AGRADECIMIENTOS

 

Lo que me corresponde en esta ocasión es muy patente y casi exclusivo: expresar mi gratitud. Es el sentimiento que en estos momentos me embarga, especialmente porque este acto de homenaje ha sido presidido por un Congreso Internacional en el que han intervenido numerosos amigos míos, en cuyo pensamiento influye mi propuesta filosófica de una u otra manera.

Debo manifestar mi gratitud, por lo pronto, a muchas personas sin cuyo generoso interés no habrían salido a la luz en gran parte las obras que estoy publicando. Me refiero sobre todo al profesor ÁNGEL Luis González. Su ayuda ha sido sumamente fecunda para mí desde que accedió a impulsarme y a ocuparse de las gestiones que comporta la siempre complicada edición y publicación de libros de filosofía. También le debo a él la idea, en gran medida ya realizada de organizar el archivo de mis escritos inéditos. Todo lo cual es tanto más de agradecer cuanto que en su personalidad filosófica yo he influido muy poco; nos une, en cambio, el coincidir en apreciar la importancia de la actividad filosófica mantenida, esperanzada, pues –como dije en la conferencia de clausura del Congreso a que aludí– la filosofía es una actividad intermi­nable, siempre abierta a nuevos logros.

He de recordar enseguida la inestimable colabo­ración de la Dra. María José Franquet, que se ha encargado de la transcripción de casi todos mis cursos orales, así como de descifrar la embrollada letra y las tachaduras de las múltiples correcciones, pero imprescindibles, que he tenido que hacer para ajustar hasta cierto punto esos textos al lenguaje escrito.

Hay además bastantes personas con las que he mantenido un largo diálogo, un intermedio de opiniones que me ha permitido precisar no pocos puntos de mi pensamiento. Comienzo nombrando  al profesor Ignacio Falgueras por ser uno de los primeros en tomar en serio mis planteamientos en lo que tienen de no convencional. Algo semejante tendría que decir del Dr. Jorge Mario Posada, que me ha ayudado especialmente en la redacción de los dos últimos volúmenes del «Curso de Teoría del Conocimiento». Asimismo, el Dr. Ricardo Yepes, que además de ocuparse desde el comienzo del archivo a que me referí antes, ha pulido obras mías cuya exposición inicial era bastante tosca. También debo aludir al Dr. Juan García, que aparte de transcribir y corregir cursos míos, me ha ayudado desde hace  bastantes años a precisar algunas nociones centra­les. Mencionaré además al Dr. Juan Fernando Sellés, en la actualidad profesor en la Universidad de La Sabana, en Colombia, quien desde su postura netamente tomista me ha formulado observaciones de gran interés sobre mi interpretación de la voluntad. A Héctor Esquer, profesor de la Univer­sidad Panamericana, en México, le debo diálogos muy esclarecedores sobre cuestiones nucleares de mi investigación. A Fernando Fernández, Director de la Asociación para el Estudio de la Doctrina Social de la Iglesia, le debo también la tenacidad y la paciencia con que me movió a redactar varios estu­dios que de otro modo no se hubiesen publicado. Y desde luego son inestimables los logros de Fernando Múgica –amigo que me ha ayudado desde hace muchos años– al sacar partido de algunos aspectos de mi pensamiento, integrándolos en disciplinas que he cultivado menos. Algo parecido, en lo que se refiere a la estética, debo agradecer a la profesora M.ª Antonia Labrada.

También es muy satisfactorio para mí el que filósofos más jóvenes hayan tomado en cuenta ideas mías en el desarrollo de sus tesis doctorales. Aunque en este punto no puedo ser exhaustivo, citaré a los Doctores Ignasi Miralbell, Fernando Haya, José Ignacio Murillo; y a la Dra. Genara Castillo de la Universidad del Piura, que me ha prestado además su ayuda en la colaboración de algunos escritos. Entre mis más jóvenes discípulos mencionaré a Miguel García–Valdecasas y a Salvador P, que vienen colaborando en el archivo de mis escritos, a la par que Julia Urabayen.

De intento, he dejado para después la alusión a otros de mis muy queridos colegas, con los que he tenido la suerte de colaborar. Son filósofos cuyos planteamientos son distintos de los míos, lo cual no ha impedido la estrecha amistad que nos une en la tarea de sacar adelante diversos proyectos de investigación en filosofía y en otras actividades de tipo interdisciplinar: Alejandro Llano, quien con su talante abierto, acogedor y magnánimo tanto me ha favorecido desde que se incorporó a esta Univer­sidad y en los diversos cargos que ha desem­peñado con claro afán integrador. De él recibí el impulso para dar a luz por escrito mis cursos orales, acometiendo así una nueva manera de exponer mi pensamiento, lo que sin duda lo ha hecho más accesible. Además, con él y con Rafael Alvira me embarqué en el proyecto «Empresa y Humanismo» y en un programa de Doctorado en «Filosofía de la Acción Directiva», que compartí también con mi gran amigo Juan Antonio Pérez López, cuya muerte hace pocos meses en accidente de automóvil tanto dolor me ha causado.

Como se ve, el capítulo de mis agradecimientos –en lo que atañe a mi vida profesional– es muy amplio; sin embargo, no es inabarcable, pues todo él se concentra y condensa en el nombre de una institución: en mi querida Universidad de Navarra. Mi referencia a ella ha de concretarse necesaria­mente en quien la fundó y en los que le han sucedido en mantener e impulsar con toda fide­lidad su aliento fundacional. En 1954 el Beato Josemaría Escrivá me dirigió la invitación de incorporarme a ella, y qué decir tiene que la acepté gustoso. Esa aceptación se convirtió enseguida en el decidido propósito de contribuir a sacarla adelante poniendo en ello mis mejores energías. Esto era lo que  obviamente me correspondía hacer, porque aquella invitación se vertía en un encargo, una encomienda, cuya entraña entendí siempre como una respuesta al impulso fundacional que de él procedía.

De Monseñor Álvaro del Portillo, su primer sucesor, también como Gran Canciller de esta Universidad, recibí el ejemplo, entre tantas otras cosas, de no cejar en promover la unidad buscando siempre la concordia a través de una paz interior que resguarda de defender intereses meramente particulares. Puedo decir, con entera sinceridad, que a pesar de mis muchas equivocaciones y deficiencias, he luchado siempre por ser fiel a esta honda actitud, ayudado también por el ejemplo de quienes abnegadamente han entregado su vida atendiendo a una invitación igual a la que yo recibí.

Del Gran Canciller actual, Mons. Javier Echeverría procede la enérgica apertura de hori­zontes para la investigación. Sería un nuevo motivo de agradecimiento a Dios que mi manera de enten­der la filosofía pueda incluirse modestamente, en esa dirección.

He de confesar, que mi corazón se proyecta asimismo hacia las tareas filosóficas que se desa­rrollan en las Universidades hispanoamericanas nacidas de la misma inspiración fundacional: la Facultad de Filosofía de la Universidad Paname­ricana en México, el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Sabana en Bogotá, el Departa­mento de Humanidades de la Universidad de Piura y la Facultad de Filosofía de la Universidad de Los Andes en Santiago, que tan acertadamente dirigen la Dra. Rocío Mier y Terón, Doña Pilar Fernández de Cordova, la Dra. Luz González–Umeres y el Dr. Jorge Peña Vidal, respectivamente.

En suma, mi pertenencia a la Universidad de Navarra y la colaboración que he podido prestar a las Universidades americanas me ha hecho des­cubrir que integrarse en un proyecto de enver­gadura universal es siempre una tarea de servicio. Lo importante es que la propia colaboración sirva. Las reacciones psicológicas basadas en el indivi­dualismo se neutralizan o aminoran en la medida en que se impone la percepción de ese ser tras­cendido que va implícito en el servir. Por eso  la inclinación de mi corazón hacia esas Universidades –a que acabo de aludir– está regida por este lema: para servir, servir. De manera que seguiré siendo Profesor Visitante en ellas, mientras y en la medida que sus autoridades académicas lo juzguen oportuno. Y es claro que la misma consideración es aplicable para mi trabajo en esta Universidad.

 Leonardo Polo