modum alium non fuisse, nec esse oportuisse” (para sanar nuestra miseria no existía otro modo más conveniente ni era menester que lo hubiera) (De Trinitate, XIII, c. 10, n. 13, PL 42, 1024).

[86] Isa 53, 4-12; 1 Pe 2, 24. Cfr. Sto. Tomás de Aquino, ST III, 16, 1, ad 3: “hominem liberari per passionem Christi, conveniens fuit et misericordiae et iustitiae eius. Iustitiae quidem, quia per passionem suam Christus satisfecit pro peccato humani generis: et ita homo per iustitiam Christi liberatus est. Misericordiae vero, quia, cum homo per se satisfacere non posset pro peccato totius humanae naturae…, Deus ei satisfactorem dedit Filium suum… Et hoc fuit abundantioris misericordiae quam si peccata absque satisfactione dimisisset” (que el hombre fuera liberado por la pasión de Cristo fue conveniente tanto a su misericordia como a su justicia. A la justicia, ciertamente, porque por su pasión Cristo satisfizo por el pecado del género humano. A la misericordia, empero, porque, no pudiendo el hombre satisfacer por sí mismo por el pecado de toda la naturaleza humana…, Dios le dio como satisfactor a su Hijo… Y esto fue propio de una misericordia más abundante que si le hubiera perdonado los pecados sin satisfacción alguna).

[87] Apc 12, 9-10.

[88] Jn 14, 31: “es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo”.

[89] “Como el Padre me ha amado así os he amado yo; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). “Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17, 26).

[90] Sal 50, 7-17.

[91] Heb 10, 5-7. Su don continuo fue hacer en todo la voluntad del Padre, en vez de la propia (Jn 5, 30; 6, 38). Por eso dice Cristo que su alimento, lo que lo mantiene vivo como tercera criatura (excepcional) es hacer la voluntad del que lo envió y llevar a término su encargo (Jn 4, 34). Cfr. I. Falgueras, El Cántico de Salomón. Comentario al Cantar de los Cantares, Edipsa, Valencia, 2008, 119 ss.

[92] Por estar unida hipostáticamente al Verbo eterno, la naturaleza humana de Cristo era, como la persona del Verbo, athanatos (inmortal); pero se hizo mortal, primero, moritura, después, y murió cuando el Padre y Él lo dispusieron. Ese «hacerse» mortal, moritura y morir le era posible por su obediencia hipostática a la voluntad omnipotente del Verbo.

[93] Al carecer de pecado original, por haber nacido de María Inmaculada y del Espíritu Santo, no estaba afectado por el castigo del mismo, es decir, por la obligación de morir.

[94] Lc 22, 42; Jn 10, 17-18: “Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entregó libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”. 

[95] De ahí la relevancia de la Santa Misa para nuestras vidas.

[96] El espíritu malévolo de Nietzsche intentó poner en ridículo lo que él llamaba, como si se tratara de una mera ocurrencia humana, el «golpe de genio del cristianismo»: que Dios se sacrifique por el hombre y se pague a sí mismo por el pecado de éste… ¿Cómo creer que el acreedor se sacrifique por su deudor y lo ame? (cfr. La genealogía de la moral, II, §21). Pero precisamente ese estar por encima de lo humanamente concebible es la garantía de su procedencia divina y de su credentidad (Cfr. I. Falgueras, De la razón a la fe por la senda de Agustín de Hipona, Eunsa, Pamplona, 2000, 79 ss.).

[97] Las bienaventuranzas son consecuencia en nuestra vida del amor sacrificado de Cristo, cuyos dones y sufrimientos, libre y gratuitamente ofrecidos –en su vida, y sobre todo en su pasión y muerte–, acompañan y dan sentido a los nuestros como satisfacción por los pecados cometidos, y lo que es más, como actos de amor donal a Dios Padre y al propio Cristo.

[98] Mt 25, 40-46.

[99] Esto es lo que no comprendió J. Derrida. Él pensaba que las metáforas evangélicas estaban viciadas por el planteamiento «económico» (servicio-remuneración), que se rige por la justicia conmutativa, la cual impide la donalidad, y viceversa (Donner la mort, en L’Ethique du don. Jacques Derrida et la pensée du don, Colloque de Royaumont de 1990, Métailié-Transition, Paris, 1992, 104-106). Pero pasó por alto un dato decisivo: Cristo habla del «Padre»; dice “tu Padre que ve en lo escondido te lo pagará” (Mt 6, 1, 4, 6, 14, 15, 18). Las relaciones padres-hijos no son conmutativas, sino relaciones donales: el padre da –e impone tareas– al hijo sin esperar recibir otra recompensa que su crecimiento y mejora como persona. El «pago» del Padre es el don de la filiación adoptiva del siervo, la entrada de éste en la vida íntima y donal de Dios. Y, de modo semejante, tomar como hecho a sí mismo lo que se haga a otros es lo propio de la amistad, cosa claramente donal; pero eso es exactamente lo que hemos visto que hace Cristo, más aún ese es su mandamiento: “Éste es mi mandamiento que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe qué hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 12-15).

[100] Rom 1, 17; 3, 20-28. Podría objetar, algún erudito, que en estos textos la «justicia de la fe» no se refiere a la virtud del mismo nombre, sino a la santidad obrada por la gracia en el hombre. Pero la justicia que nace de la fe implica una libre aceptación y apropiación por parte del hombre, que la ha de llevar a su vida entera, incluidas sus obras, con las cuales cumple no la letra sino el espíritu de la ley. Por tanto, aunque es más, también es virtud.

[101] Mt 25, 34 ss.

[102] Dichos de luz y amor, 59, Obras de San Juan de la Cruz, BAC, Madrid, 91975, 421.

[103] Rom 5, 8: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. Per-donar es donar totalmente, es amar a pesar del desamor, para convertir a éste en amor. No existe muestra de misericordia más grande que el que la santidad de Dios se acerque al pecador estando éste en pecado, para ofrecerle la oportunidad de recibir una santidad superior a la que le hubiera correspondido incluso originalmente, si hubiera sido obediente al mandato divino.

[104] Mt 5, 3-11; Mc 10, 30.

[105] Mt 16, 24; 1 Pe 2, 19-25.

[106] Mc 16, 15.

[107] Mt 18, 21-35.

[108] Heb 9, 27.

[109] “Por eso corriges poco a poco a los que caen, los reprendes y les recuerdas su pecado, para que apartándose del mal, crean en ti, Señor” (Sab 12, 2).

[110] L. Polo, La originalidad de la concepción cristiana de la existencia, en Obras completas (OC), Pamplona, Eunsa, 2015, vol. 13, 205:”En términos teológicos, la justicia es el juicio de Dios. Si no, ¿cómo saber que no nos hemos equivocado? Todo juicio práctico humano es parcial, finito, toda realización humana es contingente; si Dios no la asiste y no la acepta, no es nada; si la acepta, adquiere valor eterno. Esta es la manera según la cual en el cristianismo se une la acción del hombre en este mundo con la vida eterna, es decir, la historia universal con la historia de la salvación y de la santidad”. Cfr. Antropología Trascendental II, OC, vol. 15, 551: “La interpretación de la historia como el estado general problemático del hacer cultural, hace accesible la consideración de lo que llamaré la antehistoria y la posthistoria. El estado de la esencia del hombre no es inevitablemente histórico. Las nociones de antehistoria y posthistoria señalan la contingencia de la historia y, a la vez, lo externo a ella”.

[111] 2 Pe 3, 9: “El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión”. Rom 3, 25-26.

[112] Pretender que las religiones humanas pueden salvar, o que personas de otras religiones están ya salvadas no son más que ejercicios de inmadurez intelectual y afectiva movidos por una impaciencia que pretende ser más misericordiosa que Dios mismo. Nadie está salvado ni condenado antes de morir, y sólo quien muere con Cristo se salva. Cfr. 2 Tim 2, 11-13.

[113] Sal 100, 5; 118, 1-4; 136, 1-26.

[114] La repercusión eterna de la misericordia obrada por la Encarnación consiste en la elevación del destino final de los hombres redimidos, quienes, de estar hechos para contemplar la gloria externa de Dios en las criaturas, hemos pasado a poder conocerlo cara a cara (1 Co 13, 12), tal como es (1 Jn 3, 2) en su propia gloria eterna (Jn 17, 3 y 24: “Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo”).

[115] 2 Co 6, 2. Cfr. Misericordiae vultus, 21: “La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer”.

[116] Ex 34, 6; Num 14, 18; Neh 9, 17; Tob 3, 2; Sal 86, 15; 103, 8-10; 145, 8. «Lento a la ira» remite a la dilación o retraso (paciencia) en la ejecución de la justicia final; «rico en piedad» remite a la sobreabundancia o sobreelevación de la justicia por la misericordia, tanto durante el periodo de prueba como a su final.

[117] Ad Gentes, n. 7, B.A.C., Madrid, 1966, 578.

[118] Lumen Gentium, n. 16, BAC, 35-36.

[119] Rom 3, 21-26: “Pero ahora sin la ley se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los profetas; justicia de Dios por la fe en Jesucristo para todos los que creen. Pues no hay distinción, ya que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre…. Actuó así para mostrar su justicia en este tiempo, a fin de manifestar que era justo y que justifica al que tiene fe en Jesús”.

[120] 1 Co 15, 54-57: “La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley. ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!”.

[121] Apc 19, 14; 21, 8.

[122] Sal 84, 11: “Vale más un día en tus atrios, que mil en mi casa”; 90, 4: “Mil años en tu presencia son como un ayer que pasó; una vela nocturna”; 2 Pe 3, 8: “Mas no olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día”.

[123] Ez 33, 11-20.

[124] Mt 20, 1-16.

[125] Lc 23, 43. Morir con Él no es lo mismo que morir junto a Él. El mal ladrón muere junto a Cristo, pero no comparte el sentido de su muerte, cosa que, en cambio, hace el bueno: invocar el nombre del Señor (Hch 2, 21; Jl 3, 5; Rom 10, 13).

[126] Rom 8, 35-39. Cristo es ahora el que tiene las llaves de la muerte y del abismo, que antes tenía el demonio (Heb 2, 14).

[127] 2 Tim 2, 11; Rom 6, 5.

[128] Este tema ha sido desarrollado por mí en: I. Falgueras Salinas, El abandono final. Una meditación teológica sobre la muerte cristiana, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, Málaga, 1999, 68 ss; 103 ss.

[129] DS 1351. Cfr. I. Falgueras, “Dos cartas sobre el dogma ‘Extra Eclesiam nulla salus’”, en Thémata, 40, 2008, 365-398.

[130] Mt 10, 22; 24, 13.

[131] DS 1541.

[132] Conc. Lugdunense II, DS 856-859; Conc. Ecumen. Florentinum, DS 1304-1306. Cfr. DS 1000-1002.

[133] Rom 5, 18-19; 8, 32; 2 Co 5, 14-15; 1 Tim 2, 5-6; Heb 2, 9; 1 Jn 2, 2.

[134] Mt 6, 12 y 14-15.

[135] Santa Catalina de Siena, Il Dialogo, en Le opere della Serafica Santa Caterina da Siena, G. Gigli, Siena, 1707, c. 37, p. 53: “Éste es aquel pecado que no es perdonado ni en este mundo ni en el otro, ya que es para mí el más grave de todos los demás que haya cometido, porque no ha querido ser perdonado, despreciando mi misericordia. Por lo cual la desesperación de Judas me desagradó más a mí mismo y fue más gravosa para mi Hijo que la traición que él le hizo. De modo que serán condenados por este falso juicio que les hace pensar que su pecado es más grande que mi misericordia”.

[136] Mt 5, 7.

[137] Sin duda, el lector advertirá que son dos los límites: uno por el lado de la iniciativa de Dios, y otro por el lado de la aceptación del hombre. Por el lado de Dios, el límite es el periodo de prueba, ampliado hasta el último momento de la vida (muerte cristiana). Por el lado del hombre, el límite es el rechazo de la misericordia por falta de arrepentimiento en el último momento.

[138] Los atributos divinos suelen clasificarse en esenciales y operativos (cfr. J. Gredt, Elementa philosophiae aristotelico-thomisticae,  Freiburg  i.B., 61932, II, 212-213; A. González Álvarez, Tratado de metafísica, Gredos, Madrid, 1963, II, 341-343; etc.). Ahora bien, no habiendo distinción en Dios entre el ser y la esencia, ni entre el ser y el obrar, no parece que esa clasificación sea la más adecuada para entender la divinidad. En su lugar, yo propongo hablar de atributos (nombres, o propiedades) ad intra y ad extra, distinción derivada del acontecimiento de la revelación cristiana. Todas las perfecciones que le corresponden en su relación de creador con las criaturas son perfecciones ad extra; las que le corresponden exclusivamente en su vida íntima (interpersonal) son ad intra (Cfr. ST I, 27, 1 c, ad 2 y ad 3). Pero dentro de las ad extra, existen tres clases: a) las que pertenecen a la naturaleza divina (común a las personas), y nos son conocidas (racionalmente) a través de las criaturas; b) las que pertenecen a la naturaleza divina común y podríamos deducirlas racionalmente, pero nos han sido reveladas para que lleguemos a conocerlas todos con seguridad; y c) las que, perteneciendo a la naturaleza divina común, son apropiadas por alguna persona divina en su relación transnatural con las criaturas, y nos han sido notificadas por la revelación para que podamos entender mejor a las personas divinas y nuestra relación con ellas.  

[139] Ni tampoco al revés.

[140] ST I, q. 13 a. 4 c. 

[141] Lv 19, 2; 1 Pe 1, 16.

[142] Lv 11, 44; Mt 5, 48.

[143] Lc 6, 36: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”.

[144] Sal 116, 5. Los salmos lo repiten incansablemente de muchos modos. Mt 5, 6-7: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”.

[145] Así lo han hecho L. Alonso Schökel, J. Mateos, Nueva Biblia Española, Ed. Cristiandad, Madrid, 1975, y han inducido a otros a hacerlo por lo menos en algunos pasajes señalados, como por ejemplo: Lc 1, 50.

[146] Me refiero a ciertos comentarios equivocados sobre la propuesta del Cardenal Kasper (Cfr. http://es.aleteia.org/2014/02/25/comunion-a-los-divorciados-la-propuesta-del-cardenal-kasper/), oídos y leídos en la prensa.

[147]  Así lo proponen hoy algunos insensatos, cuyos escritos no citaré para no darles publicidad, y que suponiendo que nosotros entendemos a Cristo mejor que los apóstoles y evangelistas, contradicen los dogmas de la Iglesia (Concilio de Trento, DS 1541: “Sin embargo, los que creen que están firmes, cuiden de no caer [1 Co 10, 12] y con temor y temblor obren su salvación [Fil 2, 12], en trabajos, en vigilias, en limosnas, en oraciones y oblaciones, en ayunos y castidad [cfr. 2 Co 6, 3 ss]. En efecto, sabiendo que han renacido a la esperanza [cfr. 1 Pe 1, 3] de la gloria y no todavía a la gloria, deben temer por razón de la lucha que aún les aguarda con la carne, con el mundo, y con el diablo, de la que no pueden salir victoriosos, si no obedecen con la gracia de Dios…”).

[148] S. Agustín, Enarratio in Psalmum 102, n. 16, PL 37, 1330: “«An divitias benignitatis et longanimitatis ejus contemnis, ignorans quia patientia Dei ad poenitentiam te adducit» (Rom 2, 4)… Ergo te Deus longanimitate sua parcendo ad poenitentiam adducit… Non tibi sic videatur Deus misericors, ut non videatur justus” (¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que la bondad de Dios te lleva a la conversión? (Rom 2, 4) … Luego, al perdonarte Dios con su longanimidad, te conduce al arrepentimiento… No te parezca Dios tan misericordioso que no te parezca justo).

[149] 1 Sam 15, 9: “Pero Saúl y el pueblo perdonaron a Agag y a lo más selecto de las vacas…”. Cfr. S. Agustín, Contra Julianum IV, c. 3, n. 31, PL 44, 754.

[150] Jn 15, 2.

[151] Heb 12, 5-8.

[152] Mt 5, 44-45.

[153] 2 Pe 3, 9: “El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión”.

[154] Lc 15, 20.

[155]Y lo hace con ternura, con afecto, con amor, siempre también cuando busca enderezar nuestro camino porque bandeamos un poco en la vida o tomamos vías que conducen a un precipicio… Desearía deciros una segunda cosa: cuando un hijo crece, se hace adulto, toma su camino, asume sus responsabilidades, va por su propio pie, hace lo que quiere, y a veces ocurre también que se sale del camino, ocurre algún accidente. La mamá siempre, en toda situación, tiene la paciencia de continuar acompañando a los hijos…La Iglesia es así, es una mamá misericordiosa, que comprende, que busca siempre ayudar, alentar también ante sus hijos que se han equivocado y que se equivocan, no cierra jamás las puertas de la Casa” (Audiencia general 18/09/2013).

[156] La muerte de Cristo manifiesta en qué sentido se dijo “Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino que en que el malvado se convierta y viva” (Ez 33, 11): Dios no ha querido eliminar la muerte, sino transformarla, por la muerte de Cristo, en donación total de sí, y oportunidad de conversión y salvación para todos. Porque en lo único en que somos todos iguales es en morir.

[157] Que los últimos no mueran, sino que sean transformados (1 Co 15, 51 ss.; 1 Te 4, 15-17), junto con María, asunta en cuerpo y alma al cielo, son la excepción que confirma la regla, porque lo que tienen de excepcional la cumple de otra manera: María, porque murió en vida al pie de la cruz; los últimos, porque las pruebas finales equivaldrán a la muerte (Mt 24, 21-22: “Porque habrá una gran tribulación como jamás ha sucedido desde el principio del mundo hasta hoy, ni la volverá a haber. Y si no se acortan aquellos días, nadie podrá salvarse. Pero en atención a los elegidos se abreviarán aquellos días”).

[158] Mt 18, 22.

[159] Creo que en la doctrina del purgatorio se encuentra una base suficiente para poder sostener que, salvo el condicionante indicado, no es bueno, de suyo, perdonar las penas: incluso habiendo sido salvados, Dios las impone después de la muerte a los que, no habiendo satisfecho por sus pecados, no están en condiciones de entrar en el cielo. Esto lo propongo con total sumisión a la enseñanza de la Iglesia.

[160] Mt 18, 23-35. El rey que perdona a su siervo deudor una gran cantidad de dinero, librándolo de la cárcel, parece sugerir el perdón de la deuda y de su castigo; sin embargo no es así, porque al ver que el perdonado no condona una cantidad menor a su respectivo deudor, él vuelve a reclamar la deuda y la cárcel para quien no perdona a su hermano. Es decir, como el perdón recibido no le sirvió para convertirse y perdonar, el rey lo hizo encarcelar, o sea, cumplir la pena.

[161] Es importante notar que mientras Dios no perdone, el perdón humano es ineficaz. “Por eso –dice mi maestro–, perdonar implica pedir a Dios que perdone, pues sólo así la ofensa es aniquilada” (L. Polo, Quién es el hombre, Rialp, Madrid, 52003, 140). Lo que salva la distancia entre ambos perdones es la satisfacción que el Verbo encarnado ofrece al Padre por nuestras culpas, así como la posibilidad de perdonar al modo divino que, también Él, nos ofrece a todos los pecadores: puesto que Cristo ha tomado como hecho a Él lo que hiciéremos con los demás hombres, cuando perdonamos al que nos ofende lo perdonamos por amor a Cristo, y así imitamos al Padre, que nos perdona por amor a su Hijo; pero también imitamos al Hijo, que ha tomado sobre sí nuestros castigos para ofrecernos el perdón, por amor al Padre. Y todo ello gracias al Espíritu Santo que es el que nos mueve por dentro a hacerlo, superándonos a nosotros mismos. De esta manera, por el amor quedamos insertos en la justicia (santidad) de la Trinidad, que excede toda medida creada.

[162] Col 1, 20-22: “Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz. Vosotros, en otro tiempo, estabais también alejados y erais enemigos por vuestros pensamientos y malas acciones; ahora en cambio, por la muerte que Cristo sufrió en su cuerpo de carne, habéis sido reconciliados para ser admitidos a su presencia santos, sin mancha y sin reproche”. Cfr. Rom 5, 10; 2 Co 5, 18-20.

[163] Ef 2,11ss.

[164] Gal 3, 28.

[165]  Apc 21, 1-8; 1 Co 15, 21-28.

[166] Sal 85, 11-12.

[167] Papa Francisco, Misericordiae vultus, 1. “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre… Jesús de Nazaret con su palabra, sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios”. Conviene tener en cuenta aquí la diferencia entre la clemencia y la misericordia: las dos pueden perdonar al pecador o delincuente, pero la clemencia lo hace manteniendo la superioridad del que otorga la clemencia sobre quien la recibe, que ha de serle inferior; en cambio, la misericordia acerca al que otorga y al que recibe la misericordia hasta hacerlos semejantes. Cfr. Seneca, De clementia II, cc. 3-7. Al hacerse hombre y hacerse semejante hasta la muerte al hombre caído, Cristo es la misericordia de Dios.

[168] Jn 3, 17: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

[169] Jn 5, 27; Rom 2, 16. “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7). «Alcanzarán» contiene una referencia clara al juicio.

[170] Lc 2, 34; 20, 18; Mt 11, 6; Rom 9, 33; 1 Pe 2, 7-8.

[171] Lc 4, 18-19; Isa 61, 2; Lv 25, 8-10.

[172] 2 Co 6, 2; Rom 13, 11-12; Hch 3, 20.

[173] Mt 24, 36-43; 1 Te 5, 2 ss.; 2 Pe 3, 10; Apc 3, 3.

[174] “El que cree en él no será juzgado” (Jn 3, 18). Subrayo el futuro, porque remite al Juicio divino post mortem. Lo que dice el texto sagrado es que no habrá en el futuro un juicio, propiamente dicho, para el que cree, pero no que no sea juzgado: lo está siendo por su fe.

[175] Jn 3, 18: “el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios”.

[176] “Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz” (Jn 3, 19). Creer es acercarse a la luz (v. 21); no creer es preferir la tiniebla. El juicio lo hace la luz con su sola presencia, y consiste en que los hombres se acercan o separan de la luz venida a este mundo. No es Dios quien rechaza a los malos (a los que ofrece su misericordia), son los malos los que rechazan a Dios.

[177] Rom 10, 9-10; Heb 10, 22-25.

[178] A su vez, también esto podría ser mal entendido, pues parece proponer que basta con la fe para salvarse; pero incluso esto fue precavido por Cristo al continuar explicando que la preferencia por la luz o por las tinieblas es congruente con la bondad o maldad de las obras de cada uno (Jn 3, 20-21). No se trata, por tanto, de una fe sin obras, sino de una fe que actúa por la caridad (Gal 5, 6; cfr. s. Agustín, Contra Julianum, c. 3, n.31, PL 44, 754). Sto. Tomás de Aquino la llama «fe informada por la caridad» (ST II-II, 4, 3 c, y 4 c.).

[179] S. Agustín, De civitate Dei, IX, c. 5, PL 41, 261: “Servit autem motus iste rationi, quando ita praebetur misericordia, ut justitia conservetur…” (Se somete este movimiento a la razón, cuando la misericordia se otorga de tal modo que se conserve la justicia”).

[180] Sto. Tomás de Aquino: “…bonum comparatur ad justum, sicut generale ad speciale” (lo bueno se compara con lo justo lo mismo que lo general con lo especial), ST I, 21, 1 ad 4. Por otra parte, como se acaba de ver, son las propias criaturas libres (ángeles y hombres) las que se auto-condenan al rechazar la bondad de Dios, separándose de Él, que es en lo que consiste el infierno: en estar separados del amor de Dios. Por tanto, en Dios no existe distinción entre su bondad y su justicia ni tensión alguna entre ellas: es su bondad la que crea, es su bondad la que premia, es su bondad la que es rechazada, operando, así, el juicio divino en el interior de cada criatura libre.

[181] Mc 1, 14-15: “Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio»”.

[182] Fil 2, 12.

[183] Heb 5, 7-9.

[184] Lc 7, 47: “Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco”. Dios nos pide, primero, la conversión del corazón, para concedernos Él, después, la conversión total del hombre viejo en hombre nuevo (resurrección).

[185] Quizás a alguno se le ocurra objetar que según esta noción de la misericordia, Dios no habría podido tenerla respecto de nuestra Madre, María Santísima, que no tuvo pecado alguno ni tan siquiera el original. Sin embargo, también ella alaba en el Magnificat la misericordia de Dios para con los que le temen y para con su pueblo, Israel. Por misericordia de todos los hombres, incluida ella, Dios la libró de todo pecado en su misma concepción, para que pudiera dar entrada digna en su seno al santo salvador, el Mesías, Hijo de Dios.

[186] Entre la misericordia de Dios y la del hombre hay una incomparable diferencia no sólo por su amplitud (Eclo 18, 13), sino por su intensidad y generosidad, pero, como Dios toma la misericordia hecha entre hombres como hecha a Él, la eleva a Su altura y dignidad.

[187] La Iglesia puede ser llamada «santa» incluso en su fase peregrina o terrenal precisamente gracias al reconocimiento de sus pecados, al arrepentimiento de ellos y a la petición de perdón de sus miembros.

[188] Dios obra justamente también cuando da a cada criatura lo que le es «debido» según lo que Él mismo ha determinado que sea su naturaleza y condición, pero no por eso es deudor de la criatura, sino sólo respecto de sí mismo, como creador; de ahí que la justicia divina pueda ser llamada «condecentia suae bonitatis», es decir, la virtud que conviene a la dignidad de su bondad creadora (cfr. Sto. Tomás de Aquino, ST I, 21, 1, ad 3). La misericordia sobrepasa la conveniencia estricta de la justicia creadora, pero no la dignidad de su bondad redentora, de la que es exponente supremo.

[189] Resulta, ahora, también obvio que tal misericordia sólo podía ser conocida por revelación.

[190] En este sentido, me parece inaceptable, por irreverente, la traducción del citado texto de Santiago que le hace decir “la misericordia se ríe del juicio”, y que puede leerse en la Liturgia de las Horas.

[191] Sto. Tomás de Aquino, ST I, 21, 3, ad 2: “Deus misericorditer agit, non quidem contra iustitiam suam faciendo, sed aliquid supra iustitiam operando… Ex quo patet quod misericordia non tollit iustitiam, sed est quaedam iustitiae plenitudo” (Dios obra misericordiosamente, no actuando, desde luego, contra su justicia, sino haciendo algo que está por encima de la justicia… Por lo cual queda claro que la misericordia no quita la justicia, sino que es una cierta plenitud de la justicia).

[192] Sant 2, 13. 

[193] Ibid.

[194] Lc 9, 23-24; Mt 5, 43-48.

[195] Sal 11, 7; 37, 27-28.

[196] Como texto a glosar, utilizo básicamente la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, Sagrada Biblia, B.A.C., Madrid, 2010.

[197]María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19) y  lo repite un poco más adelante: “Su madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2, 51). S. Lucas ha querido dejar bien sentada cuál había sido su fuente: la memoria fiel de María Santísima.

[198] Lc 1, 68-79; 2, 29.

[199] Apoc 11, 17 ss.; 19, 5 ss.

[200] Zacarías alaba la Encarnación vista desde la visitación de Cristo a su casa y a él en el seno de la Virgen; Simeón alaba la Encarnación desde el don que le fue concedido de reconocer al Mesías antes de morir. Escribo la palabra «Encarnación» con mayúscula sólo cuando pudiera no resultar nítidamente claro, en el texto, que me refiero a la encarnación del Verbo o del Hijo de Dios.

[201] Nótese que esa oración, aunque Él nos la enseñara, no es la oración de Cristo, es decir, la que hacía Él, puesto que les dijo: “cuando oréis…vosotros orad así: Padre nuestro…” (Mt 6, 5 y 9 y 14-15). Cristo no puede decir «Padre nuestro», puesto que el Padre es padre natural sólo suyo y de ningún otro, de manera que cuando Él ora dice: “Padre mío” (cfr. Mt 26, 39 y 42; Lc 10, 21-22), distinguiendo perfectamente entre mi Padre y vuestro Padre (Mt 5, 48; 6, 26 y 32; 7, 11; 15, 13; 16, 17; 18, 35; 20, 23; 23, 9; Mc 11, 25, Lc 6, 36; 22, 29; Jn 5, 17; 6, 32; 8, 42 y 49 y 54 y 56; 10, 17 y 29; 14, 23; 15, 1 y 8; especialmente en 20, 17).

[202] 1 Tes 2, 13.

[203] Sal 34, 4: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre”.

[204] L. Polo, La persona humana y su crecimiento, 201-202: “La verdad es un trascendental metafísico. Para referirla al hombre es preciso trascenderla, de acuerdo con los trascendentales antropológicos. La verdad referida al orden antropológico no es mera copia o reflejo o adaequatio. El reflejo es repetición de lo que se ha visto, mera reduplicación del antecedente. En cambio, la verdad en el orden de la antropología trascendental, es trascendida; permite y exige una expansión, en tanto que se transforma en uno mismo y va más allá de la verdad formalmente considerada…/… Entonces no cabe que la verdad tenga un carácter terminativo, sino que ha de dar paso al canto: la persona puede cantar la verdad, y cuando la canta la transfigura en canto. La verdad así adquiere una realidad oferente, donal, cuya consumación es imposible si no existe otra persona”.

[205] Lc 1, 28: “jaire” es el imperativo del verbo jairo, y aunque hace las veces del saludo, en griego significa literalmente: ¡alégrate!

[206] “Mi corazón se regocija por el Señor, mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación” (1Sam 2, 1).

[207] Mt 1, 21; Lc 1, 31.

[208] 1 Sam 2, 1: “Mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación”.

[209] 1 Sam 1, 8 y 10.

[210] Lc 1, 71 y 74.

[211] Lc 2, 26-29. Personalmente, sostengo que María nuestra Madre no había de morir, y no murió, cfr. “El acto final de la redención de María”, en Sóc per a Elig 140 (2005) 117-145. [Prepublicado en Miscelánea poliana 5 (2005) 1-39].

[212] 61, 10.

[213] 3, 18.

[214] 1 Sam 1, 6-8. También Raquel consideraba una humillación no tener hijos (Gn 30, 23).

[215] Como también se hace en Fil 3, 21: “Él transformará nuestro cuerpo humilde (tapeinoseos) según el modelo de su cuerpo glorioso”.

[216] Fil 2, 6-8: “El cual [Cristo], siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló (etapeínosen) sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Cuando María se denomina «esclava» reconoce su condición humana.

[217] 1 Sam 1, 11: “Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza”.

[218] Gn 17, 15-21; 18, 6-15.

[219] Jue 13, 3 ss.

[220] Lc 1, 18: “¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada”. Pedir pruebas es poner en duda la posibilidad de lo que se le anuncia.

[221] Fil 2, 6-8. “La humillación es esencial a la Encarnación, pues no de otra manera una humanidad puede ser unida a la Expresión Personal que es el Hijo. Por eso la unión a la Segunda Per­sona dota de sentido a la humillación misma” (L. Polo, La originalidad de la concepción cristiana de la existencia, Obras Completas, Eunsa, Pamplona, 2015, vol. XIII, 372).

[222] Sal 123 (122), 2.

[223] Heb   5, 7-10.

[224] Lc 1, 42; 11, 27.

[225] Lc 1, 28.

[226] Isa 7, 14.

[227] Sal 85, 11.

[228] Gn 30, 13.

[229] Así lo sugiere la Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, Barcelona, 1998, p.1492, en nota 1.46.

[230] La filología no puede ofrecer criterios suficientes para entender la Palabra de Dios. Si ningún saber meramente humano puede ofrecerlos, sino que han de ser la propia revelación y el don de la fe los que nos los brinden, es insensato someterla a criterios que no son ni tan siquiera humanamente sapienciales, ¡como si la Palabra de Dios estuviera por debajo del saber humano, o al hablarnos se hubiera supeditado a las limitaciones de nuestro lenguaje! La Palabra de Dios, trasciende nuestra inteligencia y, mucho más aún, nuestro lenguaje, sin anularlos, antes bien abriéndolos sin límites.

[231] Isa 26, 12.

[232] Sal 108, 13-14: “Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil.  Con Dios haremos proezas, él pisoteará a nuestros enemigos”.

[233] Sal 33, 16-17: “No vence el rey por su gran ejército, no escapa el soldado por su mucha fuerza; nada valen sus caballos para la victoria, ni por su gran ejército se salvan”; Ecl 1, 2 y 14; Jr 51, 17-18.

[234] Sal 33, 10-11: “El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos; pero el plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad”.

[235] Sal 115, 1: “No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria, por tu bondad, por tu lealtad”.

[236] Versículos 5-6; el versículo 6 añade: “El ignorante no los entiende ni el necio se da cuenta.

[237] Summa Theologiae (ST), III, 62, 1 c, y 5 c.

[238] Hch 9, 15.

[239] Tomás de Aquino entiende que el instrumento no es estimado por su propio valor, sino por el fin, y que es tanto mejor cuanto más proporcionado es al fin (ST II-II, 188, 7 ad 1). Con eso reconoce que los instrumentos son meros medios o útiles, sin valor ni dignidad propia.

[240] Rom 11, 36; 1 Co 8, 6; Heb 2, 10.

[241] Fue Kant quien dijo que las personas son fines, no medios (Kritik der prachtischen Vernunft, Kants Werke, Akademie Textausgabe, Walter de Gruyter, Berlin, 1968, V, 87). Pero las personas somos más que fines, como dice el Concilio Vaticano II: “el hombre, única criatura terrestre que Dios ha amado por sí misma…” (Gaudium et spes, n. 24, B.A.C. Madrid, 21969, 241). Como Dios no es sólo el fin de la creación, sino que está por encima de toda ella, así nosotros somos relaciones subsistentes que co-existimos con Él, si nos abrimos a Él.

[242] 1 Co 3, 7-9.

[243]Coronat autem in nobis Deus dona misericordiae suae” (Dios corona en nosotros los dones de su Misericordia) Tractatus in Joh. Evangel. III, c. 1, n. 10, PL 35,  1401. Cfr. Sermo 298, cc. 4 y 5, nn. 4 y 5, PL 38, 1366-1367; Enarratio in Ps. 70, n. 5, PL 36, 895; Enarratio in Ps. 99, n. 15, PL 37, 1280; Enarratio in Ps. 102, n. 7, PL 37, 1321; Enarratio in Ps. 137, n. 18, PL 37, 1783-1784.

[244] Sant 1, 17. Cfr. I. Falgueras, “Aclaraciones sobre y desde el dar”, en I. Falgueras y J.A. García (Coords.) Antropología y trascendencia, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Málaga, Málaga, 2008, 51-82.

[245] 1 Cro 28, 9; Eclo 42, 18; Sab 7, 21 ss.

[246] “Se llamará Hijo del Altísimo” (Lc 1, 32).

[247] Gn 1, 2: sobrevolando por encima de las aguas.

[248] Sal 99, 3-9: “Reconozcan tu nombre, grande y terrible: ¡Él es Santo!... Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante el estrado de sus pies: ¡Él es santo!... Ensalzad al Señor, Dios nuestro, postraos ante su monte santo: ¡Santo es el Señor Dios nuestro!”. Sal 111, 9: “Su nombre es sagrado [santo] y temible”. Isa 6, 3: “Santo, Santo Santo es el Señor del universo”.

[249] “Por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).

[250] Algunos otros santos (s. José, S. Juan Bautista, Abrahán, Moisés, etc.) pueden aproximarse a ellos dos, pero ninguno puede igualarlos.

[251] Lc 18, 11.

[252] Santa Teresa de Jesús, Las Moradas, VI, c. 10, n. 8, B.A.C., Madrid, 41974, 434: “la humildad es andar en verdad”.

[253] Col 2, 9: “Porque en Él habita la plenitud de la divinidad corporalmente”.

[254] “Pero la misericordia del Señor dura desde siempre y por siempre para aquellos que le temen”.

[255] Isa 11, 2.

[256] Heb 5, 7. Esa reverencia se advierte en toda la vida de Cristo: en su concepción (Heb 10, 5-7), su infancia (Lc 2, 49), en su vida pública (Lc 10, 21; Jn 14, 28, etc.), en su pasión y muerte (Mc 14, 36; Lc 23, 46), e incluso después de su resurrección (Jn 20, 17 y 21 [subir al Padre]).

[257] Mt 10, 28; Lc 12, 5.

[258] Obviamente, no me refiero a problemas de traducción, sino a problemas de contenido. Cfr. S. Agustín, Enarratio in Ps. 146, n. 12, PL 37, 1907: “Por ejemplo, no entiendes, entiendes poco, no sacas nada: honra a la Escritura de Dios, honra a la palabra de Dios… En ellas no hay nada perverso, hay cosas obscuras, no para negarte [el entenderlas], [sino] para que se ejercite quien las entenderá después. Por tanto, cuando resulta obscuro, obra del médico es, para que llames a la puerta: quiso él que te ejercitaras en llamar, quiso que se abriera al que llama (Mt 7, 7). Te ejercitarás llamando; ejercitado te abrirás más; habiéndote abierto más, entenderás lo que se da… No te resistas a lo obscuro, ni digas: lo diría mejor si lo dijera de esta otra manera. Pues ¿desde cuándo puedes tú decir o juzgar cómo convenga decirlo?”. 

[259] Rom 8, 35-39. Y en especial en el momento de la muerte, cfr. I. Falgueras, El abandono final. Una meditación teológica sobre la muerte cristiana, Servicio de Publicaciones, Universidad de Málaga, Málaga, 1999, 73-76.

[260] Sal 89, 11. La Nueva Vulgata lo vierte: “in brachio virtutis tuae dispersisti inimicos tuos”. La versión de la Conferencia Episcopal traduce: “tu brazo potente desbarató al enemigo”. La Biblia de Jerusalén lo traduce así: “dispersaste al enemigo con brazo potente”.

[261] Sal 80, 3.

[262] Isa 40, 10: “Ecce Dominus Deus in virtute venit, et brachium eius dominatur” (Nova vulgata).

[263]  “Piedad, Señor, en ti esperamos; sé nuestra fuerza [brazo] cada mañana y nuestra salvación en tiempo de angustia” (Isa 33, 2). “¡Despierta, despierta, revístete de fuerza, brazo del Señor, despierta como antaño, en las antiguas edades!” (Isa 51, 9). “Renueva los prodigios, repite los portentos, exalta tu mano, robustece tu brazo. Despierta tu furor y derrama tu ira, extermina al adversario y aniquila al enemigo” (Eclo 36, 6-9). “¡Que el poder de tu brazo hiera a los que, blasfemando, han venido a atacar a tu pueblo santo!” (2 Mac 15, 22-24).

[264] El griego dice literalmente que Dios “epoíesen kratos en brajíoni autou”, «hizo poder en su brazo», y el poder a que se refiere (kratos) es el dominio sobre el hombre y la historia. “Desplegó la fuerza de su brazo” traduce la Biblia de Jerusalén.

[265] “¿Quién puede resistir la fuerza de tu brazo?” (Sab 11,21). “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo” (Sal 98, 1).

[266] Ex 33, 9-10.

[267] Mt 28, 18; Jn 3,35.

[268] Isa 52, 10.

[269] Zacarías habla de «cuerno de salvación» (kéras soterías, cornu salutis). Es una expresión utilizada por David para alabar el poder de Dios por haberlo salvado de las manos de sus enemigos (2 Sam 22, 3; Sal 18, 3; Sal 75, 5-6; Eclo 47, 6 y 8 y 13). Se trata de otra metáfora, pero que en el conjunto alude a lo mismo: María habla de fortalecer su brazo, Zacarías de erigir un poder (de salvación).

[270] Gn 1, 3-30; Ez 36, 36; 37, 14.

[271] Isa 55, 11.

[272] Isa 52, 10; 53, 1.

[273] Apoc 12, 3-18.

[274] Lc 2, 34-35.

[275] “A la Plenitud Infinita le corresponde la sumisión plena de su Humanidad al Padre, y en ello está la gloria de esa Huma­nidad. El Padre no acoge con complacencia el homenaje de Cristo por un mero motivo jurídico o moral, sino porque tal homenaje lo Expresa exactamente” (L. Polo, La originalidad de la concepción cristiana de la existencia, en Obras Completas de L. Polo, Eunsa, Pamplona, 2015, vol. XIII, 372.

[276] O.c., p. 371-372.

[277] “La Encarnación del Hijo de Dios no deja a un lado la miseria humana. A través del sufrimiento de Cristo, la mise­ria del hombre entra en contacto con Dios. Es absolutamente imposible admitir en la entera positividad de la vida trinitaria la sombría realidad del pecado y, en consecuencia, jamás el hombre miserable hubiera tenido un eco en lo absoluto. La miseria del hombre es una gran agitación estancada que sólo encuentra camino cuando corre a sumirse en la pasión de Cristo y allí es redimida: es la atracción de la Cruz” (L. Polo, O.c., 373).

[278] Gn 11, 8-9

[279] Cfr. X. Léon –Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, voz «Dispersión» (R. Motte), Herder, Barcelona, 21972, 252.

[280] Sab 11, 16.

[281] Jn 3, 19-21: “Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras”.

[282] No es que los demonios no se comuniquen, de hecho pueden formar “Legión” (Mc 5, 9-15), pero como ninguno dice la verdad ni se fía de los otros, pues sabe que mienten, tienen la más profunda de las soledades: la reunión de muchos solitarios, que estando juntos permanecen por dentro aislados.

[283] “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2, 18). “¡Pobre del que cae estando solo, sin que otro pueda levantarlo! (Ecl 4, 9).

[284] Ef 6, 12.

[285] Jb 12, 16-18.

[286] Heb   1, 4-14.

[287] Fil 2, 9-11: “Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”.

[288] Ex 15, 15.

[289] Gn 6, 4.

[290] 1 Mac 3, 38.

[291] 1 Mac 8, 1.

[292] 1 Cr 29, 12.

[293] Rom 13, 1.

[294] Mt 20, 28.

[295] Isa 41, 25.

[296] Mayor incluso que la que separa al ser respecto de la nada, cfr. L. Polo, Epistemología, creación y divinidad, en Obras Completas, XXVII, 90 ss.

[297] Heb   10, 5-7.

[298] Hablo del perdón de las ofensas, no del perdón de las penas a ellas debidas. Las penas son otra cosa: ellas no deben ser perdonadas más que si así se favorece la conversión o mejora del que ha ofendido, puesto que se enderezan precisamente al arrepentimiento, conversión y mejora del ofensor.

[299] Mt 9, 13.

[300] Mt 23, 8-9. Es verdad que no todos somos iguales en los dones recibidos por creación, ni en los méritos obtenidos por gracia, pero todos necesitamos la misericordia salvadora, pues todos hemos ofendido a Dios (Gal 3, 22; Rom 11, 30-32), todos seremos juzgados por el mismo juez y con los mismos criterios (Mt 25, 31-46), y tendremos el mismo premio (Mt 20, 1-16). Por eso, el que no perdona a su hermano no admite que su hermano sea perdonado por Dios, y no puede ser a su vez perdonado (Mt 6, 14-15), ni entrar en el reino de Dios.

[301] 1 Jn 3, 15: “El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva permanentemente en sí vida eterna”.

[302] Jb 5, 9-16: “Él hace prodigios misteriosos, obra maravillas sin cuento: proporciona lluvia a la tierra, envía el agua a los campos; pone a los humildes en lo alto, en lugar seguro a los abatidos; trastorna los planes del artero, de modo que fracase en sus manejos; enreda en su astucia a los sabios, arruina las decisiones tortuosas; es de día y se topan con tinieblas, van a tientas lo mismo que de noche. Pero al pobre lo salva de la lengua afilada, lo libra de la mano violenta; y el indigente vive esperanzado, pues la maldad cierra su boca”.

[303] Mt 9, 12.

[304] “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia. Se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”.

[305] “Calmó el ansia de los sedientos, y a los hambrientos los colmó de bienes”.

[306] Versículo 5.

[307] Ana sí habla, más adelante, de los pobres (v. 8).

[308] Por eso, no dice María “los colma de pan”, sino “los colma de bienes” (enéplesen agazon). “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4); cfr. Deu 8, 3. Los materiales no son los más altos bienes.

[309] Sal 81, 9-11.

[310] Mt 13, 12.

[311] Mt 20, 28

[312]; Mc 2, 17.

[313] I. Falgueras, El abandono final, 58.

[314] “Las afrentas con que te afrentan caen sobre mí” (Sal 69, 10).

[315] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica [CCE], n. 1832.

[316] Isa 11, 1-2. Son siete: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, temor de Dios (Cfr. CCE, n. 1831).

[317] Lc 10, 21-22.

[318] Col 2, 3.

[319] Lc 1, 32-33.

[320] “Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).

[321] Fil 3, 20-21. El poder de Cristo sobre la historia deriva de la cruz (Jn 12, 32), o sea, de su victoria sobre la muerte. El poder del Padre sobre la historia es su Providencia, que la conduce hacia Cristo (Jn 6, 44). El poder del Espíritu Santo sobre la historia es el de hacernos libres y guiarnos a cada uno para colaborar con Cristo y con el Padre, participando de la misión de la Iglesia, que Él protege, consuela y guía.

[322] Deu 32, 10.

[323] Rom 9, 5.

[324] “El Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre” (Lc 1,32-33).

[325] Mt 15, 24.

[326]Tunc autem dicitur Deus meminisse, quando facit; tunc oblivisci, quando non facit: nam neque oblivio cadit in Deum, quia nullo modo mutatur; neque recordatio, quia non obliviscitur” (Se dice que Dios recuerda, cuando hace algo; se dice que se olvida, cuando no lo hace, pues ni el olvido entra en Dios, que de ningún modo se inmuta, ni el recuerdo, porque no se olvida) (Enarratio in Ps. 87, n.5, PL 37, 1112).

[327]Notum fecit Dominus salutare suum” (Nueva vulgata); en la traducción de la Conferencia episcopal española: “El Señor da a conocer su victoria”. María ha empezado alegrándose en su salvador, por lo que la alusión a este salmo en el Magnificat parece que debe ser referida a la salvación.

[328] La palabra que han traducido al castellano por «fidelidad» es «veritas» (la verdad) en el latín de la Vetus latina y de la Vulgata.

[329]Viderunt omnes fines terrae salutare Dei nostri”. La traducción de la Conferencia Episcopal dice: “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. Pero, como he dicho, visto desde María, casa mejor traducir en vez de «victoria» “salvación”.

[330] Isa 55, 8-11.

[331] Isa 66, 18.

[332] Jr 23, 3

[333] Ez 34, 11 ss.:.

[334] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 54.

[335] Rom 11, 25-32: “Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, para que no os engriáis: el endurecimiento de una parte de Israel ha sucedido hasta que llegue a entrar la totalidad de los gentiles y así todo Israel será salvo, como está escrito: ‘Llegará de Sión el Libertador; alejará los crímenes de Jacob; y esta será la alianza que haré con ellos cuando perdone sus pecados’. Según el Evangelio, son enemigos y ello ha revertido en beneficio vuestro; pero según la elección, son objeto de amor en atención a los padres, pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos,  así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”.Cfr. Gal 3, 22.

[336] Isa 41, 8-10: “Y tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi escogido; estirpe de Abrahán, mi amigo,  a quien escogí de los extremos de la tierra, a quien llamé desde sus confines, diciendo: «Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado», no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortalezco, te auxilio, te sostengo con mi diestra victoriosa”.

[337] Ex 6, 7; Jr 7, 23.

[338] Gn 22, 18. Cfr. Gn 12, 3.

[339] Lc 1, 71-73.

[340] Gn 22, 16-18.

[341] Lc 1, 32.

[342] Rom 4, 16.

[343] El que está abierto a Dios y a su palabra está abierto a todo y a todos.

[344] Lc 2, 19 y 51.

[345] Lc 1, 25. Isa 54, 1-4: “Exulta, estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar, alégrate, tú que no tenías dolores de parto… No temas, no tendrás que avergonzarte, no te sientas ultrajada, porque no deberás sonrojarte.  Olvidarás la vergüenza de tu soltería, no recordarás la afrenta de tu viudez”.

[346] Jn 1, 11.

[347] Isa 37,32; Jl 3, 5; Abd 17; Miq 4, 7; Sof 3, 12-14.

[348] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, nn.53 y 54.

[349] Lc 1, 33.

[350] Es importante notar esto último, porque en nuestros días, en su (equivocada) intención de querer salvar a los hombres ya antes de la muerte, y no teniendo en cuenta la absoluta necesidad del don de la perseverancia final para poder salvarse, algunos teólogos han pretendido separar la acción salvífica del Verbo y del Espíritu Santo respecto de la redención obrada por Cristo. Han olvidado que, bajo el cielo no ha sido dado otro nombre que pueda salvar fuera del de Jesús (Verbo encarnado), Hch 4, 12. Cfr. La Notificación de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre el libro del P. J. Dupuis, Vers une théologie chrétienne du pluralisme religieux, Paris, Cerf, 1997.

[351] Cfr. I. Falgueras, El Cántico de Salomón. Comentario al Cantar de los Cantares, Edipsa, Valencia 2008.

[352] Gn 1, 28.

[353] Jn 3, 1-10. Téngase en cuenta que el bautismo no es sólo bautismo de agua, sino también de deseo (Concilio de Trento, Denzinger-Schönmetzer, Herder, Barcelona, 341967, 1524), de sangre (Cfr. S. Agustín, De baptismo contra Donatistas, IV, c. 22, n. 29, PL 43, 173), y –propongo yo– también puede ser bautismo de muerte con Cristo (I. Falgueras, El abandono final, 68-81).

[354] Ef 5, 32.

[355] “…dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15).

[356] L. Polo, Antropología trascendental II, OC XV, 262. Aunque las criaturas personales seamos «para siempre», no somos eternas, es decir, sin comienzo ni fin, pues comenzamos a existir. La filiación divina por la gracia de Cristo nos introduce en la eternidad de la vida de Dios, no en la mera inmortalidad creada.