Juan J. Padial (Málaga)

Comentario al Capítulo Segundo

EL SER COMO IDENTIDAD EN HEGEL

(pp. 195-203)

Resumen.—Las páginas introductorias al segundo capítulo versan sobre el carácter diferencial de la metafísica respecto de cualquier otro saber humano. Polo procede resolviendo tres aporías. La primera sobre la posibilidad histórica de abandonar el límite mental. La segunda sobre si el conocimiento de la verdad del ser coincide con el de su actividad propia. La tercera sobre cómo integran los primeros principios su propio método de acceso. La solución de esta última aporía requiere el examen de la operación fundamental hegeliana.

Abstract.— Those introductory pages to the second chapter deal with the differential sense of metaphysics among all others human knowledges. Polo gets into the matter by solving three apories. The first objection is the historical possibility of leaving the mental limit. The second difficulty is: Are the same science that which tries to know about the truth of being, and that which tries to know about its proper activity? The third trouble is: How the firsts principles integrate their method? The answer to that trouble needs the exam of the ground Hegelian operation, and in this way it connects with the rest of the chapter about Hegel.

INDICE ANALÍTICO

  1. Resumen del estudio comparativo de la confusión u oscuridad (perplejidad) de la mente humana ante el ser, llevado a cabo en el capítulo primero.
    1. El idealismo
    2. La analítica existencial heideggeriana.
    3. La analogía del ente en la tradición aristotélico-tomista.
  2. Averiguación del estado histórico de la cuestión, y presentación de la siguiente objeción: puesto que históricamente no se ha abandonado el límite mental, parece que es imposible acceder al ser de acuerdo con el método propuesto por L. Polo.
    1. Solución de la objeción: las detecciones del límite mental logradas históricamente no permitían su abandono. Ese es el fundamento de la perplejidad.
    2. Advertir el ser es uno de los modos válidos de acceder a él. También se le puede conocer operativamente. Pero entonces se ha de intervenir sobre la perplejidad. Para advertir el ser es necesario abandonar el límite. La advertencia es un método a la realidad extramental.
    3. Además, lo histórico es la acción humana, que precisa ser configurada objetivamente. Si el límite no es objetivo, no puede ser conducido a acción alguna. Por eso, la detección del límite no es ninguna posibilidad histórica. Consecuentemente la novedad del conocimiento propuesto por Polo no es histórica, sino metódica. Depende del ejercicio de un hábito: el de los primeros principios, cuyo rendimiento no es objetivo.
  3. Propuesta de una metodología para el conocimiento metafísico diferencial respecto a cualquier otro saber. Su método no es objetivo. En este sentido, la metafísica no es ontología. Dejar demostrada con firmeza el carácter diferencial del saber metafísico es el propósito del segundo capítulo del Acceso al ser.
    1. La preeminencia de la objetividad en el conocimiento metafísico es idealista. Mediante la compleción de lo pensable (generación de un sistema total del conocimiento) se accedería a la realidad absoluta. Esto invalidaría la propuesta poliana.
    2. Pero el límite no puede ser conocido objetivamente. En cualquier objeto, por general y abarcante que sea, el límite se oculta. En cambio son plausibles ejercicios intelectivos no vinculados a objetos mentales. Como la actividad mental es suplente de la realidad de sus objetos, el tema de la realidad (intelectual o extramental) ha de integrar un método no objetivo.
    3. Que el tema integre el método no es lo mismo que el método se ajuste, se conmensure, o forme un objeto. La formación objetiva reduce los temas a la constancia de los objetos mentales. Un método integrado por el ser extramental no puede reducir la existencia a consistencia mental. Este es el carácter diferencial del método metafísico respecto de los métodos ontológicos.
    4. Los métodos ontológicos se abren a la verdad del ser, buscan formar la inteligibilidad del ente. El método metafísico conoce la actividad de ser o existencia extramental. El abandono del límite mental logrado al ejercer el hábito de los primeros principios detecta las actividades principiales (trascendental esse), en las que se funda el trascendental veritas.
    5. La confusión de la consistencia inteligible con la actividad real es el motivo de la perplejidad. Se trata de un desorden entre los trascendentales. Es necesario escudriñar con cuidado el método idealista  para ver si contiene algún defecto en el ajuste al tema que pretende. La solidaridad entre forma y contenido intelectuales reclamada por Hegel hacen forzoso el examen de sus operaciones lógicas, bien para decretar lo forzoso de la perplejidad para el intelecto humano, bien para la detección del límite en condiciones de su abandono.

COMENTARIO

La metafísica (noûs kai episteme) es sapiencial. Su valía —al margen las cuestiones pragmáticas o utilitarias, esto es de los asuntos y urgencias de la vida— pertenece a la intensidad con que penetra o entiende los primeros principios de la realidad. Pero no le basta a la filosofía con la sencilla o directa visión del Noûs.  Y no basta porque tal intuición no es humana. Nuestra mente no es pasiva; ha de ejercer una actividad para cualquier conocimiento. Los primeros principios —como cualquier otro inteligible— no llegan o se aparecen a la mente por una eficacia natural que ellos tuvieran de presentarse. Nuestra inteligencia entiende formando; en modo alguno es pasiva. Todo acto suyo es manifestación de su vitalidad. Por ello es necesario acceder a esa visión del  Nôus mediante un ejercicio metódico, científico. “La filosofía es una ciencia: propiamente, la ciencia primordial o de los primeros principios, de lo fundamental, es la metafísica” [1].

Toda actividad intelectiva puede ser calificada, en general de metódica. Con mayor exactitud, lo metódico es la operación ejercida. La abstracción, la generalización, la razón, las operaciones unificantes, los hábitos lingüísticos, los de ciencia (racional o positivas), el de los primeros principios y el de sabiduría son las vías en que la luz mental alcanza la cuestión que ilumina. Alcanzar el tema, llegar a tocar, coger, la cosa de que se trate. El significado propio de alcanzar es táctil. No solo se trata de una actividad visual. La inteligencia alcanza los temas, los forma o suscita. Se adhiere a ellos, y eso es la unidad cognoscitiva. Conmensuración, mismidad entre dos términos: la actividad cognoscente y el objeto conocido. Entre las mudanzas que han acontecido a la filosofía está haber sido practicada desde diversas líneas metódicas, con diversas operaciones o hábitos. No todos los métodos con que históricamente ha orientado el filosofar su rumbo alcanzan por igual el tema metafísico. Tampoco lo ciñen con igual fuerza. Por ello conviene valorar, señalar el mérito de las diferentes doctrinas metafísicas. El criterio de evaluación que emplea L. Polo ordena las diferentes doctrinas ontológicas según las consecuencias de su enfrentamiento a la perplejidad.

La perplejidad es una situación mental de confusión, en que la inteligencia quizá no ilumina; o mejor descrita, que alumbra flacamente. Si el pensamiento se entiende como luz formadora de la inteligibilidad en acto, una mente perpleja corresponde a un ejercicio deficiente de la actividad intelectiva para la iluminación formante. Un no alcanzar. Pero como no hay más criterio de pensamiento que el haber pensado u obtenido alguna idea, entonces la perplejidad equivale a una confusión. Es el enredarse con ideas. El errar o estar perdido entre ellas; también el no haber acertado a formar la idea requerida. Cabalmente, oscuridad y debilidad, poco vigor metódico; por tanto perpleja, la actividad mental no es expresión de la más alta forma de vida.

La perplejidad vence al idealismo; todos sus intentos desembocan en rendición ante la perplejidad. Si por idealismo se entienden aquellos sistemas que investigan el modo en que la verdad puede autofundarse, la oscuridad se difunde en el propio tema a formar. Ningún objeto mental es evidente por sí mismo, sino por la actividad que lo forma. La evidencia es conferida por la operación mental. Ningún tema es autoevidente, ningún inteligible lo es en acto por sí mismo. Glosando el Teeteto de Platón, la realidad no está despierta; pero el hombre tampoco. La referencia a sí mismo, la Selbstverhältnisse del Sujeto es una prematura intromisión del ser humano en una actividad a la que no es preciso que constituya, para que se realice. En cualquier caso la tesis de Polo es nítida: el intento de acceder a un principio real cognoscible desde él mismo crea confusión y produce perplejidad de modo terrible.

Ante el fracaso idealista, Heidegger acepta lo inevitable de la oscuridad. Pero trata de impedir que la perplejidad acaezca súbitamente. Se trata de familiarizarse con ella, de advertirla, para percibir el principio real como distinto de lo que no es ella. La facticidad del Da-sein es irreductible a cualquier ideación, porque en modo alguno es esencial. Precisamente por ello parte de la perplejidad. Además, la facticidad del existente tampoco es deducible de conciencia alguna. Así, el camino de la filosofía moderna, desde Descartes hasta Husserl, es truncado ab initio por Heidegger. Pero la comprensión es un existenciario del Ser ahí. La posibilidad del existente humano abre, desoculta, el ser en su temporalidad. La filosofía heideggeriana vislumbra el ser, mas no puede cumplir su des-ocultación. La comprensión es el ser del “ser relativamente a posibilidades” que ha abrir. Su pasado, que impide todas las posibilidades para el Dasein, lo hace fáctico; lo lanza a unas posibilidades, pero éstas no están determinadas por ese pasado. Así, la comprensión se sume en un abismo (Abgrund). En cuanto que el ser es un enigma —pues lo que hay es ente, nunca ser— la oscuridad aparece, aunque de alguna manera, controlada, por el ente al que no cabe transfigurar completamente en ser, porque siempre es el ser abierto desde unas posibilidades no determinantes. El círculo de la comprensión es modal y temporal, histórico. Por ello el conocimiento del ser es para Heidegger propio de una época, y “queda en tarea de adivinación” —como señala Polo— pues nadie puede señalar qué posibilidades serán abiertas.

La filosofía aristotélica-tomista logra neutralizar la confusión. No es que desaparezca el estado de perplejidad, sino que la inteligencia tiene suficiente vigor para llevar sobre sí cierta oscuridad. La mente es capaz de insistir en los temas a pesar de la oscuridad en que se ciernen; esto es, no queda enredada, o anda vagando de una idea a otra, sino que triunfa, quizá pírricamente, en el quehacer metafísico. Según el aquinate, el principio fundamental del ente, el esse, no es extrínseco al ente. Además el carácter activo del conocimiento puede impedir que la vaguedad sobrevenga al conocimiento. La vaguedad en el conocimiento del ser equivale a la incapacidad para descubrir su actividad. El conocimiento sería incapaz de abandonar la inmovilidad de los objetos cognoscitivos. No saliendo o trascendiendo los objetos, la inmutabilidad del ser parmenídeo se perpetúa. La doctrina aristotélica-tomista de la analogía registra una composición de fuerzas. Por una parte, la mente no es sólo Noûs poietikós, activa, sino que posee una dimensión pasiva, potencial. Por otra parte, la finalidad del universo es el llegar a ser conocido. Esto lleva en sí, que el objeto propio de la inteligencia es el esse. Y que aunque no quepa un conocimiento separado de la potencialidad mental, puede ejercerse cierta tensión analógica, que remueva la inmutabilidad de los objetos. En la tradición aristotélica se logra un conocimiento real y verdadero del ser, aunque no se trate de un conocimiento pleno.

El tema del libro que comentamos es muy determinado: El acceso al ser. La perplejidad valora exactamente eso, el alcance y nitidez de la noticia que hay del ser en doctrinas expuestas. Si bien la perplejidad es un estado mental, una situación en el que puede  verse envuelta la mente, no por ello acontecen por fuerza la oscuridad, confusión y enredos propios de la mente perpleja. No sucede así con la limitación de la mente humana. El límite es necesario, inevitable. Es menester indispensablemente para objetivar, la asistencia del límite mental. La unicidad y mismidad de los objetos cognoscitivos les es conferida por el límite mental. Por ello pertenece más a nuestra inteligencia ser limitada, que la posibilidad de quedar perpleja. Además, del límite se puede disponer; en la perplejidad, por el contrario, no cabe sino errar, vagar entre las ideas sin saber a que atenerse. Por ello, es propio de la inteligencia su límite, no así la perplejidad.

El encuentro y lucha con la perplejidad no señala ni dirige la mirada filosófica hacia el límite mental. Si lo hiciera la perplejidad no sería confusión. El límite mental requiere ser detectado. Detectar significa poner de manifiesto lo que no puede ser observado directamente. En modo alguno cabe señalar (apodeixis) o mostrar el límite mental. Ahora se presenta una nueva aporía que Polo expone así: “No cabría decir incluso que del fracaso idealista, de la incapacidad heideggeriana y de la avisada aceptación aristotélica, parece desprenderse la imposibilidad de este método?” [2].

El estado en que se hallaba la metafísica al escribir Polo El acceso al ser parecía mostrar la imposibilidad de fijar la atención en la actividad de ser, quedando la mente en franquicia respecto de las ideas que pudiese formar del ser. Las operaciones intelectuales eximen de ser reales a los objetos pensados. El fuego pensado no quema; esa irrealidad del objeto es introducida por la inteligencia. Lo pensado no ha de ser real para ser intelectual. Frente a Parménides, importa sostener que pensar y ser no son lo mismo. Ahora bien, las ideas no son reales; pierden la actividad que en lo real existe. Las ideas son constantes, la existencia no. Lo mental está exento. ¿Cómo podría quedar nuestra mente exenta, precisamente de la exención que ella introduce? ¿Cómo dejar de pagar el tributo de la constancia y mismidad objetivas? Este es el designio con que fue escrito el libro. La tesis primaria de El acceso al ser es que la advertencia del ser necesita que se detecte el límite en condiciones  tales que quepa abandonarlo. La conciencia histórica presenta, en contrario del dictamen poliano, la siguiente dificultad: no se ha encontrado el modo de desprenderse del límite mental. La historia de la filosofía es incapaz de dar una guía sobre qué condiciones son necesarias para abandonar la limitación intelectual.

La proposición “la detección del límite es imposible” no equivale a la proposición “advertir el ser necesita de la detección del límite mental”. Cabe conocer el ser de modo distinto al de advertirlo. Advertir indica que la atención se concentra, se fija en el ser. Es posible conocer el ser análogamente. En ella la atención oscila entre los analogados, bien sea distributiva o proporcionalmente, extrínseca o intrínsecamente. Tal oscilar impide la fijación mental. Lo objetivo no es la realidad extramental. Fijarse, hincarse o clavarse mentalmente en ella, es lo propio de la advertencia del ser. Advertir el ser, fijar la atención en él, necesita la detección del límite mental, pero no como de un paso previo. Detectar el límite es eo ipso concentrar la atención en el ser. No se trata de un paso previo, como de un movimiento mental en el que primero se advirtiese el límite, y después el ser. Para evitar esta dificultad Polo propuso el uso de dos vocablos diferentes: detectar y advertir. Se detecta el límite; se advierte el ser. La detección del límite puede ser confusa, oscura, desconcertada —estaríamos perplejos—, o en condiciones tales que permitan su abandono. Si la detección distingue bien el límite —no decae en la objetividad—, entonces se abandona el límite, y se advierte el ser. “Advertir el ser es detectar el límite mental en condiciones tales que quepa abandonarlo” [3]. Detección, abandono y advertencia no forman una serie temporal. No son tres acontecimientos mentales que se den diferenciadamente. La distinción sólo se hace porque la perplejidad impide el abandono del límite. Pero si la detección es suficientemente intensa, la advertencia se logra porque el abandono se ha alcanzado. La pregunta atinada por tanto no sería ¿Es posible detectar el límite mental?, sino ¿se llega a abandonarlo? Detectar la limitación de la inteligencia humana es algo a lo que estamos bastante acostumbrados. Son excepcionales las voces que se han levantado reclamando el carácter infinito de humano conocer.

Desde una situación histórica se abren posibilidades a la acción humana. Calculada la distribución espacio-temporal de los cuerpos celestes, y registrada su posición es posible formular las leyes de Kepler. Desde las antinomias kantianas es posible el despliegue del idealismo alemán. Lo hacedero era encontrar la unidad del saber humano, fragmentado por la filosofía kantiana. Desde la crítica aristotélica a la separación de las ideas es preciso renunciar a la dialéctica platónica como método filosófico. No es el caso del abandono del límite. Paradójicamente, según Polo “el hecho de que no haya indicación en las metafísicas históricas sobre la posibilidad de la detectación y abandono del límite mental, no nos afecta, ya que una indicación tal sería inútil, por cuanto que dichas tareas no aluden para nada a un problema de posibilidad” [4]. Abandonar el límite no es algo que se pueda hacer, algo factible. No es una posibilidad. No es el abandono del límite mental algo hacedero en un determinado momento, pero impensable desde las situaciones anteriores. Si las operaciones mentales son reductibles al límite cognoscitivo, y ellas no fundan o constituyen el objeto, entonces el límite no se lleva a la acción. Las acciones se configuran exclusivamente con el contenido objetivo. Como el límite mental no es ni integrante ni el elemento de las nociones, entonces no depende de la situación histórica su abandono. La única condición para su abandono es la libertad, bien entendido que este abandono no queda al capricho o arbitrio de la voluntad.

El conocimiento del ser, la metafísica no requiere de antecedentes históricos. Se logra mediante un hábito intelectual, el de los primeros principios. Igual que objetivar el color rojo, o tener la idea de perro o de sol dependen únicamente de que se tenga una vista sana, o que se ejerza adecuadamente la simple comprensión natural del mundo en que habitamos.  El hábito de los primeros principios es aquel acto intelectual por el que se advierte la realidad extramental. Abandonar el límite es ejercer este hábito cognoscitivo.

En contra, pudiera impugnarse lo dicho porque hay operaciones cuyo ejercicio está sujeto a lo que es posible hacer desde la situación anterior. El ejercicio de determinadas operaciones intelectivas puede depender de la oportunidad histórica o de la fase cognoscitiva que haya sido ya ejercida. Así la generalización es una operación cuyo ejercicio está subordinado al momento histórico. El progreso cognoscitivo en las ciencias particulares ejemplifica la cuestión. Los cálculos algebraico, aritmético, diferencial o el infinitesimal se han extendido a conjuntos como el de los números reales o imaginarios formados por un infinito de orden superior al de los números naturales. La generalización es obvia; las oportunidades abiertas también: desde la caracterización del conjunto de números naturales era posible formar el de los números enteros, que abría la posibilidad de una generalización ulterior en la que se obtenía el de los números reales, y así sucesivamente. El ejercicio de las operaciones negativas (se niega progresivamente que entre un entero y otro no haya infinitos números, que a la izquierda del cero no existan también infinitos números negativos, que…) es destacadamente histórico. Sin la comprensión de lo que es un anillo conmutativo, no puede intentarse la de cuerpo conmutativo, etc. Sucede lo mismo en la aplicación de ideas generales o en la interrogación. De esta manera progresan las ciencias, y cabe ejercer ulteriores preguntas filosóficas sin que haya ninguna que sea la conclusiva.

Las operaciones racionales no dependen exactamente de la historia, pero requieren para su ejercicio cierta posibilidad. No es que se opongan a las generalizadoras. El contraste con ellas es sutil. Estas operaciones se despliegan en tres fases de explicitación: conceptuación, juicio y raciocinio. El juicio estaba implícito en el concepto, pero se despliega al ejercerse; exactamente igual ocurre en la razón. Por ello, sin haber ejercido la fase anterior no es posible la ulterior. Estas operaciones también son posibilitadas en un determinado momento, no antes.

Esto no sucede con el hábito de los primeros principios. Ninguna situación histórica ha de alcanzarse previamente a su ejercicio. “No se pide a la historia de la filosofía algún antecedente de lo que más adelante se intentará, ni se entiende que los éxitos doctrinales alcanzados, o los fracasos, prejuzguen nada” [5]. Este hábito no se posibilita por haber alcanzado unos conocimientos previos. No está subordinado a una determinada maduración de la filosofía. La altura de los tiempos no tiene jurisdicción alguna sobre su ejercicio. Este se pone en práctica únicamente por la libertad trascendental de la persona humana, cualquiera que sea el conjunto de realidades naturales o culturales en que habite. “El hecho de que no haya indicación en las metafísicas históricas sobre la posibilidad de la detectación y abandono del límite mental, no nos afecta, ya que una indicación tal sería inútil, por cuanto que dichas tareas no aluden para nada a un problema de posibilidad” [6]. Frente a una posibilidad histórica de objetivar determinada idea, Polo sostiene la necesidad de que concentrando la atención, bajo determinadas condiciones, se advierte la realidad extramental. La advertencia es inmediata. Las posibilidades de ideación y las factivas todas están mediadas.

Pero la inmediación no es como aquellas que describió Hegel. El comienzo hegeliano es la soledad, la unicidad en la que no hay nada que pensar. Ese ser, es el límite mental. Pero pensándolo así, Hegel no advierte la realidad extramental. Tal detección del límite no se ejerce en condiciones que  permitan su abandono. Hegel intenta describir las notas objetivas de la operación mental. Pero al hacerlo el límite vuelve a introducirse en cuantos objetos intentan ceñirlo, comprenderlo. Lo mismo sucede con la última inmediación lógica. La idea absoluta es la reunión de la objetividad completa en el sujeto que la piensa. La identidad Objeto-Sujeto. Hegel intenta idear la actividad cognoscente, objetivarla. El sujeto sería la compleción de toda la objetividad generada por el proceso dialéctico. Pero, aquí la perplejidad se multiplica por toda la objetividad con que se pretende determinar la realidad del sujeto, límite del pensamiento. También se detecta un límite, tan bien limitado que es el resultado y el fin del proceso; pero no se advierte la realidad que está fuera del pensamiento. Nada más que pensados. El sujeto se vuelca a lo que lo ha generado. La inmediación propuesta por Polo es bien distinta. Se fija la atención, se advierte el ser. Y eso en cualquier situación histórica, por toda persona. Sin el despliegue de medios técnico-filosóficos, de erudición o de posibilidades de ideación, de inspiración o de apoyo del que Hegel hace alarde.

El conocimiento del ser fue inaugurado con los primeros balbuceos de la filosofía. Más aún —según afirma I. Falgueras—, modos sapienciales no filosóficos como la magia, el mito, la técnica o el budismo inician algo nuevo en la historia de  la humanidad. Frente al habitar humano comprometido con el mundo, con sus asuntos, afanes y preocupaciones, detienen el comportamiento pragmático, ante la adivinación más o menos confusa del ser, de lo estable, del fundamento. Y en cuanto nació la filosofía se comenzaron a urdir nuevos métodos, nuevos argumentos, a solucionar aporías, a forjar sistemas, etc., todo ello para acrecentar el caudal de ideas, de pensamientos, sobre el ser. No es cosa nueva esta del tema filosófico. “La novedad es recabada meramente para el método que tratamos de exponer, pero sin entender en ningún momento que este método sea imprescindible para el conocimiento del ser.” [7] Se trata de una propuesta metódica. Como propuesta, es libre. El ser se puede conocer de muchas maneras. Con métodos filosóficos, o con modos sapienciales. Si se quiere, es una propuesta más cercana a cualquier persona. Leonardo Polo sostiene que no se requieren conocimientos previos filosóficos que posibiliten el acceso a la realidad extramental. No es preciso ser licenciado, o doctor en filosofía; ni siquiera tener conocimientos medios sobre esta disciplina y su historia. No es un método sólo posible a partir de… Polo insiste en “que el conocimiento del ser no depende del pasado y tampoco puede ser el invento de una época” [8]. Otra cosa, es la justificación filosófica que Leonardo Polo realiza del mismo en su presentación a la comunidad filosófica.  Las operaciones filosóficas que Polo ha de realizar para mostrar la equivalencia de la operación mental con el límite son en extremo difíciles. Es casi imposible que una persona sin copiosos conocimientos filosóficos pueda seguir las páginas de El acceso al ser. Sin que estorben estas maniobras filosóficas, no consiste en ello la advertencia del ser. Por la contemporánea epistemología sabemos que el contexto de justificación no es el de descubrimiento. Además, la justificación de la propuesta poliana acometida en el Acceso al ser es muy importante, pues sin ella no sería una propuesta racional, para seres inteligentes. No dejaría de ser una fábula o un conjunto de chismes. El libro que comentamos, El acceso al ser no es la advertencia del ser; más bien responde a la intención de mostrar la  legitimidad de un método. Polo busca que su lector pueda encontrar verdadera su iniciativa. La advertencia es una propuesta metódica libre. Se puede conocer el ser sin alcanzar este método. Pero con el hábito de los primeros principios se llega a tocar (detectar, advertir) necesariamente el ser extramental.

Novedad metódica. No se trata de una novedad histórica. No son cosas nunca vistas ni oídas. Tales serían noticias objetivas. Lo novedoso es el método. Como este depende de la libertad personal, aunque haya sido ejercido en momentos históricos anteriores, cada persona ha de abandonar personalmente el límite, tiene su propia advertencia de la realidad. El hábito de los primeros principios es con toda verdad, personal. La novedad lo es para el que intelige según este hábito. La sencilla comprensión natural del mundo o la reflexiva visión científica de él, no son conmensurables con el conocimiento que reporta éste hábito. La persona se encuentra ante la nada objetiva. No ante la comprensión de la irrealidad de los objetos cognoscitivos. También la teoría de la objetividad es objetiva. “La advertencia es el conocimiento para el cual la presencia no es requisito, sino método” [9]. La presencia mental es el método de la advertencia. Ella es el requisito de los mundos humanos, el natural, el científico, el de los valores espirituales, según Popper. Necesariamente hemos de objetivar. Pero la presencia no es la condición necesaria de la advertencia, sino su método, el camino que lleva a ella. Se conoce de modo habitual, sin que haya ideas exentas del deber de ser reales. El intelecto humano conoce lo real realmente. A tal novedad es a la que lleva rectamente el método propuesto por Leonardo Polo.

Lleva rectamente, con necesidad. “La advertencia se cifra en el método” [10]. El ver intelectual al que Polo llama advertir se reduce al abandono del límite mental. La necesidad se percibe mejor en la tesis recíproca: si no se abandona el límite, no se detecta el ser. Esta necesidad es propia del carácter diferencial de la metafísica. La metafísica es un saber extraordinario. No hay otro saber de su especie. Los demás conocimientos y ciencias humanas tratan con objetos conocidos. Pero los objetos, que constituyen el mundo humano, son lo distinto rotundamente de la actividad existencial. Por ello la metafísica, según la entiende Polo, no es un saber posible desde la objetividad. “¿Qué tipo de método es el que se desecha? Justamente aquél que se liga a la cuestión de su propia posibilidad, o que sólo es método si es posible” [11]. Quizá haya una vía posible, practicable desde la constancia conocida a la actividad real. No se niega. Pero el método que se busca, la ciencia buscada, no está en la línea de la posibilidad desde lo que hay presente a la inteligencia. Lo diferencial de esta disciplina descansa sobre su método. En cambio los temas que se logran mediante el abandono del límite mental integran ese método. El saber metafísico es diferencial respecto de los demás porque no es objetivo. La literatura, el arte, la matemática, la teoría de sistemas, las ingenierías, la magia, la medicina, etc., son conocimientos objetivos. Por ello conforman y son partes del mundo cultural, y están a disposición de los seres humanos históricamente. No así la metafísica, no así.

Ninguna situación histórica en la que la acción humana haya suscitado un mundo cultural ofrece indicación alguna sobre cómo abandonar la limitación mental. Ni más ni menos, la limitación del conocimiento se encuentra en todas las ideas con las que se han promovido los productos. El límite se oculta en ellas. “Decimos que la ausencia de indicación entraña la necesidad del abandono del límite para la advertencia del ser, y en este sentido la justifica. La justificación estriba en la diferencia de métodos. El propósito del presente capítulo es establecer firmemente esta diferencia” [12]. Aquí aparece el asunto que investiga Polo en el capítulo que introducen estas páginas: señalar las propiedades diferenciales de la metafísica. Para ello elige como interlocutor a Hegel. El título que recibe este capítulo facilita la inteligencia del designio poliano: “El ser como identidad en Hegel”. Frente al ser como actividad, el ser como constancia. Frente a la realidad extramental, la realidad del sujeto cognoscente. Frente al abandonar o renunciar a la posesión intencional, el haber intelectual, la idea absoluta. No dejarse dominar por el común denominador a las disciplinas e ideas de los seres humanos, por diferente que sea la naturaleza de las mismas, sino dejar firme y demostrada lo diferencial del método metafísico es el propósito de este segundo capítulo.

Es preciso concretar la dificultad que opone Hegel, y por la que se compusieron estas páginas. “La detectación y abandono del límite no son cuestiones de posibilidad: ¡sería inútil pretenderlos en términos de presencia!” [13]. Hegel detectó el límite. Ya he señalado los compases dialécticos en que trata dicha cuestión. El comienzo es el límite. Su concepción es puramente abstracta, indeterminada. El término pretende ser la determinación absolutamente concreta de dicho comienzo. Tener una idea concretísima del sujeto cognoscente. Elevar a presencia, idear perfectamente aquel sujeto del que Kant averiguó que había de acompañar necesariamente a todas las representaciones humanas, pero que sólo podía ser determinado como una X, como algo ignoto. Para Hegel, ese éter del saber puro que es el comienzo es la posibilidad del proceso dialéctico. El comienzo es el elemento del saber porque es su posibilidad. Aquí se deja ver la diferencia metódica que Polo quiere establecer con firmedumbre. Para Hegel, la posibilidad de idear, de lograr nuevos pensamientos, de innovar las nociones, es la misma que la del sujeto cognoscente. Tan lógica es la actividad racional como las ideas que con aquella se logran. Por ello Hegel concibe el límite como una frontera del saber, y hace notar que el pensamiento, a diferencia del cuerpo, puede saltarse cualquier límite sólo con notarlo. El límite es frontera (Grenze) porque hay una esfera de lo lógico. “La lógica es la ciencia de la pura idea, es decir de la idea en el elemento abstracto del pensar.” [14] La alienación es la ruptura de dicho elemento. La dialéctica no se ejerce en la naturaleza, si no es superponiéndose a los contenidos, no generándolos como era el caso de la lógica. Lo posible para Hegel es determinar la realidad mental, la realidad del sujeto, desde la posibilidad elemental.

Ese es el método que Leonardo Polo rechaza.  El límite lejos de ser una frontera para el saber, aquello en que se cierra cabe sí lo lógico, es para Polo la suposición del ser. “La limitación es una reducción del alcance del saber en la forma precisa de una sustitución, y no, en cambio, como recorte o frontera” [15]. Se sustituye lo real por su forma exenta. El límite mental confunde el conocimiento hegeliano del ser. La realidad se confunde entre las ideas que pretenden captarla. Este modo de entender el ser por el filósofo alemán es lo que Polo se propone combatir. Se señala con esto que el propósito es, de modo clarísimo y preciso, opuesto al idealismo. La intención del capítulo es la de resistir a la especulación hegeliana obligándola a ceder. Por eso, décadas más tarde Polo escribirá que “por consiguiente, me exponía a caer en equívocos o a ser mal interpretado, porque, a pesar de la coincidencia terminológica, mi modo de entender la libertad es distinto de las especulaciones modernas. Como anécdota, se puede comentar que algunas personas han sostenido que dependo de Hegel. Sin embargo, si bien es verdad que me he ocupado de ese autor, nunca he sido hegeliano” [16].

Más. La diferencia con Hegel se agudiza. Si Hegel es un filósofo de la reflexión cognoscitiva, el único modo de detectar el límite es mostrando la imposibilidad de la reflexión: la tesis de la irreflexividad del pensamiento es central para la metodología poliana. “El límite no puede ser más que la presencia mental, es decir, ha de detectarse en orden a la irreflexividad, la redundancia directa del pensamiento” [17]. La operación lógica fundamental del pensamiento hegeliano es la heteroreferencia,  irreferencia del objeto (da lugar a la interdependencia orgánica  de todos los objetos y a su subsiguiente inclusión en el Todo), y la paralela autorreferencia o referencia a sí mismo del sujeto, por la que la objetividad aclara la realidad del sujeto, es idéntica con él. Pues bien, este es el punto en que vienen a parar todas las desavenencias entre Polo y Hegel. Los objetos no se refieren entre sí, sino que son presentados por la operación que se oculta al presentarlos. Por esta ocultación, el objeto no reflexiona hacia la actividad que lo piensa.

En la objetividad presente a la mente faltan tanto la operación con la que se piensa aquello que está ante la mente, como la realidad a que apunta intencionalmente. Según Polo la operación mental suple, remedia la carencia de realidad de los objetos pensados. Al operar como suplente de la realidad extramental no se pone de manifiesto su propia función. Su ejercicio no es vicario. Ni la naturaleza ni las virtualidades reales son las mentales. No obstante si que sustituye lo real. Una actividad suplente de la real no puede sino ocultarse. Si no lo hiciera, se discerniría de ella, como quien tiene un poder representativo. No se trata de  que lo mental evoque en el entendimiento la idea de lo real. Es que no hay idea real alguna. Ninguna idea puede reflejar la actividad supletoria de su término intencional. Fuera del límite hay objetos mentales, ideas. El límite beneficia siempre al objeto. Siempre que se piensa, algo se ha pensado. Tal algo es objetivo. De los dos miembros de la dualidad cognoscitiva: el objeto y la actividad cognoscente, esta última siempre logra su fin. La actividad cognoscente es perfecta, praxis teleia diría Aristóteles, siempre está en el fin. Redunda en él. La redundancia es objetiva. Como la actividad cognoscente no se frustra, no está encaminada a lograr un término que no tiene. Siempre que se piensa, ya se ha pensado, siempre hay redundancia de objeto. El objeto siempre se presenta; toda operación mental es un límite para el pensamiento porque solo puede lograr objetividad al ejercerse como suplente de lo real que se piensa. Tanto si lo real está fuera de la mente como si es la propia actividad mental. También al pensar lo intelectual, la actividad mental se ejerce supliendo la efectividad del propio conocer. El objeto siempre se escapa de su límite. Por eso el pensamiento redunda en ideas. Se presentan objetos conocidos y simultáneamente se oculta la operación. Si el límite no se ocultase, solo se conocería la actividad que está formando el objeto cognoscente. Nada vería el Noûs. El acto de conocer se frustraria, se malograría la actividad formadora. Ésta siempre se dirige a la formación o intelección de algo que no puede ser ella misma.

A todo objeto intelectual le corresponde una actividad que lo forme. Ningún objeto lo es en sí mismo, independientemente de una inteligencia que lo haya formado. Intellectus noster, intelligendo format, et formando intelligit. Nuestra inteligencia forma la objetividad. No la alcanza en un mundo de inteligibles ya en acto, como el Cosmos uranós platónico. Lo inteligible antes del pensamiento solo lo es en potencia. El objeto formado y la inteligencia que lo forma son respectivos. No se da autorespectividad. Al inteligir no se intelige el inteligir, sino un objeto. Las operaciones mentales redundan en objetos mentales. Los objetos mentales no son respectivos a otras ideas. Aunque quepa componer ideas, todas las ideas son primariamente ideas por la operación que las pensó, a la que son respectivas. Su composición entre sí es un asunto secundario. Por tanto, en el aparecer de cualquier idea, la idea es respectiva a la operación que la hace aparecer, que la presentifica, pero ésta se oculta. Lo que redunda, lo que escapa al límite es el objeto. Lo único que hay.  “El límite en su comparecencia no contiene ninguna indicación sobre la posibilidad de su abandono y menos todavía sobre la realización de la misma; más bien sugiere, de acuerdo con su estricta impotencia, que el abandono no cabe” [18]. Por esto cabe detectar el límite sin condiciones para abandonarlo. De los dos miembros que integran el conocer, y que se corresponden necesariamente, sólo se presenta uno. El otro se oculta. Es imposible tener ideas sin que la actividad cognoscitiva requerida para lograrlas se oculte. En cambio, propone Polo, que es posible ejercer actividad intelectiva no respectiva a ideas. Desde las ideas, el abandono de la actividad necesaria es imposible. Las ideas son impotentes para mostrar la actividad que requiere su formación.

Si no cabe formar una idea de la actividad respectiva a la idea formada, no es posible abandonar el límite del pensamiento desde lo presente a la mente. Desde las ideas, el abandono es imposible. Tal abandono ha de ser un conocimiento ejercido con independencia de ideas, no respectivo a ellas. “El abandono es necesario en cuanto es método. Su valor metódico es lo que lleva a desechar la cuestión de su posibilidad” [19]. El abandono es método. Lo que se abandona es el conocer respectivo a ideas. El abandono no es posible desde ellas. Si no es posible formar la actividad respectiva a un contenido mental que se está pensando en acto, no es posible formar el abandono de este límite como método. Entiéndase. No es que no quepa elaborar métodos cognoscitivos. Métodos y estrategias cognoscitivas se han elaborado muchos en la historia del pensamiento. La analogía es un método elaborado desde los analogados. El análisis lo es desde las ideas a analizar. La síntesis desde las ideas previas a la composición. Con regularidad nos conducimos en la vida, ya sea teórica o práctica, mediante métodos objetivos.

También cabe experimentar los métodos objetivos en la metafísica. Más aún, las primeras experiencias intelectuales sobre el ser, y los anejos descubrimientos antropológicos sobre la condición propia de nuestras facultades intelectivas se desarrollaron objetivamente. La ontología propiamente es el decir humano del ente, del mismo modo que la platónica kalokagathia responde a un semejante engendrar en la belleza, expresar la bondad primordial de la realidad. “Constituido en su estabilidad, lo real se llama ente, lo que es; el nombre ‘ente’ es participio de presente del verbo ser: lo que es, no lo que era, no lo que será, sino en todo caso lo que era desde siempre, pero ese ‘era’ no es un pasado, sino el ente visto desde su trascender lo mudable. Y lo que descubro como lo estante de mi realidad es noûs. Noûs es ser-entendiendo. Coinciden enteramente pensar y ser, y por eso la mente se puede llamar mensura, ajuste; eso es lo que significa ahí ‘lo mismo’” [20]. Abordado el ser desde el conocimiento objetivo, este se manifiesta como lo inmutable, lo que no está inmerso en el tiempo, sino que es permanente, invariable, como la esencia o la sustancia en que cualquier cambio radica. Las nociones de inseidad y de consistencia refieren a la principialidad avistada objetivamente. En sí mismo considerado el fundamento goza de un presente propio, es actual en todo lo fundado. El ente es, pero no en el instante, ni sumido en el pasado, ni algo que advendrá. Es en su propio presente. Y tal presencia se corresponde con la del noûs. Ante la inteligencia el fundamento cabe. Se mantiene en su inmutabilidad. La presencia del fundamento es la misma que la de la mente. Ambas se acuerdan, están en consonancia. Ante la mente, el fundamento puede comparecer. Tal es la cosa hallada por Parménides.

Desde aquí se percibe lo propio de los métodos ontológicos. “Método como camino es progreso. Lo cual significa: lo que se constituye como tal es el método: aquello a que se va está, al menos relativamente, quieto; la ganancia está en el caminar” [21]. Es la mente la que va hacia el ser, la que ha de hacerse idea de él. Para ello ha de apoyarse, basarse en otras ideas, conectarlas, en una palabra discurrir lógicamente. El acceso ontológico al ser ha de ser hecho posible. La visión objetiva del ser descansa en la objetivación de aquellos entes que el ser funda. La aproximación lógica al ser puede seguir caminos muy diversos. Estos son los diferentes métodos que ha seguido la ontología. Recuérdese que Heidegger sostenía en La pregunta por la cosa, que “el método es la instancia fundamental a partir de la cual se determina lo que puede llegar a ser objeto y cómo puede llegar a serlo” [22]. En cualquier caso, la diferencia metódica es posible. No en cambio que la constancia mental en que lo objetivado por ellos aparece pierda su inmutabilidad o presencia características.

Precisamente la propuesta metódica de Polo no se conforma con este modo de entender los métodos. “El método que se desecha es, precisamente, la aproximación y el encuentro constituidos como tales” [23]. Los métodos objetivos tratan de encontrar una idea del ser, ajustar o formar una idea de la realidad de tal manera que esta idea case con lo que está fuera de la mente. El ajuste es necesario, y la mente tiene esa capacidad, la de ajustarse y venir a ser en cierto modo todas las cosas. Lo que se rechaza por tanto es que con el presente propio de lo mental se alcance lo más propio de lo real. El método poliano rechaza la presencia mental. Años más tarde, Polo sostendrá que en dicho acercamiento objetivo a la verdad del ser hay cierta pretensión de dominio. No en vano, el conocimiento es el modo por excelencia de tener humanamente. “El filósofo trata de la verdad. Se da cuenta de que la verdad está ahí, y se dedica a la persecución, a la caza de verdades. Con todo, esa conducta es en cierto modo desconsiderada, pues encierra alguna dosis de voluntad de poder que la desvincula de la admiración” [24]. Quizá por esto, el oído atento al ser de las cosas difiere en su metodología de los métodos científicos. El método metafísico, sostiene Polo, tiene un carácter diferencial respecto a cualquier otro método cognoscitivo humano. Como, no obstante, se han ejercido históricamente métodos objetivos para el conocimiento del ser, Polo denomina a estos, ontológicos, y reserva el vocablo “metafísica” para el conocimiento que se obtiene al rechazar o desaferrarse de la presencia mental.

Lo propio de un método ontológico es la igualación teórica con el ser. Es el método el que se iguala. Lo mismo es pensar y ser. Corre a cargo del pensar, como es lógico, la igualación, el ajustarse al ser. “En cuanto igualado con el ser, el método tiene consistencia ontológica: es idealidad. La teoría del ser es idealidad” [25]. Teoría, entre los antiguos griegos, era la palabra que designaba las procesiones religiosas. Traslaticiamente se usó el mismo término para designar el discurso mental y lingüístico (lógico) necesario para concatenar las diferentes ideas u objetos mentales. Esto es, una teoría es una procesión, no religiosa, tampoco de figuras, sino de nociones. La consistencia eidética indica tanto la necesidad lógica con que  la mente se ajusta, como la estabilidad o inmutabilidad de que goza la idea. La mente humana se abre a la verdad del ente mediante ideas.

Acceder al ser y abrirse a su verdad son métodos distintos. El primero es el metafísico, y se logra mediante el hábito de los primeros principios. El segundo —abrirse a la verdad del ser— es ontológico. Mediante este último tipo de métodos, que son desechados por Polo, se busca encajar el ser en su idea. “Si la idea es lo que se gana en orden al ser, quiere decirse que el ser tiene consistencia ideal. En último término, la teoría como método es el proceso que paraliza el ser (lo ve como consistencia, no como existencia) porque lo sustituye por su logro” [26]. La diferencia metódica aparece así como una diferencia entre trascendentales. Los métodos ontológicos buscan la verdad del ente. Apuntan a su esencia, a llegar a juntarse con la inteligibilidad del ente. El universo es inteligible en potencia. Esa inteligibilidad es la que buscan formar. Al conseguir idear su inteligibilidad, la existencia se trueca necesariamente en consistencia. No puede ser de otro modo, pues todo conocimiento intencional es consistente. Las ideas son inmutables, permanentes. El método propuesto por Polo señala al ser, no a su verdad. La iluminación del noûs de quien así conoce no ha de formar idea alguna; en su lugar, ha de coexistir intelectivamente con otro acto de ser, el del universo. Lo que se acaba de señalar envuelve que el abandono del límite sea una propuesta. No se desechan los métodos ontológicos. “No se dice que la historia carezca de valor en general, o que quepa desentenderse de ella, ni, sobre todo, que la advertencia del ser sea, como conocimiento del ser, una novedad completa que anule en toda la línea los resultados alcanzados en el pasado. Espero que no se me atribuirá semejante opinión” [27]. Polo reconoce y estima el valor de los sistemas y teorías filosóficos. Simplemente, no persigue o busca formar ideas, sino abandonar la consistencia ideal.

Conocer mediante ideas es conocer consistencias, no la actividad de lo real extramental, la existencia. “La igualdad que beneficia a la idea —logro— es la suposición en general, que se adjudica al ser sustituyéndolo” [28]. En lugar de existencia, consistencia. Así suponen las ideas. La igualación teórica es una sustitución de lo real. No es que la idea se haga real. Las operaciones cognoscitivas —energeia— difieren de las actividades temporales, procesuales —entelecheia—, y por lo mismo difieren sus respectivas potencias —dynamis kata logon y dynamis kata physin—. La igualación teórica es un ajuste de lo real a lo ideal. Pero dicho ajuste es imposible sin que se supla la existencia. El suplente de la actividad extramental es la propia operación mental, esto es: el límite del pensamiento. Al buscar la principialidad lógicamente y no encontrarla, la perplejidad aparece. Como los métodos lógicos sólo alcanzan la consistencia, su limitación es precisamente su condición de posibilidad. Por eso se puede afirmar que “la perplejidad es la situación sin salida, insoluble, en la cual se marca que el límite no se ha abandonado, o que se ha intentado la metafísica por una vía teórica” [29]. Insoluble es la perplejidad por cuanto la logicidad del ente, su verdad, es necesariamente consistente. Por eso la actividad del ser, la existencia, no se advierte. El pensamiento que busca principios reales no encuentra sino consistencias ideales, sin nada que lo oriente, sin actividad a la que encaminarse, sólo el horridum dessertum logicae, la soledad sin ser de lo ideal.

Si antes Polo había sentado un balance sobre la perplejidad para averiguar la situación histórica del conocimiento metafísico, ahora tiene la capacidad de enjuiciar en qué grado los cuerpos doctrinales examinados permiten detectar el límite mental. La estrategia adoptada es obvia. Si la perplejidad se debe al límite, pues este suple la existencia, introduce la suposición en todos los objetos mentales, entonces sólo detectando el límite puede advertirse el ser, esto es evitar la suposición y lo supletorio del ser en la idea.

El pensar heideggeriano no tiene aptitud para detectar el límite. Heidegger acepta que el hombre no puede sino ponerse a la escucha del ser, dejarse hablar por él. El advenimiento histórico del ser es lo que funda la diferencia entre las épocas históricas. Bien es cierto que la estabilidad y consistencia ideales se han perdido en la Seinsgeschichte heideggerianas. La ek-xistencia en el claro (Lichtung) que se deja interpelar por el ser epocal, que espera su manifestación, no puede detectar el límite. La verdad del ser, el claro en el que se constituye es eidético. Si lo que se espera, el advenimiento del ser, es su verdad, la suposición está introducida en lo que se espera llegar, “al ponerse a esperar, el advenimiento como tal se ha suscitado en el modo de un ya irremediable e incontrolado” [30].

El filosofar poliano entronca con la tradición aristotélico-tomista. Pero la relación que se establece es temática, no metódica. La analogía del ser como método es un conocimiento que se apoya en objetos, para predicar secundum quid, de algún modo proporcional o distributivamente, respecto del principio al que se refieren los analogados. El ser se entiende de muchas maneras, pero referidas al mismo principio. La analogía es una de las clases de argumentación inductiva, epagójica. Por tanto es un método ontológico, conducido argumentativamente, y descansando sobre objetos mentales. Pero entonces “un conocimiento del ser concurrente con el límite mental no presta ningún auxilio metódico a la detectación y abandono del mismo” [31]. En la predicación analógica se unen el conocimiento objetivo con cierto avistar el ser (secundum quid). Precisamente porque el límite se oculta como suposición del acto de ser, el límite no puede detectarse mediante argumentos de analogía. Todos ellos necesitan del límite mental para ser puestos por obra, para ser pensados, pero al ocultarse el límite, no es detectado con la analogía. Más bien al contrario. El límite se subordina a la manifestación del analogado originario. El sentido aristotélico-tomista del ser redunda en beneficio de nociones como sustancia, acto, potencia, forma, ciencia, etc. Así, parece que lo primario sería el acceso al ser. “Habrá que resolver si la discutida distinción tomista entre esencia y existencia necesita, para ser establecida con entera congruencia, del abandono del límite mental” [32]. El examen atento de esta cuestión, y las razones alegadas por Polo frente a Tomás de Aquino serán comentadas por el Profesor J. García en la tercera parte de este libro. No obstante parece que el tema metafísico no integra suficientemente a un método como la analogía. Examinar dicha integración es la discusión que Polo pospone. Si la integración fuera defectuosa, y el abandono del límite integrase mejor el hábito de los primeros principios en su temática entonces las nociones antes aludidas se beneficiarían de la detección del ser ganada.

El límite mental tampoco puede ser detectado con el método idealista. El comentario que realizó el Prof. I. Falgueras al primer capítulo examinaba la perplejidad como el enigma que se suscita en los sistemas idealistas. La conclusión poliana entonces era que la perplejidad aparece necesaria y con un vigor superior al de las fuerzas mentales en los sistemas idealistas. Esto significa el fracaso de la noción de sistema, y por tanto una sentencia en contra del sentido idealista del ser. No obstante, la tesis a que llegó Polo en el primer capítulo no entraña la renuncia a los métodos idealistas, negativos. Tales métodos son propios de la ciencia, de la matemática, y también válidos para determinados desarrollos de las filosofías segundas, o incluso para una adecuada caracterización del intelecto humano.

En este segundo capítulo Polo insistirá en la conclusión a que llegó sobre el idealismo. Si antes había descubierto el brotar de la perplejidad, ahora se hace cuestión su por qué. De la constatación de la perplejidad y establecimiento de su brotar en todo sistema, se lleva el pensamiento “a desenmascarar el prejuicio metódico a que obedece” [33]. Hay algo de prematuro en la confianza idealista en los métodos negativos. Parece a Polo que no se ha insistido suficientemente en la naturaleza y alcance de tales métodos. Este segundo capítulo, que ahora comenzamos a comentar, tiene como designio el examen de la causa por la que se suscita la perplejidad en los sistemas idealistas. Si se detecta dónde radica el paso en falso, el prejuicio metódico, del idealismo, entonces la perplejidad no se generaría. Así, el cometido de este capítulo es examinar la operación lógica fundamental de los métodos idealistas, poner de manifiesto la falta de ajuste o de conmensuración entre la operación y el tema que se pretende. Para tal propósito, el sistema hegeliano constituye un banco de pruebas inmejorable, pues tal pensar se propone como norma la solidaridad o el ajuste entre la forma mental y el contenido.

[1] Polo, L., Introducción a la filosofía, Eunsa, Pamplona, 53 ord. Cit.: Introducción
[2] El acceso, p. 196.
[3] El acceso…, p., 198.
[4] El acceso…, p., 197.
[5] El acceso…, p., 197.
[6] Ibidem.
[7] El acceso…, p. 197.
[8] El acceso…, p. 198.
[9] El acceso…, 197.
[10] El acceso…, 198.
[11] El acceso…, 198.
[12] El acceso…, p. 198.
[13] El acceso…, p. 199.
[14] “Die Logik ist die Wissenschaft der reinen Idee, das ist der Idee im abstrakten Elemente des Denkens.” Hegel, G.W.F., Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften im Grundrisse (1830), § 19.
[15] El acceso…, p. 199.
[16] Polo, L., Antropología trascendental. Tomo I. La persona humana, Eunsa, Pamplona, 1999, p., 12.
[17] El acceso…, p. 199.
[18] El acceso…, p. 199.
[19] El acceso…, p. 199.
[20] Introducción a la filosofía, p. 20 (contrastar, está por ordenador)
[21] El acceso…, p. 199.
[22] Heidegger, M., La pregunta por la cosa, Alfa, Buenos Aires, 1975, p. 93.
[23] El acceso…, p. 200.
[24] Introducción a la filosofía, p. 18. (contrastar, citado por ordenador)
[25] El acceso…, p. 200.
[26] El acceso…, p. 200.
[27] El acceso…, p. 197.
[28] El acceso…, p. 201.
[29] El acceso…, p. 201.
[30] El acceso…, p. 201.
[31] El acceso…, p. 201.
[32] El acceso…, p. 201.
[33] El acceso…, p. 203.

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